Relatos

Mamá que brilla, brilla

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Soy la mujer de la mesa junto a la ventana. La que ha venido con un niño y una niña. Aunque hoy de buena gana habría venido sola… Es así: a veces es difícil. A veces no estoy como quiero estar, y tengo que conformarme con estar como estoy a veces. A veces no soy quien quiero ser, y tengo que conformarme con ser quien soy a veces.

Y hoy vengo así, como enfadada. Algo me supera aunque no sé qué. Creo –estoy casi segura, en realidad- que no es por lo que hacen: es porque no hacen lo que yo espero. Y pierdo la paciencia y aparece esa otra yo: la que quiere venir a pasar la tarde a un lugar amigo de los niños, sin niños.

Al menos, mientras ellos juegan, yo puedo quedarme aquí, sola, proyectando mi rabia sobre la espuma, que se ha quedado todo el azúcar y ahora el café sabe amargo. Puto capuccino de mierda.

Miro alrededor y reparo en una mujer joven, embarazada, sentada sola al otro lado del local y que, de vez en cuando, mira a la zona de niños y sonríe. No parece buscar a nadie, parece estar simplemente disfrutando del aire infantil. Apostaría a que está imaginando a su propio bebé, jugando ahí. Tiene ese aire… Ese brillo de la madre a punto de traer vida. Ese halo mágico que la envuelve y que seguro haría crecer las flores después de pasar Atila. Esa luz.

Recuerdo que yo era así, antes de que naciera mi primer hijo. Recuerdo que tenía esa luz que me elevaba por encima de este gris suelo mundano, esa luz que me teñía el horizonte de colores. ¡Ay! Si pudiera hablar con aquella yo que brillaba… Si pudiera hablar contigo, mamá solitaria que brilla…

Te diría que es difícil y bonito, sin duda. Lo más difícil es el principio. No es por el bebé, no. Creo que es por ti. Porque probablemente nunca habrás amado así, con esa entrega desgarradora de darte toda a cambio de nada. O, si acaso, solo a cambio de verle feliz. Esa forma de amar devastadora que te anega el alma con el miedo a que le pase algo, que te aprieta tanto que a veces quieres llorar de dolor.

Y es difícil al principio, porque te tienes que acostumbrar a esa intensidad que, quizás, aún no conoces. Yo amaba mucho, mucho, y no la conocía. Sacudió el suelo bajo mis pies, redibujó mi camino, y me enseñó a caminar distinto. Pero luego te acostumbras al terremoto, a caminar zozobrando, y ya no sabes amar de otra manera. Ya no sabes amar más que dándote a ti misma. Ya no sabes amar, más que aprendiendo, a cada paso, a caminar.

Te diré cuál es el secreto: que lo que hagas, te haga sentir bien. Es así de fácil. Olvídate de estudios, de gurús, de recomendaciones, de consejos no pedidos, de miradas indeterminadas, de protocolos, de decoro, de educación. Si te hace sentir bien, adelante. Si te hace sentir mal, corre y no pares. No hay más.

Te exigirás demasiado, seguro. Todas lo hacemos. Porque siempre intentamos hacerlo mejor. Y cuando otra madre te critique (que sucederá) respira y piensa que no busca convencerte, te aseguro que a esa madre le da igual lo que tú hagas con tus hijos: solo intenta reforzar sus propias decisiones. ¡Y estará bien, no pasa nada! Si lo necesita, déjala. Tú solo sigue tu camino, tus propias baldosas amarillas. Puede que la madre que te critica no se dirija hacia Oz. Puede que ni tú misma lo hagas, quién sabe.

A veces (esto te sorprenderá), te encontrarás haciendo o diciendo algo y una voz en tu interior te estará gritando “¡Para! ¡Para! ¡Así no! ¡No sigas! ¡Para!”. Pero tú ya habrás arrancado… Y puede que no seas capaz de parar. De hecho, es bastante probable que no puedas parar… Pero inténtalo y, cuando no puedas, perdónate.

Por favor, perdónate. No te exijas ser perfecta: tus hijos aprenderán más de tus errores que de todas las cosas bien hechas que acabarán dando por sentadas. Cometerás errores y, cuando lo hagas, se te plantearán dos opciones: puedes regocijarte en tu propia rabia por haber errado, y buscar excusas para persistir en el error y disculpas intentando defender que has actuado bien, o puedes, simplemente, rendirte a tu propia, imperfecta humanidad. Arrodíllate ante ti misma, reconoce el error y perdónate. Porque si hay algo en nuestra humanidad que merezca salvarse no es la rabia que nace de los errores: es la paz que nace de un corazón qu se libera.

El secreto de una maternidad feliz no está en una silla último modelo, ni en un esterilizador de chupetes, ni en unas sábanas de cuna beige con ositos bordados lanzadas al aire a cámara lenta ante una brillante ventana de cristales impolutos: está en ser capaces de aceptarnos, querernos, abrazarnos y perdonarnos. Así que ámate, perdónate, levántate y tira para adelante, coño.

Pero esto no te lo digo a ti, mamá solitaria que brilla: me lo digo a mí, porque a veces lo olvido.

Llamo a mi hija y le pregunto si puede venir un momento. Cuando llega a mi lado, me bajo de la silla e hinco una rodilla en el suelo, para ponerme a su altura (un poquito por debajo, en realidad), enlazo mis manos a las suyas y la miro a los ojos:

– Cariño, perdóname. No quería enfadarme contigo, no he debido portarme así. Tú no has hecho nada malo. Todos tenemos miedo de algo alguna vez. Tienes todo el derecho a tener miedo de lo que quieras, durante el tiempo que necesites. Y yo sé que lo que a ti te da miedo no existe, pero hasta que tú estés segura mamá te acompañará siempre que se lo pidas. Hasta que dejes de tener miedo. Te lo prometo. ¿Me perdonas?

Y mi hija me perdona, y sonríe porque mamá la acompañará siempre que tenga miedo, y me abraza fuerte, fuerte. Y se me cae una lágrima. El suelo tiembla bajo mi rodilla hincada. Y cuando me levante caminaré distinto. Y el café, seguro, ya no sabrá tan amargo.

Mamá que brilla: coge tus errores y conviértelos en un regalo. Un error solo lo es cuando de él no se aprende nada.

Brilla, mamá que brilla. Elige brillar, siempre. Y no dejes de brillar.

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