Relatos

En el tiempo de las guindas

En el tiempo de las guindas

Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. La rubia que se acaba de ir es una de mis mejores amigas, que ha aprovechado su hora de descanso para venir a verme y ponernos al día. Se ha marcado unas cervecitas y se ha traído de la panadería unos bollos preñaos y unas pastas, que es un detalle.

Quedar con ella es siempre prestarse a asistir a un monólogo sobre su vida, sus salidas, su trabajo, su novio… A mí me gusta, porque últimamente mis temas de conversación adulta escasean, así que siempre es un placer perderme un ratito en su frenética vida de soltera. Aunque hoy, básicamente, necesitaba quejarse.

Los niños juegan, y yo voy recogiendo los desperdicios de la comida. Como es nuestra tradición, de los bollos nos comimos el pan y dejamos el chorizo. Mientras recojo, pienso en todo lo que me ha contado. El verano pasado fantaseaba con que para este año ya le habrían subido el sueldo, y podría irse de viaje a algún paraíso como Punta Cana. Pero la despidieron y se encuentra, este verano, con que está en otro trabajo, tres pasos por detrás de lo que esperaba. No sólo no puede ir a Punta Cana, sino que llega justa a fin de mes. Se siente estafada. Por sus jefes. Por la vida, en general.

Sigo recogiendo. Tiro las latas. En la bolsa de la panadería quedan dos pastas aún. Las de la guinda, cómo no. No sé por qué se empeñan en poner esto en los surtidos. Siempre acaban en la basura. Pero pienso en mi madre y sonrío: estas son sus favoritas. Ella fue niña de la post-guerra, de las que recuerdan lo que es el hambre. Me contó que ella y su hermana iban a comprar al economato minero (un buen paseo de tres kilómetros ida y otro tanto la vuelta) y que, una vez, rondando los dieciséis años, un día de fiesta las mandaron comprar una caja de pastas. Y, en el camino de vuelta, no se aguantaron las ganas y abrieron la caja. Con dieciséis años, mi madre se comió en medio de la calle su primera pasta: la de la guinda. A gloria, dice que le supo.

Quizá porque estoy donde estoy, me voy de esas pastas a una toalla que, a punto de cumplir cincuenta años, rescaté de ser tirada a la basura. Mi madre compró esa toalla cuando tenía casi veinte años, la primera vez en su vida que fue a la playa. La llevó mi padre. Pienso en lo increíble que es vivir en una provincia con mar y tardar veinte años en pisar una playa. Y entonces, irremediablemente, pienso en su madre: mi abuela Carmen. Murió a los cuarenta y ocho años. Mi madre tenía siete. Me asalta entonces la duda: ¿conoció mi abuela la playa? Vivía a sólo veinte kilómetros de una. Un trayecto que mi abuelo, alguna vez, hizo a pie para trabajar. ¿Lo habría hecho mi abuela para ver el mar?

Agradezco que mi madre no tenga whatsapp, así la tengo que llamar

-Mamá, una pregunta… ¿Tu madre fue alguna vez a la playa?

-¿Mi madre? No, hija, no… Sólo salió de Miñagón para ir a Serandinas, y a Boal al mercao, cuando tenía algo que vender.

Parece mentira. Mi abuela murió, con cuarenta y ocho años y una playa a veinte kilómetros, sin haber visto en su vida el mar. Sin haber conocido más que su pueblo y el de al lado. Y aquí estamos nosotras, tirando chorizo y guindas y quejándonos porque Punta Cana nos pilla lejos. Me pregunto qué pensaría mi abuela si nos oyera. Punta Cana le sonaría a nombre de bordado.

Igual no es que estemos tan mal. Igual es que nos han vendido que estar bien es otra cosa.

Me puede la conciencia y rescato las pastas de la bolsa. Me como una y, qué sorpresa, no está tan mal. Pero creo que la otra la guardaré. Para mi madre, que le saben a gloria.

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Artículo para 20 minutos. 27/07/2017

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