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Relatos

Querida yo de hace cuatro años (exactamente cuatro)

querida yo de hace cuatro años 2

Querida yo de hace cuatro años (exactamente cuatro):

Si este año esperas una bonita carta, lo siento, pero creo que hoy no estoy de humor. Este último mes ha sido una locura y el cumpleaños de Aine ha llegado antes de lo que esperaba. Pero en fin, no te preocupes ahora por eso. Ya te tocará. Ahora relájate, que esta noche será intensa.

Llevaba tiempo pensando en qué contarte este año. Sabes que no me gusta estropearte las sorpresas… Así que pensaba hablarte de algo que has aprendido y madurado  mucho estos últimos meses: has aprendido a despedirte. Y es fantástico, Jess. Qué liberación. Leer artículo completo

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Relatos

Pequeña Lucía

Pequeña Lucía

Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. Todavía estoy intentando saber qué es lo que acaba de pasar exactamente.

Ese lugar, donde ahora sólo hay un pañuelo usado, hace un momento estaba ocupado por tres generaciones de mujeres: una mujer joven con su hija, de tres años, y con una mujer mayor que, presumo, era la abuela de la niña. Ha sido difícil.

Apenas estábamos empezando a posar nuestras cosas, hemos oído los gritos. La abuela gritó a la madre, que iba en dirección a la orilla y dio la vuelta al instante. Era por la niña. Tenía una bolsa de gusanitos en la mano y se le habían caído al suelo, como confeti sobre la arena. La abuela reñía. Decía que la niña era un demonio. La madre llegó corriendo. Agarró a su hija por lo hombros y juro que me pareció ver cómo luchaba contra sí misma. Y creo que perdió. Le dio tres bofetadas a la niña. La abuela seguía gritando a la nieta. “Demonio. Idiota. Bebé.” La madre ha empezado a recoger los gusanitos, sola. La niña se sentó en la toalla y agachó la cabeza.

-Mamá, ¿por qué esa mamá ha pegado a su hija? – me ha preguntado la mía. Leer artículo completo

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Relatos

Al otro lado de la injusticia

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Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. En un alarde de optimismo vital, me he traído un libro a la playa. Sola. Con los niños. Cuando he leído el mismo párrafo por quinta vez y sigo sin saber lo que he leído, he decidido que es el momento de claudicar y dedicarme, ya en exclusiva, a mirar a mis hijos.

Echo un vistazo alrededor y me doy cuenta de que todos estamos igual: fingiendo ser veraneantes para ocultar nuestra verdadera identidad de guardianes de la especie. Sólo que en vez de máscara y capa nos ponemos chanclas y factor 40 en la nariz. Es una sincronía perfecta: todos nosotros vigilamos, todos ellos juegan. Pero hay una toalla en la que todo transcurre de manera diferente: el niño no juega. Los padres vigilan el doble.

Los conozco. Viven en el bloque de al lado. En un barrio pequeño como es el mío, a veces parece que la vida de cada uno perteneciera a todos. Qué peligro tiene una persona con una opinión y sin nada que hacer… “Pobres –oí decir a una vecina furtiva en la cola del pan-. Con las ganas que tenían de ser padres”. “Qué pena –dijo una vez la frutera- que les haya salido el niño así, con lo que lo buscaron”. “Qué injusticia –lloró la del tercero- que les haya tocado a ellos”.

Puedo entender el sentimiento de solidaridad con otra familia cuando la vida le pone en el camino una prueba que no esperaba. La sorpresa es parte de la dificultad. Pero, ¿y qué pasa con ese niño? ¿Es que nadie lo ve? Yo veo a un niño que mira la arena como si no supiera que está en una playa, y que es el objeto de la adoración de los dos guardianes que tiene detrás. Pero Injusticia, lo han llamado. No es su hijo: es su injusticia. Leer artículo completo

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Artículos

A Naiara la matamos todos

A Naiara la matamos todos crimen sabiñanigo

El otro día oí la noticia de una niña que había fallecido, supuestamente, por una caída por las escaleras, aunque los servicios sanitarios sospechaban de malos tratos.

Ayer por la tarde leí en los medios que su tío la había matado. No intencionadamente. “Se le había ido la mano” al castigar a la niña, porque no se estaba portando bien.

Decía John Lennon que vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor, mientras la violencia se practica a plena luz del día.

Podéis decir que fue su tío. Podéis ponerle un nombre al culpable, que es lo que mejor se nos da: buscar culpables. Así nuestras conciencias se limpian. Pero la realidad es que a Naiara la matamos todos. Leer artículo completo

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Relatos

El cangrejo y la vida

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Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña.

Un niño, el que está bajo la sombrilla azul, junto a las rocas, acaba de advertir a su abuela de que un cangrejito se ha colado en su toalla. La abuela ha cogido su sandalia y lo ha golpeado tres veces. Luego, de un manotazo, lo ha lanzado lejos. Me pregunto qué aprenderá ese niño, si es que de esto aprende algo.

 Yo aún recuerdo la primera lección que aprendí sobre el respeto por la vida. También estaba con mi abuela, Joaquina. Y también fue en la arena. Pero no era como esta, olía diferente… Era otra arena.

Yo nací en un barrio pobre. O puede que no fuera tan pobre: quizá sea que yo lo recuerdo en sepia. Ese barrio en el que yo nací estaba lejos de la playa, y no recuerdo parques. Pero sí recuerdo un descampado donde se podía jugar, y un montículo de arena que era escombrera de una eterna obra que prometía arreglar algo. A falta de algo más moderno, aquella escombrera nos servía de arenero. Olía… No sé describir a qué olía aquella arena, pero, desde luego, no olía a mar.

Creedme o no, pero recuerdo que yo tenía dos años cuando mi abuela me llevó un día a pasear por allí y viví el día de la mariposa. Leer artículo completo

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Artículos, Relatos

CONVERSACIÓN ENTRE MIS ÓRGANOS: ¿Qué cenamos hoy?

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Estómago: Tengo hambre. ¿Cenamos ya?

Cerebro: Sólo son las 9.

Estómago: Pero es que yo tengo hambre.

Núcleo supraquiasmático: Yo creo que hoy nos acostamos temprano…

Cerebro: Bueno, entre que preparamos y tal nos dan y media… Ok. ¿Qué te apetece?

Estómago: Chocolate.

Páncreas: Hace una hora que te comiste un donut. No doy abasto.

Estómago: Chocolate.

Páncreas: Que no me toques los cojones.

Estómago: Chocolate.

Cerebro: No podemos cenar chocolate. Algo sano.

Estómago: Ensalada.

Cerebro: Ok.

Estómago: Con chocolate.

Páncreas: ¡Tus muertos!

Cerebro: ¡Que no!

Estómago: No estáis contentos con nada.

Cerebro: A ver qué hay en la nevera.

Intestino: Algo ligero, por favor, que tengo atasco.

Nariz: ¿Qué es lo que huele?

Cerebro: El cabrales.

Nariz: No, no. Queso no es. ¿Es carne?

Ojos: Vemos pollo. Parece rancio.

Cerebro: Es una trasera de pollo. Está a punto de ponerse malo. ¿Lo hacemos al horno?

Intestino: ¡Eh! ¡Los experimentos con gaseosa!

Estómago: ¿Al horno? ¡Pero yo quiero comer ya!

Cerebro: A tomar pol culo. Vamos a hacer el pollo. Leer artículo completo

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Relatos

Por si mañana no estoy…

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Hijo, ¿sabes qué es el amor?

El amor es energía, cariño. Igual que la luz. La luz existe siempre, incluso cuando está apagada. Incluso cuando estamos a oscuras, la luz sigue existiendo en el universo.

El amor es igual.

Y mamá te quiere tanto, hijo, es tan, tan grande el amor que mamá siente por ti, que todo ese amor está en todas partes y llena el universo entero. Mira, si estiras así los brazos y los llevas hacia ti, puedes recogerlo en el aire y abrazarte con el amor de mamá.

El amor de mamá es como la luz, hijo: existe siempre. Siempre está ahí. Incluso cuando no me puedes ver.

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Original para Facebook. 08/01/2016

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