Relatos

Los miradores son lugares tristes

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Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. Hoy hemos venido a la playa pasando por el sendero de la colina, el que viene monte a través desde el arenal de al lado y que une la costa, playa a playa, durante kilómetros. Pero no es que hayamos caminado mucho: sólo es que hemos aparcado el coche ahí arriba, junto al chiringuito.

Al venir hacia aquí, hemos pasado por delante de un mirador: un banco y un par de vallas de madera, y a sus pies treinta metros de caída y el infinito teñido de azul. Los niños, claro, han visto aquello tan bonito y han querido ir hacia allí corriendo. “¡Mamá, mira! ¿Podemos ir allí?” Desde la punta de ese risco debe haber unas vistas espectaculares. Pero yo tenía claro que nuestro objetivo era la playa, así que respondí con un despreocupado “a lo mejor a la vuelta”. Y así fue como hoy, sin querer, les quité una sonrisa a mis hijos.

Desde donde estamos aún se ve la punta del risco. Creo que intuyo las vallas. Veo pasar a una pareja por delante. Ella señala. Él continúa andando. Ella lo sigue. Recorren el sendero. Llegan a la arena. Se tumban en la toalla. Fin de la aventura.

Y es en este momento cuando me doy cuenta de que los miradores son lugares tristes. Por dos razones, además:

La primera es que, en algún momento, alguien hubo de darse cuenta de que quizá convendría marcar un punto donde valía la pena pararse a mirar el paisaje, porque la gente había dejado de mirar alrededor al caminar. Vamos tan obcecados en llegar al destino que nos olvidamos de mirar lo que nos rodea, de disfrutar del paseo, de pararnos un instante –o una suerte de eternidad- y respirar hondo mientras nos dejamos enamorar por las delicias que nos guarda este condenado planeta nuestro.

La segunda es que, aun así, seguimos sin pararnos. Como caballos de tiro, cegados en pos de la faena. Así caminamos nosotros: siempre con tanta prisa por llegar a donde sea que ni siquiera un enorme aviso en forma de banco de madera sobre el puñetero océano, invitándonos a sentarnos sobre el mismísimo cielo, es capaz de hacer que paremos a dar las gracias por tener una piel sintiente que nos permita disfrutar del salitre golpeándonos con fuerza en la cara. Así de necios somos. Así de ciegos estamos.

El camino no es un obstáculo: es un propósito en sí.

Y pasa con los miradores lo que con la vida: que siempre vamos con prisa de una meta a la siguiente, y nos olvidamos de fluir con el sendero, de disfrutar del paisaje, de oler el mar. Y la realidad es que, algún día, esa madera se pudrirá. Algún día el mar mellará esa pared de piedra y ese risco se vendrá abajo. Algún día, nuestro planeta se apagará. Y, ese día, todos los motivos que tú tienes para vivir con prisa ya no importarán nada, porque nada importará ya. No importará si has vivido deprisa o si lo has hecho despacio. Lo único que importará es si has sido feliz, o si en tu empecinada ceguera te has negado la felicidad.

-Chicos, ¿os apetece que subamos a comernos los bocadillos al mirador?

-¿Pero nos vamos ya?

-No, no. Luego volvemos a bajar a la arena.

-¡Bien! ¡Bien!

Y así, tal como se la había quitado, les devuelvo una sonrisa a los dos. Y soy un poco más feliz.

Es fácil, en realidad. Lo que pasa es que lo olvidamos. Pero, mientras aún podamos, parémonos a respirar la vida. A dejar que el aire nos dé en la cara. A mirar a los ojos a esta tierra que habitamos y decirle lo guapa que está. Porque, al final, no nos podremos llevar los relojes. Pero, con suerte, podremos llevarnos el olor del mar.

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Artículo para 20 minutos. 20/07/2017

Puedes comprar la ilustración original que acompaña a este relato en este enlace.

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