Autor Jessica
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Tip #6: No hace falta tener una opinión sobre absolutamente TODO

Tip 6

Pero vamos a ver, ¿qué está pasando aquí? ¿Nos hemos vuelto locos o qué?

Miles, qué digo miles, ¡cienes y cienes de temas existen! No puedes tener una opinión formada sobre todo. Ni hace falta. Ni es sano intentarlo. ¿O pretendes implosionarte el cráneo? Mira, no. No es justo pretender tener tiempo para separar paja y grano de la retahíla de información que haya sobre cada dilema existencial que acucie a la humanidad, que bastante tienes ya con separarle al mayor la zanahoria de las lentejas, hombreporfavor.

Existe mucha información, sí. Pero es que si te paras a empaparte de todo lo escrito sobre cada cosa opinable no haces vida, ni comida, ni las camas -lo cual plantea ventajas, no lo niego-, pero no se puede, Mari: hay que salir a la calle, que te de el aire, hablar con personas. ¿Sobre qué? Pues sobre lo que sea, incluso si es sobre un tema del que no tienes opinión. Debería estarte permitido no tener una opinión sobre un tema, por muy serio que sea. Porque, ¿sabes que es peor que no tener opinión sobre algo? Sí, lo has adivinado: opinar sin tener ni puta idea. Como el mongolo de tu cuñao. Así que yo te libero: NO, NO HACE FALTA QUE TENGAS UNA OPINIÓN FORMADA SOBRE ABSOLUTAMENTE TODO.

Además, que parece que si no te polarizas en un extremo ya nada vale, y esto no es así: el mundo está lleno de grises, de matices, de posibles, y bailar entre los extremos dependiendo de la circunstancia es perfectamente válido muchas veces.

– ¿Y tú qué opinas de la gestación subrogada? Leer artículo completo

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Tip #5: Muerte al bienquedismo

Tip 5

Es el gran mal de nuestra sociedad: el bienquedismo.

Bueno, al menos es uno de los grandes males.

Cuando yo era chavalita y trabajaba en hostelería tuve un encargado que era genial, Lauri, que recuerdo que una vez me dijo: “Tía, vaya bienqueda que eres”, y yo recuerdo que sonreí preguntándome sin entender nada por qué me lo decía como si fuera algo malo. Pero ahora ya lo sé. Voy aprendiendo.

Existe un término medio entre decir las cosas a malas -ya sabes, esa gente de “es que yo voy con la verdad de frente y por eso caigo mal”, que tú dices “No, perdona, caes mal porque eres un grosero insoportable, un bocachancla y un faltoso, maleducadoloscojones”- y no decir nada en absoluto porque “no quieres herir a la gente”. Detrás de este “no querer herir a la gente” muchas veces se esconde un “me da miedo no tener razón” o “no quiero parecer grosero/a porque tengo educación”, que también hay que estudiar eso, ¿eh? Pero las cosas, Mari, hay que decirlas.

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Tip #4: Que no te defrauden DOS veces

Tip 4

Este es SÚPER IMPORTANTE.

Tú no puedes evitar que exista gente mala en el mundo. Tampoco puedes evitar que la gente buena a veces haga cosas malas (con mayor o menor consciencia de que están haciendo algo malo). No puedes evitar esas cosas, porque no dependen de ti. No puedes controlar a los demás, ni creo que sea mentalmente sano intentarlo.

Lo que sí puedes controlar es quién dejas que se quede cerca en tu vida.

No te aferres a las personas que te desestabilizan. A quienes intentan joderte, incluso cuando tú las has ayudado. A las que simplemente encuentran entretenido intentar hacerte de menos, o humillarte o incluso perjudicarte.

No te obceques con el “todo el mundo merece una segunda oportunidad”. Pues mira, no. Todo el mundo, no. Dependerá de quién. Dependerá de qué. Y, sobre todo y por encima de todo, que no se te olvide: no te corresponde a ti darle A TODO EL MUNDO su segunda puta oportunidad. Hay siete mil millones de personas en el planeta: que busque la redención haciéndolo mejor en su próxima relación. No es responsabilidad tuya salvar a todo el mundo, coño. Si tienes que gastar energía en alguien, que ese alguien merezca la pena, porque la energía y el tiempo que le dedicas te lo quitas a ti y a tu familia. Y si te defrauda una segunda vez no será culpa suya: será tuya.

Ya está bien de confundir ser una buena persona con dejarse pisar. No es hijoputismo: es autopreservación.

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Tip #3: Sé amable

Tip 3

Dirás que este es para la paz de los demás, pero no, no. Es para ti. Y yo te explico:

La amabilidad que proyectamos no tiene que ver con los demás, sino con lo que sentimos en ese momento. ¿Alguna vez has probado a reírte a carcajadas sin motivo? Al final, terminas riéndote de verdad. Con la amabilidad sucede lo mismo: es una proyección interior. Si mantienes la calma por fuera, esa calma acaba penetrando e invadiéndote por dentro, ayudando a sosegarte.

Además, por supuesto, existe un componente externo: Si la persona que tienes delante es amable, entonces merece que sean amable con ella en respuesta. Si la persona que tienes delante es una amargada de mierda, nada le joderá más que ver que tú eres amable y luminosa y que no es capaz de contagiarte su puta amargura de mierda. Es un 2×1. Todo ventajas.

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Tip #2: Los debates son mejores cuando sabes que te puedes equivocar

Tip 2.2

Hay gente que no sabe perder una discusión. No seas como ellos. No merece la pena.

Como ya sabes, porque has leído el Tip #1, te puedes equivocar, siempre, y no pasa nada. Equivocarte no te convierte en peor ser humano. “Perder” un debate, tampoco. ¿Sabes quién es peor ser humano? El que no sabe perder, ese. Tú no, que estás dos tips más cerca de la paz mental que él.

La cuestión es que si abordas el debate con el único propósito de tener razón, te vas a perder la parte dialogante y enriquecedora. Solo afróntalo asumiendo que puedes no tener razón (aunque sepas que eso es imposible) e intenta no perder los nervios: las cosas se ven más claras desde una mente tranquila que desde unas vísceras cáusticas. Y si el otro pierde los nervios es su puto problema, no el tuyo.

En serio: los debates son terrenos que pueden ser enormemente nutritivos. Incluso si eres tú quien tiene razón (suponiendo que la razón pertenezca en exclusiva a una parte), seguro que puedes incorporar algo positivo a tu saber si sabes bien cómo mirar. A lo mejor aprendes un dato. A lo mejor aprendes a mantener conversaciones de besugo. A lo mejor se te ocurren varias formas de localizar y destruir una propiedad ajena, quién sabe. Algo, qué sé yo. Quédate con lo bueno.

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Tip #1: Te puedes equivocar

Tip 1

Te puedes equivocar siempre, en cualquier circunstancia.

Con tu pareja, cuando juras que tú no tienes la llave del coche y os mareáis buscándola por toda la casa y al final era verdad que la tenías en el bolsillo de tu chaqueta.

Con los niños, cuando pierdes los papeles y mientras alzas la voz estás siendo consciente de que estás perdiendo los papeles y no te gusta.

En el trabajo, cuando se te cruzan dos datos y no te das cuenta y tiras pa’lante y luego tienes que deshacer el entuerto e invertir el triple de tiempo (o dinero, o esfuerzo, o todo).

Con el fulano random, que te dijo que esto era así y tú juraste que era asá y al final, mátame camión, sí que era así.

En el super, cuando vas a por un par de litros de leche y sales con una compra de 40€ y sin leche.

Estudiando, cuando se te olvida si primero se hacían las multiplicaciones o las sumas.

Te puedes equivocar. Y NO PASA NADA. El problema de equivocarse, el único problema REAL de equivocarse, es que nos han enseñado que equivocarse está mal, pero no es verdad. Equivocarse es parte de aprender, es normal, somos personas. Lo realmente jodido de equivocarse es enrocarse en la equivocación, negarla, intentar ignorar que existe (cuando sabemos que sí) y no ser capaces de decir: “ESTABA EQUIVOCADA”.

– Joder, cari, perdona, estaba convencida de que no estaban en la chaqueta.

– Chicos, perdonad, he perdido la paciencia. No ha sido culpa vuestra.

– Vaya, me equivoqué con los paquetes. A ver qué soluciones puedo plantear.

– Ostras, Fulano, pues no tenía ni idea de este dato.

– Beber mucha leche es malo, le echo al café el doble de azúcar y ya está 😅 Venga, no: dejo las bolsas en el coche y vuelvo a por la leche, no problem.

– A mí es que lo que me gustan son los sudokus. Y, además, está San Google.

Y ya está. Y no pasa nada. Te equivocaste: se reconoce, se soluciona lo que haya que solucionar, se piden disculpas si hace falta y a otra cosa mariposa, que no es el fin del mundo, joder.

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52 tips para la paz mental

Tip 1

Si algo tiene este mundo revoltoso es que, casi a diario, se pone a prueba nuestra paciencia.

Un día son los niños, otro día un cuñao, otro tu pareja, otro la ITV, otro tu madre que no te peinas… Y cuando parece que todo está en calma ¡BAM! se le rompe un asa a la bolsa del súper en mitad de la escalera.

Pero, ¿sabéis de qué me he dado cuenta? De que te lo tomas de otra manera si te propones afrontar cada imprevisto/contratiempo/maldicióngitana/loquesea como una oportunidad de llevarte al extremo para aprender y mejorar. Como cuando haces estiramientos y cada vez levantas la pierna un poquitiiiiiiiiiiiito más. Que es prácticamente imperceptible, pero que tú sabes que está ahí porque te pincha.

Y me he planteado, como propósito de año nuevo que empiezo hoy día 24 porquecomosiempreempiezotarde (con lo que el propósito de “no hacer las cosas tarde” ya se me ha ido a la mierda), sintetizar al menos UN aprendizaje cada semana para respirar hondo, sentir que llevo las riendas y hacerme ilusiones pensando que, cada vez, estoy un poquito más cerca de la paz mental, y recogerlos en la increíble, maravillosa e irrepetible colección…

52 TIPS PARA LA PAZ MENTAL

A cada uno le haré una pequeña entrada y un minipost en facebook (que tampoco es plan tirarme la vida con esto) así, a modo de recordatorio. Aquí los compilaré todos y cada imagen llevará al post del tip. A ver si no me canso antes de llegar al diecisiete :/ De momento saco los cuatro primeros a bloque, para ponerme al día.

Aviso legal: no puedo prometer compatibilidad entre todos ellos ni coherencia de ningún tipo. Avisadas/os estáis. Leer artículo completo

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Relatos

Mis tres viajes: el autobús, el mar y la montaña

LEO (29)

En mi vida, ha habido tres viajes importantes. De esos que te marcan para siempre y que establecen uno de esos puntos que separan un antes de un después.

El primero fue un viaje en autobús.

Tenía claro cuál era el destino, y tenía claro también que yo no podía conducir aquel autobús, obviamente, pero la inexperiencia me jugó una mala pasada. Me subí al autobús creyendo que podría decidir sobre la ruta, por ejemplo. No pensaba hacer ninguna locura, eso es obvio. Pero, ignorante de mí, creí que podría decidir si prefería ir por autopista, para llegar antes, o por carretera nacional, viendo el paisaje. Que podría elegir algunas cosas, como cuándo parar a descansar, dónde, por cuánto tiempo… Lo sé: hay que ser idiota.

Al poco tiempo de subirme al autobús, me di cuenta de que yo no tenía ningún control sobre lo que sucedería en las horas siguientes. No solo no pude decidir, sino que intentarlo suscitaba la risa del conductor y del resto del pasaje. No entendía cómo a todo el mundo le parecía normal que un viaje tan importante tuviera que supeditarse a los horarios y voluntad de quien llevaba el autobús, en lugar de escuchar a los viajeros. Me sentaron en un asiento sin ventanilla, y ni siquiera tuve ocasión de disfrutar de las tierras que dejábamos atrás, antes de llegar a aquel destino del que no habría vuelta. Nunca sabré si al otro lado de cristal había arena o amapolas.

Y llegué, es cierto, a la estación de destino. Justo al lugar al que sabía que iría antes de arrancar. Todo había ido según lo previsto, tal como el conductor había programado. Pero yo me había perdido el paisaje. No pude evitar sentir –y de hecho aún lo siento- que me quitaron una parte importante de ese viaje. Cuando llegué a la estación, no sabía dónde estaba exactamente, ni qué tenía que hacer. Me sentía perdida. Desorientada. Triste.

El segundo lo hice nadando.

Mi objetivo era claramente llegar a la orilla y yo, que sabía que llevo en las venas mil generaciones de nadadoras, decidí que este viaje sería a nado. Bueno, más bien  yo pensaba que iba a nadar, pero, al final, el agua me llevó.

Me sumergí en el agua, entre risas y llena de determinación, dejando atrás lo que conocía. Cuando quise darme cuenta, flotaba en ese mar que me abrazaba con la infinidad del universo. Ese mar en el que el tiempo no existía y el espacio cobraba una nueva dimensión. En el que yo misma me convertía en un ente desdibujado, fuera del alcance de lo terrenal.

Entonces, el mar se desató. Y yo aprendí la sutil y vital diferencia entre ser arrastrada y dejarse llevar. Un inmenso maremoto de olas que se sucedían fuera de mi control me sacudían. Por un instante el miedo tensó todos mis músculos, haciéndome más difícil seguir a flote. Pero entonces confié. En mí, en el mar, en la orilla. Respiré hondo y mi cuerpo, como si se viera invadido por una sabiduría ancestral, se cargó de oxígeno, se expandió extasiado sobre las prístinas aguas, y las mismas olas que unos momentos antes parecían querer hundirlo lo elevaban ahora hacia el cielo, hacia las estrellas, hacia el universo. Y, cuando alcancé la orilla, me sentí capaz de todo. Sabia. Conectada. Infinita.

El tercero escalé una montaña.

Llegué a aquel paisaje preguntándome si habría otra orilla a la que llegar, pero aquella vez mi destino era la cima de una montaña, nevada y empedrada. Aunque eso solo lo entendí cuando ya había empezado a escalar.

Fue un viaje largo. No tan largo como el viaje en autobús, pero tampoco estaba siendo como dejarse llevar por el agua, eso estaba claro. El cuerpo me pesaba más a cada paso del ascenso. Mis piernas se hundían cada vez más en la nieve virgen. Y juraría que, en algún momento, empecé a cargar con las rocas del camino. Tenía plena consciencia de cada movimiento, de cada paso que avanzaba, de cada centímetro que le ganaba a aquel terreno difícil. Me faltaba el aire. Tenía calor. El cansancio me vencía. El juicio se me nublaba.

En un punto del camino me sentí derrotada, miré hacia arriba y creí que jamás alcanzaría la cima. Pero entonces me di cuenta: ese, y no otro, era el punto de no retorno, e inicié de nuevo la marcha, dispuesta a dejar todo mi ser en aquel viaje.  Le grité a la montaña mientras ascendía. Usé toda la fuerza de cada músculo de mi cuerpo. Apreté los puños. Abrí la boca. Gemí de puro esfuerzo. Con cada bocanada de aire que escupía rugiendo, recuperaba fuerza para el siguiente paso. Pisé fuerte. Pisé firme. El ascenso fue duro, sangriento, escatológico y rematadamente precioso. Y cuando al fin, con un último, desgarrador y glorioso grito, alcancé la cima, me sentí otra vez capaz de todo. Fuerte. Poderosa. Terrenal.

***

En la cima de la montaña, me esperaba mi hijo Leonardo. En mis carnes lo abracé desnudo y ensangrentado, mi guerrero con alma de poeta, y lo envolví en una manta, blanca como la nieve y cálida como un suspiro, en la que solía dormir una gata color ajedrez. La nieve en la montaña dio paso a la primavera, y en aquella cima aspiré profundo el aire de la vida, que olía a sangre y caramelo.

A la orilla, junto a mí, llegó mi hija Ainé. Y nos abrazamos, desnudas y mojadas, y nos conocimos así mi reina de las hadas y yo: cremosas y plenas de libertad. Porque ella no puede evitar ser así: tan impetuosa como benévola. Tan explosiva como sanadora. Tan térrea como mágica. Tan de fuego, y tan del mar.

En la estación de autobuses,  en una cuna de plástico higienizada, guardaron a mi hijo Hugo. Pero cuando llegué a la estación –cosas del papeleo- no me lo pudieron dar, y mi bebé tuvo que esperarme, en esa burbuja de plástico, durante algunas horas más. Me lo entregaron tapado con una sábana almidonada que olía a detergente y estación.  Cuando salí al exterior con mi bebé recién estrenado me encontré un cartel que decía “Bienvenida a La Maternidad”. Y yo seguía sin saber qué coño tenía que hacer.

Cada viaje es único. Cada viajera es diferente a todas las demás. No podría haber cruzado el mar en autobús, del mismo modo que no podría haber ascendido a la cima nadando. Quiero pensar que cada viaje tiene un sentido, un propósito, un aprendizaje. En la montaña aprendí que soy fuerte. En el mar aprendí que soy libre. Y de aquel autobús aprendí algo muy importante: aprendí cómo no quiero ser. Ni sumisa, ni educada, ni correcta. Aunque nunca podré dejar de preguntarme… De mi primer viaje, ¿qué habría aprendido, si hubiera podido ver el paisaje?

LEO (105)

LEO (111)

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Fotos: Ana Hevia. Pie de foto@anahevia_

Las imágenes están protegidas y no pueden ser utilizadas sin mi consentimiento expreso.

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Eventos, Relatos

El cuento de ‘La madre Perfecta’, el cuento de ‘La madre Desastre’

perfecta y desastre

Como os había contado, he estado presente como ponente, junto a mi querida Melisa (Madre Reciente), en la IX edición de Gestionando Hijos. Ha sido una experiencia maravillosa, más allá de todas mis expectativas, no solo porque he hablado sobre las tablas del Teatro Lope de Vega ante mil cuatrocientas personas. Ha sido una mañana emocionante y divertida, donde las lágrimas y las risas se han ido intercalando en cuestión, a veces, de solo unos segundos.

Un estupendo equipo de organización y de ponentes, de los que me llevo mucho, mucho aprendizaje. Porque ya sabéis que siempre, siempre, podemos aprender algo nuevo. De verdad, que magnífica mañana ❤

El motivo de escribir este post es que muchísimas personas me han preguntado tras el evento si los cuentos que leí son míos y/o si existen. Tanto me lo han preguntado que me empiezo a plantear convertirlos en un libro real 😅 Pero de momento voy a dejarlos aquí, en mi blog que es vuestra casa 🙂

Para quienes no estuvisteis presentes ni lo visteis en directo a través de facebook live, os pongo en antecedentes:

Melisa y yo queríamos transmitir un mensaje claro: no somos perfectas, ni falta que hace. La maternidad (como la vida) consiste en disfrutar del paisaje mientras andamos, en ser felices y en que, si no llegamos a todo, no pasa nada. Y para transmitir esta idea hicimos una ponencia en tres actos: el cuento de la madre perfecta, la historia de la madre regular, y el cuento de la madre desastre. Los cuentos los escribí a propósito para el evento y preparé un falso libro de atrezzo (que, os cuento en secreto, en realidad era el de A qué sabe la luna tuneado😉).

Así que, sin más dilación, aquí os dejo los cuentos originales, tal como los escribí para el evento, aunque luego hube de recortarlos para no extenderme en el tiempo. Solo os digo una cosa: uno de los cuentos es fantasía. El otro, está basado en hechos reales. Adivinad cuál es cuál. Leer artículo completo

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Eventos

#megustaeducar ¡Nos vemos en Gestionando Hijos!

MELISA TUYA JESSICA GOMEZ

Yo no sé qué pasa, que todos los años, cerca de mi cumple, pasa algo interesante.

Hace cuatro años me propusieron mi primer cuento, hace tres la FECYT valoró un proyecto educativo en el que yo participaba como uno de los tres mejores de aquel año, hace dos años me fui a los premios Bitácoras como finalista y a participar en una mesa redonda en ManchaArte, el año pasado me propusieron la campaña publicitaria para Natura y este año… ¡Este año me voy a Gestionando Hijos, Mari!

yuhu

Mi amiga Melisa (Madre Reciente) y la menda lerenda vamos a hacer una breve ponencia juntas, titulada La educación no es un cuento, en la que, a través de dos cuentos y algunas interesantes reflexiones, reivindicaremos nuestro derecho a no peinarnos. El evento será el próximo sábado 24 de noviembre, de 9 a 14 horas. Nosotras salimos a las 12:15 y se podrá seguir en directo a través de facebook live.

Hay un cartel que se me saltan los ojos. Bueno, las lágrimas, ya me entendéis.

Está, por ejemplo, Marina Marroquí, que ha sido mi momento grupi número uno, porque me dejó fascinada desde el minuto cero en su aparición en Salvados. Estará Boticaria García y también Pedro García Aguado, a quien seguro que recordáis de Hermano Mayor. Y mi momento grupi número dos lo he tenido al ver que también estará Javi Nieves, que me hace mucha ilusión porque lo escucho todas las mañanas. Voy a ver si consigo hacerme un selfie con mis momentos grupi sin parecer una fan histérica.

fan
¡Marinaaaa! ¡Javiii! ¡Tengo vacaaaaas!

La verdad es que todos los ponentes son unas joyas en lo suyo, y yo no tengo claro qué pinto ahí, pero como voy con Melisa pues silbaré disimuladamente y así se me nota menos que seré como una castaña en un yogur.

En la página de Gestionando Hijos tenéis el listado de ponentes y el programa (click aquí), y podéis comprar las entradas en este enlace.

Le he dicho a mi madre que no puedo ir toda arreglada porque pierdo credibilidad, y me ha sacado la carta de que la mato a disgustos. Al final le he dicho que voy a ir un poco mona, así que ya sabéis: si alguien va, nada de fotos, que luego to se sabe.

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