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Candelas y Manolos: lo mejor y lo peor de nosotros mismos

luces y sombras

Esta semana pasada ha sido una de esas que tiene “demasiadas” cosas, que despierta demasiadas emociones encontradas. De estas que te recuerdan que quiere el karma que para que pueda existir un equilibrio ha de existir forzosamente una dualidad.

Resumiendo mucho, hay dos tipos de personas en el mundo:

Por un lado están las Candelas.

Como ya adelanta su nombre, las Candelas son esas pequeñas luces que iluminan nuestro mundo, que te contagian de brillo y calor. Esas que son capaces de coger algo pequeño y bonito, ponerle buena voluntad y cariño y convertirlo en algo absolutamente extraordinario. Que aún confían en que el mundo es bueno, a pesar de todo; en que las personas somos buenas, a pesar de todo; en que podemos –y queremos- hacerlo mejor.

Las Candelas son esas personas que no sólo iluminan sino que nos recuerdan que tenemos nuestra propia luz, y nos salvan así de la oscuridad: de la del mundo y de la nuestra, que, como sabéis, es la más peligrosa porque puede llegar a devorarnos desde dentro. Leer artículo completo

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Una -puta- milla con mis tetas. (O por qué tú, hombre, no puedes hablar de feminismo)

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No había papel higiénico. Ni papel, ni váter, ni bragas. Mi madre me contó alguna vez que las mujeres, cuando subían de Miñagón a Boal a vender al mercao, iban en falda y si les apretaba la gana se apartaban un poco del camino, abrían las piernas y así meaban: de pie, piernas abiertas, discreta y naturalmente. Y esta estampa de mujeres meando de pie tranquilamente bajo la falda, pertenece a alguna Asturias de sólo un puñadín de décadas atrás.

Y yo, que nací en los modernísimos y gloriosos ochenta en una familia de hosteleros, fui niña y adolescente en un lugar en el que a Cristina la del café le arrancaron -le arrancaron- los ojos “porque era una calientapollas”; en el que a una niña de doce años -doce años- en s casa la llamaban Bárbara y en la calle la dos cincuenta, porque un gilipollas dijo un día que se la había chupado por doscientas cincuenta pesetas; en el que se oía que si las mujeres querían igualdad “primero tenían que aprender a mear de pie”. Y detrás había risas. Y miraba a las mujeres y las veía sonreír la gracia con ese cinismo de “te mandaría a la mierda, pero no quiero ser antipática”, de “mejor me callo que si no voy a parecer una histérica”. Porque podemos ser muchas cosas, pero antipáticas no. Histéricas, tampoco.

Y, así, va una construyéndose como mujer, mirando alrededor y sintiendo que algunas cosas no están bien, pero aprendes a envolver la rabia en sonrisas, a no meterte en calles oscuras y a no acercarte demasiado a los chicos porque, desde luego, si empiezas algo después no tienes derecho a cambiar de opinión. ¿Para qué vas a darte besos al parque, si no quieres que te violen?

Aprendes a pasar por la vida con esa careta que -te venden- es garantía de que todo irá bien. Sé educada. No te quejes. Sonríe. Porque, si te quitas la máscara, cualquier cosa mala que te pase será culpa tuya. Por mostrarte. Por dejarte ver. Por ser mujer. Leer artículo completo

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El perfil de un monstruo

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Cada investigador de la historia –de ficción al menos-, desde Sherlock Holmes al más moderno CSI. Todos sin excepción, alguna vez, han estudiado o intentado dar con el perfil del asesino. Porque si puedes reconocer un perfil en el asesino, puedes encontrarlo. Y no sólo al que buscas, sino que, con suerte, podrás reconocer a los que vendrán después.

Yo hoy he visto el perfil de un asesino confeso. Porque por muy celosos que sean los periódicos en guardar su nombre completo, en la televisión lo han puesto para que todos pudiéramos tomárnoslo con el café. Rubén Maño Simón, el joven que dice haber matado a la chica de Chella. De ser cierto, el monstruo que sorbió la vida de una joven de quince años, después de atravesar su cuerpo contra su voluntad. Y ese monstruo, como casi todo el mundo, tiene un perfil. En Facebook.

Halloween. Brujas, fantasmas, murciélagos, calaveras y calabazas. Nada da tanto miedo como mirar a través de la ventana y ver a retales la vida de alguien que acaba de violar y matar.

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Él no era un maltratador

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Yo tenía diecinueve años cuando me busqué mi primer piso. A mi novio, con quien llevaba saliendo un año, no le gustó la idea de que yo me fuera a vivir sola. No le preocupaba que me sintiera desprotegida, o que me pudiera pasar algo, o que tomara aquella decisión empujada por unas circunstancias que escapaban a mi control: le enfadaba que yo tuviera un picadero y vía libre para meter a cualquiera en mi casa. En menos de una semana se había hecho, sin mi permiso, una copia de las llaves de mi apartamento. En menos de un mes, sin preguntarme, se había instalado a vivir conmigo. Lo recibí con los brazos abiertos y un gigantesco saco de comprensión. En su casa la situación era insostenible. Él no era un maltratador.

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Puta

ceda el paso

 

 

Hoy no voy a reflexionar.

Yo iba con mis dos hijos en coche. Un chico, uno cualquiera…

Un chico que podría ser tu hermano, que podría ser tu amigo, que podría ser tu hijo, o que incluso podrías ser tú, se saltó un ceda el paso.

Creo que ni siquiera miró para salir: simplemente tiró para adelante como si estuviera solo en la carretera. Como si estuviera solo en el mundo. Como un asno apaleado, más asno que apaleado.

Le pité para que frenara.

Volanteé para no estrellarme.

Y ese chico se cruzó delante cortándome el paso, se asomó a la ventanilla abierta de su furgoneta de reparto y me gritó “PUTA”.

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