Etiquetado como autoestima
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Tip #5: Muerte al bienquedismo

Tip 5

Es el gran mal de nuestra sociedad: el bienquedismo.

Bueno, al menos es uno de los grandes males.

Cuando yo era chavalita y trabajaba en hostelería tuve un encargado que era genial, Lauri, que recuerdo que una vez me dijo: “Tía, vaya bienqueda que eres”, y yo recuerdo que sonreí preguntándome sin entender nada por qué me lo decía como si fuera algo malo. Pero ahora ya lo sé. Voy aprendiendo.

Existe un término medio entre decir las cosas a malas -ya sabes, esa gente de “es que yo voy con la verdad de frente y por eso caigo mal”, que tú dices “No, perdona, caes mal porque eres un grosero insoportable, un bocachancla y un faltoso, maleducadoloscojones”- y no decir nada en absoluto porque “no quieres herir a la gente”. Detrás de este “no querer herir a la gente” muchas veces se esconde un “me da miedo no tener razón” o “no quiero parecer grosero/a porque tengo educación”, que también hay que estudiar eso, ¿eh? Pero las cosas, Mari, hay que decirlas.

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Tip #4: Que no te defrauden DOS veces

Tip 4

Este es SÚPER IMPORTANTE.

Tú no puedes evitar que exista gente mala en el mundo. Tampoco puedes evitar que la gente buena a veces haga cosas malas (con mayor o menor consciencia de que están haciendo algo malo). No puedes evitar esas cosas, porque no dependen de ti. No puedes controlar a los demás, ni creo que sea mentalmente sano intentarlo.

Lo que sí puedes controlar es quién dejas que se quede cerca en tu vida.

No te aferres a las personas que te desestabilizan. A quienes intentan joderte, incluso cuando tú las has ayudado. A las que simplemente encuentran entretenido intentar hacerte de menos, o humillarte o incluso perjudicarte.

No te obceques con el “todo el mundo merece una segunda oportunidad”. Pues mira, no. Todo el mundo, no. Dependerá de quién. Dependerá de qué. Y, sobre todo y por encima de todo, que no se te olvide: no te corresponde a ti darle A TODO EL MUNDO su segunda puta oportunidad. Hay siete mil millones de personas en el planeta: que busque la redención haciéndolo mejor en su próxima relación. No es responsabilidad tuya salvar a todo el mundo, coño. Si tienes que gastar energía en alguien, que ese alguien merezca la pena, porque la energía y el tiempo que le dedicas te lo quitas a ti y a tu familia. Y si te defrauda una segunda vez no será culpa suya: será tuya.

Ya está bien de confundir ser una buena persona con dejarse pisar. No es hijoputismo: es autopreservación.

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Tip #3: Sé amable

Tip 3

Dirás que este es para la paz de los demás, pero no, no. Es para ti. Y yo te explico:

La amabilidad que proyectamos no tiene que ver con los demás, sino con lo que sentimos en ese momento. ¿Alguna vez has probado a reírte a carcajadas sin motivo? Al final, terminas riéndote de verdad. Con la amabilidad sucede lo mismo: es una proyección interior. Si mantienes la calma por fuera, esa calma acaba penetrando e invadiéndote por dentro, ayudando a sosegarte.

Además, por supuesto, existe un componente externo: Si la persona que tienes delante es amable, entonces merece que sean amable con ella en respuesta. Si la persona que tienes delante es una amargada de mierda, nada le joderá más que ver que tú eres amable y luminosa y que no es capaz de contagiarte su puta amargura de mierda. Es un 2×1. Todo ventajas.

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Tip #2: Los debates son mejores cuando sabes que te puedes equivocar

Tip 2.2

Hay gente que no sabe perder una discusión. No seas como ellos. No merece la pena.

Como ya sabes, porque has leído el Tip #1, te puedes equivocar, siempre, y no pasa nada. Equivocarte no te convierte en peor ser humano. “Perder” un debate, tampoco. ¿Sabes quién es peor ser humano? El que no sabe perder, ese. Tú no, que estás dos tips más cerca de la paz mental que él.

La cuestión es que si abordas el debate con el único propósito de tener razón, te vas a perder la parte dialogante y enriquecedora. Solo afróntalo asumiendo que puedes no tener razón (aunque sepas que eso es imposible) e intenta no perder los nervios: las cosas se ven más claras desde una mente tranquila que desde unas vísceras cáusticas. Y si el otro pierde los nervios es su puto problema, no el tuyo.

En serio: los debates son terrenos que pueden ser enormemente nutritivos. Incluso si eres tú quien tiene razón (suponiendo que la razón pertenezca en exclusiva a una parte), seguro que puedes incorporar algo positivo a tu saber si sabes bien cómo mirar. A lo mejor aprendes un dato. A lo mejor aprendes a mantener conversaciones de besugo. A lo mejor se te ocurren varias formas de localizar y destruir una propiedad ajena, quién sabe. Algo, qué sé yo. Quédate con lo bueno.

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Tip #1: Te puedes equivocar

Tip 1

Te puedes equivocar siempre, en cualquier circunstancia.

Con tu pareja, cuando juras que tú no tienes la llave del coche y os mareáis buscándola por toda la casa y al final era verdad que la tenías en el bolsillo de tu chaqueta.

Con los niños, cuando pierdes los papeles y mientras alzas la voz estás siendo consciente de que estás perdiendo los papeles y no te gusta.

En el trabajo, cuando se te cruzan dos datos y no te das cuenta y tiras pa’lante y luego tienes que deshacer el entuerto e invertir el triple de tiempo (o dinero, o esfuerzo, o todo).

Con el fulano random, que te dijo que esto era así y tú juraste que era asá y al final, mátame camión, sí que era así.

En el super, cuando vas a por un par de litros de leche y sales con una compra de 40€ y sin leche.

Estudiando, cuando se te olvida si primero se hacían las multiplicaciones o las sumas.

Te puedes equivocar. Y NO PASA NADA. El problema de equivocarse, el único problema REAL de equivocarse, es que nos han enseñado que equivocarse está mal, pero no es verdad. Equivocarse es parte de aprender, es normal, somos personas. Lo realmente jodido de equivocarse es enrocarse en la equivocación, negarla, intentar ignorar que existe (cuando sabemos que sí) y no ser capaces de decir: “ESTABA EQUIVOCADA”.

– Joder, cari, perdona, estaba convencida de que no estaban en la chaqueta.

– Chicos, perdonad, he perdido la paciencia. No ha sido culpa vuestra.

– Vaya, me equivoqué con los paquetes. A ver qué soluciones puedo plantear.

– Ostras, Fulano, pues no tenía ni idea de este dato.

– Beber mucha leche es malo, le echo al café el doble de azúcar y ya está 😅 Venga, no: dejo las bolsas en el coche y vuelvo a por la leche, no problem.

– A mí es que lo que me gustan son los sudokus. Y, además, está San Google.

Y ya está. Y no pasa nada. Te equivocaste: se reconoce, se soluciona lo que haya que solucionar, se piden disculpas si hace falta y a otra cosa mariposa, que no es el fin del mundo, joder.

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52 tips para la paz mental

Tip 1

Si algo tiene este mundo revoltoso es que, casi a diario, se pone a prueba nuestra paciencia.

Un día son los niños, otro día un cuñao, otro tu pareja, otro la ITV, otro tu madre que no te peinas… Y cuando parece que todo está en calma ¡BAM! se le rompe un asa a la bolsa del súper en mitad de la escalera.

Pero, ¿sabéis de qué me he dado cuenta? De que te lo tomas de otra manera si te propones afrontar cada imprevisto/contratiempo/maldicióngitana/loquesea como una oportunidad de llevarte al extremo para aprender y mejorar. Como cuando haces estiramientos y cada vez levantas la pierna un poquitiiiiiiiiiiiito más. Que es prácticamente imperceptible, pero que tú sabes que está ahí porque te pincha.

Y me he planteado, como propósito de año nuevo que empiezo hoy día 24 porquecomosiempreempiezotarde (con lo que el propósito de “no hacer las cosas tarde” ya se me ha ido a la mierda), sintetizar al menos UN aprendizaje cada semana para respirar hondo, sentir que llevo las riendas y hacerme ilusiones pensando que, cada vez, estoy un poquito más cerca de la paz mental, y recogerlos en la increíble, maravillosa e irrepetible colección…

52 TIPS PARA LA PAZ MENTAL

A cada uno le haré una pequeña entrada y un minipost en facebook (que tampoco es plan tirarme la vida con esto) así, a modo de recordatorio. Aquí los compilaré todos y cada imagen llevará al post del tip. A ver si no me canso antes de llegar al diecisiete :/ De momento saco los cuatro primeros a bloque, para ponerme al día.

Aviso legal: no puedo prometer compatibilidad entre todos ellos ni coherencia de ningún tipo. Avisadas/os estáis. Leer artículo completo

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Tú también vas a tener… CUERPO DE SEÑORA

Cuerpo de señora

A mí me parece que todos tenemos una idea clara de lo que es un cuerpo de señora. De señora normal, vaya, como puede ser tu madre, o la mía, o la abuela de cualquiera. Pues ese cuerpo, oiga, no aparece de repente.

Una no se acuesta un día siendo un pibón y se despierta a la mañana siguiente con el ombligo entre las tetas y la bolsa del Carrefour en la cabeza, por si llueve. Conseguir un cuerpo de señora es un proceso lento y paulatino, que empieza, probablemente, el mismísimo día que te encuentras la primera cana.

Tú no te acuestas un día con una melena negra como el ojal de un orco y amaneces con un mocho de fregar en la cabeza. Te aparecerán, una a una, como las antenas de Casimiro. Y aunque tú intentes seguir pareciendo afable y lozana, empezarás a dar repelús. Como Casimiro.

casimiro

Y la papada… ¡Ja! A ver si te crees que un día te vas a la cama con el perfil de una figurita de cristal soplado y te levantas convertida en pelícano. No, maja, no. Tú un día vas a mirarte las ojeras al espejo, como todas las mañanas, y te ves ahí una marca justo detrás de la barbilla que antes no estaba. Y piensas “Bah! Habré engordado un poco. Leer artículo completo

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Paredes y peldaños

paredes y peldaños

Soy la mujer de la mesa junto a la ventana. La que ha venido con un niño y una niña. Diría que es una lata que el frío y esta lluvia incesante nos inviten a buscar un escondite en el que resguardarnos, pero después de la sequía de este otoño sería de idiotas maldecir esta bendita lluvia. Que llueva, por favor. Que no deje de llover.

Además, estos sitios kid friendly modernos son una chulada. Parece que están hechos a propósito para postear fotos en Instagram, con tantos pasteles de colores y tantos colores pastel. Pero lo importante es que ellos también tienen un espacio pensado para ellos: con libros, con juguetes y sin absurdas normas de comportamiento adulto. Yo me conformo con estar aquí, con mis hijos jugando a mi izquierda, un enero lluvioso tras el cristal a mi derecha, una enorme taza de buen café entre las manos y el bullicio de una docena de chácharas flotando en el aire. ¡Qué digo me conformo! Por dios, qué felicidad.

Un estruendo, de repente, ha sonado por encima de la gente. Dos chicas han llegado y se han sentado justo detrás de mí, tirando sus mochilas al suelo y sus libros en plancha sobre la mesa. Parecen, no sé, enfadadas. Especialmente una de ellas que al sentarse, derrotada, ha estrellado su silla contra la mía.

-Paso –ha escupido, con más bilis que voz-. Ya está, ¿pa’ qué? ¿Pa’ volver a esforzarme lo que me esforcé y que se ría otra vez de mí, delante de todos? Paso –ha vuelto a escupir-. ¿No dice que no valgo? Pues se acabó. Lo dejo.

He tardado un rato en darme cuenta de que estaba hablando de un profesor. Uno que, por lo visto, se había reído de su trabajo ante toda la clase, cuando ella realmente había invertido mucho tiempo y esfuerzo en él. Me pregunto cuántos profesores serán realmente conscientes de lo importantísima que es su labor, y de cuánto pueden llegar a cambiar la vida de alguien.

No he podido evitar recordar. Yo tuve un profesor, uno de esos que rebosan vocación docente por cada poro de su piel. Se llamaba Javier. Javier López. Una vez me escribió una vez una nota a pie de un escrito mío, que con tinta roja decía: “Escribes bien. No lo abandones”. Y mucho de quien soy hoy se lo debo, aunque parezca mentira, a aquella roja anotación.

Y no he podido evitar seguir echando la vista atrás. He recordado a Garnacho, que me dijo que le había presentado el examen de historia mejor escrito que había leído, aunque tuviera que suspenderme. A la hermana Mercedes, que en séptimo me echó de clase de religión por contarle a mi compañero de pupitre la teoría del Big Bang. A Roberto, que fue el primero que nunca me puso un sobresaliente. A María Rosa, que me acusó de haber copiado porque era “imposible que una niña de diez años hubiera escrito aquel poema”. También a Marisa, en párvulos, que me dio un abrazo fuerte porque le gustó cómo había pintado de amarillo un cenicero de papel maché… Qué curiosas son las cosas que nos marcan…

Y luego, por alguna razón, la memoria me ha llevado fuera del colegio en un giro amargo, y he recordado al novio de una que, borracho durante una cena, me llamó a mis dieciséis años parásito inútil por pensar que podría vivir del arte. Al novio de otra, cuando vinieron a ver mi primer apartamento, vio un cuadro a medio pintar en un caballete, y se rio de mí. “¿Ahora te da por pintar?” Acababa de estrenar aquel caballete y de volver a coger los pinceles, después de tres años. Nunca terminé aquel cuadro. Tardé años en volver a coger un pincel. Al novio de otra, que decía ser un gran escritor (aunque solo escribía para sí mismo porque nadie quería leerlo), que decía que aquello que yo hacía no era literatura. Que era pienso para el vulgo.

Y habría dejado de escribir, como dejé de pintar, si no hubiera sido porque Javier, mi profesor, me dijo que no lo abandonara. “Pues escribiré para mí, pero escribiré –pensaba-. Aunque nunca nadie llegue a leerme”. Y, al final, no sé si encontré el camino o si el camino lo hice al andar, pero aquí estoy: caminando.

He tardado años en comprender que cuando alguien te dice que “no puedes”, solo está proyectando en ti sus propios fracasos. Es su manera de decir “si yo no puedo, tú tampoco”. ¿Por qué no hacemos esto? ¿Por qué dejamos que nos llenen de sombras personas que, al cabo, no son nadie en nuestra vida?

Ojalá pudiera contárselo a la chica que tengo detrás de mí. Ojalá pudiera contárselo a su profesor. Y ojalá, ojalá, pudiera darle las gracias a Javier. Porque cuando no te falta gente que te diga que no puedes, que te haga sentir pequeña, que levante ante ti una pared que te separe de quien quieres ser, la diferencia la puede marcar alguien que te tire una caja a los pies, una de esas de fruta, de madera raída, que te haga de peldaño para coger impulso y saltar.

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Podredumbre en tu bolsa. Así empieza el maltrato

hojaroja

Soy la mujer sentada bajo el castaño. La que ha venido con un niño y una niña. No entiendo por qué, a estas alturas de este cálido otoño, tan próximo a terminar, aún me empeño en traer mi libro al parque. Nunca consigo leer más de un párrafo seguido, y casi siempre tengo que releer al llegar a casa, porque siento que me pierdo detalles. Y no vaya a ser que alguno sea importante… Aunque, pensándolo bien, ¿qué detalle no lo es?

Eso veo ahora: detalles. Los tengo frente a mí, y hace un rato que no puedo evitar sentir ese sabor amargo en la garganta. Ese que te llega desde algún recuerdo igualmente amargo, desde un pasado que, de no ser porque quizá sin él no habrías llegado a donde estás ahora, te gustaría borrar para siempre de tu diario.

No deben tener más de dieciséis años. Y los miro, y me pregunto qué arrastra cada uno de ellos en su bolsa para estar en este lugar exacto. Y no me refiero al parque, no: me refiero a esa discusión que habrá quien apostille como una riña de enamorados, pero en la que yo –es cierto- no puedo dejar de ver mi propia historia. Lo que llevo en mi propia bolsa.

Ya llegaron con aire distante. Parecía que con la determinada intención de hablar. Ella, de brazos cruzados, labios apretados y echada hacia atrás, le esquivaba la mirada. Él, separando sus rodillas y dejando caer entre ellas las manos entrelazadas, se inclinaba hacia adelante, hacia ella, queriendo conquistar –o invadir- su espacio vital. Me llamó la atención su gesto, entre enfadado y suplicante. ¿Cómo, en qué circunstancia, pueden a la vez coexistir el enfado y la súplica?

Él hablaba, ella negaba. El tono de él fue subiendo. Ella movía los ojos en cualquier dirección que estuviera lo bastante alejada de la cara que le gritaba. Él dejó de parecer suplicante, y ya parecía solo enfadado. Ella aguantaba las lágrimas. Hasta que se cansó: se levantó, dispuesta a irse, ofendida, ¿dolida?, convencida. Y la cara de él se transformó. Leer artículo completo

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Relatos

Y qué pasa si te rindes

derecho a rendirse

Soy la mujer sentada bajo el castaño. La que ha venido con un niño y una niña. Hoy, camino hacia aquí, yo he abordado el último tramo con tranquilidad, pero los niños lo han galopado e, inevitablemente, se ha dado una circunstancia que siempre me apena un poco: han echado una carrera. E, ineludiblemente también, se ha dado el resultado de siempre, que también me apena un poco: la pequeña ha perdido. No es que no se le dé bien correr: sencillamente, tiene las piernecitas más cortas, y avanza menos veloz que su hermano. Pero veloz, como solo puede serlo una niña que corre hacia el parque.

Nos acomodamos. Yo en mi banco, con mi libro sobre las rodillas, esperando intuir el mejor momento para abrirlo; mis hijos a saltos entre los columpios y la hierba frente a mí. Ya empieza a apreciarse el tapiz del otoño sobre el suelo, antes verde. Se han traído la competición hasta aquí, y otro niño se les une. A ver quién trepa más alto esa pared. A ver quién se lanza más rápido por el tobogán. A ver quién da antes una vuelta completa. Mi niña pierde, vez tras vez. Pero ella sigue riendo, sigue jugando, sigue intentándolo y sigue disfrutando. Y yo me admiro en su capacidad para disfrutar, para persistir, para superarse. Leer artículo completo

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