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Lo que mata es el silencio

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Duelen los insultos, los desprecios, los golpes, las heridas. Duelen las risas crueles, las burlonas y las que fingen esconderse detrás de una mano mientras la otra libera un dedo que te señala, para que te miren todos y no quepa duda de que es de ti de quien se ríen. Otra vez.

Duele preguntarse un día tras otro por qué tú, y no otro. Por qué. Qué es lo que te hace TAN diferente. Cuál es tu gran, imperdonable defecto. Qué has hecho mal. Qué daño le has hecho a quién para que la tomen así contigo. Por qué no pueden, simplemente, ignorar tu existencia, si tú sólo quieres entrar y salir y, a ser posible, no dejar de respirar en el proceso.

Duele mirarte al espejo y darte asco. Pensar que eres una persona odiosa y que te mereces todo lo que te pasa. Enfadarte con tu imagen en el espejo mientras lloras y golpeas. Sentarte en el suelo y desear desaparecer, como sea, duele.

Pero, lo que duele, no es lo que te mata. Lo que mata es el silencio.

Ser el epicentro de una tormenta de carcajadas, y que tus amigos se mantengan al margen, sin decir nada. Que quien creías que estaría de tu parte, porque hace media hora te pidió prestado un lápiz y te sonrió, finge que no te ve. Porque el abusón será un imbécil y puede que su vida sea una mierda, pero tú creías que los demás eran normales igual que tú . Y, sin embargo, ahí estáis: tú, víctima; ellos, ciegos. Y en el medio un abismo de silencio.

Encontrarte de repente en un rincón, tú presa y ellos hienas insaciables, y que nadie vaya a buscar ayuda. Que te estén machacando la cara, el hígado, el alma y la vida, y aguantar las lágrimas –no vaya a ser que también te peguen por llorar- mientras miras alrededor preguntándote si no tendrás la suerte de que aparezca un profesor para que te salve sin tener tú que chivarte. Porque, probablemente, no te chivarás. Porque, si lo haces, luego será peor.

Mata que lo que a ti te está destrozando por dentro sea sólo una cosa de críos. Una pelea de patio. De las que pasan cada día. ¿Es que nadie ve que cada día es a ti a quien le pasan?

Odiarte y sentir que odiándote le fallas a tu madre, que te quiere tanto, y no ser capaz de contárselo. No tener valor para hablar con tu familia porque si lo haces se darán cuenta de que eres un fracaso. Sabrán que no eres la estupenda persona que ellos creen. Descubrirán que eres un fraude.

Que los adultos que deberían protegerte intuyan –o sepan- lo que te sucede y nadie tenga el valor de mirarte a los ojos, cogerte fuerte de la mano y hacerte una pregunta clara y directa: “¿Te están acosando?”. Porque es una situación incómoda, de las de ponerte delante de un monstruo con el alma por escudo, sin conocer las palabras mágicas para hacerlo desaparecer. Puede que no existan palabras mágicas.

No son los acosadores los que matan. Lo que mata es el silencio de todos los demás.

Los que callamos. Los que no queremos meternos en líos. Los que tenemos miedo. Los que nos alegramos de que esta vez no haya sido el nuestro. Los que nos escandalizamos con las noticias y protestamos en internet pero luego seguimos con nuestra vida como si el mundo siguiera siendo igual. Pero cómo va a seguir siendo igual el mundo, si los que tienen más suerte están en el hospital y los que tienen menos… Esos ni están ya.

No son ellos, somos nosotros.

De cada cien alumnos, dos podrán ser acosadores. Ocho podrán ser acosados. El infierno existe porque los otros noventa callan. Eduquemos a nuestros hijos para alzar la voz, para defender al acosado, para ofender al acosador. Enseñémosles a pelear por lo que creen que está bien. Enseñémosles a ser valientes. A serlo juntos. No sigamos perpetuando el silencio al servicio del miedo.

Porque no son ellos, somos nosotros.

Puede que no existan palabras mágicas. Pero no podemos seguir callados.

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Teléfono Acoso Escolar: 900 018 018

#quenonoscallen

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