Relatos

Al final del calendario

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Soy la mujer sentada bajo el castaño. La que ha venido con un niño y una niña. La tan esperada lluvia ha dado hoy un poquito de tregua, y hemos aprovechado para venir un rato a jugar. A llenarnos los pulmones de este aire maravilloso que huele a recogimiento y madera mojada. No puede haber nada mejor. Salvo, tal vez, esto mismo pero con chocolate.

Cabeza la mía: hoy he olvidado mi libro en casa. A este paso no lo terminaré nunca, y tengo otros tres esperando para ser leídos detrás. Me falta tiempo. Siempre. Para todo. A veces me angustia pensar que, así viviera cien años, no podría leer tanto como quisiera… Busco desesperada en mi maleta, pero no, no está. Agenda, bloc de notas, portátil… El libro no, pero sigo buscando, por aquello de que la esperanza es lo último que se pierde. Estas cosas me hacen enfadar. Para un ratito que tengo, y me dejo el libro en casa… Y, entonces, un acalorado debate me saca de golpe del interior de mi bolsa. Mis hijos no se ponen de acuerdo para jugar.

-¡Pero es que yo quiero a tirarnos en las hojas! – demanda mi hija.

-Pero es que están muy mojadas, Aine, a eso mejor jugamos otro día que estén secas. –le replica mi hijo.

-Pero ¿y si otro día llueve? – los asturianos somos así: la lluvia siempre es una posibilidad a tener presente.

-Pues si otro día llueve volvemos a jugar a otra cosa, y así hasta que ya no llueva y las hojas estén secas.

-¿Y si cuando no llueva ya no hay hojas?

-¡Pues no pasa nada, Aine! ¡Hay más juegos y más otoños!

Creo que este argumento ha sido el definitivo, porque se han olvidado de las hojas y se dirigen al tobogán. Porque hay más juegos. Y habrá más otoños.

Yo quiero ser así. Quiero vivir como si siempre fuera a haber un otoño más. Los adultos empleamos una gran parte de nuestra energía en convencernos de que tenemos que vivir cada día como si fuera el último. ¿De dónde sacamos esta idea? Está claro que no la traemos de serie. No, de serie traemos el convencimiento de que siempre viviremos otro día. Y creo que, en el fondo, mantenemos ese convencimiento toda la vida. Por eso nunca vivimos cada día como si fuera el último. Aunque sí que, a veces, vivimos con la culpa de no hacerlo. ¿Por qué?

Esta semana he estado en casa de mi padre. El mes de agosto aún protagoniza la pared de su cocina, junto a la nevera, bajo una foto de una ración de pulpo. Es un calendario de propaganda, de un restaurante al que llevábamos tiempo diciendo que teníamos que ir a comer. “A ver qué día nos coincide”, decíamos. Tenía que coincidir que tuviéramos tiempo libre, a la vez. Y que tuviéramos dinero, alguno. Y que tuviéramos ganas, claro, los dos. No coincidió. La última página que mi padre arrancó de su calendario fue la de julio de 2017, y él no podía saberlo. Ni yo tampoco. Nadie podía. Pero arrancamos cada hoja, una tras otra, con el convencimiento de que, un mes después, arrancaremos otra más. Y creo que eso es bueno. Porque no podemos -de verdad que no- vivir cada día como si fuera el último. No podemos ir a todos los sitios que deseamos, leer todos los libros que nos esperan, estar con todas las personas a las que queremos. No podemos. Posiblemente, no podríamos, así viviéramos cien años.

Una amiga me dijo, en los últimos días de mi padre, una frase que probablemente recordaré siempre: “Se va pronto, pero con las manos llenas”. Qué verdad tan grande. Mi padre se fue con las manos llenas. De amor, de tristeza, de alegría, de dolor, de felicidad. De hijos, nietos, amigos y experiencias (buenas y malas, suyas todas). Se llenó las manos con su propia vida. Puede que no nos diera tiempo a hacerlo todo, pero todo lo que hicimos lo hicimos con plenitud.

Porque es de eso de lo que trata la vida. No se trata de hacerlo todo: se trata de sentir -de sentir de verdad- aquello que haces. No se trata de leer todos los libros: se trata de leer despacio, desde el estómago. No se trata de jugar a lo que quieres: se trata de disfrutar jugando, a lo que sea que juegues. No se trata de enfadarse por no haber traído tu libro: se trata de ser feliz por poder ver jugar a tus hijos.

No se trata de cogerlo todo: se trata de llenarte las manos.

Como si siempre fuera a haber otro otoño.

Como si esta no fuera la última hoja del calendario.

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Foto destacada: Abraham Riego.

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