Etiquetado como maternidad
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CONVERSACIÓN ENTRE MIS ÓRGANOS: ¿Qué cenamos hoy?

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Estómago: Tengo hambre. ¿Cenamos ya?

Cerebro: Sólo son las 9.

Estómago: Pero es que yo tengo hambre.

Núcleo supraquiasmático: Yo creo que hoy nos acostamos temprano…

Cerebro: Bueno, entre que preparamos y tal nos dan y media… Ok. ¿Qué te apetece?

Estómago: Chocolate.

Páncreas: Hace una hora que te comiste un donut. No doy abasto.

Estómago: Chocolate.

Páncreas: Que no me toques los cojones.

Estómago: Chocolate.

Cerebro: No podemos cenar chocolate. Algo sano.

Estómago: Ensalada.

Cerebro: Ok.

Estómago: Con chocolate.

Páncreas: ¡Tus muertos!

Cerebro: ¡Que no!

Estómago: No estáis contentos con nada.

Cerebro: A ver qué hay en la nevera.

Intestino: Algo ligero, por favor, que tengo atasco.

Nariz: ¿Qué es lo que huele?

Cerebro: El cabrales.

Nariz: No, no. Queso no es. ¿Es carne?

Ojos: Vemos pollo. Parece rancio.

Cerebro: Es una trasera de pollo. Está a punto de ponerse malo. ¿Lo hacemos al horno?

Intestino: ¡Eh! ¡Los experimentos con gaseosa!

Estómago: ¿Al horno? ¡Pero yo quiero comer ya!

Cerebro: A tomar pol culo. Vamos a hacer el pollo. Leer artículo completo

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Adiós, Carles

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Qué terrible, Carles. Cómo puede ser esto…

¿Sabes? Tenía la esperanza de que en algún momento, en algún lugar, a la fuerza acabaríamos coincidiendo. Y entonces yo podría acercarme a ti con el móvil en la mano, y tener un #momentogroupie, y hacernos un selfie, y decirte como una adolescente chillona que me encantabas. Porque me encantas, Carles.

Porque eras una dosis de sentido común, pero no era por eso. Tampoco era por las risas. Era por lo que transmitías: que todos somos imperfectos. Y que no pasa nada por ser imperfecto. Y qué importante es eso para los padres. Qué bien lo sabías. Nos devolvías a la tierra pero para caminar con más ligereza, con menos carga… Con menos miedo. Con más alegría. Con la falta que nos hace la alegría… A todos, no sólo a los que somos padres. Leer artículo completo

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A vosotras, matronas:

A vosotras matronas

A ti, matrona desconocida. Que entras, miras tubos y vuelves a salir, y no pronuncias palabra. Que no sabes cómo se llama. Que no preguntas cómo está. O peor: que lo preguntas, pero no te paras a escuchar la respuesta.

A ti, matrona que ignoras. Que te piden y pasas de largo. Que te excusas. Que quieres cumplir los tiempos.

A ti, matrona que sólo miras los números y refunfuñas entre dientes. Que te vas y no dices qué pasa. Que dejas un halo de preocupación y miedo en la habitación cuando te vas.

A ti, matrona que culpas a la madre. Que gritas que lo está haciendo mal, que le dices que no sabe empujar. Que dices que “esto no es así”, que “esto así no sale bien”.

A ti, matrona que tienes prisa. Que quieres acabar ya.

A ti, matrona que sientes que sólo es un parto más.

A ti, matrona que, en algún lugar, fuera de ese hospital, dejaste olvidada la ilusión. Que has convertido el momento más feliz de cada una de esas familias en tu aburrida rutina de cada día.

A ti, matrona que has dejado de sentir, quizá por no padecer.

A ti, matrona que has olvidado la vocación en pos de la profesión. Que has gastado la pasión.

A ti, matrona… Que no te sorprenda que esta carta no sea para ti: Leer artículo completo

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La vida frágil

la vida frágil

Los sostuve en brazos, y recordé el miedo.

Puede que porque nunca había cogido en brazos unos bebés que me importaran tanto como mis propios hijos. Comprobé el tono de su piel, los deditos de sus pies, su respiración.

“¿Respiran?”

Recordé el miedo, porque nosotros somos fuertes, pero la vida es frágil.

Recordé el miedo, cuando mis hijos eran así y yo tenía la sensación de que  sus vidas podían romperse entre mis dedos si yo no lo hacía bien. Si no era suficiente para ellos. Recordé la noche en vela cuando mi hijo mayor vomitó por primera vez, porque creía que se ahogaría mientras yo dormía, así que pasé la noche despierta, mirándolo. Recordé las lágrimas cuando dudé de si mi pecho sería bastante para él, cuando el miedo me decía que lo mataría de hambre si me equivocaba. El miedo a que los mocos lo ahogaran, a que sus primeras comidas lo atragantaran. A que él enfermara y yo no supiera verlo a tiempo. Miedo, miedo, miedo.

Pero, en algún momento, no sé cómo, los miedos se diluyeron en la rutina. En la prisa. En el sobrevivir trastabillando un día con otro. Se diluyeron en el “lávate los dientes”, en el “coge la mochila”, en el “anda más deprisa que llegamos tarde”. Se diluyeron en los buenos modales a la mesa, en la hora de irse a dormir, en el “bájate de ahí que te vas a hacer daño”. Se diluyeron en la vida de otra madre. Otra diferente a la que yo quería ser.

Y olvidé todo lo que soñé que haría cuando ya no tuviera miedo… Leer artículo completo

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Infertilidad. Si lloras, pierdes

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Hace ya tiempo, e inspirada por la historia de mi hermano y su mujer, escribí un pequeño texto titulado “Las otras madres“. Poco después, Helena, presidenta de la Asociación Red Nacional de Infértiles, me preguntó si podía compartirlo en su página web. Así fue como nos conocimos.

En esta semana de locura que llevo, de organizar viajes y cargar ovejas de aquí para allá, puente de mayo mediante, recibo un mensaje de Helena que veo desde el móvil: “Hola, Jessica. Hemos hecho un vídeo…”. Y pienso “luego lo veo con calma en el ordenador”. Y la calma ha sido que ha pasado una semana…

Así que llego yo hoy toda inocente al ordenador, me acuerdo de Helena, me voy al mensaje y localizo el título del vídeo: LA INFERTILIDAD DETUVO MI VIDA. Le doy al play… Hacía mucho, MUCHO, que no me emocionaba de esta manera. Qué manera de llorar. Estaba intentando escribir a Helena para decirle cuánto me había gustado y no era capaz, no podía dejar de llorar sobre el teclado.

No tengo palabras para describirlo. Así que mejor os lo dejo. Si lloras, pierdes: Leer artículo completo

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Los hospitales que no amaban a las mujeres (pero adoraban a los pulpitos)

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ADVERTENCIA: para escribir esto se ha usado más bilis que tinta.

Hace algunos años, en un país lejano, surgió la idea de tejer unos pequeños pulpos para acompañar a los bebés prematuros. Dicen que los bebés agarran con sus manitas los pequeños tentáculos de los pulpitos y les recuerda al cordón umbilical, y que esto los tranquiliza ya que lo asocian al útero materno.

Antes de empezar, haré un disclaimer: este artículo no va sobre los pulpitos solidarios. De ellos ya han hablado y mucho. Y tampoco pretende ser un ataque contra el personal sanitario general. Este artículo va sobre los hospitales. Sobre personal anquilosado en los años setenta tomando las decisiones importantes y sobre protocolos de mierda.

Pocas veces tengo ocasión de pararme a tomar un café tranquila por las mañanas y leer el periódico. Pero la casualidad quiso que hace poco, en una de esas ocasiones, el periódico local trajera precisamente ese día, en la página nueve (en media página nueve), la noticia de que el hospital de mi ciudad había recibido “sus primeros pulpitos de ganchillo para neonatos”.

Esa sensación de que se te para el corazón y la sangre se te congela y se te eriza hasta el último vello. Algo así como si vieras salir en la tele hablando sobre derechos humanos al abusón que te pegaba todos los días en el recreo.

CÍNICOS.

Era como cuando presencias una escena horrible y no puedes apartar la vista: yo no podía dejar de leer la noticia, y conforme leía el pulso volvía a acelerarse y algo se me encendió dentro. Algo que me revolvía el aire en el estómago y me lo subía a la garganta convertido en náusea. Leer artículo completo

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¡Ay! Samanta…

Aine flor Ay Samanta

El otro día estaba hablando con una amiga, una de estas conversaciones banales del día a día, y me pregunta de pronto “Oye, ¿has leído lo de Samanta Villar?”. Y me reí. “¡Claro! Como para no leerlo, si está en todas partes”. “¿Y cómo es que no has escrito nada sobre ello?”. “¿Y por qué iba yo a escribir sobre esto?”.

Sé que ha sido un tema puntero y que ha sido muy trending estos días poner a parir a Samanta. Y, además, su sentir es totalmente contrario al mío, así que sí, bien podría haber escrito una buena parrafada. Pero a: en líneas generales, va contra mis principios atacar el sentir de otra madre y b: yo no sé escribir si no es de manera honesta. Y es que no, no podía escribir en contra de otra madre por declarar que está cansada, que antes era más feliz o que ha perdido calidad de vida. Ni siquiera por escribir un libro sobre ello, que es lo que se extrae de todos estos dimes y diretes de estos días. Porque si esa es su verdad, pues qué menos que tener derecho a expresarla, aunque sea feo. Los tabúes, ya sabéis, alimentan monstruos.

Tenía claro que no escribiría sobre este tema, hasta que me encontré con una declaración en una entrevista a Teleprogramas en la que le hicieron la pregunta clave: “¿Cómo has tenido tiempo de escribir el libro?” y respondió Samanta “Porque lo dejé preparado antes del parto”. Bueno, bueno, ¡el acabose! ¿Cómo se puede ser tan mezquina? ¿Sólo porque sabía que la polémica vendería escribió un libro sobre lo malo que es ser madre ANTES de ser madre? “¡En cuanto llegue a casa me pongo a escribir!”, pensé. Pero en esto que mientras llegas a casa y no vas dándole vueltas a la cabeza, porque entre toda esta vorágine de críticas y escándalo parece que hay algo que no encaja. Así que llego a casa y me pongo a indagar un poquitín, y… Ah, vale. Esto ya me encaja más: Leer artículo completo

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Relatos

ESOS higos…

esos-higos

Había higueras en el patio de mi colegio…

Puede que un niño “no sepa muchas cosas” pero, las cosas que un niño sabe, son verdades absolutas. Incuestionables. Yo sabía que a mi madre le gustaban los higos. Así que en cuanto los sanjuaninos empezaban a asomar, ahí iba yo: apañando higos por el patio, de árbol en árbol, recogiéndolos en mi mandilón para llevárselos a mi madre.

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