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La vida frágil

la vida frágil

Los sostuve en brazos, y recordé el miedo.

Puede que porque nunca había cogido en brazos unos bebés que me importaran tanto como mis propios hijos. Comprobé el tono de su piel, los deditos de sus pies, su respiración.

“¿Respiran?”

Recordé el miedo, porque nosotros somos fuertes, pero la vida es frágil.

Recordé el miedo, cuando mis hijos eran así y yo tenía la sensación de que  sus vidas podían romperse entre mis dedos si yo no lo hacía bien. Si no era suficiente para ellos. Recordé la noche en vela cuando mi hijo mayor vomitó por primera vez, porque creía que se ahogaría mientras yo dormía, así que pasé la noche despierta, mirándolo. Recordé las lágrimas cuando dudé de si mi pecho sería bastante para él, cuando el miedo me decía que lo mataría de hambre si me equivocaba. El miedo a que los mocos lo ahogaran, a que sus primeras comidas lo atragantaran. A que él enfermara y yo no supiera verlo a tiempo. Miedo, miedo, miedo.

Pero, en algún momento, no sé cómo, los miedos se diluyeron en la rutina. En la prisa. En el sobrevivir trastabillando un día con otro. Se diluyeron en el “lávate los dientes”, en el “coge la mochila”, en el “anda más deprisa que llegamos tarde”. Se diluyeron en los buenos modales a la mesa, en la hora de irse a dormir, en el “bájate de ahí que te vas a hacer daño”. Se diluyeron en la vida de otra madre. Otra diferente a la que yo quería ser.

Y olvidé todo lo que soñé que haría cuando ya no tuviera miedo…

Yo sería su madre. Su amiga y su compañera. Les guiaría de la mano. Yo les enseñaría a bailar bajo la lluvia, a olvidarse del paraguas, a saltar en los charcos, a mojarse hasta el pecho. Yo les dejaría vivir despacio, pararse a mirar las flores, buscar formas en las nubes. Yo les dejaría disfrutar de la comida a puñados, ensuciarse, morder al perro, ir despeinados.

Lo olvidé, porque olvidé el miedo. Y olvidé que la vida es frágil.

Pero hoy los sostuve en brazos. A ellos, tan pequeñitos. Tan frágiles e importantes. Y volví a tener miedo.

Y he recordado que cada día con ellos es un motivo para dar las gracias. Que a lo que te roba la alegría no se le llama rutina: se le llama tristeza.

He recordado que puede que, de repente, un día la vida termine. Y ya no haya lluvia, ni charcos, ni flores, ni nubes.

Que cada ocasión para abrazarlos es un jodido regalo. ¡Es un regalo, joder! Y se nos olvida. Estamos tan ocupados, que se nos olvida…

Es curioso: los sostuve en mis brazos. Y, sosteniendo una vida que empieza, recordé que la vida, en cualquier momento, puede terminar también.

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