Relatos

Pequeña Lucía

Pequeña Lucía

Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. Todavía estoy intentando saber qué es lo que acaba de pasar exactamente.

Ese lugar, donde ahora sólo hay un pañuelo usado, hace un momento estaba ocupado por tres generaciones de mujeres: una mujer joven con su hija, de tres años, y con una mujer mayor que, presumo, era la abuela de la niña. Ha sido difícil.

Apenas estábamos empezando a posar nuestras cosas, hemos oído los gritos. La abuela gritó a la madre, que iba en dirección a la orilla y dio la vuelta al instante. Era por la niña. Tenía una bolsa de gusanitos en la mano y se le habían caído al suelo, como confeti sobre la arena. La abuela reñía. Decía que la niña era un demonio. La madre llegó corriendo. Agarró a su hija por lo hombros y juro que me pareció ver cómo luchaba contra sí misma. Y creo que perdió. Le dio tres bofetadas a la niña. La abuela seguía gritando a la nieta. “Demonio. Idiota. Bebé.” La madre ha empezado a recoger los gusanitos, sola. La niña se sentó en la toalla y agachó la cabeza.

-Mamá, ¿por qué esa mamá ha pegado a su hija? – me ha preguntado la mía.

Creo que el tiempo se ralentizó un instante. Creo que me vi a mí misma como flotando alrededor de esa madre, intentando verla desde todos los ángulos, buscando una fisura que me dejara indagar en su interior. Entonces he oído nítida la voz de la abuela, que había terminado de gritar a la niña y, ahora, empezaba con la madre. “Culpa tuya. La consientes. La malcrías.”

-A lo mejor, cariño –dije al fin-, no sabe hacerlo de otra manera.

Dejé caer mi toalla y me acerqué. La abuela, al verme, me empezó a explicar lo mala que es su nieta. Yo me arrodillé junto a la madre, sonreí y me ofrecí a ayudarla a recoger. “Es que estoy tan cansada…”, me dijo. “Acabo de salir de trabajar, y…”. Y no pudo seguir. Buscó rápido un pañuelo en su bolsa y se secó las lágrimas.

Mis hijos, entre tanto, se acercaron también a ver a la niña. Le preguntaron su nombre y la invitaron a jugar. Nosotras terminamos de recoger. Recordé su intento frustrado de darse un baño y le ofrecí que Lucía, que así se llamaba su hija, se quedara jugando con mis hijos un ratito mientras ella se iba al agua. Pero no aceptó. “No, no, gracias. Nos íbamos a ir ya.” En un parpadeo, levantaron campamento y se fueron de nuestra vida para siempre.

-Mamá, ¿por qué esa mamá pegó a Lucía? – insiste mi hija.

Y le quiero decir tantas cosas, que no sé qué responder. Sólo miro en silencio el pañuelo de papel que la mamá de Lucía ha olvidado sobre la arena.

Pequeña Lucía, tu madre te quiere. Que no te quepa duda. Es que a veces es difícil. A veces esa mamá perfecta y amorosa que queremos ser se queda en el principio del camino mientras nosotras echamos a andar. Y vamos andando, y nos empujan, y nos van llevando… Y cuando nos damos la vuelta para mirar vemos que ya estamos muy lejos de esa mamá que queríamos ser cuando empezamos a caminar. Y está tan lejos ya… Que nos sentimos perdidas, y ya sólo podemos seguir andando.

A veces, pequeña Lucía, es difícil ver a nuestras mamás. A las de verdad. Yo hoy he podido ver a la tuya. Se ha quedado aquí. Hecha pedazos en un pañuelo.

Y ahora, pensando todo esto, me siento un poco culpable, porque quería ser solidaria y lo mismo he sido condescendiente. Qué sé yo. Lo mismo nos sobra juicio y nos falta sororidad. Aunque sospecho que todo sería más fácil si no sintiéramos, constantemente, que nos está juzgando la mujer de la toalla de al lado.

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Artículo para 20 minutos. 08/08/2017

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