Etiquetado como muerte
Relatos

Al final del calendario

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Soy la mujer sentada bajo el castaño. La que ha venido con un niño y una niña. La tan esperada lluvia ha dado hoy un poquito de tregua, y hemos aprovechado para venir un rato a jugar. A llenarnos los pulmones de este aire maravilloso que huele a recogimiento y madera mojada. No puede haber nada mejor. Salvo, tal vez, esto mismo pero con chocolate.

Cabeza la mía: hoy he olvidado mi libro en casa. A este paso no lo terminaré nunca, y tengo otros tres esperando para ser leídos detrás. Me falta tiempo. Siempre. Para todo. A veces me angustia pensar que, así viviera cien años, no podría leer tanto como quisiera… Busco desesperada en mi maleta, pero no, no está. Agenda, bloc de notas, portátil… El libro no, pero sigo buscando, por aquello de que la esperanza es lo último que se pierde. Estas cosas me hacen enfadar. Para un ratito que tengo, y me dejo el libro en casa… Y, entonces, un acalorado debate me saca de golpe del interior de mi bolsa. Mis hijos no se ponen de acuerdo para jugar. Leer artículo completo

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Relatos

Cuando perdemos

Cuando perdemos

Soy la mujer sentada bajo el castaño. La que ha venido con un niño y una niña. Confieso que no suele gustarme venir al parque, pero el otoño es diferente. Me encanta envolverme en sus contrastes tranquilos. En el rojo y el gris. En el naranja y azul. En el olor a hojas secas y tierra mojada. Me transporta a algún lugar y, aunque no tengo claro a dónde, sé que es un lugar donde me siento en paz. Qué puedo decir. Nací en noviembre. Soy una hija del otoño.

Mis hijos juegan cerca, y yo me disponía a abrir un libro cuando una caricia me ha llamado por mi nombre: una hoja, en su caída libre, ha tropezado con mi pelo, para seguir luego su viaje hasta la lejana hierba, junto a mis pies. Con una sonrisa tranquila la he recogido del suelo, como quien recoge una postal del aparador en el día de su cumpleaños: un regalo previsible, pero recibido con alegría. La he sostenido por el tallo, he saboreado sus colores despacio y, al abrir mi libro para guardarla, me he percatado de que no había más hojas alrededor. He mirado hacia arriba, hacia las ramas del castaño, y las he visto plenas, aún. Llenas de vida y baile al son del viento. Yo he perdido mis ojos en sus hojas, en las naranjas y rojas, y lentamente he respirado su música. Ahí: justo ahí está mi paz.

Pero entonces un llanto, un lamento húmedo y roto, me ha bajado de las ramas. Una niña, frente a mí, llora con el alma. Llora como si no tuviera otro propósito en la vida que el de llorar. Llora y llora mucho. Llora mucho y muy sentido. Llora porque ha perdido algo. Y debía ser muy importante para ella, a juzgar por cómo llora. Leer artículo completo

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