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Aquí y ahora, pero de otra manera

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Lavar el coche es una de esas cosas que siempre tengo que hacer (en el sentido de que siempre lo tengo pendiente), porque no es que no tenga tiempo, es que el tiempo se lo voy dedicando a otras cosas que ocupan un lugar más alto en mi lista de prioridades, como jugar con mis hijos o ver aparearse a un par de caracoles. Por eso mi coche, en su estado normal, es una cajita rodante de desorden, perfecta representación en miniatura del enorme caos que en general rige mi vida.

Pero hoy, con esto de que esta semana vamos a salirnos un poco de la rutina, pues me he animado a llevarlo al autolavado. Y, bueno, ya sabéis cómo es esto: después tenía que aspirar por dentro, llevar un paquete a Correos, pasar por el súper  e ir corriendo a buscar a los niños al colegio (que, por cierto, el animal más rápido del mundo no es el guepardo: es la madre que llega tarde a buscar a sus hijos al cole). Total, que meto la ficha y, aún no ha arrancado la máquina, yo ya estoy impaciente porque acabe. Y entonces se me cruza un cable en la cabeza, y casi oigo mi propia voz interior, hablándome a mí como le hablaría a mi hijo: “La máquina va a tardar lo mismo te pongas como te pongas. Puedes elegir entre estar enfadada o disfrutar de lo que tienes alrededor mientras tanto”. Revelaciones de gasolinera. Decidí no enfadarme. La máquina iba a tardar lo mismo.

Así que miré a mi alrededor y vi, para felicidad de mi finísima chaqueta en esta mañana de noviembre, que al pequeño muro de piedra junto a la máquina le estaba pegando el sol. Era un buen sitio para sentarse. Me senté con una pierna a cada lado y toqué el muro con las yemas de los dedos. Estaba helado. Deslicé los dedos, dejándolos fluir entre las piedras. Casi sin darme cuenta, cerré los ojos y me abandoné al frío y escarpado tacto de la roca. Se levantó aire y alcé la cabeza: el viento se estrelló en mi cara y me revolvió el pelo. Sentí el calor del sol en las mejillas, y el negro de mis párpados fue poco a poco tiñéndose de brillos anaranjados. Empecé a concentrarme en escuchar. Oigo el sonido del agua lloviendo dentro de la máquina. Paró el viento. Seguía tocando la piedra. Mi respiración se relaja. Oh, dios, qué paz…

Abrí los ojos y la luz casi me hizo daño. Miré a la izquierda: por un camino, colina arriba, vi a un jacobino vestido con un impermeable rojo. Me pregunté de dónde vendría y me pareció bonito saber, sin conocerlo, hacia dónde iba. Un camino más abajo, dos gallinas se apartaron al paso de una bici. El ciclista se giró hacia atrás y estoy casi segura de que insultó a las gallinas. Me hizo gracia y sonreí. Miré a la derecha. Llevo diez años viniendo a lavar el coche a esta gasolinera. Nunca, hasta ahora, me había fijado en que dejando caer sus ramas sobre la verja, pequeñita entre cinco enormes pinos, hay una higuera. Pobrecita, está casi desnuda ya. Me pregunto si dará higos. Aunque, con la acería ahí al lado echando escoria al aire, no sé yo si estarán como para comerlos. Con lo que me gustan a mí los higos… ¿Cómo he podido no verla antes?

Sigo tocando la piedra. Me parece que está más caliente, pero creo que en realidad son mis dedos los que están más fríos. Cierro otra vez los ojos y pongo las manos sobre mis piernas. Mis vaqueros desprenden calor. Vuelvo a sentir el sol en la cara. Disfruto el contraste. Qué agradable es esto. Dejo de oír la máquina. Oh, mierda. Abro los ojos. ¡No puede ser! ¿Ha terminado ya?

Lo que queremos, cuando decimos eso tan fantástico de “aquí y ahora”, es coger algo y traerlo a donde estamos nosotros. Siempre con prisa. Siempre adelantando. Siempre queriéndolo todo ya, todo aquí, todo ahora. Y resulta que nos olvidamos de hacer algo tan obvio como mirar dónde estamos “aquí y ahora”. Y quizá, llamadme loca, hasta disfrutar de ello. Igual no es que la vida sea tan corta: lo mismo es que nos la pasamos corriendo, esperando llegar a la siguiente cosa importante. Y nos perdemos el aquí, y nos perdemos el ahora.

Decía –sabiamente- John Lennon que la vida es lo que pasa mientras tú te empeñas en hacer otros planes. Estoy deseando ir de nuevo a lavar el coche. Disfrutaré de lo demás, mientras tanto.

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