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"Para mis hijos, porque todo lo que hago es por vosotros."

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Libre para ser princesa

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Somos las feministas que ellos quisieron tener.

Somos las feministas que crecieron queriendo jugar al fútbol, no porque les gustara el fútbol (que quizá también), sino porque era de chicos. Que querían coleccionar cromos, jugar a las chapas o pegarse puñetazos, porque eran cosas de chicos. Y es bueno ser un chico. Es mejor ser un chico que pegar como una chica, correr como una chica o llorar como una chica.

Ser mujer no era bastante para nosotras, espíritus luchadores, inconformistas. Y no nos quisimos conformar con ser mujeres, porque no era suficiente. Ser mujer es de débiles. Y nosotras, feministas, éramos fuertes como ellos.

Somos las feministas que quisieron ser iguales que ellos. Que quisieron ser igual de grandes, fuertes, influyentes, poderosas y respetadas que ellos. Que quisieron ser como ellos. Las que, para ser iguales que ellos, se convirtieron en ellos.

Tan iguales quisimos ser, que olvidamos ser nosotras. Leer artículo completo

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Querida señora de la hamaca de rayas

Querida señora de la hamaca de rayas

 

QUERIDA SEÑORA DE LA HAMACA DE RAYAS:

 

Soy la mujer de la toalla de al lado.

La que ha venido con un niño y una niña.

¿Sabe? Llevo todo el verano

fijándome en usted.

 

Aquí, donde todo el mundo va y viene,

corriendo y saltando,

sin pararse, casi nunca,

a mirar al de al lado;

donde las personas nos convertimos en manchas

de colores sobre las olas y el prado,

usted es la mirada tranquila

que nos contempla a todos

desde un lugar privilegiado.

No desde su hamaca, no:

desde sus años.

Desde la sabiduría

que sólo una vida entera

puede llegar a tejer.

 

Sé que nos ha visto,

porque la he visto mirarnos.

La vi mirar con ternura a mi hijo

cuando rescató a un escarabajo.

La vi mirar con curiosidad

al niño que no estaba jugando,

y con pena a la chica del bañador aquel.

Un día que hizo bastante frío,

no pude no ver su sitio vacío

y, aunque le parezca extraño, la añoré.

Supongo que porque llevo todo el verano

imaginándonos a ambas

observando mano a mano,

y preguntándome cómo será la playa

vista a través de sus años.

A través de sus arrugas y las manchas de su piel. Leer artículo completo

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¿A cuántas mujeres violadas conoces?

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Déjame que te haga una pregunta: ¿A cuántas mujeres violadas conoces?

Piensa la respuesta antes de seguir leyendo.

¿Lo tienes? Bien. Ahora déjame que te cuente algo…

Hace poco, en un interesante grupo de debate al que pertenezco (de mayoría femenina, aunque esto no es especialmente relevante para lo que os quiero contar) una integrante lanzó esta pregunta: “¿A cuántas mujeres conocéis que hayan sido abusadas sexualmente?”

Era una pregunta abierta, dirigida a todo el grupo. Muchos de los hombres (hombres fantásticos y feministas declarados, por cierto)  fueron respondiendo. “Yo no conozco a ninguna”… “A una vecina mía del pueblo le pasó que“… “Yo tengo una prima a la que violaron”…  “Una amiga me contó en el instituto que una vez”… Sólo uno conocía a una mujer que había puesto denuncia. Una mujer a la que violaron por el libro: de noche, en un callejón oscuro… Ya sabéis.

Luego, empezamos a hablar las mujeres. Leer artículo completo

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Nos queríamos distinto

Nos queríamos distinto

Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. Disfruto más la playa cuando él viene conmigo. Es más relajado cuando somos dos para cuidar y, además, a los niños les encanta meterse en el mar con su padre. Allá lo veo marchar, con nuestros niños, su bañador rojo bandera, su pecho peludo y su cara de pócker frente a las olas. La arena no es tapiz para mi trío de ases.

Al fin, diez minutos para mí. Para desvanecerme en la brisa y el calor del sol sobre mi piel. Inspiro, espiro, repito y los veo a lo lejos, siluetas salpicadas sobre la espuma. Junto a ellos, una jovencísima pareja salta sus últimas olas cogidas de la mano y salen corriendo del agua, sonrientes y felices. Se tiran en su toalla (con esa despreocupación maravillosa de quien luego no tiene que limpiar la arena del coche), a unos metros de la mía, y se comen enteras, la una a la otra, las dos al mundo. Como si no hubiera nadie más en la playa. Como si nada en el universo importara más que este momento entre ellas dos.

Sacan el móvil para hacerse un selfie. No me puedo creer la cantidad de tiempo que son capaces de estar colocándose todos y cada uno de los pelos de su cabeza antes de hacer la foto. Claro: son jóvenes, perfectas, maravillosas y están enamoradas. Ha de verse en cada pelo cuantísimo se quieren, porque la foto debe ser tan brillante como su amor. Y entonces me miro las piernas y me da un ataque de risa, porque me doy cuenta de que no sé cuánto hace que no me depilo, pero ríete tú del peludo pecho de mi marido. Qué se le va a hacer: si me paro a depilarme, lo mismo se nos hace tarde y nos quedamos sin playa. Y eso sí que no puede ser. Explícale tú a mis hijos que se quedan sin playa porque a su madre le da vergüenza tener pelos como un… Mamífero. Pero no importa. Hace tiempo que depilarme es como cortarme el pelo: cuestión de apetencia, no de necesidad.

Y ellas están ahí, frente a  mí, queriéndose tanto en su perfección, iluminando el mundo con su amor. Y yo estoy aquí, tan imperfecta y peluda, agradeciendo diez minutos de soledad al sol. Me cago en la leche, ¿qué nos ha pasado? Leer artículo completo

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Él no era un maltratador

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Yo tenía diecinueve años cuando me busqué mi primer piso. A mi novio, con quien llevaba saliendo un año, no le gustó la idea de que yo me fuera a vivir sola. No le preocupaba que me sintiera desprotegida, o que me pudiera pasar algo, o que tomara aquella decisión empujada por unas circunstancias que escapaban a mi control: le enfadaba que yo tuviera un picadero y vía libre para meter a cualquiera en mi casa. En menos de una semana se había hecho, sin mi permiso, una copia de las llaves de mi apartamento. En menos de un mes, sin preguntarme, se había instalado a vivir conmigo. Lo recibí con los brazos abiertos y un gigantesco saco de comprensión. En su casa la situación era insostenible. Él no era un maltratador.

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Todo lo que olvidamos

Todo lo que olvidamos

Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. La que nada más quitarse la camiseta se la ha vuelto a poner porque no se puede creer el frío que hace hoy en la playa. Este habría sido un buen día para, en vez de toallas y nevera, traerse las mantas y el termo. Aunque, para ser sinceros, el panorama de manta y termo me apetece más en el sofá, que a mí el café me gusta más sin arena, para qué os voy a engañar.

Pero, claro, están ellos. Los niños. Les había prometido que hoy vendríamos a la playa. Al llegar y ver el aire y el frío que acompañan hoy, lo reconozco, he intentado disuadirlos. Les he propuesto planes más cálidos, más de interior, resguardados del frío y de la –probable- lluvia que se nos vendrá encima. Pero ellos me han mirado como si estuviera loca. Como si las cosas que acontecen allá arriba, en el cielo, tuvieran algo que ver con lo que hacemos nosotros aquí abajo, en la tierra. Son absurdos, los adultos.

Así que aquí estoy, enredada en la toalla como quien se calienta al fuego en diciembre. Viendo cómo la gente, gota a gota, abandona la playa. Observando atentamente los labios de mis hijos, por si gradualmente tornaran morados y no me diera cuenta. Viendo a mi hijo bañarse en una gran piscina entre las rocas, buscando cangrejos y peces, y a mi hija construir fortalezas de arena, ambos como si vivieran al margen de las leyes de la termodinámica. Ambos felices, disfrutando de un maravilloso día de playa, mientras su madre intenta no volverse azul. ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo pueden estar disfrutando tanto, con el frío que hace?

Los observo un rato, en silencio, y de pronto tengo una revelación. Ya lo entiendo. Leer artículo completo

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Querida chica del bañador verde

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QUERIDA CHICA DEL BAÑADOR VERDE:

Soy la mujer que está en la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña.

Primero que nada, decirte que estoy pasando un rato muy agradable junto a ti y tu grupo de amigos, en este trocito de tiempo en el que nuestros espacios se rozan y vuestras risas, vuestra conversación ‘transcendental’ y la música de vuestro equipo me invaden el aire.

¿Sabes? He alucinado un poco al darme cuenta de que no sé en qué momento de mi vida he pasado de estar ahí a estar aquí: de ser la chica a ser “la señora de al lado”, de ser la que va con los amigos a ser la que va con los niños.

Pero no te escribo por nada de eso. Te escribo porque me gustaría decirte que me he fijado en ti. Te he visto, y no he podido evitar verte.

Te he visto ser la última en quitarte la ropa.

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Los miradores son lugares tristes

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Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. Hoy hemos venido a la playa pasando por el sendero de la colina, el que viene monte a través desde el arenal de al lado y que une la costa, playa a playa, durante kilómetros. Pero no es que hayamos caminado mucho: sólo es que hemos aparcado el coche ahí arriba, junto al chiringuito.

Al venir hacia aquí, hemos pasado por delante de un mirador: un banco y un par de vallas de madera, y a sus pies treinta metros de caída y el infinito teñido de azul. Los niños, claro, han visto aquello tan bonito y han querido ir hacia allí corriendo. “¡Mamá, mira! ¿Podemos ir allí?” Desde la punta de ese risco debe haber unas vistas espectaculares. Pero yo tenía claro que nuestro objetivo era la playa, así que respondí con un despreocupado “a lo mejor a la vuelta”. Y así fue como hoy, sin querer, les quité una sonrisa a mis hijos.

Desde donde estamos aún se ve la punta del risco. Creo que intuyo las vallas. Veo pasar a una pareja por delante. Ella señala. Él continúa andando. Ella lo sigue. Recorren el sendero. Llegan a la arena. Se tumban en la toalla. Fin de la aventura.

Y es en este momento cuando me doy cuenta de que los miradores son lugares tristes. Por dos razones, además: Leer artículo completo

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Lo que mata es el silencio

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Duelen los insultos, los desprecios, los golpes, las heridas. Duelen las risas crueles, las burlonas y las que fingen esconderse detrás de una mano mientras la otra libera un dedo que te señala, para que te miren todos y no quepa duda de que es de ti de quien se ríen. Otra vez.

Duele preguntarse un día tras otro por qué tú, y no otro. Por qué. Qué es lo que te hace TAN diferente. Cuál es tu gran, imperdonable defecto. Qué has hecho mal. Qué daño le has hecho a quién para que la tomen así contigo. Por qué no pueden, simplemente, ignorar tu existencia, si tú sólo quieres entrar y salir y, a ser posible, no dejar de respirar en el proceso.

Duele mirarte al espejo y darte asco. Pensar que eres una persona odiosa y que te mereces todo lo que te pasa. Enfadarte con tu imagen en el espejo mientras lloras y golpeas. Sentarte en el suelo y desear desaparecer, como sea, duele.

Pero, lo que duele, no es lo que te mata. Lo que mata es el silencio.

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