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Al otro lado de la injusticia

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Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. En un alarde de optimismo vital, me he traído un libro a la playa. Sola. Con los niños. Cuando he leído el mismo párrafo por quinta vez y sigo sin saber lo que he leído, he decidido que es el momento de claudicar y dedicarme, ya en exclusiva, a mirar a mis hijos.

Echo un vistazo alrededor y me doy cuenta de que todos estamos igual: fingiendo ser veraneantes para ocultar nuestra verdadera identidad de guardianes de la especie. Sólo que en vez de máscara y capa nos ponemos chanclas y factor 40 en la nariz. Es una sincronía perfecta: todos nosotros vigilamos, todos ellos juegan. Pero hay una toalla en la que todo transcurre de manera diferente: el niño no juega. Los padres vigilan el doble.

Los conozco. Viven en el bloque de al lado. En un barrio pequeño como es el mío, a veces parece que la vida de cada uno perteneciera a todos. Qué peligro tiene una persona con una opinión y sin nada que hacer… “Pobres –oí decir a una vecina furtiva en la cola del pan-. Con las ganas que tenían de ser padres”. “Qué pena –dijo una vez la frutera- que les haya salido el niño así, con lo que lo buscaron”. “Qué injusticia –lloró la del tercero- que les haya tocado a ellos”.

Puedo entender el sentimiento de solidaridad con otra familia cuando la vida le pone en el camino una prueba que no esperaba. La sorpresa es parte de la dificultad. Pero, ¿y qué pasa con ese niño? ¿Es que nadie lo ve? Yo veo a un niño que mira la arena como si no supiera que está en una playa, y que es el objeto de la adoración de los dos guardianes que tiene detrás. Pero Injusticia, lo han llamado. No es su hijo: es su injusticia. Leer artículo completo

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El cangrejo y la vida

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Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña.

Un niño, el que está bajo la sombrilla azul, junto a las rocas, acaba de advertir a su abuela de que un cangrejito se ha colado en su toalla. La abuela ha cogido su sandalia y lo ha golpeado tres veces. Luego, de un manotazo, lo ha lanzado lejos. Me pregunto qué aprenderá ese niño, si es que de esto aprende algo.

 Yo aún recuerdo la primera lección que aprendí sobre el respeto por la vida. También estaba con mi abuela, Joaquina. Y también fue en la arena. Pero no era como esta, olía diferente… Era otra arena.

Yo nací en un barrio pobre. O puede que no fuera tan pobre: quizá sea que yo lo recuerdo en sepia. Ese barrio en el que yo nací estaba lejos de la playa, y no recuerdo parques. Pero sí recuerdo un descampado donde se podía jugar, y un montículo de arena que era escombrera de una eterna obra que prometía arreglar algo. A falta de algo más moderno, aquella escombrera nos servía de arenero. Olía… No sé describir a qué olía aquella arena, pero, desde luego, no olía a mar.

Creedme o no, pero recuerdo que yo tenía dos años cuando mi abuela me llevó un día a pasear por allí y viví el día de la mariposa. Leer artículo completo

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CONVERSACIÓN ENTRE MIS ÓRGANOS: ¿Qué cenamos hoy?

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Estómago: Tengo hambre. ¿Cenamos ya?

Cerebro: Sólo son las 9.

Estómago: Pero es que yo tengo hambre.

Núcleo supraquiasmático: Yo creo que hoy nos acostamos temprano…

Cerebro: Bueno, entre que preparamos y tal nos dan y media… Ok. ¿Qué te apetece?

Estómago: Chocolate.

Páncreas: Hace una hora que te comiste un donut. No doy abasto.

Estómago: Chocolate.

Páncreas: Que no me toques los cojones.

Estómago: Chocolate.

Cerebro: No podemos cenar chocolate. Algo sano.

Estómago: Ensalada.

Cerebro: Ok.

Estómago: Con chocolate.

Páncreas: ¡Tus muertos!

Cerebro: ¡Que no!

Estómago: No estáis contentos con nada.

Cerebro: A ver qué hay en la nevera.

Intestino: Algo ligero, por favor, que tengo atasco.

Nariz: ¿Qué es lo que huele?

Cerebro: El cabrales.

Nariz: No, no. Queso no es. ¿Es carne?

Ojos: Vemos pollo. Parece rancio.

Cerebro: Es una trasera de pollo. Está a punto de ponerse malo. ¿Lo hacemos al horno?

Intestino: ¡Eh! ¡Los experimentos con gaseosa!

Estómago: ¿Al horno? ¡Pero yo quiero comer ya!

Cerebro: A tomar pol culo. Vamos a hacer el pollo. Leer artículo completo

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La vida frágil

la vida frágil

Los sostuve en brazos, y recordé el miedo.

Puede que porque nunca había cogido en brazos unos bebés que me importaran tanto como mis propios hijos. Comprobé el tono de su piel, los deditos de sus pies, su respiración.

“¿Respiran?”

Recordé el miedo, porque nosotros somos fuertes, pero la vida es frágil.

Recordé el miedo, cuando mis hijos eran así y yo tenía la sensación de que  sus vidas podían romperse entre mis dedos si yo no lo hacía bien. Si no era suficiente para ellos. Recordé la noche en vela cuando mi hijo mayor vomitó por primera vez, porque creía que se ahogaría mientras yo dormía, así que pasé la noche despierta, mirándolo. Recordé las lágrimas cuando dudé de si mi pecho sería bastante para él, cuando el miedo me decía que lo mataría de hambre si me equivocaba. El miedo a que los mocos lo ahogaran, a que sus primeras comidas lo atragantaran. A que él enfermara y yo no supiera verlo a tiempo. Miedo, miedo, miedo.

Pero, en algún momento, no sé cómo, los miedos se diluyeron en la rutina. En la prisa. En el sobrevivir trastabillando un día con otro. Se diluyeron en el “lávate los dientes”, en el “coge la mochila”, en el “anda más deprisa que llegamos tarde”. Se diluyeron en los buenos modales a la mesa, en la hora de irse a dormir, en el “bájate de ahí que te vas a hacer daño”. Se diluyeron en la vida de otra madre. Otra diferente a la que yo quería ser.

Y olvidé todo lo que soñé que haría cuando ya no tuviera miedo… Leer artículo completo

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Vi caer las bombas

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Unos amigos vinieron a pasar la tarde a casa. Tienen dos niños que se llevan fenomenal con nuestros hijos. Pasaron una tarde maravillosa, jugando felices, corriendo de aquí para allá y llenando la casa de alegría y tantos colores como juguetes guardábamos en el arcón. Mis amigos y yo nos tomamos unos vinos (¡hacía tanto que no bebía vino!) mientras los niños jugaban. La tele estaba encendida, pero nadie hacía caso: hablamos y reímos y contamos historias y bebimos más vino… Y antes de que nos diéramos cuenta había oscurecido, así que pensamos que podían quedarse a cenar y así prolongábamos un poco la velada. Daba pena separar a los niños… Y nosotros lo estábamos pasando tan bien… Ojalá mi marido estuviera en casa, pero le había tocado trabajar.

Con mi copa de vino blanco en la mano, me acerqué al armario del salón, junto a la ventana, a buscar algo para ir preparando la mesa. Tenía las cortinas abiertas de par en par, y desde mi salón, en el último piso del edificio, teníamos una panorámica embriagadora: a la izquierda, la montaña; a la derecha, el mar; de frente, se abría la ciudad, dirección al centro. Envuelta en la seda azul y plata de las estrellas y el mar, la ciudad desprendía magia. El armario era de madera oscura con tallas barrocas y enormes y redondos tiradores plateados. Absolutamente horrendo, nunca entenderé qué hacía en mi salón. Me quedé mirando uno de los tiradores.  “Por dios –pensé-, espero que nadie se fije en estas cosas tan feas”. Entonces, en el cromado plateado de aquel feísimo tirador, vi un punto, blanco, pequeño, que se movía. No sé si fue un segundo, dos, o quizá sólo fuera una milésima, pero tardé en darme cuenta de que era un reflejo de algo que se movía fuera. Posé la copa despreocupadamente en el mueble y miré hacia la ventana.

Entonces vi la luz. Leer artículo completo

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El beso de buenas noches

tu no lo sabes

Tú no lo sabes, pero yo lo hago cada noche:

Cuando te duermes, te miro, sonrío y te beso la frente. Pero no es un beso cualquiera. Cierro los ojos, poso despacito mis labios en tu sien y espero a sentir el calor de tu sangre en mi piel. Y entonces ya no estamos en nuestra habitación. En ese momento, tú y yo estamos en el Universo. Leer artículo completo

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Te quiero, te quiero, te quiero

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A veces te miro cuando no me ves y me pregunto qué es. Qué tienes para tenerme, después de tantos años, tan colgada de ti. No sé si es tu espalda, tu pelo, tus ojos increíbles. No sé si son tus brazos o lo mucho que me gusta esconderme en ellos. No sé si son tus manos o cómo me acaricias. No sé si es tu voz o las cosas que me dices cuando no me dices nada. No sé qué es, pero me vuelves loca. Y no me canso de mirarte, y mirarte, y mirarte.

A veces te agarro la cara y te beso como si mi único propósito en la vida fuera comerte la boca. Y a veces te beso, como sin querer, en el cuello mientras cocinas, y el calor de tu piel me rebosa en los labios y pareciera que te estoy besando el alma. Y tú no te enteras de que te beso el alma, porque estás pelando cebollas. Que así te comieras tres kilos, jamás me cansaría de besarte, y besarte, y besarte. Leer artículo completo

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El Tiempo y los Árboles

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-Mamá, ¿los árboles se mueven hacia atrás?

-No, cariño. Los árboles están quietos, somos nosotros los que nos movemos hacia adelante.

 

El tiempo funciona igual. Nos parece que el tiempo pasa, porque lo miramos a través de un pequeño cristal y no vemos más allá. Pero el tiempo no pasa. El tiempo es como esos árboles, permanece inmóvil: somos nosotros los que avanzamos. Es la vida la que va quedando atrás.

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