Relatos

Nos queríamos distinto

Nos queríamos distinto

Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. Disfruto más la playa cuando él viene conmigo. Es más relajado cuando somos dos para cuidar y, además, a los niños les encanta meterse en el mar con su padre. Allá lo veo marchar, con nuestros niños, su bañador rojo bandera, su pecho peludo y su cara de pócker frente a las olas. La arena no es tapiz para mi trío de ases.

Al fin, diez minutos para mí. Para desvanecerme en la brisa y el calor del sol sobre mi piel. Inspiro, espiro, repito y los veo a lo lejos, siluetas salpicadas sobre la espuma. Junto a ellos, una jovencísima pareja salta sus últimas olas cogidas de la mano y salen corriendo del agua, sonrientes y felices. Se tiran en su toalla (con esa despreocupación maravillosa de quien luego no tiene que limpiar la arena del coche), a unos metros de la mía, y se comen enteras, la una a la otra, las dos al mundo. Como si no hubiera nadie más en la playa. Como si nada en el universo importara más que este momento entre ellas dos.

Sacan el móvil para hacerse un selfie. No me puedo creer la cantidad de tiempo que son capaces de estar colocándose todos y cada uno de los pelos de su cabeza antes de hacer la foto. Claro: son jóvenes, perfectas, maravillosas y están enamoradas. Ha de verse en cada pelo cuantísimo se quieren, porque la foto debe ser tan brillante como su amor. Y entonces me miro las piernas y me da un ataque de risa, porque me doy cuenta de que no sé cuánto hace que no me depilo, pero ríete tú del peludo pecho de mi marido. Qué se le va a hacer: si me paro a depilarme, lo mismo se nos hace tarde y nos quedamos sin playa. Y eso sí que no puede ser. Explícale tú a mis hijos que se quedan sin playa porque a su madre le da vergüenza tener pelos como un… Mamífero. Pero no importa. Hace tiempo que depilarme es como cortarme el pelo: cuestión de apetencia, no de necesidad.

Y ellas están ahí, frente a  mí, queriéndose tanto en su perfección, iluminando el mundo con su amor. Y yo estoy aquí, tan imperfecta y peluda, agradeciendo diez minutos de soledad al sol. Me cago en la leche, ¿qué nos ha pasado? Recuerdo cuando nos queríamos así, como si el amor no fuera otra cosa que brillar juntos, el uno para el otro. Cuando seríamos jóvenes para siempre. Me decía la gente que ese amor se acababa, y yo no me lo quería creer.

Pero tenían razón: ese amor se acaba. Lo que no me habían contado es que, después, se quiere distinto. Se quiere mejor. Porque una vida en pareja no es una foto de Instagram: no puedes mantener la pose eternamente, ni puedes colocarte cada pelo. Ni siquiera puedes sonreír siempre. En algún momento dejas de posar y empiezas a ser tú. Y a mí nadie me había advertido de lo peligroso que es enamorarse de la vulnerable humanidad de otra persona porque, cuando quieres a la persona tras la foto, te enamoras para siempre.

Creo que el amor ha de ser así, imperfecto, para no ser frágil. Para que una brisa no lo despeine. Para poder cambiar y reordenarse cuando tu mundo cambia y se reordena. Cuando cambian tus prioridades, cuando te salen arrugas, cuando todo se derrumba y hay que volver a construir. Cuando la vida cambia, en fin, y sois capaces de vivir el cambio juntos. Y quereros, a pesar de todo. Y quereros más, si cabe, cada vez.

Vuelve mi amado:

-Se me ha metido arena por el culo.

-Joder, cariño, eres todo erotismo.

No… Qué va. El amor de verdad no entiende de fotos, ni de poses, ni de filtros. Le quiero porque la mejor imagen de mí misma es la que me devuelven sus ojos. Me quiere porque nadie en el mundo es capaz de verlo como lo hago yo.

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Artículo para 20 minutos. 3/8/2017

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