Relatos

Historia de una sandía

Sandia

Soy la mujer sentada bajo el castaño. La que ha venido con un niño y una niña. He visto algo. Siempre veo algo. Y ahora me pregunto si veré yo lo mismo que ven los demás. Y, durante un instante, he dudado. Pero la recordé a ella: a la mujer impresionante de los ojos claros. Y la duda dejó de existir.

Aquella mujer de ojos claros… Yo nunca me había ido de vacaciones con los niños. Surgió un poco sobre la marcha.

Cuando llegamos, la intención era quedarnos solo un par de días. Ahí llegué yo, sola, con mis dos churumbelitos de cinco y dos años, el coche, dos sacos de dormir y una tienda de campaña pequeña, de esas que se abren solas en dos segundos y necesitas un equipo de siete ingenieros –o dos domingueros experimentados- para volver a cerrar. Nada más.

Al día siguiente, aquella mujer, de unos cuarenta y pico, alta, preciosa, imponente, de ojos claros, que se parecía a Xena más que cualquier otra persona que yo haya conocido jamás y que dormía con su novio en la parcela de enfrente, se acercó a mí:

-¡Hola! – me dijo con un perfecto acento nórdico y una sonrisa brillante como la nieve– Mira, tenemos aquí dos sillas que no vamos a usar, y he pensado que quizá a vosotros os podrían ser útiles, si quieres que te las preste.

¡Wow! Acepté de mil amores. Solo llevábamos allí un día, pero ya me había dado cuenta de que iba un poco corta de recursos campestres… Aquellas sillas blanditas nos dieron la vida porque, aunque es cierto que íbamos sólo para un par de días, allí, con tanto sol, tanta tranquilidad y la piscina –aquella piscina- los niños estaban tan felices que fuimos alargando y los dos días acabaron siendo una semana. Yo, a ratos, me sentía desbordada. Los niños demandaban constantemente, yo temía perderlos de vista y que les pasara algo, estaba en estado de alerta permanente. Por momentos, me agotaba mentalmente. Además, no era mi mejor momento, emocionalmente hablando. Tampoco el peor, pero… Había algo.

Un par de días después, la mujer de los ojos claros volvió a acercarse a mí.

-¡Hola! – me dijo de nuevo aquella sonrisa enorme de ojos amables – Mira, tenemos esta colchoneta para la piscina… No la hemos estrenado y no la vamos a usar. Si la quieres para los niños, se la regalamos.

A los niños les entusiasmó la colchoneta, aunque lo cierto es que les daba un poco de miedo usarla en el agua, así que, al final, se quedó en la tienda. Y yo dejé de dormir en el suelo… Oh, dios, joder, ¡gracias por aquella colchoneta! Mi cadera lo agradeció hasta el infinito, incluso cuando acabamos durmiendo los tres sobre ella.

Aquello  me daba un poco de tregua, pero yo seguía agotándome emocionalmente. Estar sola con los dos estaba siendo más difícil de lo que esperaba. Me podía el cansancio. Perdía la paciencia. No sé cómo, me fui alejando de la madre que yo quería ser. A veces me daba la sensación de que les gritaba mucho. De que, de hecho, no hacía más que gritarles. De que me pasaba el día diciéndoles que no a todo. Me avergonzaba de mí misma. ¿Qué me pasaba? ¡Aquella no era yo!

De nuevo un par de días después, estaba con los niños en la piscina, por la tarde, y la mujer de ojos claros vino a buscarme. Me asaltó en la toalla. Traía un tupper en la mano.

-¡Hola! –dijo otra vez con aquella sonrisa a la que yo empezaba a hacerme adicta- Mira, es que hemos ido a comprar al supermercado, y hemos comprado una sandía gigante. Es demasiado para nosotros… ¿Queréis la mitad? Se nos va a echar a perder…

Y me ofreció aquel tupper, lleno de trocitos gloriosamente cortados de sandía, fresca, dulce y roja como el beso de un niño. La devoramos. Tanto, tanto la disfrutamos, que cuando este año volvimos al mismo lugar, mi hijo mayor me preguntaba por el camino si comeríamos sandía junto a la piscina otra vez. Qué momentazo de sublime perfección…

Y, sin embargo, yo seguía sintiendo que perdía el control. Me avergonzaba pensar que aquella amable mujer de los ojos claros me veía gritar a mis hijos. Joder, qué vergüenza… Qué pensaría de mí. Y eso, de alguna manera, me hacía sentir peor conmigo misma, y me hacía sentir enfadada, y parecía que tenía, entonces, menos paciencia aún, y que gritaba más… Y, así, alimentaba el círculo. Me sentía en una espiral, me sabía en una espiral, y no era capaz de salir.

Llegó la última noche que estaríamos allí. Fui a dar un paseo con los niños y, al volver, sobre las sillas que aún teníamos en préstamo de nuestros temporales vecinos, había dos pomperos. Cuando los niños los vieron se volvieron locos de alegría. ¡Dos pomperos! La impresionante mujer de los ojos claros y su novio se acercaron para despedirse de nosotros. Ella se llamaba Ilze.

Ilze se acercó a mí y me dijo algo que, aún hoy, soy incapaz de recordar sin emocionarme. Me dijo:

-¿Sabes? Creo que eres una madre maravillosa.

Casi me echo a llorar. Y yo pensaba “¿Pero qué dices, loca mujer?”. Se me saltaron las lágrimas. Le respondí:

-Qué va… He estado horrible… No he tenido paciencia…

Y ella insistió:

-No, ¡de verdad! Yo he estado en muchos sitios, he visto muchas cosas, y me pareces una madre maravillosa. Cómo tratas a tus hijos, cómo les hablas y les explicas, cuánto amor les das. Eres maravillosa.

Nos abrazamos fuerte. Ilze venía desde Holanda. Me contó que ella había estado allí por primera vez hacía muchos años, también sola con sus hijos cuando estos, ahora adolescentes, aún eran niños. Me reí.

-Por eso sabías que me vendrían bien las sillas, ¿verdad?

Y ella asintió sonriendo. Claro que lo sabía. Nadie para entendernos como otra madre.

Ella vio más en mí. Ella vio lo que quizá no supo ver nadie más. Vio a una madre desbordada, que seguía ahí porque sus hijos eran felices. Vio a una madre cansada, sin medios, con la espalda dolorida, sin cinco minutos para cerrar los ojos y descansar, sumando un día tras otro con los cinco sentidos puestos en cuidar a sus dos hijos. No vio a la madre que perdía la paciencia: vio a la madre que intentaba hacerlo bien. Y, lo más importante, no solo la vio sino que dio un paso más, y la ayudó: las sillas, la colchoneta, la sandía, los pomperos. Y las palabras. Cuanto más lo pienso, más claro lo veo: sabía cuánto necesitaba yo que alguien me dijera que lo estaba haciendo bien. ¡Quizás hasta fuera cierto! ¿Quizá no lo estaba haciendo tan mal como yo creía? Quizá me estaba exigiendo demasiado. Y, con las mágicas palabras de aquella impresionante mujer de ojos claros, salí de la espiral. De hecho, fue ella quien me sacó.

Cuando volvimos este año, fuimos al supermercado a comprar sandía. La vendían por mitades. Casi me echo a llorar en la dichosa frutería.

Por eso, por ella, no tengo dudas. Porque yo también estoy cansada, a veces. Porque ninguna de nosotras es perfecta. Porque, a veces, el mundo es mejor cuando alguien nos ayuda a salir de la espiral. O cuando ayudamos a alguien a salir de ella. Porque se me ocurren pocos regalos tan bonitos, como madre, como que quizás algún día otra madre me recuerde a mí como recuerdo yo a Ilze.

Por eso me he levantado, y me dirijo a esa madre. La que hace un momento gritaba a su hijo pequeño por tirar toda la merienda al suelo y ahora aprieta los labios mientras sacude tierra y hojarasca de la ropa del mayor, que llora porque se ha caído.

Llevo una bolsa con bocadillos de mortadela y un par de plátanos. Se nos van a echar a perder…

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