Etiquetado como parto en casa
Relatos

Mis tres viajes: el autobús, el mar y la montaña

LEO (29)

En mi vida, ha habido tres viajes importantes. De esos que te marcan para siempre y que establecen uno de esos puntos que separan un antes de un después.

El primero fue un viaje en autobús.

Tenía claro cuál era el destino, y tenía claro también que yo no podía conducir aquel autobús, obviamente, pero la inexperiencia me jugó una mala pasada. Me subí al autobús creyendo que podría decidir sobre la ruta, por ejemplo. No pensaba hacer ninguna locura, eso es obvio. Pero, ignorante de mí, creí que podría decidir si prefería ir por autopista, para llegar antes, o por carretera nacional, viendo el paisaje. Que podría elegir algunas cosas, como cuándo parar a descansar, dónde, por cuánto tiempo… Lo sé: hay que ser idiota.

Al poco tiempo de subirme al autobús, me di cuenta de que yo no tenía ningún control sobre lo que sucedería en las horas siguientes. No solo no pude decidir, sino que intentarlo suscitaba la risa del conductor y del resto del pasaje. No entendía cómo a todo el mundo le parecía normal que un viaje tan importante tuviera que supeditarse a los horarios y voluntad de quien llevaba el autobús, en lugar de escuchar a los viajeros. Me sentaron en un asiento sin ventanilla, y ni siquiera tuve ocasión de disfrutar de las tierras que dejábamos atrás, antes de llegar a aquel destino del que no habría vuelta. Nunca sabré si al otro lado de cristal había arena o amapolas.

Y llegué, es cierto, a la estación de destino. Justo al lugar al que sabía que iría antes de arrancar. Todo había ido según lo previsto, tal como el conductor había programado. Pero yo me había perdido el paisaje. No pude evitar sentir –y de hecho aún lo siento- que me quitaron una parte importante de ese viaje. Cuando llegué a la estación, no sabía dónde estaba exactamente, ni qué tenía que hacer. Me sentía perdida. Desorientada. Triste.

El segundo lo hice nadando.

Mi objetivo era claramente llegar a la orilla y yo, que sabía que llevo en las venas mil generaciones de nadadoras, decidí que este viaje sería a nado. Bueno, más bien  yo pensaba que iba a nadar, pero, al final, el agua me llevó.

Me sumergí en el agua, entre risas y llena de determinación, dejando atrás lo que conocía. Cuando quise darme cuenta, flotaba en ese mar que me abrazaba con la infinidad del universo. Ese mar en el que el tiempo no existía y el espacio cobraba una nueva dimensión. En el que yo misma me convertía en un ente desdibujado, fuera del alcance de lo terrenal.

Entonces, el mar se desató. Y yo aprendí la sutil y vital diferencia entre ser arrastrada y dejarse llevar. Un inmenso maremoto de olas que se sucedían fuera de mi control me sacudían. Por un instante el miedo tensó todos mis músculos, haciéndome más difícil seguir a flote. Pero entonces confié. En mí, en el mar, en la orilla. Respiré hondo y mi cuerpo, como si se viera invadido por una sabiduría ancestral, se cargó de oxígeno, se expandió extasiado sobre las prístinas aguas, y las mismas olas que unos momentos antes parecían querer hundirlo lo elevaban ahora hacia el cielo, hacia las estrellas, hacia el universo. Y, cuando alcancé la orilla, me sentí capaz de todo. Sabia. Conectada. Infinita.

El tercero escalé una montaña.

Llegué a aquel paisaje preguntándome si habría otra orilla a la que llegar, pero aquella vez mi destino era la cima de una montaña, nevada y empedrada. Aunque eso solo lo entendí cuando ya había empezado a escalar.

Fue un viaje largo. No tan largo como el viaje en autobús, pero tampoco estaba siendo como dejarse llevar por el agua, eso estaba claro. El cuerpo me pesaba más a cada paso del ascenso. Mis piernas se hundían cada vez más en la nieve virgen. Y juraría que, en algún momento, empecé a cargar con las rocas del camino. Tenía plena consciencia de cada movimiento, de cada paso que avanzaba, de cada centímetro que le ganaba a aquel terreno difícil. Me faltaba el aire. Tenía calor. El cansancio me vencía. El juicio se me nublaba.

En un punto del camino me sentí derrotada, miré hacia arriba y creí que jamás alcanzaría la cima. Pero entonces me di cuenta: ese, y no otro, era el punto de no retorno, e inicié de nuevo la marcha, dispuesta a dejar todo mi ser en aquel viaje.  Le grité a la montaña mientras ascendía. Usé toda la fuerza de cada músculo de mi cuerpo. Apreté los puños. Abrí la boca. Gemí de puro esfuerzo. Con cada bocanada de aire que escupía rugiendo, recuperaba fuerza para el siguiente paso. Pisé fuerte. Pisé firme. El ascenso fue duro, sangriento, escatológico y rematadamente precioso. Y cuando al fin, con un último, desgarrador y glorioso grito, alcancé la cima, me sentí otra vez capaz de todo. Fuerte. Poderosa. Terrenal.

***

En la cima de la montaña, me esperaba mi hijo Leonardo. En mis carnes lo abracé desnudo y ensangrentado, mi guerrero con alma de poeta, y lo envolví en una manta, blanca como la nieve y cálida como un suspiro, en la que solía dormir una gata color ajedrez. La nieve en la montaña dio paso a la primavera, y en aquella cima aspiré profundo el aire de la vida, que olía a sangre y caramelo.

A la orilla, junto a mí, llegó mi hija Ainé. Y nos abrazamos, desnudas y mojadas, y nos conocimos así mi reina de las hadas y yo: cremosas y plenas de libertad. Porque ella no puede evitar ser así: tan impetuosa como benévola. Tan explosiva como sanadora. Tan térrea como mágica. Tan de fuego, y tan del mar.

En la estación de autobuses,  en una cuna de plástico higienizada, guardaron a mi hijo Hugo. Pero cuando llegué a la estación –cosas del papeleo- no me lo pudieron dar, y mi bebé tuvo que esperarme, en esa burbuja de plástico, durante algunas horas más. Me lo entregaron tapado con una sábana almidonada que olía a detergente y estación.  Cuando salí al exterior con mi bebé recién estrenado me encontré un cartel que decía “Bienvenida a La Maternidad”. Y yo seguía sin saber qué coño tenía que hacer.

Cada viaje es único. Cada viajera es diferente a todas las demás. No podría haber cruzado el mar en autobús, del mismo modo que no podría haber ascendido a la cima nadando. Quiero pensar que cada viaje tiene un sentido, un propósito, un aprendizaje. En la montaña aprendí que soy fuerte. En el mar aprendí que soy libre. Y de aquel autobús aprendí algo muy importante: aprendí cómo no quiero ser. Ni sumisa, ni educada, ni correcta. Aunque nunca podré dejar de preguntarme… De mi primer viaje, ¿qué habría aprendido, si hubiera podido ver el paisaje?

LEO (105)

LEO (111)

Transparencia 200x200

Fotos: Ana Hevia. Pie de foto@anahevia_

Las imágenes están protegidas y no pueden ser utilizadas sin mi consentimiento expreso.

¡Gracias por compartir!
FacebookTwitterGoogle+
Artículos

Yo NO SOY defensora del parto en casa

monita pariendo

No sé muy bien por dónde empezar, así que voy a empezar por algo que me sucedió hace poco:

En una conversación con alguien, esa persona me dijo (con cariño): “Además tú, que eres defensora del parto en casa”.

Este me parece un buen punto de partida: yo NO SOY defensora del parto en casa. ¿Sabéis de qué soy yo defensora? De asumir que las mujeres son  –y sé que esto es una idea revolucionaria- seres inteligentes, capaces de tomar sus propias decisiones y, además, decidir bien. Qué locura, ¿eh?

Yo no soy defensora del parto en casa, como no soy detractora del parto hospitalario. Yo soy defensora de que cada mujer es perfectamente capaz de elegir libremente, y de que esta sociedad debería favorecer las decisiones libres, sin presuponer incapacidad o enajenación, y sin intentar, constantemente, interceder en esa decisión, y mucho menos desde el miedo. Resumiendo: yo lo que defiendo es que cada mujer pueda elegir. Si es que estoy loca.

Cuando una mujer decide que quiere parir en el hospital (en realidad, tanto si lo decide como si lo hace por inercia de grupo) no pasa nada. “Ok, baby, todo correcto. Vas por el buen camino”. Pero cuando una mujer decide, no, se plantea parir en casa, se encuentra con la combinación que desde el inicio de los tiempos se opone a cualquier cosa que cuestione lo establecido: desconocimiento + prejuicios. Mortal.

Como puedo presumir (y de hecho lo hago) de tener uno de los espacios de internet, hoy día, en el que más respeto, diversidad y diálogo se puede encontrar entre las lectoras habituales (y lectores también: ¡Hola, 5%!), pues voy a aprovechar este espacio para compartir un poco de información veraz para aquellas personas que, de verdad, tengan un poco de interés en saber más sobre este tema.

Así que me lanzo: voy a contestar a los prejuicios y preguntas con los que YO me he encontrado al decidir, con dos de mis tres hijos, parir en casa. Vaya por delante que no pretendo, ni muchísimo menos, convencer a nadie de nada, pero creo (y veo) que existe MUCHA desinformación acerca del parto en casa, así que voy a exponer la información de que dispongo a través de la investigación y mi propia experiencia, por si a alguien le puede interesar.

Empiezo: Leer artículo completo

¡Gracias por compartir!
FacebookTwitterGoogle+
Artículos

Cosas ridículas que te pasan cuando decides PARIR EN CASA

Así, sin ningún orden particular.

  • El médico de cabecera se niega a darte una receta de vitamina k (¡vitamina k!) para el bebé porque “él no se responsabiliza de un parto en casa”.

confused wtf girl

  • En el registro se vuelven locos cuando les pides la hojita amarilla para inscribir al niño “porque eso te lo dan en el hospital cuando nace el bebé”.

Yo: Es que no voy a parir en el hospital, voy a parir en casa.

Funcionario:

wtf funcionaria

20 minutos para que viniera la supervisora a darnos el papel. Leer artículo completo

¡Gracias por compartir!
FacebookTwitterGoogle+
Relatos

Hijas de Lilith. Así nació mi reina de las hadas

hijas-de-lilith

Hija, aprenderás muchas cosas con el tiempo. Aprenderás que el cielo está arriba y el suelo abajo. Aprenderás que las estrellas están mucho más lejos que la luna y que la vaca –pobre vaca-, al final, no puede saltar sobre ella. Aprenderás a caminar y a dejar que tus pasos te lleven lejos. Espero que también aprendas a dejar que sean tus deseos, y los de nadie más, los que guíen esos pasos. Y un día aprenderás, también, que tu madre es profundamente imperfecta. Que quiero estar mona, pero odio maquillarme. Que me encanta leer, pero nunca tengo tiempo. Que las canas, en realidad, no me quedan tan elegantes como creo. Que soy desordenada y caótica. Y que siempre tengo un “lo hago mañana sin falta” entre manos. Pero el relato de cómo llegaste al mundo, mi amor, ahora que faltan poquito más de veinticuatro horas para llegar a tu primer mes de vida entre mis brazos, ya no puede esperar otro mañana más. Lo compartiré con quien quiera leerlo… Pero te lo escribo a ti:

Leer artículo completo

¡Gracias por compartir!
FacebookTwitterGoogle+