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Relatos

Y qué pasa si te rindes

derecho a rendirse

Soy la mujer sentada bajo el castaño. La que ha venido con un niño y una niña. Hoy, camino hacia aquí, yo he abordado el último tramo con tranquilidad, pero los niños lo han galopado e, inevitablemente, se ha dado una circunstancia que siempre me apena un poco: han echado una carrera. E, ineludiblemente también, se ha dado el resultado de siempre, que también me apena un poco: la pequeña ha perdido. No es que no se le dé bien correr: sencillamente, tiene las piernecitas más cortas, y avanza menos veloz que su hermano. Pero veloz, como solo puede serlo una niña que corre hacia el parque.

Nos acomodamos. Yo en mi banco, con mi libro sobre las rodillas, esperando intuir el mejor momento para abrirlo; mis hijos a saltos entre los columpios y la hierba frente a mí. Ya empieza a apreciarse el tapiz del otoño sobre el suelo, antes verde. Se han traído la competición hasta aquí, y otro niño se les une. A ver quién trepa más alto esa pared. A ver quién se lanza más rápido por el tobogán. A ver quién da antes una vuelta completa. Mi niña pierde, vez tras vez. Pero ella sigue riendo, sigue jugando, sigue intentándolo y sigue disfrutando. Y yo me admiro en su capacidad para disfrutar, para persistir, para superarse. Leer artículo completo

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Cuando perdemos

Cuando perdemos

Soy la mujer sentada bajo el castaño. La que ha venido con un niño y una niña. Confieso que no suele gustarme venir al parque, pero el otoño es diferente. Me encanta envolverme en sus contrastes tranquilos. En el rojo y el gris. En el naranja y azul. En el olor a hojas secas y tierra mojada. Me transporta a algún lugar y, aunque no tengo claro a dónde, sé que es un lugar donde me siento en paz. Qué puedo decir. Nací en noviembre. Soy una hija del otoño.

Mis hijos juegan cerca, y yo me disponía a abrir un libro cuando una caricia me ha llamado por mi nombre: una hoja, en su caída libre, ha tropezado con mi pelo, para seguir luego su viaje hasta la lejana hierba, junto a mis pies. Con una sonrisa tranquila la he recogido del suelo, como quien recoge una postal del aparador en el día de su cumpleaños: un regalo previsible, pero recibido con alegría. La he sostenido por el tallo, he saboreado sus colores despacio y, al abrir mi libro para guardarla, me he percatado de que no había más hojas alrededor. He mirado hacia arriba, hacia las ramas del castaño, y las he visto plenas, aún. Llenas de vida y baile al son del viento. Yo he perdido mis ojos en sus hojas, en las naranjas y rojas, y lentamente he respirado su música. Ahí: justo ahí está mi paz.

Pero entonces un llanto, un lamento húmedo y roto, me ha bajado de las ramas. Una niña, frente a mí, llora con el alma. Llora como si no tuviera otro propósito en la vida que el de llorar. Llora y llora mucho. Llora mucho y muy sentido. Llora porque ha perdido algo. Y debía ser muy importante para ella, a juzgar por cómo llora. Leer artículo completo

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