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The Pursuit of Happiness

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Hay días que me levanto que, no sé… Es como si me hubiera hecho el café del desayuno con leche de unicornio.

En una finca cerca de mi casa hay una yegua. Cada vez que oye la voz de mis hijos, relincha y viene corriendo. Sabe que siempre le damos algo de comer. Antes sólo le acercábamos las flores cercanas que sabemos que le gustan y a las que no alcanzaba. Poco a poco fuimos incorporando ciruelas del árbol de la finca de enfrente, luego manzanas… Ahora el pan de ayer de cada día es para ella. Ver a mis hijos correr hacia una yegua que corre hacia ellos. Buf.

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Dicen que dios…

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Dicen que dios hizo el mundo en seis días, y el séptimo descansó. Eso demuestra que dios no tenía hijos.

Si dios hubiera tenido hijos, el séptimo día habría podido hacer cualquier cosa… Pero descansar no. Habría ido al parque a pasar la tarde y se habría comido un helado de tres pisos. Habría jugado a los trenes y pintado con los dedos. Habría hecho galletas y se habría pasado una hora entera limpiando harina del suelo y los cajones. Habría hecho un fuerte con cajas viejas, reparado las ruedas rotas de mil coches de juguete y se habría convertido en súper héroe aprendiendo a volar desde el sofá.

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Señores de H&M, les propongo una idea absurda:

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Señores de H&M, les propongo una idea absurda:

Imagínense su tienda dentro de, qué sé yo, veinte años. Imaginen a un cliente entrando por la puerta, mirando alrededor y sintiéndose libre de comprar cualquier cosa que le apetezca, que le guste, que le haga sentir bien, cómodo, especial. Identificado. Qué tontería, ¿verdad? Eso ya lo puede hacer ahora, cualquiera. Entrar y comprar lo que se le antoje.

De acuerdo, retrocedamos.

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Las buenas madres NO DAN TETA

Las buenas madres no dan teta

Compartí hace poco un post sobre “esos niños que NO NECESITAN teta”. Para resumir, sobre la lactancia materna, de esa que dura incluso cuando el niño ya tiene dientes, come otras cosas, camina, corre y es capaz de venir a pedírtela a gritos. De esa lactancia que va más allá del año, o de los dos, o de los cinco o los que sean, y que al grueso del mundo le parece algo grotesco y censurable. De esa lactancia que yo practico con mis dos hijos, mal llamada “prolongada”.

Y cuando comparto algo así soy plenamente consciente de que me traerá muchos dislikes, bastante polémica y algún enemigo. ¿Por qué lo comparto, entonces? Porque algunas cosas alguien tiene que decirlas en voz alta. Cuanto más alta mejor. Y hace tiempo que, además de no dejarme comer por lo políticamente correcto, intento obviar lo popularmente apropiado. Aunque lo pague con popularidad.

Se suele levantar un debate, con estas cosas, sobre cuál es la mejor opción, sobre qué pasa con esas madres que no quieren o no pueden dar pecho, con las que lo han dado poco, con las que estivilizan, las que llevan siempre en brazos, las que paren en casa o las que programan una cesárea, todas sintiéndonos buenas. Todas sintiéndonos malas.

Y no.

Lo siento, pero las buenas madres no dan teta. Las buenas madres no dan biberón, ni colechan, ni estivilizan, ni paren en casa, ni programan cesáreas, ni hacen lo que les mandan ni nadan contra corriente.

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Querida chica del bañador verde

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QUERIDA CHICA DEL BAÑADOR VERDE:

Soy la mujer que está en la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña.

Primero que nada, decirte que estoy pasando un rato muy agradable junto a ti y tu grupo de amigos, en este trocito de tiempo en el que nuestros espacios se rozan y vuestras risas, vuestra conversación ‘transcendental’ y la música de vuestro equipo me invaden el aire.

¿Sabes? He alucinado un poco al darme cuenta de que no sé en qué momento de mi vida he pasado de estar ahí a estar aquí: de ser la chica a ser “la señora de al lado”, de ser la que va con los amigos a ser la que va con los niños.

Pero no te escribo por nada de eso. Te escribo porque me gustaría decirte que me he fijado en ti. Te he visto, y no he podido evitar verte.

Te he visto ser la última en quitarte la ropa.

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