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Podredumbre en tu bolsa. Así empieza el maltrato

hojaroja

Soy la mujer sentada bajo el castaño. La que ha venido con un niño y una niña. No entiendo por qué, a estas alturas de este cálido otoño, tan próximo a terminar, aún me empeño en traer mi libro al parque. Nunca consigo leer más de un párrafo seguido, y casi siempre tengo que releer al llegar a casa, porque siento que me pierdo detalles. Y no vaya a ser que alguno sea importante… Aunque, pensándolo bien, ¿qué detalle no lo es?

Eso veo ahora: detalles. Los tengo frente a mí, y hace un rato que no puedo evitar sentir ese sabor amargo en la garganta. Ese que te llega desde algún recuerdo igualmente amargo, desde un pasado que, de no ser porque quizá sin él no habrías llegado a donde estás ahora, te gustaría borrar para siempre de tu diario.

No deben tener más de dieciséis años. Y los miro, y me pregunto qué arrastra cada uno de ellos en su bolsa para estar en este lugar exacto. Y no me refiero al parque, no: me refiero a esa discusión que habrá quien apostille como una riña de enamorados, pero en la que yo –es cierto- no puedo dejar de ver mi propia historia. Lo que llevo en mi propia bolsa.

Ya llegaron con aire distante. Parecía que con la determinada intención de hablar. Ella, de brazos cruzados, labios apretados y echada hacia atrás, le esquivaba la mirada. Él, separando sus rodillas y dejando caer entre ellas las manos entrelazadas, se inclinaba hacia adelante, hacia ella, queriendo conquistar –o invadir- su espacio vital. Me llamó la atención su gesto, entre enfadado y suplicante. ¿Cómo, en qué circunstancia, pueden a la vez coexistir el enfado y la súplica?

Él hablaba, ella negaba. El tono de él fue subiendo. Ella movía los ojos en cualquier dirección que estuviera lo bastante alejada de la cara que le gritaba. Él dejó de parecer suplicante, y ya parecía solo enfadado. Ella aguantaba las lágrimas. Hasta que se cansó: se levantó, dispuesta a irse, ofendida, ¿dolida?, convencida. Y la cara de él se transformó. Leer artículo completo

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Al final del calendario

Al final del calendario 700x400

Soy la mujer sentada bajo el castaño. La que ha venido con un niño y una niña. La tan esperada lluvia ha dado hoy un poquito de tregua, y hemos aprovechado para venir un rato a jugar. A llenarnos los pulmones de este aire maravilloso que huele a recogimiento y madera mojada. No puede haber nada mejor. Salvo, tal vez, esto mismo pero con chocolate.

Cabeza la mía: hoy he olvidado mi libro en casa. A este paso no lo terminaré nunca, y tengo otros tres esperando para ser leídos detrás. Me falta tiempo. Siempre. Para todo. A veces me angustia pensar que, así viviera cien años, no podría leer tanto como quisiera… Busco desesperada en mi maleta, pero no, no está. Agenda, bloc de notas, portátil… El libro no, pero sigo buscando, por aquello de que la esperanza es lo último que se pierde. Estas cosas me hacen enfadar. Para un ratito que tengo, y me dejo el libro en casa… Y, entonces, un acalorado debate me saca de golpe del interior de mi bolsa. Mis hijos no se ponen de acuerdo para jugar. Leer artículo completo

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De la bella brevedad

de la bella brevedad 700x400

Soy la mujer sentada bajo el castaño. La que ha venido con un niño y una niña. Hoy es perfecto el día para estar aquí: no hace frío, ni calor. La tierra no está embarrada, pero aún hay algún charco. El día está despejado y el rojo abrazo del parque contrasta con un increíble cielo azul. Saco mi libro del bolso, pero antes de abrirlo, en un ritual al que soy adicta desde niña, cierro los ojos y aspiro profundo. El aire huele a paz. Y a castañas. Quizás huela a paz por oler a castañas, no lo sé.

Estaba así perdida, imaginando el placer de comerme dos euros de castañas calientes mientras disfruto mi libro, percibiendo en los dedos el rugoso tacto del papel de periódico de mi cono imaginario, casi, casi oliendo la tinta misma, cuando mi hija ha venido, disgustada, a sacarme de mi ensoñación:

-Mamá… – me dijo, con tristeza.

-¿Qué pasa, cariño?

-Que yo quería jugar a buscar formas en las nubes pero no hay nubes…

-¿No hay?

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Y qué pasa si te rindes

derecho a rendirse

Soy la mujer sentada bajo el castaño. La que ha venido con un niño y una niña. Hoy, camino hacia aquí, yo he abordado el último tramo con tranquilidad, pero los niños lo han galopado e, inevitablemente, se ha dado una circunstancia que siempre me apena un poco: han echado una carrera. E, ineludiblemente también, se ha dado el resultado de siempre, que también me apena un poco: la pequeña ha perdido. No es que no se le dé bien correr: sencillamente, tiene las piernecitas más cortas, y avanza menos veloz que su hermano. Pero veloz, como solo puede serlo una niña que corre hacia el parque.

Nos acomodamos. Yo en mi banco, con mi libro sobre las rodillas, esperando intuir el mejor momento para abrirlo; mis hijos a saltos entre los columpios y la hierba frente a mí. Ya empieza a apreciarse el tapiz del otoño sobre el suelo, antes verde. Se han traído la competición hasta aquí, y otro niño se les une. A ver quién trepa más alto esa pared. A ver quién se lanza más rápido por el tobogán. A ver quién da antes una vuelta completa. Mi niña pierde, vez tras vez. Pero ella sigue riendo, sigue jugando, sigue intentándolo y sigue disfrutando. Y yo me admiro en su capacidad para disfrutar, para persistir, para superarse. Leer artículo completo

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Querida señora de la hamaca de rayas

Querida señora de la hamaca de rayas

 

QUERIDA SEÑORA DE LA HAMACA DE RAYAS:

 

Soy la mujer de la toalla de al lado.

La que ha venido con un niño y una niña.

¿Sabe? Llevo todo el verano

fijándome en usted.

 

Aquí, donde todo el mundo va y viene,

corriendo y saltando,

sin pararse, casi nunca,

a mirar al de al lado;

donde las personas nos convertimos en manchas

de colores sobre las olas y el prado,

usted es la mirada tranquila

que nos contempla a todos

desde un lugar privilegiado.

No desde su hamaca, no:

desde sus años.

Desde la sabiduría

que sólo una vida entera

puede llegar a tejer.

 

Sé que nos ha visto,

porque la he visto mirarnos.

La vi mirar con ternura a mi hijo

cuando rescató a un escarabajo.

La vi mirar con curiosidad

al niño que no estaba jugando,

y con pena a la chica del bañador aquel.

Un día que hizo bastante frío,

no pude no ver su sitio vacío

y, aunque le parezca extraño, la añoré.

Supongo que porque llevo todo el verano

imaginándonos a ambas

observando mano a mano,

y preguntándome cómo será la playa

vista a través de sus años.

A través de sus arrugas y las manchas de su piel. Leer artículo completo

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Pequeña Lucía

Pequeña Lucía

Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. Todavía estoy intentando saber qué es lo que acaba de pasar exactamente.

Ese lugar, donde ahora sólo hay un pañuelo usado, hace un momento estaba ocupado por tres generaciones de mujeres: una mujer joven con su hija, de tres años, y con una mujer mayor que, presumo, era la abuela de la niña. Ha sido difícil.

Apenas estábamos empezando a posar nuestras cosas, hemos oído los gritos. La abuela gritó a la madre, que iba en dirección a la orilla y dio la vuelta al instante. Era por la niña. Tenía una bolsa de gusanitos en la mano y se le habían caído al suelo, como confeti sobre la arena. La abuela reñía. Decía que la niña era un demonio. La madre llegó corriendo. Agarró a su hija por lo hombros y juro que me pareció ver cómo luchaba contra sí misma. Y creo que perdió. Le dio tres bofetadas a la niña. La abuela seguía gritando a la nieta. “Demonio. Idiota. Bebé.” La madre ha empezado a recoger los gusanitos, sola. La niña se sentó en la toalla y agachó la cabeza.

-Mamá, ¿por qué esa mamá ha pegado a su hija? – me ha preguntado la mía. Leer artículo completo

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Todo lo que olvidamos

Todo lo que olvidamos

Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. La que nada más quitarse la camiseta se la ha vuelto a poner porque no se puede creer el frío que hace hoy en la playa. Este habría sido un buen día para, en vez de toallas y nevera, traerse las mantas y el termo. Aunque, para ser sinceros, el panorama de manta y termo me apetece más en el sofá, que a mí el café me gusta más sin arena, para qué os voy a engañar.

Pero, claro, están ellos. Los niños. Les había prometido que hoy vendríamos a la playa. Al llegar y ver el aire y el frío que acompañan hoy, lo reconozco, he intentado disuadirlos. Les he propuesto planes más cálidos, más de interior, resguardados del frío y de la –probable- lluvia que se nos vendrá encima. Pero ellos me han mirado como si estuviera loca. Como si las cosas que acontecen allá arriba, en el cielo, tuvieran algo que ver con lo que hacemos nosotros aquí abajo, en la tierra. Son absurdos, los adultos.

Así que aquí estoy, enredada en la toalla como quien se calienta al fuego en diciembre. Viendo cómo la gente, gota a gota, abandona la playa. Observando atentamente los labios de mis hijos, por si gradualmente tornaran morados y no me diera cuenta. Viendo a mi hijo bañarse en una gran piscina entre las rocas, buscando cangrejos y peces, y a mi hija construir fortalezas de arena, ambos como si vivieran al margen de las leyes de la termodinámica. Ambos felices, disfrutando de un maravilloso día de playa, mientras su madre intenta no volverse azul. ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo pueden estar disfrutando tanto, con el frío que hace?

Los observo un rato, en silencio, y de pronto tengo una revelación. Ya lo entiendo. Leer artículo completo

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Nos queríamos distinto

Nos queríamos distinto

Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. Disfruto más la playa cuando él viene conmigo. Es más relajado cuando somos dos para cuidar y, además, a los niños les encanta meterse en el mar con su padre. Allá lo veo marchar, con nuestros niños, su bañador rojo bandera, su pecho peludo y su cara de pócker frente a las olas. La arena no es tapiz para mi trío de ases.

Al fin, diez minutos para mí. Para desvanecerme en la brisa y el calor del sol sobre mi piel. Inspiro, espiro, repito y los veo a lo lejos, siluetas salpicadas sobre la espuma. Junto a ellos, una jovencísima pareja salta sus últimas olas cogidas de la mano y salen corriendo del agua, sonrientes y felices. Se tiran en su toalla (con esa despreocupación maravillosa de quien luego no tiene que limpiar la arena del coche), a unos metros de la mía, y se comen enteras, la una a la otra, las dos al mundo. Como si no hubiera nadie más en la playa. Como si nada en el universo importara más que este momento entre ellas dos.

Sacan el móvil para hacerse un selfie. No me puedo creer la cantidad de tiempo que son capaces de estar colocándose todos y cada uno de los pelos de su cabeza antes de hacer la foto. Claro: son jóvenes, perfectas, maravillosas y están enamoradas. Ha de verse en cada pelo cuantísimo se quieren, porque la foto debe ser tan brillante como su amor. Y entonces me miro las piernas y me da un ataque de risa, porque me doy cuenta de que no sé cuánto hace que no me depilo, pero ríete tú del peludo pecho de mi marido. Qué se le va a hacer: si me paro a depilarme, lo mismo se nos hace tarde y nos quedamos sin playa. Y eso sí que no puede ser. Explícale tú a mis hijos que se quedan sin playa porque a su madre le da vergüenza tener pelos como un… Mamífero. Pero no importa. Hace tiempo que depilarme es como cortarme el pelo: cuestión de apetencia, no de necesidad.

Y ellas están ahí, frente a  mí, queriéndose tanto en su perfección, iluminando el mundo con su amor. Y yo estoy aquí, tan imperfecta y peluda, agradeciendo diez minutos de soledad al sol. Me cago en la leche, ¿qué nos ha pasado? Leer artículo completo

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En el tiempo de las guindas

En el tiempo de las guindas

Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. La rubia que se acaba de ir es una de mis mejores amigas, que ha aprovechado su hora de descanso para venir a verme y ponernos al día. Se ha marcado unas cervecitas y se ha traído de la panadería unos bollos preñaos y unas pastas, que es un detalle.

Quedar con ella es siempre prestarse a asistir a un monólogo sobre su vida, sus salidas, su trabajo, su novio… A mí me gusta, porque últimamente mis temas de conversación adulta escasean, así que siempre es un placer perderme un ratito en su frenética vida de soltera. Aunque hoy, básicamente, necesitaba quejarse.

Los niños juegan, y yo voy recogiendo los desperdicios de la comida. Como es nuestra tradición, de los bollos nos comimos el pan y dejamos el chorizo. Mientras recojo, pienso en todo lo que me ha contado. El verano pasado fantaseaba con que para este año ya le habrían subido el sueldo, y podría irse de viaje a algún paraíso como Punta Cana. Pero la despidieron y se encuentra, este verano, con que está en otro trabajo, tres pasos por detrás de lo que esperaba. No sólo no puede ir a Punta Cana, sino que llega justa a fin de mes. Se siente estafada. Por sus jefes. Por la vida, en general.

Sigo recogiendo. Tiro las latas. En la bolsa de la panadería quedan dos pastas aún. Las de la guinda, cómo no. No sé por qué se empeñan en poner esto en los surtidos. Siempre acaban en la basura. Pero pienso en mi madre y sonrío: estas son sus favoritas. Leer artículo completo

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Los miradores son lugares tristes

Los miradores son lugares tristes 700x400

Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. Hoy hemos venido a la playa pasando por el sendero de la colina, el que viene monte a través desde el arenal de al lado y que une la costa, playa a playa, durante kilómetros. Pero no es que hayamos caminado mucho: sólo es que hemos aparcado el coche ahí arriba, junto al chiringuito.

Al venir hacia aquí, hemos pasado por delante de un mirador: un banco y un par de vallas de madera, y a sus pies treinta metros de caída y el infinito teñido de azul. Los niños, claro, han visto aquello tan bonito y han querido ir hacia allí corriendo. “¡Mamá, mira! ¿Podemos ir allí?” Desde la punta de ese risco debe haber unas vistas espectaculares. Pero yo tenía claro que nuestro objetivo era la playa, así que respondí con un despreocupado “a lo mejor a la vuelta”. Y así fue como hoy, sin querer, les quité una sonrisa a mis hijos.

Desde donde estamos aún se ve la punta del risco. Creo que intuyo las vallas. Veo pasar a una pareja por delante. Ella señala. Él continúa andando. Ella lo sigue. Recorren el sendero. Llegan a la arena. Se tumban en la toalla. Fin de la aventura.

Y es en este momento cuando me doy cuenta de que los miradores son lugares tristes. Por dos razones, además: Leer artículo completo

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