Relatos

Despertar

despertar

                        Me desperté aquella mañana con el ceño fruncido. No recordaba bien qué había soñado, pero tenía una sensación desagradable. Como si hubiera pasado la noche discutiendo con alguien. Miré a mi izquierda y allí estaba él, como siempre, aún dormido y sabía que pasaría un buen rato antes de que se despertara. Y a mí me tocaba, como siempre, hacer el café y sacar de paseo a los perros. Me arrastré torpe por la penumbra de la habitación y el pasillo y en la cocina vi la lluvia a través de la ventana. Genial. Tendría que mojarme mientras él aún soñaba calentito.

            No sabía si él había tenido tiempo – o si no había querido tenerlo – para hacer la compra, pero sólo había café para uno y, si tenía que alcanzar para los dos, tendría que ser aguado. Sabe que odio que el café esté aguado. Mientras la cafetera empezaba a gotear tranquila, volví silenciosa al dormitorio para empezar a vestirme. Me senté en el borde de la cama y le miré de soslayo. A veces creo que finge dormir para que sea yo quien se ocupe de todo. Parecerá absurdo, pero me pareció que se estremecía ligeramente, como si pudiera sentir mi reproche. El bulto que respiraba compasado a mi lado no era más que eso: un bulto en mi cama. No veía allí al chico del que creía haberme enamorado. Me habían fascinado una cara sonriente, una inteligencia aguda, unos preciosos ojos azules y, sobre todo, una fortísima personalidad. Pero al pasar el tiempo había descubierto que tras aquella fachada se escondía en realidad un tipo débil y meloso, de autoestima más que frágil y que sin miramientos me había entregado su vida. Sus perspicacias ya no me resultaban graciosas, ni me sorprendía que supiera éste o aquél dato que en tal momento resultaba de lo más oportuno. Ahora me sonaba pedante, soberbio y repetitivo. Me empezaba a irritar la idea de oír su voz. Me molestaba que no tuviera reparos en gastar todo su dinero intentando hacerme feliz. Me molestaba que me persiguiera cada tarde en el sofá buscando mi abrazo y cada noche en la cama buscando mi calor. Me molestaba que me quisiera tanto como para no saber, o no querer, vivir sin mí. Pero sobre todo me molestaba darme cuenta de que ya no pasaba horas deseando salir del trabajo sólo para volver a verle; de que ya no apreciaba todos y cada uno de sus besos, como hacía antes, porque ahora sólo eran parte de esa rutina a la que llamábamos vida en común; de que ya no me ardía el estómago cuando intentaba, en vano, sorprenderme con algún dulce o una flor. Me molestaba que el solo hecho de tenerle a mi lado ya no fuera suficiente para hacerme feliz. Aquella viril imagen suya en la que yo había visto pura deidad se me antojó entonces la más angustiosa de las mortales y vacías presencias. Como la menos deseada de las compañías.

            Con un ademán rayano en el desprecio, volví a centrarme en mi ropa y me preparé para, un sábado más, pasear con los perros bajo la lluvia temprana.

            Sostenía su taza de café recién hecho en el sofá cuando volví a casa. Me observó a través del cristal de la puerta. Sorbía complacido mientras parecía deleitarse con mis movimientos mientras me quitaba la ropa mojada y me sacudía el agua del pelo. Pasé ante él sin saber muy bien cómo mirarle a la cara. Sentía sus ojos siguiéndome mientras cruzaba el salón y me sentaba a su lado en el sofá. Tragué saliva:

      –      Tenemos que hablar.

 

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Se despertó aquella mañana tan hermosa como todas las mañanas que hemos compartido. Siempre me ha gustado observarla en ese preciso momento, desde el cobijo que me da la oscuridad de la habitación, cuando acaba de despertar y es ella en su más pura esencia. Tenía la espalda desnuda y su silueta se recortaba contra la poca claridad que entraba de la calle. Debía ser aún muy temprano. De haberla tocado en ese momento podría haber perfilado con las yemas de mis dedos la línea de su tatuaje, tan estudiado tenía su cuerpo. Perdido en el propio goce del momento, sentí la ausencia de su cuerpo en la cama y la oí alejarse por el pasillo. Me arrebujé un poco más entre las mantas. Había estado lloviendo toda la semana y eso hace mella cuando trabajas a la intemperie. Sólo cinco minutos más…

Oí el goteo de la cafetera y sonreí. El café era una de tantas cosas monótonas que ella convertía, sin saberlo, en un acto de sublimación. “¡Mierda! Olvidé comprar café”. Pensé en levantarme para decirle que hiciera café sólo para ella – yo podía desayunar cualquier otra cosa y sé que ella odia que el café esté aguado – pero entonces entró en la habitación y, no sé muy bien por qué, guardé silencio. La miraba… Ay, ¡nunca me cansaría de mirarla!  Se sentó en el borde de la cama y empezó a vestirse. Había algo extraño en su pose. Su cuerpo me decía algo, pero no sabía qué. Se giró para mirarme y me estremecí. Ese era un efecto que ella siempre podía provocar en mí. Divagué sobre el día que nos reencontramos, años atrás, en una estación oscurecida por la lluvia y por la bruma del mar. Recuerdo el nudo en el estómago cuando la vi bajar del tren al que yo tenía que subir. Tan sencilla, tan perfecta.  Cuánto la quise entonces y cuánto más la quiero ahora, que sé que no es la torre impenetrable que ella quería aparentar. Tuve que aprender a seguirle el juego. Huyó tanto tiempo, llegué a desearla tanto, que aún hoy agradezco cada beso que me da como si fuera el primero. Como si fuera el último. Cada tranquila tarde que pasamos juntos en casa. Cada imagen que me regala cuando prepara café, o lee absorta en su rincón preferido, o simplemente está a mi lado. Agradezco cada sonrisa que me dedica cuando le hago un regalo. Su risa… Su sincera, infantil risa… En un universo de infinitas posibilidades, ella es la única constante que necesito en mi vida.

La vi salir despacio, descalza, con las botas en una mano para no despertarme. Los perros la siguieron menos considerados.

Sostenía mi taza de café recién hecho en el sofá cuando volvió a casa. La observé a través del cristal de la puerta, deleitándome con cada uno de sus movimientos, tranquilos y seguros, mientras se quitaba mi cazadora empapada. Su pelo, su negrísimo pelo largo, rezumaba mañana fresca. Olía tanto a ella… Pasó ante mí sin siquiera mirarme a la cara. Como la peor de las premoniciones, entonces  supe  que algo terrible estaba a punto de pasar.

No alcanzó a mirarme a los ojos cuando empezó a decir: “Tenemos que hablar…”. Y me vi envuelto de pronto en la más impronunciable soledad…

 

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César se despertó de un salto, empapado en sudor frío. Algo en su pecho no le dejaba respirar. Aún temblaba. Miró a su derecha… Y allí estaba yo, durmiendo profundamente. Ahogando, por no despertarme, un grito aliviado, se acercó a mi costado para rodearme con la calidez de su cuerpo. Yo, al notar la trémula mano que me acariciaba, me apreté contra su pecho y, medio dormida, balbuceé un te quiero.

Al despertar a la mañana siguiente olí café recién hecho. Él no estaba, ni tampoco los perros. Fui frotándome los ojos, extrañada, hasta la cocina. Aún hoy me pregunto qué soñaría aquella noche. En la cafetera me dejó una nota:

Quiero verte cada mañana a mi lado. Te necesito ahí porque, después de todo, no me puedo imaginar un despertar más dulce que el sigue a la peor de mis pesadillas…”

 

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Relato ganador del IX Concurso de Relatos Breves para Mujeres del Ayto. de Laviana.

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