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Relatos

El cangrejo y la vida

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Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña.

Un niño, el que está bajo la sombrilla azul, junto a las rocas, acaba de advertir a su abuela de que un cangrejito se ha colado en su toalla. La abuela ha cogido su sandalia y lo ha golpeado tres veces. Luego, de un manotazo, lo ha lanzado lejos. Me pregunto qué aprenderá ese niño, si es que de esto aprende algo.

 Yo aún recuerdo la primera lección que aprendí sobre el respeto por la vida. También estaba con mi abuela, Joaquina. Y también fue en la arena. Pero no era como esta, olía diferente… Era otra arena.

Yo nací en un barrio pobre. O puede que no fuera tan pobre: quizá sea que yo lo recuerdo en sepia. Ese barrio en el que yo nací estaba lejos de la playa, y no recuerdo parques. Pero sí recuerdo un descampado donde se podía jugar, y un montículo de arena que era escombrera de una eterna obra que prometía arreglar algo. A falta de algo más moderno, aquella escombrera nos servía de arenero. Olía… No sé describir a qué olía aquella arena, pero, desde luego, no olía a mar.

Creedme o no, pero recuerdo que yo tenía dos años cuando mi abuela me llevó un día a pasear por allí y viví el día de la mariposa. Leer artículo completo

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Adiós, Carles

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Qué terrible, Carles. Cómo puede ser esto…

¿Sabes? Tenía la esperanza de que en algún momento, en algún lugar, a la fuerza acabaríamos coincidiendo. Y entonces yo podría acercarme a ti con el móvil en la mano, y tener un #momentogroupie, y hacernos un selfie, y decirte como una adolescente chillona que me encantabas. Porque me encantas, Carles.

Porque eras una dosis de sentido común, pero no era por eso. Tampoco era por las risas. Era por lo que transmitías: que todos somos imperfectos. Y que no pasa nada por ser imperfecto. Y qué importante es eso para los padres. Qué bien lo sabías. Nos devolvías a la tierra pero para caminar con más ligereza, con menos carga… Con menos miedo. Con más alegría. Con la falta que nos hace la alegría… A todos, no sólo a los que somos padres. Leer artículo completo

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Si yo fuera la chica del tranvía

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Hombre, así a bote pronto y contándolo resumido, suena bonito. Que una persona se enamore de otra y quiera remover… Bueno, a lo mejor no cielo y tierra, pero al menos farolas y tranvías para encontrar a esa persona especial, pues jolines, suena guay. Es súper romántico, ¿no? ¿NO?

Yo entiendo que todo esto al chico le parezca una buena idea y a mucha gente también, porque al final es el argumento del cuento clásico de princesas con el que hemos crecido. Esta cosa absurda de que las mujeres necesitamos ser rescatadas. Es de entender que de primeras nos parezca romántico. Aunque claro, tú este romanticismo lo tienes con Cenicienta o con Blancanieves, que son unas pusilánimes, porque con Brave no hay huevos. Yo a Moana me la imagino dándole con el remo en la cara, por pesao. Cosas de la barrera generacional, supongo.

Total, que a este chico esta semana le han dicho absolutamente de todo, desde que “¡Viva el amor!” hasta que es un “acosador” y un “desgraciao”. Yo, francamente, no podría aportar nada original, aunque quisiera. Pero sí que llevo desde ayer dándole vueltas a qué se le pasará por la cabeza a la chica del tranvía (que, por cierto, han aparecido varias “chicas del tranvía”, pero la opinión mayoritaria es que todas son fake).

Yo no sé lo que pasó, no sé qué vio el chico ni qué pudo llegar a ver la chica. No lo sé, porque yo no estaba en ese tranvía. Pero he estado en otros. Recuerdo una vez, con unos quince años, que volvía de noche a casa en autobús y me pasé tres paradas de la mía porque no me quería bajar antes que el tipo que iba frente a mí, que no dejaba de mirarme y sonreír de medio lado. Estaba ABSOLUTAMENTE convencida de que si yo me bajaba antes me seguiría, y tenía miedo de que me pillara sola en la calle. En el autobús, al menos, estaba el conductor. Y creo que sé lo que pensaría en este momento si YO fuera la chica del tranvía. Leer artículo completo

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Obedece o muere

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Lo más difícil de escribir este post ha sido ponerle el título. Porque el título más honesto es también despiadado. Pero si para algo hemos de escribir, que sea para ser honestas. Porque así, tal cual: despiadado y triste ha sido el final de Amaresh.

Alguien una vez decidió qué era lo normal y qué no. Cómo de delgada debes estar, qué debes comer, a qué edad debes ser madre, cuánto tiempo tienes que amamantar… Una lista de reglas e instrucciones convertidas en corsé para tu cuerpo y tu mente. Y desde que esa lista existe, si no cumples, si no obedeces, cualquier cosa que te pase será tu culpa. La base de todo lo malo que te ocurra, radicará en tu diferencia.

Os voy a hablar de Amaresh. Una chica de veinticuatro años que pesaba 125 kilos.

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Relatos

El Tiempo y los Árboles

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-Mamá, ¿los árboles se mueven hacia atrás?

-No, cariño. Los árboles están quietos, somos nosotros los que nos movemos hacia adelante.

 

El tiempo funciona igual. Nos parece que el tiempo pasa, porque lo miramos a través de un pequeño cristal y no vemos más allá. Pero el tiempo no pasa. El tiempo es como esos árboles, permanece inmóvil: somos nosotros los que avanzamos. Es la vida la que va quedando atrás.

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Su error fue no llamarse Rita

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Lo que tienen las abuelas es que todos tenemos una. Y aunque no todas las señoras son abuelas, esta lo era de alguien. Se llamaba Rosa.

Dicen que vivía anónima en su propio barrio, como un fantasma entre sus vecinos. Que en su salón había una chaqueta colgada en una silla. Que sobre una mesa descansaban las revistas y los lápices con los que pasaba todo el día. Dicen.

Dijeron que su muerte reavivaría el debate sobre la pobreza. Algunos quisieron decir que su –innegable- tragedia sería el punto de inflexión para dar un paso más, para seguir avanzando, para recordarnos a todos qué es lo que de verdad importa y que lo que de verdad importa son las personas.

Algunos dijeron cosas que sólo un género tan mezquino como el humano puede sentir. “No murió porque era pobre, murió porque era vieja y torpe”. “¿A quién se le ocurre poner una vela al lado de un colchón?”. A ella se le ocurrió, porque era vieja, torpe y pobre. Porque una vieja torpe con luz, no enciende velas para alumbrarse. Pero ella no tenía luz, tenía velas. Leer artículo completo

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Aquí y ahora, pero de otra manera

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Lavar el coche es una de esas cosas que siempre tengo que hacer (en el sentido de que siempre lo tengo pendiente), porque no es que no tenga tiempo, es que el tiempo se lo voy dedicando a otras cosas que ocupan un lugar más alto en mi lista de prioridades, como jugar con mis hijos o ver aparearse a un par de caracoles. Por eso mi coche, en su estado normal, es una cajita rodante de desorden, perfecta representación en miniatura del enorme caos que en general rige mi vida.

Pero hoy, con esto de que esta semana vamos a salirnos un poco de la rutina, pues me he animado a llevarlo al autolavado. Y, bueno, ya sabéis cómo es esto: después tenía que aspirar por dentro, llevar un paquete a Correos, pasar por el súper  e ir corriendo a buscar a los niños al colegio (que, por cierto, el animal más rápido del mundo no es el guepardo: es la madre que llega tarde a buscar a sus hijos al cole). Total, que meto la ficha y, aún no ha arrancado la máquina, yo ya estoy impaciente porque acabe. Y entonces se me cruza un cable en la cabeza, y casi oigo mi propia voz interior, hablándome a mí como le hablaría a mi hijo: “La máquina va a tardar lo mismo te pongas como te pongas. Puedes elegir entre estar enfadada o disfrutar de lo que tienes alrededor mientras tanto”. Revelaciones de gasolinera. Decidí no enfadarme. La máquina iba a tardar lo mismo. Leer artículo completo

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