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Adiós, Carles

carles capdevila ara

Qué terrible, Carles. Cómo puede ser esto…

¿Sabes? Tenía la esperanza de que en algún momento, en algún lugar, a la fuerza acabaríamos coincidiendo. Y entonces yo podría acercarme a ti con el móvil en la mano, y tener un #momentogroupie, y hacernos un selfie, y decirte como una adolescente chillona que me encantabas. Porque me encantas, Carles.

Porque eras una dosis de sentido común, pero no era por eso. Tampoco era por las risas. Era por lo que transmitías: que todos somos imperfectos. Y que no pasa nada por ser imperfecto. Y qué importante es eso para los padres. Qué bien lo sabías. Nos devolvías a la tierra pero para caminar con más ligereza, con menos carga… Con menos miedo. Con más alegría. Con la falta que nos hace la alegría… A todos, no sólo a los que somos padres.

Es una mierda, Carles. No hay injusticia más grande para el mundo. No la hay para tu familia. Ojalá el cáncer entendiera de buenas y malas personas, porque entonces tú habrías sido eterno, Carles. Pero no. No entendió a Bimba, no entendió a mi abuela, no te entendió a ti, no entendió a nadie. Y, los que nos quedamos aquí, nos quedamos sin entender nada.

Esa mañana, precisamente esa mañana, y antes de haber leído la noticia de que nos habías dejado por siempre, mi hijo me dijo, en el coche camino de la escuela, que le da miedo morir. ¿Te lo dijeron alguna vez tus hijos, Carles? ¿Qué les dijiste tú? No sé si es que yo no sé hacerlo, o que sencillamente hay cosas que no se pueden responder con gracia. ¿Sabes qué le dije yo? Que lo entiendo, porque a mí también me da miedo. Le dije que es normal tener miedo… Pero que no podemos decidir morir o no: sólo podemos decidir vivir o no. Ser felices o no. Y que, algunas personas, cuando son mayores, están tan cansadas de vivir, que ya no les da miedo morirse.

¿Tú tenías miedo, Carles? Yo lo habría tenido. Mucho. Porque al final entre colegios, extraescolares, rutinas, horarios, cenas y baños se van sucediendo los días y nos olvidamos de vivir. Y entonces nos da miedo morir porque no nos ha dado tiempo a vivir lo suficiente… ¿Viviste, Carles? ¿Fuiste feliz?

Fíjate, qué tontería: mientras lo escribo me doy cuenta de lo absurdo de la pregunta. Tenías cuatro hijos. Por supuesto que fuiste feliz. Ojalá ellos, los hijos (los tuyos, los míos, los de todos) no olviden nunca lo felices que nos hacen.

Prometo no perder el sentido del humor, Carles. Pero, estos días, será un poquito más difícil sonreír.

Hasta siempre.

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Foto destacada: ara.cat

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