Relatos

De cuando me encontré en Brujas con la tuna de Toledo

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Ahora que tengo al bollo pollo durmiendo la siesta encima de su señor padre, voy a aprovechar para contaros la de esa vez que me encontré en Brujas con la tuna de Toledo.

Una asturiana, dos gallegos y un francés entran en un hostal. ¡Que no! Que es broma, que no voy a empezar así el chiste, aunque eso sí que llegó a suceder.

Veréis, yo tenía 22 años casi recién cumplidos, y siempre he presumido de ser el tipo de persona que algunos llaman “afortunada”. En primavera de 2006 yo necesitaba con urgencia cambiar mi ordenador, y quiso el destino que me tocara la porra de fútbol del bar. Que yo no tengo ni idea de fútbol, pero tonta del todo no soy y me saqué un sistema estadístico de la manga con el que sabía que tarde o temprano me tocaría la porra. Lo que dependía del azar era la cantidad que me iba a tocar, cuando me tocase… Y el azar quiso que me tocaran mil ochocientos euros. Así que, como necesitaba urgentemente un ordenador, y yo con 22 años era superresponsable, pues me compré el ordenador a plazos y con lo de la porra me fui de interrail.

Me fui sola, por cierto. Mi viaje soñado: me fui con mochila y sin planes. Estuve en Barcelona, París y Bruselas y, cuando unos días después llegué a Brujas, me llevé un revés cuando descubrí que justo estábamos en vacaciones de Pascua, y que el hostel tan chulo que había visto por internet no tenía habitaciones libres, así que pasé una primera noche en un lugar llamado Charlie Rockets y, después, me fui al hostel más escondido de todo Brujas: el Hostel de Passage.

Brujas
La bici que alquilé para moverme por Brujas, en el “passage” de entrada al hostel.

Total, que llego yo de nueva al Hostel de Passage y me asignan una habitación, creo que en la segunda planta, compartida con otras tres personas más. Subo las escaleras, enfilo un pasillo largo como un día sin café (tanto como el callejón, de hecho) y me dispongo a buscar mi habitación cuando, al fondo del pasillo, como una aparición fantasmal, veo a un montón de señores (bueno, de chavales, en verdad) vestidos de folklóricos, con capas negras y ribetes azules, cuyo cabecilla me enfila y suelta algo así como “Oh! Priti darlin!”.

Yo empiezo a entrar en tensión.

“Verás estos giraos a saber qué abollón tienen en la cabeza. ¿Dónde coño está mi habitación?”

Visualizo el número. A todo esto los folklóricos se me están acercando deprisa. Intento aparentar tranquilidad mientras me dirijo a mi puerta. Tarde: el club de fans de Batman me dio alcance a medio camino y me tenían rodeada.

No recuerdo cómo, entre la marabunta de tonterías en idiomas varios que se oían allí en aquel momento, descubrimos que todos hablábamos castellano. Fue entonces cuando me enteré que aquellos chicos no eran unos caballeros de la noche aficionados, sino que eran TUNOS. De la tuna de Toledo, más concretamente, que estaban allí porque habían sido contratados para actuar en un bar. Y yo pensando:

“Pues al final los giraos del abollón van a ser los belgas. Mira que irse hasta Toledo a buscar una tuna pa cantar en un bar.” 

Y empiezan los tunos a darme la tuna:

– Pues vamos a actuar aquí, ¿vienes a vernos?

– ¿Así que eres de Asturias? ¡Qué bonito!

– Luego nos vamos a ir de fiesta, ¿te unes?

– Nos sobra una cama en la habitación, ¡ven a dormir con nosotros!

– Ten cuidao con este, que es un insaciable.

Y un etcétera que probablemente fue menos largo de lo que a mí me pareció.

Total, que jijí jajá que no, que ni me voy con vosotros de fiesta ni por supuesto me voy a dormir a vuestra habitación, salaos. Los tunos se van, yo me meto (al fin) en mi habitación. No había nadie.

Aprovecho para llamar a mi novio (actual pater de mis filios, con quien entonces llevaba un mes). Le cuento lo que me ha pasado y me suplica: “Líate con quien te dé la gana pero, por favor, con un tuno no. Líate con cinco italianos, pero con un tuno no”. Yo llorando de la risa.

Llegan mis compañeros de habitación, y es cuando descubro que se trata de una pareja de Galicia -una chica fantástica de humor inteligente ella, un armario ropero él- y de un chico francés (que solo hablaba francés, y ninguno más allí hablaba francés) de nombre Jêrome. Jeromê. Jerôme. Yerón.

Nos presentamos, hablamos un rato. Yerón sonríe y asiente porque no se entera de nada. Al final, nos vamos los cuatro juntos a tomar algo esa noche. Llegamos a una cervecería chulísima, en cuya puerta vi una imagen inquietante que me persiguió durante mucho tiempo.

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“Por qué. ¿Por qué, oh dioses, hay ahí una silla de ruedas encadenada? A lo mejor es un tipo previsor y sabe que saldrá de aquí a gatas.”

Nos lo pasamos genial, como no podía ser de otra manera porque éramos todo gente muy maja de buen rollito. Cuando nos cansamos, nos retiramos al hostel a dormir. Yo me pedí litera de arriba. A Yerón no le importó. Y si le importó no me enteré porque no hablo francés.

Al día siguiente, serían las seis de la mañana, estaba yo durmiendo plácidamente en mi litera cuando empiezo a oír un terrible jaleo en el pasillo: un sonido confuso que se va volviendo nítido según despierto y cobro consciencia. Los tunos. Los putos tunos estaban volviendo de la fiesta, a las seis de la mañana, cantando el Asturias patria querida.

“No puede ser verdad. No puede ser verdad.”

Afino el oído. Están picando a las puertas de las habitaciones. Mientras unos cantan a grito pelao, otros preguntan a voces: “¿¿ESTÁ AQUÍ LA ASTURIANA??”. Empiezo a enroscarme debajo de mi manta, cerrando los ojos muy fuerte a ver si me hago invisible. Se oyen gritos en un idioma indeterminado que claramente estaban mandando a los tunos a la mierda.

“No puede ser verdad. No puede ser verdad”.

Llaman a otra puerta. Y a otra. Y a otra más. Oigo al gallego (litera de enfrente, cama de abajo) que empieza a murmurar de mala leche. Sigue el Asturias patria querida en el pasillo. Otra puerta más. “¿¿ESTÁ AQUÍ LA ASTURIANA??”. Cada vez se les oye más cerca. Más insultos en idioma desconocido. Otra puerta. Yo quiero desaparecer.

Y de pronto, como un gran héroe galo, peludo y furioso, el gallego se levanta en gayumbos y se dirige a paso firme a la puerta. Le sigo con un ojo a través de un agujerito en la manta. El héroe abre de un portazo justo cuando el cabecilla tenía ya el puño en alto para picar, y grita:

– ¿OS VAIS A LA MIERDA YA O TENGO QUE SACAROS DE AQUÍ A HOSTIAS?

Los tunos agachan la cabeza y se van en silencio a su habitación, al fondo del pasillo. El gallego cierra la puerta y se gira. Es en ese momento cuando veo su flamante camiseta, que con enormes letras reza:

POR UN MUNDO SIN TUNOS 

Fingí dormir y no enterarme de nada pero, amigo gallego cuyo nombre lamentablemente no recuerdo, si tú te acuerdas de mí y me lees, solo quiero decirte: GRACIAS.

Amigos de la tuna de Toledo: sin rencores.

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No olvidéis que podéis enviarme vuestras historias de viaje a mi página de facebook, al email hablamebajitomama@gmail.com o rellenar el formulario de contacto de esta web. Yo escribiré una narración para compartirla con la clase, y así nos reímos todos 🙂

¡Gracias por compartir!
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