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"Para mis hijos, porque todo lo que hago es por vosotros."

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Lo que mata es el silencio

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Duelen los insultos, los desprecios, los golpes, las heridas. Duelen las risas crueles, las burlonas y las que fingen esconderse detrás de una mano mientras la otra libera un dedo que te señala, para que te miren todos y no quepa duda de que es de ti de quien se ríen. Otra vez.

Duele preguntarse un día tras otro por qué tú, y no otro. Por qué. Qué es lo que te hace TAN diferente. Cuál es tu gran, imperdonable defecto. Qué has hecho mal. Qué daño le has hecho a quién para que la tomen así contigo. Por qué no pueden, simplemente, ignorar tu existencia, si tú sólo quieres entrar y salir y, a ser posible, no dejar de respirar en el proceso.

Duele mirarte al espejo y darte asco. Pensar que eres una persona odiosa y que te mereces todo lo que te pasa. Enfadarte con tu imagen en el espejo mientras lloras y golpeas. Sentarte en el suelo y desear desaparecer, como sea, duele.

Pero, lo que duele, no es lo que te mata. Lo que mata es el silencio.

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Libre para ser princesa

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Somos las feministas que ellos quisieron tener.

Somos las feministas que crecieron queriendo jugar al fútbol, no porque les gustara el fútbol (que quizá también), sino porque era de chicos. Que querían coleccionar cromos, jugar a las chapas o pegarse puñetazos, porque eran cosas de chicos. Y es bueno ser un chico. Es mejor ser un chico que pegar como una chica, correr como una chica o llorar como una chica.

Ser mujer no era bastante para nosotras, espíritus luchadores, inconformistas. Y no nos quisimos conformar con ser mujeres, porque no era suficiente. Ser mujer es de débiles. Y nosotras, feministas, éramos fuertes como ellos.

Somos las feministas que quisieron ser iguales que ellos. Que quisieron ser igual de grandes, fuertes, influyentes, poderosas y respetadas que ellos. Que quisieron ser como ellos. Las que, para ser iguales que ellos, se convirtieron en ellos.

Tan iguales quisimos ser, que olvidamos ser nosotras. Leer artículo completo

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Las buenas madres NO DAN TETA

Las buenas madres no dan teta

Compartí hace poco un post sobre “esos niños que NO NECESITAN teta”. Para resumir, sobre la lactancia materna, de esa que dura incluso cuando el niño ya tiene dientes, come otras cosas, camina, corre y es capaz de venir a pedírtela a gritos. De esa lactancia que va más allá del año, o de los dos, o de los cinco o los que sean, y que al grueso del mundo le parece algo grotesco y censurable. De esa lactancia que yo practico con mis dos hijos, mal llamada “prolongada”.

Y cuando comparto algo así soy plenamente consciente de que me traerá muchos dislikes, bastante polémica y algún enemigo. ¿Por qué lo comparto, entonces? Porque algunas cosas alguien tiene que decirlas en voz alta. Cuanto más alta mejor. Y hace tiempo que, además de no dejarme comer por lo políticamente correcto, intento obviar lo popularmente apropiado. Aunque lo pague con popularidad.

Se suele levantar un debate, con estas cosas, sobre cuál es la mejor opción, sobre qué pasa con esas madres que no quieren o no pueden dar pecho, con las que lo han dado poco, con las que estivilizan, las que llevan siempre en brazos, las que paren en casa o las que programan una cesárea, todas sintiéndonos buenas. Todas sintiéndonos malas.

Y no.

Lo siento, pero las buenas madres no dan teta. Las buenas madres no dan biberón, ni colechan, ni estivilizan, ni paren en casa, ni programan cesáreas, ni hacen lo que les mandan ni nadan contra corriente.

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Querida chica del bañador verde

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QUERIDA CHICA DEL BAÑADOR VERDE:

Soy la mujer que está en la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña.

Primero que nada, decirte que estoy pasando un rato muy agradable junto a ti y tu grupo de amigos, en este trocito de tiempo en el que nuestros espacios se rozan y vuestras risas, vuestra conversación ‘transcendental’ y la música de vuestro equipo me invaden el aire.

¿Sabes? He alucinado un poco al darme cuenta de que no sé en qué momento de mi vida he pasado de estar ahí a estar aquí: de ser la chica a ser “la señora de al lado”, de ser la que va con los amigos a ser la que va con los niños.

Pero no te escribo por nada de eso. Te escribo porque me gustaría decirte que me he fijado en ti. Te he visto, y no he podido evitar verte.

Te he visto ser la última en quitarte la ropa.

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Te quiero, te quiero, te quiero

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A veces te miro cuando no me ves y me pregunto qué es. Qué tienes para tenerme, después de tantos años, tan colgada de ti. No sé si es tu espalda, tu pelo, tus ojos increíbles. No sé si son tus brazos o lo mucho que me gusta esconderme en ellos. No sé si son tus manos o cómo me acaricias. No sé si es tu voz o las cosas que me dices cuando no me dices nada. No sé qué es, pero me vuelves loca. Y no me canso de mirarte, y mirarte, y mirarte.

A veces te agarro la cara y te beso como si mi único propósito en la vida fuera comerte la boca. Y a veces te beso, como sin querer, en el cuello mientras cocinas, y el calor de tu piel me rebosa en los labios y pareciera que te estoy besando el alma. Y tú no te enteras de que te beso el alma, porque estás pelando cebollas. Que así te comieras tres kilos, jamás me cansaría de besarte, y besarte, y besarte. Leer artículo completo

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Él no era un maltratador

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Yo tenía diecinueve años cuando me busqué mi primer piso. A mi novio, con quien llevaba saliendo un año, no le gustó la idea de que yo me fuera a vivir sola. No le preocupaba que me sintiera desprotegida, o que me pudiera pasar algo, o que tomara aquella decisión empujada por unas circunstancias que escapaban a mi control: le enfadaba que yo tuviera un picadero y vía libre para meter a cualquiera en mi casa. En menos de una semana se había hecho, sin mi permiso, una copia de las llaves de mi apartamento. En menos de un mes, sin preguntarme, se había instalado a vivir conmigo. Lo recibí con los brazos abiertos y un gigantesco saco de comprensión. En su casa la situación era insostenible. Él no era un maltratador.

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Señores de H&M, les propongo una idea absurda:

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Señores de H&M, les propongo una idea absurda:

Imagínense su tienda dentro de, qué sé yo, veinte años. Imaginen a un cliente entrando por la puerta, mirando alrededor y sintiéndose libre de comprar cualquier cosa que le apetezca, que le guste, que le haga sentir bien, cómodo, especial. Identificado. Qué tontería, ¿verdad? Eso ya lo puede hacer ahora, cualquiera. Entrar y comprar lo que se le antoje.

De acuerdo, retrocedamos.

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Esos niños que NO NECESITAN teta

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El otro día leí a una chica en una publicación de Facebook –bueno, en realidad en el hilo de comentarios de una publicación sobre lactancia materna en niños “mayores”- decir que de acuerdo que la leche materna es muy buena, pero que “un niño de cinco años no necesita pecho para comer.”

Oye, cuánta razón. Me gustó tanto el comentario que llevo desde entonces queriendo responder, e incluso ampliarlo un poco. A ver qué tal me sale:
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El beso de buenas noches

tu no lo sabes

Tú no lo sabes, pero yo lo hago cada noche:

Cuando te duermes, te miro, sonrío y te beso la frente. Pero no es un beso cualquiera. Cierro los ojos, poso despacito mis labios en tu sien y espero a sentir el calor de tu sangre en mi piel. Y entonces ya no estamos en nuestra habitación. En ese momento, tú y yo estamos en el Universo. Leer artículo completo

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