Relatos

El cangrejo y la vida

el cangrejo y la vida 700x400

Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña.

Un niño, el que está bajo la sombrilla azul, junto a las rocas, acaba de advertir a su abuela de que un cangrejito se ha colado en su toalla. La abuela ha cogido su sandalia y lo ha golpeado tres veces. Luego, de un manotazo, lo ha lanzado lejos. Me pregunto qué aprenderá ese niño, si es que de esto aprende algo.

 Yo aún recuerdo la primera lección que aprendí sobre el respeto por la vida. También estaba con mi abuela, Joaquina. Y también fue en la arena. Pero no era como esta, olía diferente… Era otra arena.

Yo nací en un barrio pobre. O puede que no fuera tan pobre: quizá sea que yo lo recuerdo en sepia. Ese barrio en el que yo nací estaba lejos de la playa, y no recuerdo parques. Pero sí recuerdo un descampado donde se podía jugar, y un montículo de arena que era escombrera de una eterna obra que prometía arreglar algo. A falta de algo más moderno, aquella escombrera nos servía de arenero. Olía… No sé describir a qué olía aquella arena, pero, desde luego, no olía a mar.

Creedme o no, pero recuerdo que yo tenía dos años cuando mi abuela me llevó un día a pasear por allí y viví el día de la mariposa.

Yo subía y bajaba por el montículo. Me llenaba de arena las manos, el pelo y el sol. De pronto, en los matorrales que crecían allí mismo, debajo y a través de la verja del descampado, vi una mariposa blanca. Qué preciosidad. Era mágica. Mi abuela me vio tan entusiasmada que me preguntó si quería cogerla. “¡Sí, sí! ¡Vamos a cogerla!”. Entonces ella metió sus arrugadas manos en su bolso negro y cogió un saquito de terciopelo azul, cuyo contenido volcó. No recuerdo qué contenía el saquito. Podrían haber sido diamantes, daba igual: lo importante era ese insecto alado que tenía frente a mis ojos. Acercó despacio el saquito a la mariposa. Yo contenía la respiración como si estuviera temiendo despertar a un dragón. Y, de repente, en un rápido movimiento de mano ¡zas! Mi abuela atrapó a la mariposa.

Entreabrió un poco el saquito para que yo pudiera ver el blanco tesoro que acabábamos de conseguir. Porque lo habíamos conseguido las dos: ella atrapando y yo no respirando. Grande y luminosa, la mariposa se movía dentro del saco desorientada. Era fantástico verla tan de cerca. Y, entonces, mi abuela me dijo algo que me rompió de arriba a abajo: “¿La soltamos?” Para mis ojos de dos años, lo que había dentro de aquel saco mágico de terciopelo azul no era una mariposa: era un unicornio. Y aquella loca mujer quería soltarlo. “Pero yo me la quiero quedar”, supliqué. “Si te la quedas, morirá –me dijo-. Si de verdad la quieres, hay que dejarla libre. Para que viva”. Así que me despedí de la mariposa, mis manos se posaron sobre las arrugadas manos que mantenían cerrado el saco, y juntas liberamos a nuestro unicornio. Al dejarlo libre, me sentí parte de su vuelo. Y era realmente precioso verlo volar.

Ese día aprendí que el amor, la libertad y la vida no se pueden entender por separado.

Mi hijo ha encontrado una especie de escarabajo en medio de la arena. Le he preguntado qué va a hacer con él. “Lo voy a soltar en las rocas, mamá, que aquí alguien podría pisarlo”. Creo que todos, lo queramos o no, acabamos dejando una semilla en este planeta. Puede que no siempre estemos presentes para verla crecer, pero siempre queda. La que yo tengo delante, es la de mi abuela.

Me pregunto si somos conscientes de lo importante que es lo que sembramos.

Me pregunto si ese niño recordará a ese cangrejo como recuerdo yo a la mariposa.

Transparencia 200x200

Artículo para 20 minutos. 06/07/2017

¡Gracias por compartir!
FacebookTwitterGoogle+

Comentarios