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Intimidad

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El otro día una amiga compartió un post (no por estar de acuerdo con su contenido, por cierto) que daba la opinión –personal, intransferible y presuntamente válida- de una reciente madre que contaba orgullosa cómo su bebé de tres meses ya lleva un mes durmiendo solo en su habitación. “Como un campeón”, decía.

A mí, vaya por delante, me parece que lo que ha de primar en cada familia es que los padres hagan aquello que sienten que es lo mejor. Y creo que todos deberíamos tener, constitucionalmente, el derecho inalienable de que nos dejen maternar y paternar en paz. Por ende me importa, básicamente, lo que tres cucumis lo que haga esta chica en su hogar.

Pero ¡joder! A mí de toda la vida me han gustado los morenos (mi rubísimo marido tiene constancia de ello, por cierto). Y para yo contar cuánto me gusta el pelo negro no me voy cagando en tó lo rubio de la gente. No sé si me explico.

Es bonito escribir cuando se aportan cosas más allá de tus propios esputos. En este caso, contra quienes dormimos con nuestros hijos. ¿Por qué te importa tanto, bella mami primeriza, cómo yo duerma?¿No tienes cosas bonitas suficientes que contar sobre lo que tú haces que tienes que contar lo feo que –crees que- es lo que hago yo?

El post es un rosario de ostras con mucha perla y poca chicha pero, sobre todo, cuenta cómo dormir con tu hijo acaba con la intimidad de la pareja, “y no me refiero solamente a echar un polvo” porque hay que “hablar, ver una peli o escuchar la radio” -me vas a perdonar que aquí se me escape la risa, no lo puedo evitar-. “Bastante sufre la relación durante y después del embarazo, como para que toda la intimidad de la pareja se vaya por el sumidero porque tu hijo duerma en vuestra habitación”, sentenciaste. (Si de verdad crees que lo que más hará sufrir la relación de pareja es lo que rodea al embarazo, prepárate, porque lo que os espera en los próximos años quizá te dé algún susto.)

Dormir con tu bebé quizás acabe con la intimidad de TU pareja. Pero, ¿sabes? algunas personas tienen recursos. Y te voy a mostrar que se puede escribir un post defendiendo lo tuyo sin echar peste sobre lo que no conoces, que queda feo y muy de princesa del pueblo:

Mi marido y yo llevamos más tiempo vivido juntos como padres que el tiempo que estuvimos juntos antes de serlo. Una de las loterías más grandes que me ha podido tocar en la vida es descubrir, sin querer, que entendemos la buena paternidad de la misma forma. Incluso cuando esa paternidad, una vez estalló en nuestra cara –y nuestro corazón- tenía poco, muy poco, que ver con las convicciones que teníamos antes de tener a nuestro primer hijo en brazos. Y entender que la felicidad o la desdicha de esa nueva personita dependía plenamente de nosotros. Y dejarse sobrecoger por esa certeza. Y explotar de dicha por tener esa oportunidad, por eso tan hermoso que creamos juntos.

Y ese, ESE, fue el momento en que, sin saberlo, empezamos una nueva forma de intimidad. De la intimidad más plena que hemos conocido. De la intimidad entre dos padres que se aman.

Dormimos con nuestros dos hijos. Es más: a ambos lados de nuestros dos hijos. Despertar por la noche porque uno de ellos se ríe en sueños, levantar la cabeza, mirarlo, mirarnos y sonreír. Eso es intimidad.

Descargar una peli que nos apetece mucho, que uno diga con sorna “para verla esta noche” y reírnos los dos porque sabemos que pasará, fácilmente, una semana antes de que los planetas se ordenen y podamos verla. Eso es intimidad.

Que alguien nos pregunte por qué temporada vamos de Juego de Tronos y responder, cuan emoticono triste, que nos quedamos en la dos, que te suelten “¡Pues tenéis que verla!” y soltar una carcajada. Eso es intimidad.

Que la niña se quede dormida en el sofá a las seis de la tarde, mirarnos y sonreír los dos pensando “Esta noche no hay mambo”. Eso es intimidad.

Besarnos en la cocina y reírnos de la alarma antibesos de los niños, que salta al primer “muak”. Eso es intimidad.

Pasar el día diciéndonos marranadas al oído al más puro estilo pornostars espartanos, esperando a que los niños se duerman, y luego estar tan agotados que nos conformamos con abrazarnos cinco minutos en el sofá antes de irnos rendidos a dormir. Eso es intimidad.

Amarnos en cada rincón de la casa, y adaptarnos al tiempo del que disponemos, aunque sean cinco minutos antes de que el mayor pida que lo saquemos de la bañera o se termine el capítulo que toca de Pepa Pig. Eso es intimidad.

Disfrutar, como al principio -como nunca, en realidad- de encontrarnos las miradas. Y vernos. Vernos de verdad. Eso es intimidad.

Saber disfrutar de todo ello, porque sabemos que, un día, se terminará. ESO es intimidad. De la buena. De la auténtica. De la que une con el fluir, con el cambiar. Con el saber quererse con el mundo patas arriba.

Ojalá algún día os lo cuenten en la radio.
Seguro que estaréis escuchando, en vuestra intimidad.

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Original para Facebook. 06/06/2016

Foto: DiPatata

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