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El cuento de ‘La madre Perfecta’, el cuento de ‘La madre Desastre’

perfecta y desastre

Como os había contado, he estado presente como ponente, junto a mi querida Melisa (Madre Reciente), en la IX edición de Gestionando Hijos. Ha sido una experiencia maravillosa, más allá de todas mis expectativas, no solo porque he hablado sobre las tablas del Teatro Lope de Vega ante mil cuatrocientas personas. Ha sido una mañana emocionante y divertida, donde las lágrimas y las risas se han ido intercalando en cuestión, a veces, de solo unos segundos.

Un estupendo equipo de organización y de ponentes, de los que me llevo mucho, mucho aprendizaje. Porque ya sabéis que siempre, siempre, podemos aprender algo nuevo. De verdad, que magnífica mañana ❤

El motivo de escribir este post es que muchísimas personas me han preguntado tras el evento si los cuentos que leí son míos y/o si existen. Tanto me lo han preguntado que me empiezo a plantear convertirlos en un libro real 😅 Pero de momento voy a dejarlos aquí, en mi blog que es vuestra casa 🙂

Para quienes no estuvisteis presentes ni lo visteis en directo a través de facebook live, os pongo en antecedentes:

Melisa y yo queríamos transmitir un mensaje claro: no somos perfectas, ni falta que hace. La maternidad (como la vida) consiste en disfrutar del paisaje mientras andamos, en ser felices y en que, si no llegamos a todo, no pasa nada. Y para transmitir esta idea hicimos una ponencia en tres actos: el cuento de la madre perfecta, la historia de la madre regular, y el cuento de la madre desastre. Los cuentos los escribí a propósito para el evento y preparé un falso libro de atrezzo (que, os cuento en secreto, en realidad era el de A qué sabe la luna tuneado😉).

Así que, sin más dilación, aquí os dejo los cuentos originales, tal como los escribí para el evento, aunque luego hube de recortarlos para no extenderme en el tiempo. Solo os digo una cosa: uno de los cuentos es fantasía. El otro, está basado en hechos reales. Adivinad cuál es cuál.

 

 

EL CUENTO DE LA MADRE PERFECTA:

Érase una vez una madre… Perfecta.

Cada mañana el sol entraba por su ventana y bañaba su pelo, dejándolo peinado y reluciente para todo el día.

La Madre Perfecta se levantaba con una GRAN SONRISA, preparaba unos sanísimos desayunos con FRUTAS Y AVENA y luego despertaba a sus hijos, que se levantaban a la primera y se tomaban encantados sus desayunos.

A la niña, por supuesto, CADA MAÑANA le hacía una perfectísima trenza DE RAÍZ. Qué digo una… Le hacía DOS, una a cada lado.

La Madre Perfecta llevaba a sus hijos al perfecto colegio en su coche, súper ordenado y que siempre olía a nuevo, y después marchaba a sentirse realizada en su perfecto trabajo -que era, por supuesto, perfectamente compatible con su vida familiar -.

Además, absolutamente siempre, tenía tiempo a media mañana para ir a un café de moda a comerse un delicioso croissant. Y un capuccino con un gatito dibujado. Y después, ANTES de recoger a los niños (porque siempre le daba tiempo), preparaba una sanísima comida que, además, era tan preciosa a la vista que habría ganado cualquier concurso de Instagram.

Pero lo mejor eran las tardes: siempre había algo interesante que hacer. Museo, Jardín Botánico, teatro, parque, piscina… El mundo era un lugar LLENO de posibilidades.

La Madre Perfecta siempre sonreía, siempre estaba de buen humor, nunca perdía la paciencia, ni se le escapaba un grito, ni hacía cosas de esas de las que hacen las malas madres, ¿sabéis? La Madre Perfecta era simplemente así: perfecta. Humillantemente perfecta.

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EL CUENTO DE LA MADRE DESASTRE:

Pues esto era una madre…

que a la quinta vez que le sonó la alarma del móvil se levantó, y se dio cuenta de que ya era tarde.

La Madre Desastre fue arrastrándose a la cocina, se calentó un café y preparó dos tazones de cereales para los niños. Los intentó despertar, pero al final se los tuvo que llevar en brazos hasta el salón porque no había forma de sacarlos de la cama. La niña protestó cuando vio los cereales, porque ella quería galletas. La Madre Desastre se comió los cereales, porque le daba pena tirarlos y, al final, se tomó el café frío.

Se había propuesto FIRMEMENTE que esa mañana no iba a gritar, así que le pidió al mayor, dulcemente y por cuarta vez, que se pusiera los calcetines, que era tarde. Se fue con la pequeña al baño y la niña le dijo:

-Mamá, ¿me haces una trenza como la de Lola?

Pero la Madre Desastre no sabía hacer trenzas de raíz.

-Cariño, es que yo no sé hacer esas trenzas…

-¿Y una normal?

La Madre Desastre hizo una trenza “un poco así”, y la niña se fue feliz porque mamá le había puesto un prendedor súper molón de la peli de Trolls. La Madre Desastre se miró al espejo, miró el reloj y se enfrentó al dilema de TODAS las mañanas:

¿Me peino o me lavo los dientes? Porque a las dos cosas no me da tiempo.

La Madre Desastre volvió al salón, CON EL PELO HECHO UNA MIERDA pero con los dientes limpios, y vio que el mayor, que todavía no se había puesto los calcetines, se estaba sacando mocos mirando una pared. Y la Madre Desastre, como era un Desastre, pues gritó.

Los niños, claro, llegaron tarde al colegio, y en el último momento la Madre Desastre le quitó a la niña un gusanito del culo, que se le debía haber quedado pegado en el coche.

La Madre Desastre se fue a trabajar y en el descanso, aunque le apetecía horrores ir a tomarse un café, aprovechó para ir al súper a comprar espinacas, porque quería hacer una receta que había visto en un vídeo en Facebook que tenía muy buena pinta, a ver si conseguía que los niños comieran algo verde.  De vuelta al trabajo, por cierto, pasó por un café que tenía unos croissants increíbles, y se fijó en una mujer perfectamente peinada que, dentro, se tomaba un capuccino con un gatito. Facepalm!!!! “¡Mierda! La comida del gato”. Vuelta al súper.

La Madre Desastre terminó tarde de trabajar y cuando llegó al colegio sus hijos ya estaban en la puerta: el mayor con cara de pena y la niña que en vez de trenza parecía que llevaba un perro de aguas en la cabeza. Y aunque el tutor insistió en que no pasaba nada, la Madre Desastre se sentía muy culpable por haber llegado tarde.

Cuando los niños preguntaron qué había para comer y la madre dijo que “pastelitos de espinacas”… Pues hubo una revuelta civil. Así que, de camino al coche, la Madre Desastre se rindió y pidió una pizza.

El mayor preguntó:

-Mamá, ¿hoy vamos a algún sitio?

Pero la Madre Desastre se sentía tan agotada que dijo:

-¿Y qué os parece si nos quedamos en casa y vemos una peli?

Y los niños encantados. Así que montaron un fuerte con cojines y mantas en el salón, y esa tarde se la pasaron empantallados y no vieron una peli: vieron DOS. Porque esta madre, ya lo sabéis, pues es que era un puñetero desastre.

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Os voy a contar una cosa, ya fuera de cámara: yo soy la madre desastre. Lo soy. Es así. Mis hijos oyeron los dos cuentos cuando los recité en voz alta para cronometrarme, antes del evento. Y ayer, cuando volvíamos a casa en el tren, desde Madrid, de pronto me dijo la pequeña: “Mamá, molaba mucho esa madre, la que les puso dos pelis a sus hijos”. Y le dije yo a mi hija: “¿Sí? ¿Tú crees? ¿A ti qué madre te gustaba más, la Madre Perfecta o la Madre Desastre?”. Y me dijo, sin dudar ni un solo momento: “Ninguna. A mí me gustas tú”.

No gano para llantos, Mari.

Pero es así, es cierto: nuestros hijos, como dije en el evento, no nos necesitan perfectos, sino felices. Es genial, de verdad, que gracias a ellos siempre intentemos ser la mejor versión de nosotros mismos. Pero buscar una perfección inalcanzable nos genera una frustración que, no sé a vosotras/os, a mí me genera un estado de ánimo que no me gusta, y que acabo pagando con ellos. Así que menos preocuparse de tonterías y más celebrar lo bonito. Que nuestros hijos nos quieren como somos, aunque seamos un desastre. Y esto, por suerte para nosotros, no es ningún cuento.

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