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10 cosas con las que NO voy a perder el tiempo en esta maternidad

no perdere el tiempo en esta maternidad

Cuando tuve a mi segunda hija, me di cuenta de cuántas cosas inútiles y accesorias me habían hecho perder tiempo, energía y dinero al tener a mi primer bebé. Desde el quinto mes de embarazo, en que me gasté setecientos eurazos en uno de estos carros tres es uno (del que luego, esencialmente, usé solo el huevito). Me consta, por cierto, que no soy la única.

A punto de nacer la segunda, me decía mi madre “Hija, ¿pero todavía no has preparado nada? ¿O ya lo tienes todo?”. Y le decía yo, toqueteándome: “A ver: dos tetas, dos brazos… Sí, mamá, lo tengo todo“. Y, básicamente, es así.

Cuando nació mi mayor, salir de casa era un despliegue de medios que rozaba el ridículo de manera constante, para caer de lleno en el más absoluto absurdo cuando me descubría a mí misma guardando el silbato aquel para sorber los mocos, “no vaya a ser que le den mocos, madremía”. Cuando nació mi pequeña, agarraba niña y bandolera, un par de pañales al bolso (al bolso, al mío, al normal) y a correr. “Dos tetas, dos brazos, dos pañales… Sí, lo tengo todo“.

Me di cuenta entonces de que, como dicen, la experiencia es un grado, y a veces ese grado te hace simplificar y disfrutar mucho más, porque te vas librando de todo lo que no hace sino complicarte la vida y dificultar que te centres en las cosas divertidas y realmente importantes, que es, al fin, en lo que debería basarse la maternidad/paternidad: en disfrutar de nuestro tiempo con nuestros pequeños, que serán pequeños poco tiempo. También me planteé que, si esta “despreocupación” es progresiva según se van acumulando retoños, cuando yo nací, siendo la pequeña de cinco hermanos, probablemente me soltaron en el estanque de los patos y fueron a recogerme un día a los tres o cuatro años, a tiempo para el primer día de cole.

Total, que dándole vueltas a esta idea estoy pensando que, aunque yo de por mí ya soy muy simple, seguro que puedo simplificar aún más. Y he estado pensando en cosas que NO ME HARÁN PERDER TIEMPO absurdamente en esta, mi tercera maternidad. Y me las apunto, no vaya a ser que a mi cerebro de placenta le de por olvidarlas al parir. Así que NO VOY A PERDER EL TIEMPO… Leer artículo completo

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Que no nos callen ¡NUNCA!

que no nos callen nunca

No me puedo creer que hayan pasado ya cuatro años desde que me sucedió esta historia. Si al final de mi vida tuviera que hacer un recopilatorio de mis grandes momentos, un Greatest Hits vital, sin duda este estaría presente. Porque son esas cosas que hacemos, a veces, que nos dejan ese sabor de boca de… “Estoy cambiando el mundo“. Aún conservo la carta que me envió el Hospital.

De lo que me pasó entonces os hablé un poco, hace tiempo, en mi post ¿A cuántas mujeres violadas conoces? Hoy, os cuento la historia completa 🙂

Recupero post de mayo de 2014:

Escribo esto entre la emoción de quien siente que ha dado un gran paso y la incertidumbre de no saber por dónde empezar, así que voy a empezar por el principio y de manera clara:

El pasado mes de septiembre sufrí un abuso. Se vulneraron mis derechos como ser humano, mujer, embarazada y paciente.


Estaba en mi embarazo, mi segundo embarazo, y estaba decidida a llevarlo de un modo mucho más consciente y participativo que el primero. De forma que, de manera autónoma, localicé a través de fuentes fiables, como laOMS, la FAME y EPEN, información acerca de todas las prácticas que suelen hacerse en los hospitales, como son las exploraciones, el test de O’Sullivan (la prueba del azúcar) o el estreptococo, por ejemplo, y que se practican muchas veces bajo un imperativo cordial y rutinario y no ofreciéndolas como una opción, haciendo que en ocasiones olvidemos que TODO cuanto concierne a estos protocolos es SIEMPRE OPCIONAL


Una de las cosas que tuve claras desde el minuto cero, era que no querría exploraciones físicas, tactos, durante todo el embarazo y, si no eran estrictamente necesarias, tampoco las querría durante el parto. Lo comuniqué ya en la primera cita de control, en la que, tras completar mi historia, la tocóloga me dio una instrucción rutinaria: 

Pasa para dentro y desnúdate de cintura para abajo, que vamos a hacerte la exploración.” 
Ante mi negativa se mostró sorprendida, quizás un poco “guasona” al preguntarme “por quién están desaconsejadas las exploraciones durante el embarazo” (como si me lo hubiera recomendado alguna mística curandera que, aunque no, daría igual si así hubiera sido), pero desde luego respetó mi decisión.

En mi ciudad existen dos hospitales: uno de ellos es el hospital de Jove, donde no tienen ginecología de urgencias y es por ello que a las embarazadas que nos toca por zona ese hospital nos hacen el seguimiento hasta la semana 36 y después trasladan nuestro expediente al otro hospital, el de Cabueñes. La visita de la semana 36, el 17 de septiembre de 2013, sería mi última visita a esa consulta de tocología. 



Yo ya sabía que a esa visita correspondía la prueba del estreptococo y, al igual que en todas las demás pruebas, me informé sobre ello y decidí que sí quería conocer el resultado para, en caso de ser positiva, decidir también sobre la administración de antibiótico durante el parto. En la consulta, la tocóloga me indicó que, “en teoría”, me tocaba la prueba del estreptococo. Imagino que su particular indicación fue así porque recordaba de las consultas anteriores que yo no quería que se me practicaran exploraciones aunque, evidentemente, coger una muestra de la boca de la vagina y el ano es muy distinto a hacer una exploración. De todas formas,yo sí quería hacerme esa prueba y, mientras mi hijo mayor, de 3 años de edad, jugaba con un lápiz sentado en una silla de la consulta, yo me desvestí y me coloqué en posición de litotomía en el potro. La enfermera estaba a mi izquierda. La tocóloga vino con los dos bastones de muestras, las recogió, las guardó y, acto seguido, introdujo sus dedos en mi vagina. Me incorporé cuanto pude de un salto en el potro, al grito –y digo grito– de “¡Eh, eh! ¡Exploración no! ¡Exploración no!”, cuya respuesta por parte de la doctora fue penetrar más hondo con los dedos, reírse y contestarme: 

“Pero no te preocupes, mujer, si esto es un momento. Ya verás que rápido”. Retiró los dedos y dijo “¿Lo ves? Ya estás explorada. ¿A que no ha sido para tanto? No tienes el cuello del útero modificado.”. Dato, por cierto, que no necesitaba saber en absoluto. Sonriéndome, se dio el lujo de añadir: “Y tranquila, mujer, que no te “revolví” nada”. Aquí me permito anotar que “revolver” es el nombre que en Asturias se le da de manera ‘coloquial’ a la maniobra de Hamilton.

Mi reacción fue mirar a mi hijo, que esperaba sentado con su lápiz, mirar a la enfermera, en cuya expresión facial me pareció apreciar que se daba cuenta de la gravedad de la situación, y guardar silencio hasta llegar al coche, donde rompí a llorar.

Me sentí violada, física y moralmente. Me sentí, francamente, el mayor pedazo de mierda que pisaba la tierra.

Imagino que no hace falta que os cuente: fuera de este círculo de maternidad consciente, los comentarios al contarlo variaban de “estás exagerando” y “solo estaba haciendo su trabajo” a “cómo va a ser un abuso, si es una mujer”. Aunque, todo he de decirlo, la mayor parte de las reacciones fueron de apoyo.

Llena de rabia, me armé de documentación que avalara, ley en mano, mi sentir, como la Ley de Autonomía del Paciente, la Ley General de Sanidad, el Código Penal, la Estrategia Nacional de Salud Sexual y Reproductiva, la Iniciativa al Parto Normal y alguna cosa que seguro que me dejo. Pero, por algún motivo, no era capaz de ponerme frente al ordenador a escribir la reclamación. Así que quise concederme un final de embarazo tranquilo y así poder tener mi parto soñado, en casita, lejos de batas blancas y dedos intrusos.

Fueron pasando los meses y siempre pensaba: “lo haré la semana que viene”. Pero nunca me sentaba a escribir la reclamación. En abril tuve mucho, muchísimo trabajo, y quizá porque tenía la mente tan distraída con todo, porque entré en un frenesí de “lo voy a quitar todo de en medio cuanto antes”, de repente y sin haberlo planeado me senté a escribir la reclamación. Y entonces entendí por qué no la había escrito antes: porque me dolía recordar. Lloré y temblé mientras la escribía. Pero la escribí.

Por recomendación de un amigo enfermero, la dirigí tanto al Hospital como a la Comisión Deontológica del Colegio de Médicos de Asturias. Entregué las cartas personalmente en ambas sedes, llevándome conmigo sendascopias selladas. Esto fue hace justo un mes: escribí la reclamación un sábado 19, y las entregué el lunes 21 por la mañana.

Ayer, recibí la primera contestación: la del Hospital de Jove. Pensaba que sacarían las uñas, que lo negarían todo, que me llamarían loca… Y no. Me comunican lo siguiente:

(…) Entendemos que no existe una disculpa clara (de la tocóloga) por no haber respetado su deseo de que no se le realizaran exploraciones físicas durante su embarazo, deseo del que hay constancia escrita en su historia clínica, y que representa una circunstancia muy grave, lo que nos obliga a abrir expediente disciplinariocontra la Dra. XXXX.

(…) En este caso con respecto a usted, el daño está hecho y por ello queremos transmitirle nuestras más sinceras disculpas y compartir la razón que le atribuyen todos sus argumentos. No podemos hacer otra cosa. Lamentamos profundamente lo sucedido.

No puedo hacer menos que agradecer al Hospital su actuación y respuesta. Porque el cambio que buscamos está en todos, y es imposible logralo sin pelearlo juntos: profesionales y usuarios.

Victoria, chicas. Victoria.

Son nuestros derechos, es nuestro cuerpo. No podemos consentir que el abuso esté normalizado. No podemos consentir que nos digan que en nuestro cuerpo decide otro.

Merece la pena. Reclamad. No os calléis, por favor. Que no nos callen ¡NUNCA!

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Publicado originalmente en el blog deblame Bajito: 22 de mayo de 2014

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“El efecto lavadora”, o el sutil arte de perder el tiempo dando vueltas sin sentido

el efecto lavadora

Día Estándar. Hora Solar: 16:07 p.m.

Voy a aprovechar que hace sol para lavar el edredón, que así por la noche estará seco. Pongo la lavadora. Programa rápido. En media horita lo tiendo.

– Mamá, ¿nos pones ‘Charlie y la fábrica de chocolate’?

– ¡Claro!

Me siento en el ordenador. Oye, ¿qué sería del niño que hacía de Charlie? ¡Voy a hacerle un post!

Suena el whatsapp. Mi sobrina, que ha encontrado el amor verdadero en Tinder. Otra vez.

A ver, cómo se llamaba el niño este… Googleo: R-E-P-A-R-T-O-C-H-A-R-L-I-E-Y-L-A-F-A-B… Autocompletar. Freddie Highmore. ¡Anda! ¡Míralo qué guapete está! ¿De qué año es este chico? Del ’92… ‘The Good Doctor’. Uy, esto es de lo nuevo de Netflix o algo, ¿no? ‘Bates Motel’. Sí, sí, suena a Netflix que te cagas.

Voy a ver en Netflix si sale. Ostras, ¿y esto que tiene tan buena pinta qué es? ‘El alienista’. Esto es nuevo. ¿Es peli o es serie? A ver… ¡Es serie! ¿Ese es Jude Law? Parece Jude Law haciendo de Watson. Pues sí que tiene buena pinta… Jo, entre estos y HBO me buscan la ruina. ¡Anda!

– ¡Chicos, mirad! ¡Han hecho una serie de ‘Bebé Jefazo’!

– Mamá, ¿cómo se escribe ‘Pijamask’?

– Pues pe… Leer artículo completo

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#NOTALLMEN

Embalse

Mi hijo empieza mañana una actividad deportiva con el cole.

Me he dado cuenta en el último momento de que le faltaba material, así que esta mañana, después de dejarlos a él y a su hermana en el colegio, he ido al Decathlon a buscárselo.

Cuando he llegado el parking estaba prácticamente vacío. Solo había un puñado de coches, no más de cinco, creo, desperdigados aquí y allá.

Aparqué en un pasillo frente a la entrada, a unos veinte metros de la puerta. Sin bajarme del coche, miré hacia dentro y se veía oscuro. Pensé que quizás aún no habían abierto, y esperé un poco a ver si veía movimiento.

En esto estaba, esperando, cuando una furgoneta negra llegó y aparcó junto a mí, dos plazas a mi derecha. Conducía un hombre de unos cuarenta, pelo rapado, barba de un par de días, con ropa de faena y una braga que le tapaba hasta la barbilla.

Mi primer impulso, lo primero que hizo mi cuerpo de manera automática, fue estirar el brazo y presionar el botón de bloqueo de puertas. Y lo siguiente que hice, de forma instintiva, fue volver a mirar hacia la puerta de entrada a ver si veía gente. Cuando me quise dar cuenta estaba comprobando si había cámaras de seguridad. Y, de repente, me encontré pensando: “Si grito aquí, no me oirá nadie”.

El pobre currito se bajó de la furgo y entró al local, a lo suyo, ajeno por completo a mi existencia y mi paranoia. Yo me di cuenta de que tenía los pies sobre los pedales y la mano derecha en la palanca de cambios.

En mi comunidad autónoma han desaparecido tres mujeres, de más o menos mi edad, en dos semanas: entre el 13 de febrero y el viernes pasado. Hoy leí en el periódico que el día 16 una mujer denunció que estaba parada en un semáforo de mi ciudad, por la noche, y un hombre intentó subirse a su coche. A las tres de la tarde la Guardia Civil comunicaba que había aparecido, en un embalse, el cuerpo sin vida de una de las desaparecidas.

Pero luego tienes que oír, una y otra vez, la gilipollez de que no todos son así, me cago en mi puta calavera, mientras yo vivo aterrada porque un pirado de mierda puede meterse en mi coche y dejar a mis hijos sin su madre.

“No todos somos así”.

¡YA LO SABEMOS, JODER!

No necesitamos que vengáis, una y otra vez, a explicarnos que “Not all men”.

Pero a ver si se os mete en la cabeza, de una puta vez, que el problema no es que “todos los hombres seáis unos violadores”… El problema es que TODAS LAS MUJERES tenemos que vivir con miedo.

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Estrellas de nieve

Estrelles de ñeve

Soy la mujer de la mesa junto a la ventana. La que ha venido con un niño y una niña. Estoy fascinada. No puedo dejar de mirar al otro lado del cristal. ¡Nieve! Por las aceras, entre los coches, sobre la playa nieve. Ante mis ojos, nieve. Frente al mar abierto, en el aire oscuro, nieve.

Que tendrá la nieve, que el chocolate es más chocolate cuando hay nieve. Que el café es más café, que el calor es más calor. Que la vida se recoge y nos cabe entera bajo una manta.

Nieve. Lamiendo la primavera. Nieve.

Mis hijos terminan la merienda y se levantan para ir a jugar, pero detengo a mi hija. Tiene azúcar en el pelo, y toda la cara llena de chocolate. La cara toda. Incluso sobre una ceja tiene chocolate.

– Ven, que te limpio.

– No, mamá, me limpio yo. – Me dice, mientras se pone de puntillas para alcanzar una servilleta.

Yo la miro. Ella se limpia.

– Pues ven, que te quito el azúcar del pelo.

– Mamá, ¿a que cuando me baño me llega el pelo hasta el culo? – Me dice, mientras le voy quitando el azúcar de cada pelo, como deshebrando azafrán.

Yo asiento. Ella se va.

Qué largo tiene ya el pelo. Hace nada sus rizos se revolvían tras sus orejas desnudas. Esos días, cuando aun de puntillas no alcanzaba al interruptor de la luz. Y ahora tengo ahí a una mujer chiquitita, que se limpia, que se peina, que decide y es feliz. Que va a jugar con su hermano, un hombre pequeñín que se quiere, se conoce, que respeta.

Qué rápido pasa todo.

Qué breve que es el tiempo. Leer artículo completo

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Vivir en el NO

zapatos

Soy la mujer de la mesa junto a la ventana. La que ha venido con un niño y una niña. Hoy necesitaba mucho este rato de desconexión, de aparcar mi mundo de adulta ahí fuera y meterme aquí, donde entera yo me repliego en un café. Donde, si respiras hondo y te concentras en oler las voces, puedes llegar a olvidar todo lo demás.

Así que eso hago: voy ralentizando, con plena consciencia, mi respiración. Más despacio, más profundo. Aspiro el café. Más despacio, más profundo. Escucho las voces. Más despacio, más profundo. Pierdo la vista. Más despacio, más profundo. He llegado. Me quedo aquí, en este remanso de paz, en el que solo respiro, escucho y veo.

Huele bien. A café recién molido, a crema caliente, a lluvia en los paraguas… Y a niños. Huelen a tierra, azúcar y pinturas de colores. Si la alegría tuviera un olor, sería el de los niños. Se escuchan risas. Se escucha algún desencuentro y juraría que un abrazo. Uno de esos largos, que dejan babas. Creo que he escuchado las babas, también. Y de pronto escucho un grito, fuerte, furioso: Leer artículo completo

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Feliz Día del Gato: desmontando la toxoplasmosis

Gatos y bebes firma

La buena noticia es que en el tercer embarazo tu entorno ya se tiene bien aprendida la lección: si a alguien se le ocurre preguntar “qué voy a hacer con el gato”, corre el riesgo de perder un ojo de un mordisco. Y ya está.

Hoy, 20 de febrero, me he enterado de que es el Día Internacional del Gato gracias al blog de Melisa Tuya, que propone un trivial para desmontar mitos sobre los gatos. Y a mí de todos, y conste que todos son igual de molestos, dañinos y contraproducentes, el que más me toca la fibra es el de la toxoplasmosis y el embarazo. Será porque produce dolorosas e innecesarias separaciones y abandonos. Dolorosas para los gatos, desde luego, y muchas veces para sus familias también, que actúan desde el desconocimiento.

Os puedo contar, como experiencia personal, que cuando adoptamos a Gatalina (nuestra gata) yo estaba embarazada de mi hijo mayor, no siendo inmune a toxoplasma, y ella justo tuvo toxoplasmosis, que es el único momento en que un gato te la podría contagiar: cuando la está pasando por primera vez. ¿Y pasó algo? Nada. De hecho, estoy en el tercer embarazo y sigo sin ser inmune. Y eso que yo las manzanas me las limpio en la camiseta.

No pasó nada porque, ante la alarma de todo el puñetero mundo y los consejos de que me deshiciera de la gata de forma inmediata, decidí buscar información.

Gatalina, dos días antes de nacer mi primer hijo, en 2010
Gatalina, dos días antes de nacer mi primer hijo, en 2010

Cuando descubrí la realidad que contrastaba con absolutamente todos los mensajes que me llegaban del entorno, la gata, obviamente, se quedó en casa. Y con nosotros sigue. Fue la primera vez que descubrí, ¡oh, sorpresa! que en maternidad no todo está descubierto, que “lo que sabe todo el mundo” no siempre es lo correcto, ergo todo, todo, puede ser cuestionable y, además, ha de ser cuestionado.

Por todo esto, he decidido recuperar un artículo que escribí para Háblame Bajito ya por 2011 (y que reedité en 2012), para aportar un poquito de información, que por sobrar no sobra nunca. Siento no tener tiempo de retocarlo (que seguro que se puede). Os lo dejo tal cual: Leer artículo completo

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Mamá que brilla, brilla

mama que brilla brilla 90ppp

Soy la mujer de la mesa junto a la ventana. La que ha venido con un niño y una niña. Aunque hoy de buena gana habría venido sola… Es así: a veces es difícil. A veces no estoy como quiero estar, y tengo que conformarme con estar como estoy a veces. A veces no soy quien quiero ser, y tengo que conformarme con ser quien soy a veces.

Y hoy vengo así, como enfadada. Algo me supera aunque no sé qué. Creo –estoy casi segura, en realidad- que no es por lo que hacen: es porque no hacen lo que yo espero. Y pierdo la paciencia y aparece esa otra yo: la que quiere venir a pasar la tarde a un lugar amigo de los niños, sin niños.

Al menos, mientras ellos juegan, yo puedo quedarme aquí, sola, proyectando mi rabia sobre la espuma, que se ha quedado todo el azúcar y ahora el café sabe amargo. Puto capuccino de mierda.

Miro alrededor y reparo en una mujer joven, embarazada, sentada sola al otro lado del local y que, de vez en cuando, mira a la zona de niños y sonríe. No parece buscar a nadie, parece estar simplemente disfrutando del aire infantil. Apostaría a que está imaginando a su propio bebé, jugando ahí. Tiene ese aire… Ese brillo de la madre a punto de traer vida. Ese halo mágico que la envuelve y que seguro haría crecer las flores después de pasar Atila. Esa luz.

Recuerdo que yo era así, antes de que naciera mi primer hijo. Recuerdo que tenía esa luz que me elevaba por encima de este gris suelo mundano, esa luz que me teñía el horizonte de colores. ¡Ay! Si pudiera hablar con aquella yo que brillaba… Si pudiera hablar contigo, mamá solitaria que brilla… Leer artículo completo

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“Mamá, ¿cómo se hacen los bebés?”

como se hacen los bebes iluminado

Reconozco estar un poco abrumada con la respuesta que ha tenido esta “tontería” en las redes, tanto en facebook como en instagram, que publiqué dentro de mi serie de #motivosparaserfeliz (serie que empecé a modo de ejercicio mental cuando mi padre estaba en el hospital).

Era solo una publicación más, pero mucha gente, en comentarios y mensajes privados, me ha sugerido/pedido que cuente cómo se lo expliqué, cómo respondí, a mi hija de cuatro años, a la pregunta de “cómo se hacen los bebés”.

No imaginé que pudiera ser de interés algo así, ni sé muy bien qué puede tener de especial verme a mí explicar algo, pero si puede serle de utilidad a alguien que no sepa cómo abordarlo, pues por qué no 🙂 Además, fue una conversación divertida ^_^´

Y también es cierto que hace tiempo que me ronda la cabeza la idea de hacer algunos post bajo la etiqueta Explicado a los niños, porque me he dado cuenta de que, a menudo, consigo explicarles conceptos (casi siempre bloc mediante) como el capitalismo, el consumo responsable, el machismo, la guerra, la identidad de género y otros que, a priori, no parecen fáciles… Así que me he animado y ¡venga! ¿Por qué no?

Os contaré la escena. Coged palomitas, que empieza la peli: Leer artículo completo

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Tú también vas a tener… CUERPO DE SEÑORA

Cuerpo de señora

A mí me parece que todos tenemos una idea clara de lo que es un cuerpo de señora. De señora normal, vaya, como puede ser tu madre, o la mía, o la abuela de cualquiera. Pues ese cuerpo, oiga, no aparece de repente.

Una no se acuesta un día siendo un pibón y se despierta a la mañana siguiente con el ombligo entre las tetas y la bolsa del Carrefour en la cabeza, por si llueve. Conseguir un cuerpo de señora es un proceso lento y paulatino, que empieza, probablemente, el mismísimo día que te encuentras la primera cana.

Tú no te acuestas un día con una melena negra como el ojal de un orco y amaneces con un mocho de fregar en la cabeza. Te aparecerán, una a una, como las antenas de Casimiro. Y aunque tú intentes seguir pareciendo afable y lozana, empezarás a dar repelús. Como Casimiro.

casimiro

Y la papada… ¡Ja! A ver si te crees que un día te vas a la cama con el perfil de una figurita de cristal soplado y te levantas convertida en pelícano. No, maja, no. Tú un día vas a mirarte las ojeras al espejo, como todas las mañanas, y te ves ahí una marca justo detrás de la barbilla que antes no estaba. Y piensas “Bah! Habré engordado un poco. Leer artículo completo

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