Relatos

Al otro lado de la injusticia

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Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. En un alarde de optimismo vital, me he traído un libro a la playa. Sola. Con los niños. Cuando he leído el mismo párrafo por quinta vez y sigo sin saber lo que he leído, he decidido que es el momento de claudicar y dedicarme, ya en exclusiva, a mirar a mis hijos.

Echo un vistazo alrededor y me doy cuenta de que todos estamos igual: fingiendo ser veraneantes para ocultar nuestra verdadera identidad de guardianes de la especie. Sólo que en vez de máscara y capa nos ponemos chanclas y factor 40 en la nariz. Es una sincronía perfecta: todos nosotros vigilamos, todos ellos juegan. Pero hay una toalla en la que todo transcurre de manera diferente: el niño no juega. Los padres vigilan el doble.

Los conozco. Viven en el bloque de al lado. En un barrio pequeño como es el mío, a veces parece que la vida de cada uno perteneciera a todos. Qué peligro tiene una persona con una opinión y sin nada que hacer… “Pobres –oí decir a una vecina furtiva en la cola del pan-. Con las ganas que tenían de ser padres”. “Qué pena –dijo una vez la frutera- que les haya salido el niño así, con lo que lo buscaron”. “Qué injusticia –lloró la del tercero- que les haya tocado a ellos”.

Puedo entender el sentimiento de solidaridad con otra familia cuando la vida le pone en el camino una prueba que no esperaba. La sorpresa es parte de la dificultad. Pero, ¿y qué pasa con ese niño? ¿Es que nadie lo ve? Yo veo a un niño que mira la arena como si no supiera que está en una playa, y que es el objeto de la adoración de los dos guardianes que tiene detrás. Pero Injusticia, lo han llamado. No es su hijo: es su injusticia.

Y yo me miro a mí misma, y no puedo evitar que se me encoja un poquito el estómago. Porque también fui de esos bebés que “no nacieron bien”. No es agradable crecer pensando que eres eso que salió mal en la vida de tus padres. Sentir sobre ti el peso de la culpa por haber llevado la injusticia a tu hogar, perfecto hasta tu llegada. ¿Cuántas veces dirían de mí las vecinas que yo era una injusticia para mis padres? No su hija. Su injusticia.

Injusticia, lo han llamado. ¿Y qué habría sido justo, pues?

¿Una pareja que no hubiera buscado un bebé sí se “merecería” tener un hijo “así”? ¿Los bebés que nacen diferentes merecen tener “malos padres” que vayan a juego con sus “niños defectuosos”? ¿Quizá sería más justo que ese niño, que necesita una dosis de atención doble, hubiera caído en una familia negligente? ¿En un hogar que no quisiera tener hijos? ¿Sería eso justo para el niño? ¿O, como “sólo” es un niño, sería una injusticia menor?

¿Injusticia? No… Si existe justicia en este puñetero universo nuestro, es capaz de manifestarse en el espacio que ocupa esa toalla. Porque no hay justicia mayor para ese niño, que necesita algo más, o que necesita algo diferente, que caer en una familia que es capaz de dárselo.

No, no es fácil crecer pensando que eres la injusticia en la vida de tus padres. Pero esta idea, si el niño ha tenido suerte, si para él ha habido justicia, no nacerá de sus padres –que lo adorarán por encima de todas las cosas-: nacerá de los que estamos alrededor que, sin querer, podemos estar condenando al compadecer.

Jamás deberíamos compadecernos de esos padres, porque jamás debería compadecerse el amor. El amor se celebra. Centrémonos eso: en celebrar. En celebrar que a ese niño le han tocado los padres perfectos para él. En ver la maravillosa justicia que brilla en esa toalla. Sólo tenemos que mirarla desde el ángulo correcto.

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Artículo para 20 minutos. 13/07/2017

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