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Lo que aprendí en un año de ‘Motivos para ser feliz’

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Me consta que la mayoría de los que andáis por aquí me leéis desde hace tiempo, así que probablemente esto ya lo sabéis:

Hace poco más de un año, mientras mi padre estaba en el hospital, en sus últimos días, empecé a publicar #motivosparaserfeliz. No pretendía hacer una terapia, no buscaba evadirme, no tenía una intención ni un programa a largo plazo. Sencillamente una mañana, llevando a los niños al colegio antes de ir al hospital, en medio de toda la pena que me consumía aquellos días, sucedió algo. Algo sencillo, cotidiano y embriagador, que me hizo sonreír. Y pensé que solo aquello, por sí mismo, era para mí suficiente para ser feliz.

Quise fijarme en esas pequeñas cosas que me hacían sonreír a diario, en medio de la tristeza y la angustia crecientes, que se iban mezclando con la esperanza de que todo acabaría bien. Aunque algunos motivos, no podía evitarlo, se teñían de pena. Como el del café de máquina del hospital, que estaba más rico que el de la cafetería. 

Puede que, en el fondo de mi ser, supiera que el final de aquel camino estaba cerca.

El día que escribí que amanecía otra vez, fue el último día que pisamos aquel hospital, por entonces.

El primer amanecer sin mi padre, al día siguiente, él fue mi motivo para ser feliz. Simplemente, porque tuve la suerte de que fuera mi padre.

Los días siguientes me descubría siendo feliz con pequeñas cosas, que bailaban entre la intensa tristeza del momento que vivía…

Y el más absoluto de los absurdos.

Y, antes de que pudiera darme cuenta, la vida me llevó.

Para cuando quise pararme a pensar en qué estaba haciendo al escribir mis motivos para ser feliz, ya estaba enganchada. Seguía sin pretender ser una terapia, sin tener ningún propósito definido, pero no podía dejar de dedicarme ese ratito, cada día, para pensar en todas las cosas que me hacen feliz.

Quería hacer un post especial, algo así como un top ten, pero no he sido capaz. Porque un año después, repaso todos esos motivos y me doy cuenta de dos cosas: que he aprendido mucho, y que soy una persona MUY afortunada. Tampoco quiero daros la paliza con esto, es más bien como subrayar las mejores páginas de mi diario. Algo que hago porque me produce placer personal, porque sé que me gustará releerlo en el futuro tanto como me ha gustado revivirlo ahora.

Esto es lo que he aprendido: Leer artículo completo

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Relatos

Hola, Papá

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A que no adivinas lo que tengo en brazos. Tengo un bebé, papá. Has tenido otro nieto. Otra medalla al pecho. Tu octava medalla.

No, papá, no: no hemos ido a buscarlo. Ya, papá, ya: ya sé que está la cosa fatal. Sí, papá, sí: apetece comerlo.

Tiene la tez morena, los ojos redondos y oscuros… Y es un alma de verano, igual que tú. Se parece un poco a ti, ¿sabes? A veces, cuando se pone serio. Y cuando se ríe y se le ponen los ojos pequeños y se le llena la cara de arruguitas. A veces me pregunto si tendrá tu genio. A veces me pregunto si tú, de bebé, serías como él.

Llevo tiempo pensando en escribirte esta carta. Hace un año, ¿sabes? Hace un año que me lo dijeron y, no te lo vas a creer, no me acuerdo quién ni cómo. No recuerdo si fue primero Lizher o fue Juanjo, si fue por whatsapp o me llamaron. Pero sí que recuerdo cuánto me enfadé contigo. Leer artículo completo

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Artículos, Relatos

Una historia de casualidades

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Hace muchos años, a finales de una primavera calurosa, en la cuadra de una casa cualquiera, en un pueblo asturiano cualquiera, una pastora mestiza, quizás un poco mastina, parió un buen puñado de cachorros de padre desconocido, aunque a juzgar por las orejas de los cachorros, debía ser algún cazador. En aquel pueblo mucha gente cazaba. El dueño de aquella cuadra, donde aquella mestiza había parido, no era cazador: era ganadero, y aquél montón de perritos aullantes eran un incordio.

Pasado un mes, y ante los probablemente atónitos ojos de la pobre mestiza recién parida, aquel hombre había conseguido deshacerse de casi todos los cachorros. Quedaba una, canija y feucha si se la comparaba con sus hermanos, que nadie había querido. No tenía pinta de ir a ser muy grande, era nerviosa, incontrolable y asustadiza. No tenía pinta de servir para nada. Y en la práctica vida de aquel paraíso rural de un monte cualquiera de Asturias, si un animal no sirve para nada, molesta. No hay más. “La gallina que no pone, para caldo antes de que sea vieja”.

Un domingo (bueno, en realidad no lo sé, pero yo me lo imagino en domingo), cuando empezaba ya a notarse cómo el verano doblaba la esquina, y el sol de mediodía calentaba los caminos, un ciclista pasó levantando polvo junto a la cuadra, con la mala suerte de que una cachorra, canija y feucha, le salió al paso y el ciclista, girando el manillar para no atropellarla, cayó al suelo. La cachorra huyó llorando, lo que alertó al ganadero, que apareció, palo en mano, a darle un buen par de palos a la cachorra, “por escandalosa”. El ciclista, alucinado con la escena, preguntó si le pasaba algo a aquella perra.

– ¡Que no vale pa’ na! Pero no te preocupes que luego pa’ cuando des la vuelta ya no está aquí, porque na’más termine de comer la quito de en medio.

¿Hablaba en serio? ¿Acababa aquel hombre de decirle que iba a matar a la cachorra?

La situación terminó con que, después de hablar un rato, el ciclista se llevó a aquella perra, de un mes, canija y feucha, metida en su chaqueta. No sé si la pobre mestiza tuvo ocasión de despedirse de su último bebé. Leer artículo completo

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Relatos

La última hoja

Papá y Hugo 700x440

Soy la mujer sentada bajo el castaño. La que ha venido con un niño y una niña. Y hoy este cielo, este tan gris sobre mi cabeza, este cielo de un otoño que en unos días morirá, se vive hoy más gris que nunca. Hay días que parece que la tierra se viste a tono con tu sentir. Y así nos sentimos hoy: grises.

Mi hija lo echa de menos. Se acuerda a diario de su abuelo. Se apena y, a veces, llora. Porque todos lloramos, a veces. “Yo no quería que se muriera abuelito”, me dice con tristeza. “Yo no quería que se le rompiera el corazón”, me dice entre lágrimas.

Y hoy me lo ha dicho aquí, en este parque, y el cielo, y el mundo, y la vida… Todo se ha quedado gris. Acabábamos de llegar, yo iba (una vez más) a abrir mi libro, pero apenas lo había posado sobre mis rodillas ella ha venido, de repente, sollozando. Su hermano la acompañaba. No sé qué le habrá podido pasar, aquí, en el parque, para acordarse de pronto de su abuelo. Pero ha venido a mí en busca de consuelo y, dejando el libro a un lado, con mi hijo mayor sentado a mi derecha, la he sentado en mi regazo y la he abrazado.

-Yo no quería que se muriera abuelito… – me dice con un hilo de voz.

-Ya lo sé, cariño. Yo tampoco quería.

-¿Y por qué se tuvo que morir?

-Pues… Porque todos los seres vivos se mueren, mi amor. Morir es parte de la vida.

-¿Nosotras nos vamos a morir? – me ha preguntado, clavándome una mirada casi, casi suplicante.

Le he sostenido la mirada, en silencio, conteniendo mis propias lágrimas y sin saber qué responderle. No puedo decirle que no. No quiero decirle que sí. Esto se hace más complicado por momentos. Y entonces ella ha continuado preguntando:

-¿Y por qué hay que morirse?

Suspirando, he mirado a mi alrededor. El suelo es naranja y crujiente, bajo nuestras botas. Todo el parque es un tapiz de hojas caídas. Las ramas esperan, desnudas, la llegada del invierno. Y mirando hacia arriba me detengo en las ramas de un castaño que ya no lo parece, porque este castaño que en octubre se llenaba de baile en sus hojas, las ha perdido todas ya. Y he sabido exactamente qué responder: Leer artículo completo

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Cuando perdemos

Cuando perdemos

Soy la mujer sentada bajo el castaño. La que ha venido con un niño y una niña. Confieso que no suele gustarme venir al parque, pero el otoño es diferente. Me encanta envolverme en sus contrastes tranquilos. En el rojo y el gris. En el naranja y azul. En el olor a hojas secas y tierra mojada. Me transporta a algún lugar y, aunque no tengo claro a dónde, sé que es un lugar donde me siento en paz. Qué puedo decir. Nací en noviembre. Soy una hija del otoño.

Mis hijos juegan cerca, y yo me disponía a abrir un libro cuando una caricia me ha llamado por mi nombre: una hoja, en su caída libre, ha tropezado con mi pelo, para seguir luego su viaje hasta la lejana hierba, junto a mis pies. Con una sonrisa tranquila la he recogido del suelo, como quien recoge una postal del aparador en el día de su cumpleaños: un regalo previsible, pero recibido con alegría. La he sostenido por el tallo, he saboreado sus colores despacio y, al abrir mi libro para guardarla, me he percatado de que no había más hojas alrededor. He mirado hacia arriba, hacia las ramas del castaño, y las he visto plenas, aún. Llenas de vida y baile al son del viento. Yo he perdido mis ojos en sus hojas, en las naranjas y rojas, y lentamente he respirado su música. Ahí: justo ahí está mi paz.

Pero entonces un llanto, un lamento húmedo y roto, me ha bajado de las ramas. Una niña, frente a mí, llora con el alma. Llora como si no tuviera otro propósito en la vida que el de llorar. Llora y llora mucho. Llora mucho y muy sentido. Llora porque ha perdido algo. Y debía ser muy importante para ella, a juzgar por cómo llora. Leer artículo completo

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