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Los hospitales que no amaban a las mujeres (pero adoraban a los pulpitos)

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ADVERTENCIA: para escribir esto se ha usado más bilis que tinta.

Hace algunos años, en un país lejano, surgió la idea de tejer unos pequeños pulpos para acompañar a los bebés prematuros. Dicen que los bebés agarran con sus manitas los pequeños tentáculos de los pulpitos y les recuerda al cordón umbilical, y que esto los tranquiliza ya que lo asocian al útero materno.

Antes de empezar, haré un disclaimer: este artículo no va sobre los pulpitos solidarios. De ellos ya han hablado y mucho. Y tampoco pretende ser un ataque contra el personal sanitario general. Este artículo va sobre los hospitales. Sobre personal anquilosado en los años setenta tomando las decisiones importantes y sobre protocolos de mierda.

Pocas veces tengo ocasión de pararme a tomar un café tranquila por las mañanas y leer el periódico. Pero la casualidad quiso que hace poco, en una de esas ocasiones, el periódico local trajera precisamente ese día, en la página nueve (en media página nueve), la noticia de que el hospital de mi ciudad había recibido “sus primeros pulpitos de ganchillo para neonatos”.

Esa sensación de que se te para el corazón y la sangre se te congela y se te eriza hasta el último vello. Algo así como si vieras salir en la tele hablando sobre derechos humanos al abusón que te pegaba todos los días en el recreo.

CÍNICOS.

Era como cuando presencias una escena horrible y no puedes apartar la vista: yo no podía dejar de leer la noticia, y conforme leía el pulso volvía a acelerarse y algo se me encendió dentro. Algo que me revolvía el aire en el estómago y me lo subía a la garganta convertido en náusea. Leer artículo completo

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Si yo fuera la chica del tranvía

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Hombre, así a bote pronto y contándolo resumido, suena bonito. Que una persona se enamore de otra y quiera remover… Bueno, a lo mejor no cielo y tierra, pero al menos farolas y tranvías para encontrar a esa persona especial, pues jolines, suena guay. Es súper romántico, ¿no? ¿NO?

Yo entiendo que todo esto al chico le parezca una buena idea y a mucha gente también, porque al final es el argumento del cuento clásico de princesas con el que hemos crecido. Esta cosa absurda de que las mujeres necesitamos ser rescatadas. Es de entender que de primeras nos parezca romántico. Aunque claro, tú este romanticismo lo tienes con Cenicienta o con Blancanieves, que son unas pusilánimes, porque con Brave no hay huevos. Yo a Moana me la imagino dándole con el remo en la cara, por pesao. Cosas de la barrera generacional, supongo.

Total, que a este chico esta semana le han dicho absolutamente de todo, desde que “¡Viva el amor!” hasta que es un “acosador” y un “desgraciao”. Yo, francamente, no podría aportar nada original, aunque quisiera. Pero sí que llevo desde ayer dándole vueltas a qué se le pasará por la cabeza a la chica del tranvía (que, por cierto, han aparecido varias “chicas del tranvía”, pero la opinión mayoritaria es que todas son fake).

Yo no sé lo que pasó, no sé qué vio el chico ni qué pudo llegar a ver la chica. No lo sé, porque yo no estaba en ese tranvía. Pero he estado en otros. Recuerdo una vez, con unos quince años, que volvía de noche a casa en autobús y me pasé tres paradas de la mía porque no me quería bajar antes que el tipo que iba frente a mí, que no dejaba de mirarme y sonreír de medio lado. Estaba ABSOLUTAMENTE convencida de que si yo me bajaba antes me seguiría, y tenía miedo de que me pillara sola en la calle. En el autobús, al menos, estaba el conductor. Y creo que sé lo que pensaría en este momento si YO fuera la chica del tranvía. Leer artículo completo

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Vi caer las bombas

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Unos amigos vinieron a pasar la tarde a casa. Tienen dos niños que se llevan fenomenal con nuestros hijos. Pasaron una tarde maravillosa, jugando felices, corriendo de aquí para allá y llenando la casa de alegría y tantos colores como juguetes guardábamos en el arcón. Mis amigos y yo nos tomamos unos vinos (¡hacía tanto que no bebía vino!) mientras los niños jugaban. La tele estaba encendida, pero nadie hacía caso: hablamos y reímos y contamos historias y bebimos más vino… Y antes de que nos diéramos cuenta había oscurecido, así que pensamos que podían quedarse a cenar y así prolongábamos un poco la velada. Daba pena separar a los niños… Y nosotros lo estábamos pasando tan bien… Ojalá mi marido estuviera en casa, pero le había tocado trabajar.

Con mi copa de vino blanco en la mano, me acerqué al armario del salón, junto a la ventana, a buscar algo para ir preparando la mesa. Tenía las cortinas abiertas de par en par, y desde mi salón, en el último piso del edificio, teníamos una panorámica embriagadora: a la izquierda, la montaña; a la derecha, el mar; de frente, se abría la ciudad, dirección al centro. Envuelta en la seda azul y plata de las estrellas y el mar, la ciudad desprendía magia. El armario era de madera oscura con tallas barrocas y enormes y redondos tiradores plateados. Absolutamente horrendo, nunca entenderé qué hacía en mi salón. Me quedé mirando uno de los tiradores.  “Por dios –pensé-, espero que nadie se fije en estas cosas tan feas”. Entonces, en el cromado plateado de aquel feísimo tirador, vi un punto, blanco, pequeño, que se movía. No sé si fue un segundo, dos, o quizá sólo fuera una milésima, pero tardé en darme cuenta de que era un reflejo de algo que se movía fuera. Posé la copa despreocupadamente en el mueble y miré hacia la ventana.

Entonces vi la luz. Leer artículo completo

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¿A cuántas mujeres violadas conoces?

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Déjame que te haga una pregunta: ¿A cuántas mujeres violadas conoces?

Piensa la respuesta antes de seguir leyendo.

¿Lo tienes? Bien. Ahora déjame que te cuente algo…

Hace poco, en un interesante grupo de debate al que pertenezco (de mayoría femenina, aunque esto no es especialmente relevante para lo que os quiero contar) una integrante lanzó esta pregunta: “¿A cuántas mujeres conocéis que hayan sido abusadas sexualmente?”

Era una pregunta abierta, dirigida a todo el grupo. Muchos de los hombres (hombres fantásticos y feministas declarados, por cierto)  fueron respondiendo. “Yo no conozco a ninguna”… “A una vecina mía del pueblo le pasó que“… “Yo tengo una prima a la que violaron”…  “Una amiga me contó en el instituto que una vez”… Sólo uno conocía a una mujer que había puesto denuncia. Una mujer a la que violaron por el libro: de noche, en un callejón oscuro… Ya sabéis.

Luego, empezamos a hablar las mujeres. Leer artículo completo

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Cuando Alhaurín apareció en mi mapa

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Puede que haya quien no lo sepa (yo no lo sabía hasta hace más bien poco), pero hay grandes diferencias entre el Cantábrico y el Mediterráneo. Una buena amiga de Castellón, cuando se vino a vivir a Asturias, dejó sus cosas a unos seguros tres metros de la orilla y se fue a dar un paseo. Cuando volvió, sólo había olas donde una vez estuvo su toalla. La marea se lo había llevado todo.

Los días de playa aquí (especialmente en las playas salvajes, entre rocas y acantilados) hay que planificarlos un poco, aunque sea mirando si la marea está alta o baja, porque puede suceder que si llegas y la marea está alta te encuentres que, sencillamente, no hay playa a la que ir.

Xivares. Ese rinconcito, salvaje y verde, a la orilla del Cantábrico, a un tiro de piedra de Gijón y de mi casa. Ese en que, cuando baja la marea, entre las rocas se forman enormes piscinas naturales, de agua templada al sol, ideales para ir con niños. Con mis niños. Todos los veranos, días y tardes felices, en la calma de un rincón al que no llega la cobertura del móvil, y que se hace virgen con cada nueva marea.

Quiso la casualidad que, en un mes de julio en que yo estaba particularmente cargada de trabajo, un martes me sintiera muy mala madre porque mi niño llevaba cinco días pidiéndome ir a la playa y mi respuesta, día tras día, era “mañana”. Y cuando llegué a decirle ese quinto “mañana”, esperando que él se enfadara conmigo por no cumplir –otra vez- mi palabra, me encontré a un niño que agachaba triste la cabeza y me decía “Vale, mamá, no te preocupes. Iremos mañana”. Con las mismas, y con mi culpable corazón encogido, agarré la bolsa de la playa sin mirar demasiado bien lo que llevaba dentro y, sin saber cómo estaría la marea, cogí a los niños y dije “Nos vamos ya, aunque sea para estar una hora”.

Al subir al coche, mi hija me preguntó si estaría muy fría el agua. Leer artículo completo

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¡Que te tengo que querer!

¡Que te tengo que querer!

Que me dicen que hoy es el día para demostrarte cuánto te quiero. Para decirte mil veces que no sé vivir sin ti y para prometerte que te bajaré la luna, si me la pides.

Pero mira, que digo yo que gilipollas no eres, y que ya te imaginarás que, después de tanto tiempo e hijos varios, si -todavía- estoy aquí es porque te quiero.

Que la luna será muy bonita, pero es muy poco práctica, porque ni pa’ alumbrar sirve si no le está pegando el sol. Y ya me dirás tú pa’ qué queremos una roca de chopomil toneladas en el salón, si estamos que nos tiramos de los pelos porque no nos cabe ni otro trenecito de juguete.

Y que, vamos, desde luego que sé vivir sin ti (ni que fuera yo una inútil). Quizás hasta mejor que contigo. Pero mira, que no me da la gana. Que a final de año hago cuentas y me sales a compensar. Leer artículo completo

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Sobre el autismo. Imagina que estás en un pasillo oscuro

Sobre el autismo

Imagina que estás en un pasillo oscuro. Al fondo, hay una puerta. En la puerta, hay una cerradura. Y por el ojo de esa cerradura, entra una intensa, brillante luz.

Tú te acercas a la puerta. Ves la luz. Temes que te queme, así que retrocedes. Pero, por alguna razón –tal vez porque en el fondo sí que quieres tocar la luz, tal vez porque en tu pasillo no hay más lugares a donde ir-, te vuelves a acercar a la puerta. Una y otra vez. Leer artículo completo

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El guardián de las palabras

El guardian de las palabras

Busco el número en la agenda y le doy al botón de llamada. Un tono, dos, tres…  Quizás esté con gente. Cuatro… Al otro lado del teléfono, al fin, responde como siempre una voz amable.

-Buenos días, ¿Rafa?

-Sí, soy yo.

-¡Hola, Rafa! Soy Jessica.

-¡Hola, Jessica! – Rafa es de esta gente a la que se le oye la sonrisa en la voz cuando te habla – ¡Buenos días! ¿Qué tal todo?

-¡Bien, bien! Todo bien – le respondo, devolviéndole la sonrisa -. Mira, necesito ver si me puedes hacer un favor… Leer artículo completo

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¡Ay! Samanta…

Aine flor Ay Samanta

El otro día estaba hablando con una amiga, una de estas conversaciones banales del día a día, y me pregunta de pronto “Oye, ¿has leído lo de Samanta Villar?”. Y me reí. “¡Claro! Como para no leerlo, si está en todas partes”. “¿Y cómo es que no has escrito nada sobre ello?”. “¿Y por qué iba yo a escribir sobre esto?”.

Sé que ha sido un tema puntero y que ha sido muy trending estos días poner a parir a Samanta. Y, además, su sentir es totalmente contrario al mío, así que sí, bien podría haber escrito una buena parrafada. Pero a: en líneas generales, va contra mis principios atacar el sentir de otra madre y b: yo no sé escribir si no es de manera honesta. Y es que no, no podía escribir en contra de otra madre por declarar que está cansada, que antes era más feliz o que ha perdido calidad de vida. Ni siquiera por escribir un libro sobre ello, que es lo que se extrae de todos estos dimes y diretes de estos días. Porque si esa es su verdad, pues qué menos que tener derecho a expresarla, aunque sea feo. Los tabúes, ya sabéis, alimentan monstruos.

Tenía claro que no escribiría sobre este tema, hasta que me encontré con una declaración en una entrevista a Teleprogramas en la que le hicieron la pregunta clave: “¿Cómo has tenido tiempo de escribir el libro?” y respondió Samanta “Porque lo dejé preparado antes del parto”. Bueno, bueno, ¡el acabose! ¿Cómo se puede ser tan mezquina? ¿Sólo porque sabía que la polémica vendería escribió un libro sobre lo malo que es ser madre ANTES de ser madre? “¡En cuanto llegue a casa me pongo a escribir!”, pensé. Pero en esto que mientras llegas a casa y no vas dándole vueltas a la cabeza, porque entre toda esta vorágine de críticas y escándalo parece que hay algo que no encaja. Así que llego a casa y me pongo a indagar un poquitín, y… Ah, vale. Esto ya me encaja más: Leer artículo completo

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Por qué ha ganado Trump

Do not push button

¿Sabéis qué? Ya entiendo por qué ha ganado Trump.

Ayer por la mañana yo veía las noticias y se me atascaba el café. Así, sin magdalena ni nada.

Un montón de chicos le pegaron una paliza “sin motivo aparente” a una chica en la puerta de una discoteca.

Un cazador mató a bocajarro con su escopeta a dos guardas forestales que le pidieron los papeles.

Un profesor se entrega tras ser acusado de abusar sexualmente de tres niñas de diez y once años.

Todo alegría.

A medio día se extendió la noticia: había fallecido Bimba Bosé. Me faltan las palabras para describir el enorme montón de twits que se me agolpaban en la garganta sólo pasada la media tarde. Que creía que el “Buen viaje a dónde?” era el máximo exponente de lo horrible hasta que leí a un gilipollas preguntar “dónde está enterrada la teta amputada de Bimba para ir a masturbarse encima”.

Llegado ese punto, el pensamiento era inevitable:

Somos una mierda como especie. No sé cómo hemos sobrevivido tanto. Merecemos extinguirnos y, además, nos vamos a extinguir solitos, sin ayuda de nadie.

Y ese fue el momento exacto en el que, al fin, entendí por qué ha ganado Trump.

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Original para facebook . 24/01/2017

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