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Parirás con dolor, o cómo infantilizar a una mujer y robarle su parto

LEO (74)

Escribir es muy difícil, a veces. Lo que tienes que contar es tan grande, abarca tanto, tanto, que te sientes con tu teclado como David con su tirachinas frente a Goliat, con la total seguridad de que, hagas lo que hagas y digas lo que digas, será insuficiente.

Y si a eso le sumas que lo que te ha llevado a sentarte frente al teclado es algo que te duele y te cabrea en lo más hondo, se te atascan las letras en los dedos. Es difícil ordenar las ideas con el cerebro lleno de bilis. Y tú sabes que a medida que la ira entra la elocuencia se va yendo, y si se va la palabra no importa cuánta razón tengas o dejes de tener, que la credibilidad la pierdes.

Por eso es tan difícil escribir esto. Porque es hacerlo sabiendo que no lo harás bien. No lo suficiente. Pero no lo suficiente es algo, aunque sea poco. Y poco es mejor que nada. Y, al final, somos muchos pocos: muchas pequeñas voces las que estamos, contenidas de rabia y dolor, dejándonos ver en la red para decir que ya basta.

Esto no ha sido solo una agresión contra una madre que quería parir en casa: es una agresión contra la libertad de todas las mujeres a decidir sobre algo que debería ser tan sagrado e intocable como es nuestra sexualidad.

Y es que es ahí donde hay que poner el foco: esto no puede convertirse, una vez más, en un debate sobre si parir en casa sí o si parir en casa no. No va de eso. Intentemos dejarlo claro desde el principio: parir en casa es legal, es una opción que se recoge dentro de la autonomía de cualquier paciente o usuario. El sistema público de salud no es de uso obligatorio, sino voluntario y si cualquier persona decide llevar su salud al margen del SNS está en su pleno derecho de hacerlo.

Puedes estar más o menos de acuerdo con los partos en casa, pueden parecerte mejor o peor, ese no es el tema aquí. Aunque, sea cual sea tu opinión acerca de ello, dejemos esto claro desde el principio: en un embarazo normal y sano, evidencia científica en mano, el parto domiciliario no tiene mayor riesgo que el hospitalario. ¿Existe riesgo? Sí, porque el riesgo cero no existe: ni en casa ni en el hospital.

Entonces, ¿de qué estamos hablando aquí? De que cualquier persona, CUALQUIER PERSONA que esté en pleno uso de sus facultades mentales, tiene la libertad y el derecho a decidir sobre su salud, sobre a qué tratamientos y procedimientos quiere o no someterse, sobre qué riesgos quiere o no correr, y esa serie de libertades y derechos vienen recogidos, contemplados y, teóricamente, protegidos y garantizados en cosas tan básicas como son la Ley General de Sanidad y la Ley de Autonomía del Paciente. Leer artículo completo

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Nuestra Señora de París

Quimeras
En la entrada de mi casa hay cuatro fotos desde hace trece años, del que diría, sin duda, que fue el viaje de mi vida: mi cara junto a ‘La habitación de Arlés’ de Van Gogh, en Amsterdam; la Rue du Market, en Bruselas; mi bici en el callejón del Hostel de Passage, en Brujas; y una quimera de Notre Dame.
 
¿Sabíais que lo que normalmente llamamos gárgolas en realidad no lo son? Las gárgolas (de las que Notre Dame está llena) son unas esculturas que cumplen además una función de desagüe. Por eso tienen la boca abierta y miran hacia abajo. Estas de las fotos (fotos que yo hice en aquel viaje), de las que también está llena Notre Dame y que son puramente ornamentales, se llaman quimeras.
 
No es que sea yo muy estudiada: te lo explicaba el folleto que te daban al entrar en la catedral.
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Gárgolas
Gárgolas
Pasa un poco lo mismo que con la novela de Victor Hugo, que muchos piensan que es ‘El jorobado de Notre Dame’ y en realidad se titula ‘Nuestra Señora de París’ (‘Notre Dame de Paris’).
 
Creo que era lunes cuando llegué a París. Me dirigí, junto a dos chicas argentinas que había conocido en el tren, al Boullevard de la Chapelle. Camino de un hostel encontramos un hotel barato y decidimos quedarnos allí (la habitación triple nos costaría lo mismo por cabeza que el hostel, y no tendríamos que compartir baño con cuarenta personas).
 
Estaba emocionada por conocer París. Pero, sobre todo, estaba emocionada por conocer Notre Dame.
Mi error, el primer día, fue ir andando. Cuando llegué a La Citè, la catedral estaba ya cerrada. Eran las siete de la tarde, y solo pude verla por fuera. Hice fotos de TODAS Y CADA UNA de las gárgolas que se veían desde abajo. Las quimeras tendrían que esperar al día siguiente.

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¡¡Me ha tocado la cesta de GATAWEB!!

me ha tocado la cesta

¡¡ME HA TOCADO LA CESTA DE GATAWEB!!

Mi hermano recogió la cesta en Madrid y tuvo la amabilidad de traérmela hasta Gijón. En cuanto cargué las tres cajas en el maletero del coche, pletórica de entusiasmo porque nunca me toca ná, me hice un par de fotos para el grupo del whatsapp de Familia, por aquello de dar envidia. Envidia sana, eso sí, que la cesta es eco.

Así que, como digo, me tiré un par de fotos, les hice chincha rabiña a todos y me fui corriendo en coche a buscar a los niños al colegio, con toda la intención de hacerme una foto en condiciones con las cosas de la cesta al llegar a casa para mandársela a la asociación, quizá sobre la cama en plan Tío Gilito con sus billetazos. Pero recogí a los niños en el cole y les enseñé entusiasmada la cesta: las tres cajas con su contenido. Y ESE FUE MI ERROR. Leer artículo completo

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La -dichosa- baja por paternidad intransferible

cesar pelando patatas parto

Creo -estoy bastante convencida de hecho- que me voy a meter en un jardín.

El Gobierno acaba de presentar sus presupuestos, en los que incluye -entre otras muchas cosas interesantes- la equiparación del permiso por paternidad al de maternidad, pasando a ser de dieciséis semanas (bueno, de ocho ahora, de dieciséis para 2021), con carácter obligatorio e intransferible.

Llevo ya semanas leyendo innumerables artículos y viendo algunas acciones, especialmente de personas/grupos feministas, oponiéndose a esto, aludiendo a que es más necesario ampliar la baja maternal, esgrimiendo argumentos como que el cuerpo que está biológicamente preparado para atender al bebé es el de la madre y que el bebé tiene derecho a ese cuidado. Estoy total y absolutamente de acuerdo con todo. PERO…

Lo reconozco: a mí también me escamó que sacaran este permiso. Fue como “¡Joder, tío! ¡Que llevamos mil años pidiendo que se amplíe el permiso de maternidad y vais vosotros y ampliáis el de paternidad, me cago en todo!”. Entiendo la visceralidad, pero es que no tengo nada claro que la NO mejora del permiso de paternidad fuera a significar la mejora de la situación de la maternidad.

Es cierto: el permiso de maternidad es una risa, es mucho más que insuficiente. Es cierto que nuestros bebés tienen derecho a ser cuidados por sus madres durante mucho, muchísimo más de dieciséis semanas, y que ampliar el permiso de maternidad debería ser una prioridad. PERO no creo que echar abajo el nuevo permiso de paternidad sea la manera de conseguirlo. Creo que es un avance, y un avance positivo. ¿Que no es el avance que esperábamos? Es verdad. Pero es algo.

Llamadme incoherente si queréis que lo entenderé, pero hay algo que me rechina en oponerse a este nuevo permiso. Y me explico: Leer artículo completo

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Lo que aprendí en un año de ‘Motivos para ser feliz’

un año de motivos 2

Me consta que la mayoría de los que andáis por aquí me leéis desde hace tiempo, así que probablemente esto ya lo sabéis:

Hace poco más de un año, mientras mi padre estaba en el hospital, en sus últimos días, empecé a publicar #motivosparaserfeliz. No pretendía hacer una terapia, no buscaba evadirme, no tenía una intención ni un programa a largo plazo. Sencillamente una mañana, llevando a los niños al colegio antes de ir al hospital, en medio de toda la pena que me consumía aquellos días, sucedió algo. Algo sencillo, cotidiano y embriagador, que me hizo sonreír. Y pensé que solo aquello, por sí mismo, era para mí suficiente para ser feliz.

Quise fijarme en esas pequeñas cosas que me hacían sonreír a diario, en medio de la tristeza y la angustia crecientes, que se iban mezclando con la esperanza de que todo acabaría bien. Aunque algunos motivos, no podía evitarlo, se teñían de pena. Como el del café de máquina del hospital, que estaba más rico que el de la cafetería. 

Puede que, en el fondo de mi ser, supiera que el final de aquel camino estaba cerca.

El día que escribí que amanecía otra vez, fue el último día que pisamos aquel hospital, por entonces.

El primer amanecer sin mi padre, al día siguiente, él fue mi motivo para ser feliz. Simplemente, porque tuve la suerte de que fuera mi padre.

Los días siguientes me descubría siendo feliz con pequeñas cosas, que bailaban entre la intensa tristeza del momento que vivía…

Y el más absoluto de los absurdos.

Y, antes de que pudiera darme cuenta, la vida me llevó.

Para cuando quise pararme a pensar en qué estaba haciendo al escribir mis motivos para ser feliz, ya estaba enganchada. Seguía sin pretender ser una terapia, sin tener ningún propósito definido, pero no podía dejar de dedicarme ese ratito, cada día, para pensar en todas las cosas que me hacen feliz.

Quería hacer un post especial, algo así como un top ten, pero no he sido capaz. Porque un año después, repaso todos esos motivos y me doy cuenta de dos cosas: que he aprendido mucho, y que soy una persona MUY afortunada. Tampoco quiero daros la paliza con esto, es más bien como subrayar las mejores páginas de mi diario. Algo que hago porque me produce placer personal, porque sé que me gustará releerlo en el futuro tanto como me ha gustado revivirlo ahora.

Esto es lo que he aprendido: Leer artículo completo

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Yo NO SOY defensora del parto en casa

monita pariendo

No sé muy bien por dónde empezar, así que voy a empezar por algo que me sucedió hace poco:

En una conversación con alguien, esa persona me dijo (con cariño): “Además tú, que eres defensora del parto en casa”.

Este me parece un buen punto de partida: yo NO SOY defensora del parto en casa. ¿Sabéis de qué soy yo defensora? De asumir que las mujeres son  –y sé que esto es una idea revolucionaria- seres inteligentes, capaces de tomar sus propias decisiones y, además, decidir bien. Qué locura, ¿eh?

Yo no soy defensora del parto en casa, como no soy detractora del parto hospitalario. Yo soy defensora de que cada mujer es perfectamente capaz de elegir libremente, y de que esta sociedad debería favorecer las decisiones libres, sin presuponer incapacidad o enajenación, y sin intentar, constantemente, interceder en esa decisión, y mucho menos desde el miedo. Resumiendo: yo lo que defiendo es que cada mujer pueda elegir. Si es que estoy loca.

Cuando una mujer decide que quiere parir en el hospital (en realidad, tanto si lo decide como si lo hace por inercia de grupo) no pasa nada. “Ok, baby, todo correcto. Vas por el buen camino”. Pero cuando una mujer decide, no, se plantea parir en casa, se encuentra con la combinación que desde el inicio de los tiempos se opone a cualquier cosa que cuestione lo establecido: desconocimiento + prejuicios. Mortal.

Como puedo presumir (y de hecho lo hago) de tener uno de los espacios de internet, hoy día, en el que más respeto, diversidad y diálogo se puede encontrar entre las lectoras habituales (y lectores también: ¡Hola, 5%!), pues voy a aprovechar este espacio para compartir un poco de información veraz para aquellas personas que, de verdad, tengan un poco de interés en saber más sobre este tema.

Así que me lanzo: voy a contestar a los prejuicios y preguntas con los que YO me he encontrado al decidir, con dos de mis tres hijos, parir en casa. Vaya por delante que no pretendo, ni muchísimo menos, convencer a nadie de nada, pero creo (y veo) que existe MUCHA desinformación acerca del parto en casa, así que voy a exponer la información de que dispongo a través de la investigación y mi propia experiencia, por si a alguien le puede interesar.

Empiezo: Leer artículo completo

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Cosas ridículas que te pasan cuando decides PARIR EN CASA

Así, sin ningún orden particular.

  • El médico de cabecera se niega a darte una receta de vitamina k (¡vitamina k!) para el bebé porque “él no se responsabiliza de un parto en casa”.

confused wtf girl

  • En el registro se vuelven locos cuando les pides la hojita amarilla para inscribir al niño “porque eso te lo dan en el hospital cuando nace el bebé”.

Yo: Es que no voy a parir en el hospital, voy a parir en casa.

Funcionario:

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20 minutos para que viniera la supervisora a darnos el papel. Leer artículo completo

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Una historia de casualidades

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Hace muchos años, a finales de una primavera calurosa, en la cuadra de una casa cualquiera, en un pueblo asturiano cualquiera, una pastora mestiza, quizás un poco mastina, parió un buen puñado de cachorros de padre desconocido, aunque a juzgar por las orejas de los cachorros, debía ser algún cazador. En aquel pueblo mucha gente cazaba. El dueño de aquella cuadra, donde aquella mestiza había parido, no era cazador: era ganadero, y aquél montón de perritos aullantes eran un incordio.

Pasado un mes, y ante los probablemente atónitos ojos de la pobre mestiza recién parida, aquel hombre había conseguido deshacerse de casi todos los cachorros. Quedaba una, canija y feucha si se la comparaba con sus hermanos, que nadie había querido. No tenía pinta de ir a ser muy grande, era nerviosa, incontrolable y asustadiza. No tenía pinta de servir para nada. Y en la práctica vida de aquel paraíso rural de un monte cualquiera de Asturias, si un animal no sirve para nada, molesta. No hay más. “La gallina que no pone, para caldo antes de que sea vieja”.

Un domingo (bueno, en realidad no lo sé, pero yo me lo imagino en domingo), cuando empezaba ya a notarse cómo el verano doblaba la esquina, y el sol de mediodía calentaba los caminos, un ciclista pasó levantando polvo junto a la cuadra, con la mala suerte de que una cachorra, canija y feucha, le salió al paso y el ciclista, girando el manillar para no atropellarla, cayó al suelo. La cachorra huyó llorando, lo que alertó al ganadero, que apareció, palo en mano, a darle un buen par de palos a la cachorra, “por escandalosa”. El ciclista, alucinado con la escena, preguntó si le pasaba algo a aquella perra.

– ¡Que no vale pa’ na! Pero no te preocupes que luego pa’ cuando des la vuelta ya no está aquí, porque na’más termine de comer la quito de en medio.

¿Hablaba en serio? ¿Acababa aquel hombre de decirle que iba a matar a la cachorra?

La situación terminó con que, después de hablar un rato, el ciclista se llevó a aquella perra, de un mes, canija y feucha, metida en su chaqueta. No sé si la pobre mestiza tuvo ocasión de despedirse de su último bebé. Leer artículo completo

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10 cosas con las que NO voy a perder el tiempo en esta maternidad

no perdere el tiempo en esta maternidad

Cuando tuve a mi segunda hija, me di cuenta de cuántas cosas inútiles y accesorias me habían hecho perder tiempo, energía y dinero al tener a mi primer bebé. Desde el quinto mes de embarazo, en que me gasté setecientos eurazos en uno de estos carros tres es uno (del que luego, esencialmente, usé solo el huevito). Me consta, por cierto, que no soy la única.

A punto de nacer la segunda, me decía mi madre “Hija, ¿pero todavía no has preparado nada? ¿O ya lo tienes todo?”. Y le decía yo, toqueteándome: “A ver: dos tetas, dos brazos… Sí, mamá, lo tengo todo“. Y, básicamente, es así.

Cuando nació mi mayor, salir de casa era un despliegue de medios que rozaba el ridículo de manera constante, para caer de lleno en el más absoluto absurdo cuando me descubría a mí misma guardando el silbato aquel para sorber los mocos, “no vaya a ser que le den mocos, madremía”. Cuando nació mi pequeña, agarraba niña y bandolera, un par de pañales al bolso (al bolso, al mío, al normal) y a correr. “Dos tetas, dos brazos, dos pañales… Sí, lo tengo todo“.

Me di cuenta entonces de que, como dicen, la experiencia es un grado, y a veces ese grado te hace simplificar y disfrutar mucho más, porque te vas librando de todo lo que no hace sino complicarte la vida y dificultar que te centres en las cosas divertidas y realmente importantes, que es, al fin, en lo que debería basarse la maternidad/paternidad: en disfrutar de nuestro tiempo con nuestros pequeños, que serán pequeños poco tiempo. También me planteé que, si esta “despreocupación” es progresiva según se van acumulando retoños, cuando yo nací, siendo la pequeña de cinco hermanos, probablemente me soltaron en el estanque de los patos y fueron a recogerme un día a los tres o cuatro años, a tiempo para el primer día de cole.

Total, que dándole vueltas a esta idea estoy pensando que, aunque yo de por mí ya soy muy simple, seguro que puedo simplificar aún más. Y he estado pensando en cosas que NO ME HARÁN PERDER TIEMPO absurdamente en esta, mi tercera maternidad. Y me las apunto, no vaya a ser que a mi cerebro de placenta le de por olvidarlas al parir. Así que NO VOY A PERDER EL TIEMPO… Leer artículo completo

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Que no nos callen ¡NUNCA!

que no nos callen nunca

No me puedo creer que hayan pasado ya cuatro años desde que me sucedió esta historia. Si al final de mi vida tuviera que hacer un recopilatorio de mis grandes momentos, un Greatest Hits vital, sin duda este estaría presente. Porque son esas cosas que hacemos, a veces, que nos dejan ese sabor de boca de… “Estoy cambiando el mundo“. Aún conservo la carta que me envió el Hospital.

De lo que me pasó entonces os hablé un poco, hace tiempo, en mi post ¿A cuántas mujeres violadas conoces? Hoy, os cuento la historia completa 🙂

Recupero post de mayo de 2014:

Escribo esto entre la emoción de quien siente que ha dado un gran paso y la incertidumbre de no saber por dónde empezar, así que voy a empezar por el principio y de manera clara:

El pasado mes de septiembre sufrí un abuso. Se vulneraron mis derechos como ser humano, mujer, embarazada y paciente.


Estaba en mi embarazo, mi segundo embarazo, y estaba decidida a llevarlo de un modo mucho más consciente y participativo que el primero. De forma que, de manera autónoma, localicé a través de fuentes fiables, como laOMS, la FAME y EPEN, información acerca de todas las prácticas que suelen hacerse en los hospitales, como son las exploraciones, el test de O’Sullivan (la prueba del azúcar) o el estreptococo, por ejemplo, y que se practican muchas veces bajo un imperativo cordial y rutinario y no ofreciéndolas como una opción, haciendo que en ocasiones olvidemos que TODO cuanto concierne a estos protocolos es SIEMPRE OPCIONAL


Una de las cosas que tuve claras desde el minuto cero, era que no querría exploraciones físicas, tactos, durante todo el embarazo y, si no eran estrictamente necesarias, tampoco las querría durante el parto. Lo comuniqué ya en la primera cita de control, en la que, tras completar mi historia, la tocóloga me dio una instrucción rutinaria: 

Pasa para dentro y desnúdate de cintura para abajo, que vamos a hacerte la exploración.” 
Ante mi negativa se mostró sorprendida, quizás un poco “guasona” al preguntarme “por quién están desaconsejadas las exploraciones durante el embarazo” (como si me lo hubiera recomendado alguna mística curandera que, aunque no, daría igual si así hubiera sido), pero desde luego respetó mi decisión.

En mi ciudad existen dos hospitales: uno de ellos es el hospital de Jove, donde no tienen ginecología de urgencias y es por ello que a las embarazadas que nos toca por zona ese hospital nos hacen el seguimiento hasta la semana 36 y después trasladan nuestro expediente al otro hospital, el de Cabueñes. La visita de la semana 36, el 17 de septiembre de 2013, sería mi última visita a esa consulta de tocología. 



Yo ya sabía que a esa visita correspondía la prueba del estreptococo y, al igual que en todas las demás pruebas, me informé sobre ello y decidí que sí quería conocer el resultado para, en caso de ser positiva, decidir también sobre la administración de antibiótico durante el parto. En la consulta, la tocóloga me indicó que, “en teoría”, me tocaba la prueba del estreptococo. Imagino que su particular indicación fue así porque recordaba de las consultas anteriores que yo no quería que se me practicaran exploraciones aunque, evidentemente, coger una muestra de la boca de la vagina y el ano es muy distinto a hacer una exploración. De todas formas,yo sí quería hacerme esa prueba y, mientras mi hijo mayor, de 3 años de edad, jugaba con un lápiz sentado en una silla de la consulta, yo me desvestí y me coloqué en posición de litotomía en el potro. La enfermera estaba a mi izquierda. La tocóloga vino con los dos bastones de muestras, las recogió, las guardó y, acto seguido, introdujo sus dedos en mi vagina. Me incorporé cuanto pude de un salto en el potro, al grito –y digo grito– de “¡Eh, eh! ¡Exploración no! ¡Exploración no!”, cuya respuesta por parte de la doctora fue penetrar más hondo con los dedos, reírse y contestarme: 

“Pero no te preocupes, mujer, si esto es un momento. Ya verás que rápido”. Retiró los dedos y dijo “¿Lo ves? Ya estás explorada. ¿A que no ha sido para tanto? No tienes el cuello del útero modificado.”. Dato, por cierto, que no necesitaba saber en absoluto. Sonriéndome, se dio el lujo de añadir: “Y tranquila, mujer, que no te “revolví” nada”. Aquí me permito anotar que “revolver” es el nombre que en Asturias se le da de manera ‘coloquial’ a la maniobra de Hamilton.

Mi reacción fue mirar a mi hijo, que esperaba sentado con su lápiz, mirar a la enfermera, en cuya expresión facial me pareció apreciar que se daba cuenta de la gravedad de la situación, y guardar silencio hasta llegar al coche, donde rompí a llorar.

Me sentí violada, física y moralmente. Me sentí, francamente, el mayor pedazo de mierda que pisaba la tierra.

Imagino que no hace falta que os cuente: fuera de este círculo de maternidad consciente, los comentarios al contarlo variaban de “estás exagerando” y “solo estaba haciendo su trabajo” a “cómo va a ser un abuso, si es una mujer”. Aunque, todo he de decirlo, la mayor parte de las reacciones fueron de apoyo.

Llena de rabia, me armé de documentación que avalara, ley en mano, mi sentir, como la Ley de Autonomía del Paciente, la Ley General de Sanidad, el Código Penal, la Estrategia Nacional de Salud Sexual y Reproductiva, la Iniciativa al Parto Normal y alguna cosa que seguro que me dejo. Pero, por algún motivo, no era capaz de ponerme frente al ordenador a escribir la reclamación. Así que quise concederme un final de embarazo tranquilo y así poder tener mi parto soñado, en casita, lejos de batas blancas y dedos intrusos.

Fueron pasando los meses y siempre pensaba: “lo haré la semana que viene”. Pero nunca me sentaba a escribir la reclamación. En abril tuve mucho, muchísimo trabajo, y quizá porque tenía la mente tan distraída con todo, porque entré en un frenesí de “lo voy a quitar todo de en medio cuanto antes”, de repente y sin haberlo planeado me senté a escribir la reclamación. Y entonces entendí por qué no la había escrito antes: porque me dolía recordar. Lloré y temblé mientras la escribía. Pero la escribí.

Por recomendación de un amigo enfermero, la dirigí tanto al Hospital como a la Comisión Deontológica del Colegio de Médicos de Asturias. Entregué las cartas personalmente en ambas sedes, llevándome conmigo sendascopias selladas. Esto fue hace justo un mes: escribí la reclamación un sábado 19, y las entregué el lunes 21 por la mañana.

Ayer, recibí la primera contestación: la del Hospital de Jove. Pensaba que sacarían las uñas, que lo negarían todo, que me llamarían loca… Y no. Me comunican lo siguiente:

(…) Entendemos que no existe una disculpa clara (de la tocóloga) por no haber respetado su deseo de que no se le realizaran exploraciones físicas durante su embarazo, deseo del que hay constancia escrita en su historia clínica, y que representa una circunstancia muy grave, lo que nos obliga a abrir expediente disciplinariocontra la Dra. XXXX.

(…) En este caso con respecto a usted, el daño está hecho y por ello queremos transmitirle nuestras más sinceras disculpas y compartir la razón que le atribuyen todos sus argumentos. No podemos hacer otra cosa. Lamentamos profundamente lo sucedido.

No puedo hacer menos que agradecer al Hospital su actuación y respuesta. Porque el cambio que buscamos está en todos, y es imposible logralo sin pelearlo juntos: profesionales y usuarios.

Victoria, chicas. Victoria.

Son nuestros derechos, es nuestro cuerpo. No podemos consentir que el abuso esté normalizado. No podemos consentir que nos digan que en nuestro cuerpo decide otro.

Merece la pena. Reclamad. No os calléis, por favor. Que no nos callen ¡NUNCA!

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Publicado originalmente en el blog deblame Bajito: 22 de mayo de 2014

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