Etiquetado como feminismo
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¡Uga, uga!

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Pues es que si no le doy un garrotazo en la cabeza ya me dirás cómo me la llevo.

Pues es que si no la arrastro de los pelos ya me dirás cómo la meto en la caverna.

Pues es que si no la obligo a ver si no cómo la monto.

Pues es que si no quiere que la tomen por puta que no se vista de colores. Leer artículo completo

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¿A cuántas mujeres violadas conoces?

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Déjame que te haga una pregunta: ¿A cuántas mujeres violadas conoces?

Piensa la respuesta antes de seguir leyendo.

¿Lo tienes? Bien. Ahora déjame que te cuente algo…

Hace poco, en un interesante grupo de debate al que pertenezco (de mayoría femenina, aunque esto no es especialmente relevante para lo que os quiero contar) una integrante lanzó esta pregunta: “¿A cuántas mujeres conocéis que hayan sido abusadas sexualmente?”

Era una pregunta abierta, dirigida a todo el grupo. Muchos de los hombres (hombres fantásticos y feministas declarados, por cierto)  fueron respondiendo. “Yo no conozco a ninguna”… “A una vecina mía del pueblo le pasó que“… “Yo tengo una prima a la que violaron”…  “Una amiga me contó en el instituto que una vez”… Sólo uno conocía a una mujer que había puesto denuncia. Una mujer a la que violaron por el libro: de noche, en un callejón oscuro… Ya sabéis.

Luego, empezamos a hablar las mujeres. Leer artículo completo

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Una -puta- milla con mis tetas. (O por qué tú, hombre, no puedes hablar de feminismo)

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No había papel higiénico. Ni papel, ni váter, ni bragas. Mi madre me contó alguna vez que las mujeres, cuando subían de Miñagón a Boal a vender al mercao, iban en falda y si les apretaba la gana se apartaban un poco del camino, abrían las piernas y así meaban: de pie, piernas abiertas, discreta y naturalmente. Y esta estampa de mujeres meando de pie tranquilamente bajo la falda, pertenece a alguna Asturias de sólo un puñadín de décadas atrás.

Y yo, que nací en los modernísimos y gloriosos ochenta en una familia de hosteleros, fui niña y adolescente en un lugar en el que a Cristina la del café le arrancaron -le arrancaron- los ojos “porque era una calientapollas”; en el que a una niña de doce años -doce años- en s casa la llamaban Bárbara y en la calle la dos cincuenta, porque un gilipollas dijo un día que se la había chupado por doscientas cincuenta pesetas; en el que se oía que si las mujeres querían igualdad “primero tenían que aprender a mear de pie”. Y detrás había risas. Y miraba a las mujeres y las veía sonreír la gracia con ese cinismo de “te mandaría a la mierda, pero no quiero ser antipática”, de “mejor me callo que si no voy a parecer una histérica”. Porque podemos ser muchas cosas, pero antipáticas no. Histéricas, tampoco.

Y, así, va una construyéndose como mujer, mirando alrededor y sintiendo que algunas cosas no están bien, pero aprendes a envolver la rabia en sonrisas, a no meterte en calles oscuras y a no acercarte demasiado a los chicos porque, desde luego, si empiezas algo después no tienes derecho a cambiar de opinión. ¿Para qué vas a darte besos al parque, si no quieres que te violen?

Aprendes a pasar por la vida con esa careta que -te venden- es garantía de que todo irá bien. Sé educada. No te quejes. Sonríe. Porque, si te quitas la máscara, cualquier cosa mala que te pase será culpa tuya. Por mostrarte. Por dejarte ver. Por ser mujer. Leer artículo completo

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Libre para ser princesa

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Somos las feministas que ellos quisieron tener.

Somos las feministas que crecieron queriendo jugar al fútbol, no porque les gustara el fútbol (que quizá también), sino porque era de chicos. Que querían coleccionar cromos, jugar a las chapas o pegarse puñetazos, porque eran cosas de chicos. Y es bueno ser un chico. Es mejor ser un chico que pegar como una chica, correr como una chica o llorar como una chica.

Ser mujer no era bastante para nosotras, espíritus luchadores, inconformistas. Y no nos quisimos conformar con ser mujeres, porque no era suficiente. Ser mujer es de débiles. Y nosotras, feministas, éramos fuertes como ellos.

Somos las feministas que quisieron ser iguales que ellos. Que quisieron ser igual de grandes, fuertes, influyentes, poderosas y respetadas que ellos. Que quisieron ser como ellos. Las que, para ser iguales que ellos, se convirtieron en ellos.

Tan iguales quisimos ser, que olvidamos ser nosotras. Leer artículo completo

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Él no era un maltratador

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Yo tenía diecinueve años cuando me busqué mi primer piso. A mi novio, con quien llevaba saliendo un año, no le gustó la idea de que yo me fuera a vivir sola. No le preocupaba que me sintiera desprotegida, o que me pudiera pasar algo, o que tomara aquella decisión empujada por unas circunstancias que escapaban a mi control: le enfadaba que yo tuviera un picadero y vía libre para meter a cualquiera en mi casa. En menos de una semana se había hecho, sin mi permiso, una copia de las llaves de mi apartamento. En menos de un mes, sin preguntarme, se había instalado a vivir conmigo. Lo recibí con los brazos abiertos y un gigantesco saco de comprensión. En su casa la situación era insostenible. Él no era un maltratador.

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Puta

ceda el paso

 

 

Hoy no voy a reflexionar.

Yo iba con mis dos hijos en coche. Un chico, uno cualquiera…

Un chico que podría ser tu hermano, que podría ser tu amigo, que podría ser tu hijo, o que incluso podrías ser tú, se saltó un ceda el paso.

Creo que ni siquiera miró para salir: simplemente tiró para adelante como si estuviera solo en la carretera. Como si estuviera solo en el mundo. Como un asno apaleado, más asno que apaleado.

Le pité para que frenara.

Volanteé para no estrellarme.

Y ese chico se cruzó delante cortándome el paso, se asomó a la ventanilla abierta de su furgoneta de reparto y me gritó “PUTA”.

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