Relatos

La moneda de las decisiones

moneda al aire

Soy la mujer tumbada sobre la hierba. La que ha venido con un niño y una niña. Cómo se notan los días de sol, aquí. Cómo se aprecia que cada vez la hierba se llena más con los colores de las flores y la gente, que corre a disfrutar de Lorenzo antes de que se vuelva a esconder.

Nunca dejará de fascinarme, creo, la facilidad que se tiene en la infancia para hacer amigos. Y seguramente nunca deje de entristecerme, tampoco, cómo perdemos esa capacidad según crecemos. Qué pena lo que la vergüenza consigue hacer de nosotros, los adultos.

Mi hija, que se ha traído su unicornia de peluche, ha divisado a un pequeño grupo que juega con unas muñecas junto a un árbol, me ha lanzado despreocupada su mochila y un mágico arcoíris de purpurina se la ha llevado volando hacia allá. No me extrañaría que en ese árbol crecieran gominolas.

Mi hijo, más observador y tranquilo, y más silencioso hoy que de costumbre, otea el panorama junto a su parasaurolophus: un grupo grande ha organizado un partido de fútbol, algunos niños se persiguen disparando al aire, otros juegan al escondite. Finalmente, posa su mochila en la hierba y se sienta a mi lado

– ¿No juegas? – le pregunto.

– No sé a qué jugar.

– ¿A ti a qué te apetece jugar?

– A excavar –me contesta, encogiéndose de hombros.

– Pues excava.

– Pero es que también me apetece jugar al escondite –añade, preocupado, mientras acomoda entre nosotros a Garritas, su dinosaurio.

– Te entiendo – le digo -. A veces es difícil decidirse. También puedes no jugar a nada –añado, sonriendo-. No es obligatorio.

– ¡No! – dice, alterado – ¡Yo quiero jugar, es que no sé a qué!

Le miro un poco entristecida. Supongo que tomar decisiones puede ser difícil a cualquier edad. Pero, como siempre que tengo una elección difícil ante mí, pienso en mi moneda de las decisiones.

– Cuando yo no sé qué hacer tengo un truco. ¿Quieres que te lo enseñe? – él asiente, y yo busco en mi bolsillo hasta sacar una moneda – Mira, esta es una moneda especial: es la moneda de las decisiones. ¡Es mágica!

Entonces mi hijo me mira con esa cara suya de condescendencia cuando cree que alguien le está colando una película.

– Bueno, es mágica en la medida en que yo crea que lo es, ya sabes que hay muchos tipos de magia. De verdad, ya verás cómo sí –y continúo-. Cuando tengo que tomar una decisión y no me siento capaz, lanzo la moneda al aire y ella decide por mí. ¿Te enseño cómo funciona?

– Vale – y se gira hacia mí, para posar toda su atención en mi moneda mágica.

– Mira, es muy fácil: este lado se llama cara. Si sale cara, juegas a excavar. Este otro lado se llama cruz. Si sale cruz, juegas al escondite. ¿Vale?

– Vale.

– ¿Preparado?

– Preparado.

Poso la moneda sobre mi pulgar, la impulso, cruza el aire volteando. Con el rabillo del ojo sigo la cara de mi hijo, que a su vez sigue con atención el vuelo de la moneda. La moneda empieza a frenar en su ascensión, casi parece que está a punto de dejar de girar, y por un brevísimo instante queda suspendida en el aire. Mi hijo está paralizado. Tras una precipitada caída, la palma de mi mano recoge de vuelta la moneda y, en un movimiento fugaz, la cubro con mi otra mano para que mi hijo no vea cómo ha caído.

Él me mira, ansioso:

– ¿Qué ha salido?

Sin mostrarle nada, finjo mirar yo el interior de mis manos, le miro y le digo, con picardía:

– ¿Y si te dijera que ha salido cruz?

– ¿La cruz qué era, jugar al escondite?

– Sí.

– Oh.

– ¿Qué pasa?

– Es que… Yo quería que saliera cara.

¡Le pillé! Le pongo mi mejor sonrisa y le digo:

– Ahí tienes tu magia: no importa lo que diga la moneda. Antes de abrir la mano, tú ya has tomado una decisión.

Entonces se le ilumina la cara y me devuelve la sonrisa.

– ¿Y qué ha salido en la moneda?

– ¿Qué más da? ¡Vete a excavar!

Y me abraza y se va corriendo a llenarse las uñas de tierra.

No importa que seamos grandes o pequeños, ni cuán difícil sea la elección que tenemos delante: nada como llevarnos al límite, como cobrar consciencia de lo que podemos perder, para saber quiénes somos y qué queremos hacer.

El parasaurolophus, junto a  mí, me mira con seriedad. Lo recojo y, disimuladamente, lo acerco a mi cara y le digo:

– ¿Te cuento un secreto, Garritas? – le digo al impávido reptil, intentando obviar la vergüenza de que alguien pueda verme hablando con un dinosaurio de peluche – Hace muchos años, lancé una moneda al aire para decidir si salía o no con el padre de Hugo. Y, no se lo cuentes a nadie… – añado, en un susurro, mirando a mi alrededor- Pero la moneda dijo que no.

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