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La vida frágil

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Los sostuve en brazos, y recordé el miedo.

Puede que porque nunca había cogido en brazos unos bebés que me importaran tanto como mis propios hijos. Comprobé el tono de su piel, los deditos de sus pies, su respiración.

“¿Respiran?”

Recordé el miedo, porque nosotros somos fuertes, pero la vida es frágil.

Recordé el miedo, cuando mis hijos eran así y yo tenía la sensación de que  sus vidas podían romperse entre mis dedos si yo no lo hacía bien. Si no era suficiente para ellos. Recordé la noche en vela cuando mi hijo mayor vomitó por primera vez, porque creía que se ahogaría mientras yo dormía, así que pasé la noche despierta, mirándolo. Recordé las lágrimas cuando dudé de si mi pecho sería bastante para él, cuando el miedo me decía que lo mataría de hambre si me equivocaba. El miedo a que los mocos lo ahogaran, a que sus primeras comidas lo atragantaran. A que él enfermara y yo no supiera verlo a tiempo. Miedo, miedo, miedo.

Pero, en algún momento, no sé cómo, los miedos se diluyeron en la rutina. En la prisa. En el sobrevivir trastabillando un día con otro. Se diluyeron en el “lávate los dientes”, en el “coge la mochila”, en el “anda más deprisa que llegamos tarde”. Se diluyeron en los buenos modales a la mesa, en la hora de irse a dormir, en el “bájate de ahí que te vas a hacer daño”. Se diluyeron en la vida de otra madre. Otra diferente a la que yo quería ser.

Y olvidé todo lo que soñé que haría cuando ya no tuviera miedo… Leer artículo completo

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¡Uga, uga!

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Pues es que si no le doy un garrotazo en la cabeza ya me dirás cómo me la llevo.

Pues es que si no la arrastro de los pelos ya me dirás cómo la meto en la caverna.

Pues es que si no la obligo a ver si no cómo la monto.

Pues es que si no quiere que la tomen por puta que no se vista de colores. Leer artículo completo

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Pelayo 2.0

don pelayo jose martin anton crespo

Os quiero contar la historia de una conquista fallida. De una incursión llevada a cabo en territorio astur desde las montañas que cierran Asturias al sur.

La historia de unas gentes que venían blandiendo la milonga del respeto hacia todas las personas, pero que se valían del respeto para intentar imponer con rigidez su manera de pensar. Que decían querer paz, pero que removían la guerra. Que predicaban la libertad, pero que practicaban la opresión.

En esta historia, esas gentes, al llegar a esta abrupta tierra y hacer la parada propia de quien transita un camino difícil después de un largo viaje, tuvieron un inesperado recibimiento:

Gente humilde, gente obrera. Guerreros pero no soldados, los recibieron a pedradas. Y esa gente, que venía pacíficamente a conquistar nuestras ideas, se tuvo que ir por donde había venido. Rechazada, humillada, derrotada. Leer artículo completo

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Infertilidad. Si lloras, pierdes

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Hace ya tiempo, e inspirada por la historia de mi hermano y su mujer, escribí un pequeño texto titulado “Las otras madres“. Poco después, Helena, presidenta de la Asociación Red Nacional de Infértiles, me preguntó si podía compartirlo en su página web. Así fue como nos conocimos.

En esta semana de locura que llevo, de organizar viajes y cargar ovejas de aquí para allá, puente de mayo mediante, recibo un mensaje de Helena que veo desde el móvil: “Hola, Jessica. Hemos hecho un vídeo…”. Y pienso “luego lo veo con calma en el ordenador”. Y la calma ha sido que ha pasado una semana…

Así que llego yo hoy toda inocente al ordenador, me acuerdo de Helena, me voy al mensaje y localizo el título del vídeo: LA INFERTILIDAD DETUVO MI VIDA. Le doy al play… Hacía mucho, MUCHO, que no me emocionaba de esta manera. Qué manera de llorar. Estaba intentando escribir a Helena para decirle cuánto me había gustado y no era capaz, no podía dejar de llorar sobre el teclado.

No tengo palabras para describirlo. Así que mejor os lo dejo. Si lloras, pierdes: Leer artículo completo

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Los hospitales que no amaban a las mujeres (pero adoraban a los pulpitos)

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ADVERTENCIA: para escribir esto se ha usado más bilis que tinta.

Hace algunos años, en un país lejano, surgió la idea de tejer unos pequeños pulpos para acompañar a los bebés prematuros. Dicen que los bebés agarran con sus manitas los pequeños tentáculos de los pulpitos y les recuerda al cordón umbilical, y que esto los tranquiliza ya que lo asocian al útero materno.

Antes de empezar, haré un disclaimer: este artículo no va sobre los pulpitos solidarios. De ellos ya han hablado y mucho. Y tampoco pretende ser un ataque contra el personal sanitario general. Este artículo va sobre los hospitales. Sobre personal anquilosado en los años setenta tomando las decisiones importantes y sobre protocolos de mierda.

Pocas veces tengo ocasión de pararme a tomar un café tranquila por las mañanas y leer el periódico. Pero la casualidad quiso que hace poco, en una de esas ocasiones, el periódico local trajera precisamente ese día, en la página nueve (en media página nueve), la noticia de que el hospital de mi ciudad había recibido “sus primeros pulpitos de ganchillo para neonatos”.

Esa sensación de que se te para el corazón y la sangre se te congela y se te eriza hasta el último vello. Algo así como si vieras salir en la tele hablando sobre derechos humanos al abusón que te pegaba todos los días en el recreo.

CÍNICOS.

Era como cuando presencias una escena horrible y no puedes apartar la vista: yo no podía dejar de leer la noticia, y conforme leía el pulso volvía a acelerarse y algo se me encendió dentro. Algo que me revolvía el aire en el estómago y me lo subía a la garganta convertido en náusea. Leer artículo completo

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Si yo fuera la chica del tranvía

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Hombre, así a bote pronto y contándolo resumido, suena bonito. Que una persona se enamore de otra y quiera remover… Bueno, a lo mejor no cielo y tierra, pero al menos farolas y tranvías para encontrar a esa persona especial, pues jolines, suena guay. Es súper romántico, ¿no? ¿NO?

Yo entiendo que todo esto al chico le parezca una buena idea y a mucha gente también, porque al final es el argumento del cuento clásico de princesas con el que hemos crecido. Esta cosa absurda de que las mujeres necesitamos ser rescatadas. Es de entender que de primeras nos parezca romántico. Aunque claro, tú este romanticismo lo tienes con Cenicienta o con Blancanieves, que son unas pusilánimes, porque con Brave no hay huevos. Yo a Moana me la imagino dándole con el remo en la cara, por pesao. Cosas de la barrera generacional, supongo.

Total, que a este chico esta semana le han dicho absolutamente de todo, desde que “¡Viva el amor!” hasta que es un “acosador” y un “desgraciao”. Yo, francamente, no podría aportar nada original, aunque quisiera. Pero sí que llevo desde ayer dándole vueltas a qué se le pasará por la cabeza a la chica del tranvía (que, por cierto, han aparecido varias “chicas del tranvía”, pero la opinión mayoritaria es que todas son fake).

Yo no sé lo que pasó, no sé qué vio el chico ni qué pudo llegar a ver la chica. No lo sé, porque yo no estaba en ese tranvía. Pero he estado en otros. Recuerdo una vez, con unos quince años, que volvía de noche a casa en autobús y me pasé tres paradas de la mía porque no me quería bajar antes que el tipo que iba frente a mí, que no dejaba de mirarme y sonreír de medio lado. Estaba ABSOLUTAMENTE convencida de que si yo me bajaba antes me seguiría, y tenía miedo de que me pillara sola en la calle. En el autobús, al menos, estaba el conductor. Y creo que sé lo que pensaría en este momento si YO fuera la chica del tranvía. Leer artículo completo

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Vi caer las bombas

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Unos amigos vinieron a pasar la tarde a casa. Tienen dos niños que se llevan fenomenal con nuestros hijos. Pasaron una tarde maravillosa, jugando felices, corriendo de aquí para allá y llenando la casa de alegría y tantos colores como juguetes guardábamos en el arcón. Mis amigos y yo nos tomamos unos vinos (¡hacía tanto que no bebía vino!) mientras los niños jugaban. La tele estaba encendida, pero nadie hacía caso: hablamos y reímos y contamos historias y bebimos más vino… Y antes de que nos diéramos cuenta había oscurecido, así que pensamos que podían quedarse a cenar y así prolongábamos un poco la velada. Daba pena separar a los niños… Y nosotros lo estábamos pasando tan bien… Ojalá mi marido estuviera en casa, pero le había tocado trabajar.

Con mi copa de vino blanco en la mano, me acerqué al armario del salón, junto a la ventana, a buscar algo para ir preparando la mesa. Tenía las cortinas abiertas de par en par, y desde mi salón, en el último piso del edificio, teníamos una panorámica embriagadora: a la izquierda, la montaña; a la derecha, el mar; de frente, se abría la ciudad, dirección al centro. Envuelta en la seda azul y plata de las estrellas y el mar, la ciudad desprendía magia. El armario era de madera oscura con tallas barrocas y enormes y redondos tiradores plateados. Absolutamente horrendo, nunca entenderé qué hacía en mi salón. Me quedé mirando uno de los tiradores.  “Por dios –pensé-, espero que nadie se fije en estas cosas tan feas”. Entonces, en el cromado plateado de aquel feísimo tirador, vi un punto, blanco, pequeño, que se movía. No sé si fue un segundo, dos, o quizá sólo fuera una milésima, pero tardé en darme cuenta de que era un reflejo de algo que se movía fuera. Posé la copa despreocupadamente en el mueble y miré hacia la ventana.

Entonces vi la luz. Leer artículo completo

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¿A cuántas mujeres violadas conoces?

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Déjame que te haga una pregunta: ¿A cuántas mujeres violadas conoces?

Piensa la respuesta antes de seguir leyendo.

¿Lo tienes? Bien. Ahora déjame que te cuente algo…

Hace poco, en un interesante grupo de debate al que pertenezco (de mayoría femenina, aunque esto no es especialmente relevante para lo que os quiero contar) una integrante lanzó esta pregunta: “¿A cuántas mujeres conocéis que hayan sido abusadas sexualmente?”

Era una pregunta abierta, dirigida a todo el grupo. Muchos de los hombres (hombres fantásticos y feministas declarados, por cierto)  fueron respondiendo. “Yo no conozco a ninguna”… “A una vecina mía del pueblo le pasó que“… “Yo tengo una prima a la que violaron”…  “Una amiga me contó en el instituto que una vez”… Sólo uno conocía a una mujer que había puesto denuncia. Una mujer a la que violaron por el libro: de noche, en un callejón oscuro… Ya sabéis.

Luego, empezamos a hablar las mujeres. Leer artículo completo

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Cuando Alhaurín apareció en mi mapa

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Puede que haya quien no lo sepa (yo no lo sabía hasta hace más bien poco), pero hay grandes diferencias entre el Cantábrico y el Mediterráneo. Una buena amiga de Castellón, cuando se vino a vivir a Asturias, dejó sus cosas a unos seguros tres metros de la orilla y se fue a dar un paseo. Cuando volvió, sólo había olas donde una vez estuvo su toalla. La marea se lo había llevado todo.

Los días de playa aquí (especialmente en las playas salvajes, entre rocas y acantilados) hay que planificarlos un poco, aunque sea mirando si la marea está alta o baja, porque puede suceder que si llegas y la marea está alta te encuentres que, sencillamente, no hay playa a la que ir.

Xivares. Ese rinconcito, salvaje y verde, a la orilla del Cantábrico, a un tiro de piedra de Gijón y de mi casa. Ese en que, cuando baja la marea, entre las rocas se forman enormes piscinas naturales, de agua templada al sol, ideales para ir con niños. Con mis niños. Todos los veranos, días y tardes felices, en la calma de un rincón al que no llega la cobertura del móvil, y que se hace virgen con cada nueva marea.

Quiso la casualidad que, en un mes de julio en que yo estaba particularmente cargada de trabajo, un martes me sintiera muy mala madre porque mi niño llevaba cinco días pidiéndome ir a la playa y mi respuesta, día tras día, era “mañana”. Y cuando llegué a decirle ese quinto “mañana”, esperando que él se enfadara conmigo por no cumplir –otra vez- mi palabra, me encontré a un niño que agachaba triste la cabeza y me decía “Vale, mamá, no te preocupes. Iremos mañana”. Con las mismas, y con mi culpable corazón encogido, agarré la bolsa de la playa sin mirar demasiado bien lo que llevaba dentro y, sin saber cómo estaría la marea, cogí a los niños y dije “Nos vamos ya, aunque sea para estar una hora”.

Al subir al coche, mi hija me preguntó si estaría muy fría el agua. Leer artículo completo

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