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Ni frío, ni calor. (La que habéis liao, antitaurinos)

antitaurinos

 

 

Cómo son las madres, que siempre tienen ahí guardada una pregunta cargadita de mala leche, por si se acaba el tema de conversación.

Pues mi madre ayer esperó al momento perfecto y me preguntó, como quien pregunta la hora, “¿Has visto la que han liado los antitaurinos?”

Y yo hice un repaso mental express por toda la información acumulada en mi cabeza de los últimos días… ¿Manifestaciones? No. ¿Asaltos a plazas? Tampoco. ¿Agresiones? No, nada. Y entonces cruzan por mi mente en -horripilante- desfile las cadenas de televisión que ve mi madre, y los periódicos que salen en esas cadenas como incuestionables… Ay.

A veces mi hijo mayor, al que le encantan todos los insectos, se encuentra un bicho rojo -que sabe que son potencialmente peligrosos- y me pregunta si lo matamos. “Para que no haga daño a nadie”, me dice. Y entonces le pregunto qué cree que posee ese bicho, y le explico que lo único que tiene ese bicho, lo único que posee en el mundo, es su propia vida. Y que nadie debería tener derecho a quitársela. “Pero puede picar a alguien, mamá”. “Eso no puedes saberlo. Lo único que sabemos es que no nos ha hecho nada. No tenemos ningún motivo para quitarle a ese bicho lo único que posee.” Y mi hijo, que tiene cinco años, va aprendiendo así, no sólo a respetar la vida, sino a actuar con una lógica vital y equilibrada. O eso quiero pensar…

No siempre la ausencia de algo significa la presencia de su contrario. Existe un umbral de temperatura en el que no percibimos ni frío ni calor. Y de la misma manera no sentir pena no significa que se haya de sentir alegría. Quizá la tuerca que se va de vueltas sea esa en la que intentan que nos apenemos por algo que no nos da, emocionalmente, ni frío ni calor. Y cuando intentan obligarte a algo que no quieres, la respuesta inmediata es irte al contrario.

No me alegra la muerte de un torero. No me puede alegrar la muerte de nadie, como tampoco me alegra la muerte del toro o del bichito rojo. No me puede alegrar que se le quite a alguien, de ninguna manera, lo único que realmente poseemos y que es nuestra vida.

Este año han fallecido más de 150 personas en España mientras desempeñaban su trabajo. Eloy tenía 56 años y dos hijos. Ni siquiera tenía que trabajar ese día, pero el incendio era tan bravo que quiso acudir a ayudar a sus compañeros del cuerpo de bomberos. Fue, quizá, la última decisión importante de su vida. El edificio se desplomó y Eloy no volvió con su familia. Morir salvando. Eso sí da frío. Y calor.

Morir matando, pues no.

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