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Que no nos callen ¡NUNCA!

que no nos callen nunca

No me puedo creer que hayan pasado ya cuatro años desde que me sucedió esta historia. Si al final de mi vida tuviera que hacer un recopilatorio de mis grandes momentos, un Greatest Hits vital, sin duda este estaría presente. Porque son esas cosas que hacemos, a veces, que nos dejan ese sabor de boca de… “Estoy cambiando el mundo“. Aún conservo la carta que me envió el Hospital.

De lo que me pasó entonces os hablé un poco, hace tiempo, en mi post ¿A cuántas mujeres violadas conoces? Hoy, os cuento la historia completa 🙂

Recupero post de mayo de 2014:

Escribo esto entre la emoción de quien siente que ha dado un gran paso y la incertidumbre de no saber por dónde empezar, así que voy a empezar por el principio y de manera clara:

El pasado mes de septiembre sufrí un abuso. Se vulneraron mis derechos como ser humano, mujer, embarazada y paciente.


Estaba en mi embarazo, mi segundo embarazo, y estaba decidida a llevarlo de un modo mucho más consciente y participativo que el primero. De forma que, de manera autónoma, localicé a través de fuentes fiables, como laOMS, la FAME y EPEN, información acerca de todas las prácticas que suelen hacerse en los hospitales, como son las exploraciones, el test de O’Sullivan (la prueba del azúcar) o el estreptococo, por ejemplo, y que se practican muchas veces bajo un imperativo cordial y rutinario y no ofreciéndolas como una opción, haciendo que en ocasiones olvidemos que TODO cuanto concierne a estos protocolos es SIEMPRE OPCIONAL


Una de las cosas que tuve claras desde el minuto cero, era que no querría exploraciones físicas, tactos, durante todo el embarazo y, si no eran estrictamente necesarias, tampoco las querría durante el parto. Lo comuniqué ya en la primera cita de control, en la que, tras completar mi historia, la tocóloga me dio una instrucción rutinaria: 

Pasa para dentro y desnúdate de cintura para abajo, que vamos a hacerte la exploración.” 
Ante mi negativa se mostró sorprendida, quizás un poco “guasona” al preguntarme “por quién están desaconsejadas las exploraciones durante el embarazo” (como si me lo hubiera recomendado alguna mística curandera que, aunque no, daría igual si así hubiera sido), pero desde luego respetó mi decisión.

En mi ciudad existen dos hospitales: uno de ellos es el hospital de Jove, donde no tienen ginecología de urgencias y es por ello que a las embarazadas que nos toca por zona ese hospital nos hacen el seguimiento hasta la semana 36 y después trasladan nuestro expediente al otro hospital, el de Cabueñes. La visita de la semana 36, el 17 de septiembre de 2013, sería mi última visita a esa consulta de tocología. 



Yo ya sabía que a esa visita correspondía la prueba del estreptococo y, al igual que en todas las demás pruebas, me informé sobre ello y decidí que sí quería conocer el resultado para, en caso de ser positiva, decidir también sobre la administración de antibiótico durante el parto. En la consulta, la tocóloga me indicó que, “en teoría”, me tocaba la prueba del estreptococo. Imagino que su particular indicación fue así porque recordaba de las consultas anteriores que yo no quería que se me practicaran exploraciones aunque, evidentemente, coger una muestra de la boca de la vagina y el ano es muy distinto a hacer una exploración. De todas formas,yo sí quería hacerme esa prueba y, mientras mi hijo mayor, de 3 años de edad, jugaba con un lápiz sentado en una silla de la consulta, yo me desvestí y me coloqué en posición de litotomía en el potro. La enfermera estaba a mi izquierda. La tocóloga vino con los dos bastones de muestras, las recogió, las guardó y, acto seguido, introdujo sus dedos en mi vagina. Me incorporé cuanto pude de un salto en el potro, al grito –y digo grito– de “¡Eh, eh! ¡Exploración no! ¡Exploración no!”, cuya respuesta por parte de la doctora fue penetrar más hondo con los dedos, reírse y contestarme: 

“Pero no te preocupes, mujer, si esto es un momento. Ya verás que rápido”. Retiró los dedos y dijo “¿Lo ves? Ya estás explorada. ¿A que no ha sido para tanto? No tienes el cuello del útero modificado.”. Dato, por cierto, que no necesitaba saber en absoluto. Sonriéndome, se dio el lujo de añadir: “Y tranquila, mujer, que no te “revolví” nada”. Aquí me permito anotar que “revolver” es el nombre que en Asturias se le da de manera ‘coloquial’ a la maniobra de Hamilton.

Mi reacción fue mirar a mi hijo, que esperaba sentado con su lápiz, mirar a la enfermera, en cuya expresión facial me pareció apreciar que se daba cuenta de la gravedad de la situación, y guardar silencio hasta llegar al coche, donde rompí a llorar.

Me sentí violada, física y moralmente. Me sentí, francamente, el mayor pedazo de mierda que pisaba la tierra.

Imagino que no hace falta que os cuente: fuera de este círculo de maternidad consciente, los comentarios al contarlo variaban de “estás exagerando” y “solo estaba haciendo su trabajo” a “cómo va a ser un abuso, si es una mujer”. Aunque, todo he de decirlo, la mayor parte de las reacciones fueron de apoyo.

Llena de rabia, me armé de documentación que avalara, ley en mano, mi sentir, como la Ley de Autonomía del Paciente, la Ley General de Sanidad, el Código Penal, la Estrategia Nacional de Salud Sexual y Reproductiva, la Iniciativa al Parto Normal y alguna cosa que seguro que me dejo. Pero, por algún motivo, no era capaz de ponerme frente al ordenador a escribir la reclamación. Así que quise concederme un final de embarazo tranquilo y así poder tener mi parto soñado, en casita, lejos de batas blancas y dedos intrusos.

Fueron pasando los meses y siempre pensaba: “lo haré la semana que viene”. Pero nunca me sentaba a escribir la reclamación. En abril tuve mucho, muchísimo trabajo, y quizá porque tenía la mente tan distraída con todo, porque entré en un frenesí de “lo voy a quitar todo de en medio cuanto antes”, de repente y sin haberlo planeado me senté a escribir la reclamación. Y entonces entendí por qué no la había escrito antes: porque me dolía recordar. Lloré y temblé mientras la escribía. Pero la escribí.

Por recomendación de un amigo enfermero, la dirigí tanto al Hospital como a la Comisión Deontológica del Colegio de Médicos de Asturias. Entregué las cartas personalmente en ambas sedes, llevándome conmigo sendascopias selladas. Esto fue hace justo un mes: escribí la reclamación un sábado 19, y las entregué el lunes 21 por la mañana.

Ayer, recibí la primera contestación: la del Hospital de Jove. Pensaba que sacarían las uñas, que lo negarían todo, que me llamarían loca… Y no. Me comunican lo siguiente:

(…) Entendemos que no existe una disculpa clara (de la tocóloga) por no haber respetado su deseo de que no se le realizaran exploraciones físicas durante su embarazo, deseo del que hay constancia escrita en su historia clínica, y que representa una circunstancia muy grave, lo que nos obliga a abrir expediente disciplinariocontra la Dra. XXXX.

(…) En este caso con respecto a usted, el daño está hecho y por ello queremos transmitirle nuestras más sinceras disculpas y compartir la razón que le atribuyen todos sus argumentos. No podemos hacer otra cosa. Lamentamos profundamente lo sucedido.

No puedo hacer menos que agradecer al Hospital su actuación y respuesta. Porque el cambio que buscamos está en todos, y es imposible logralo sin pelearlo juntos: profesionales y usuarios.

Victoria, chicas. Victoria.

Son nuestros derechos, es nuestro cuerpo. No podemos consentir que el abuso esté normalizado. No podemos consentir que nos digan que en nuestro cuerpo decide otro.

Merece la pena. Reclamad. No os calléis, por favor. Que no nos callen ¡NUNCA!

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Publicado originalmente en el blog deblame Bajito: 22 de mayo de 2014

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Carta a Ricardo González, el juez que pidió la absolución de #LaManada

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¿Pero tú que porno ves, Ricardo?

Me considero una persona razonable. En serio.

Puedo entender, aunque no lo comparta, que lo del móvil, visto y juzgado así, aislado, quede en un simple hurto.

Puedo entender, aunque no lo comparta, que se haya desestimado el delito contra la intimidad, por aquello de que existen unas formas legales que, cuando no se cumplen, hacen que por arte de magia los delitos desaparezcan. Puede que haya que cambiar las formas.

Puedo entender incluso, aunque por supuesto no lo comparta, que, con las leyes en la mano, al no ver –ustedes- la necesaria agresividad, desestimen en consecuencia la agresión, quedando esto en un simple abuso. Puede que haya que cambiar las leyes. Puede que con urgencia.

Pero sobre todo entiendo que tengas que ponerte, Ricardo, una toga bien amplia para meter esos enormes huevazos de caballo de Espartero que has de tener para pedir la absolución de estos cinco. Muy bien por decir lo que piensas, mañana te mando flores. El problema no es que lo digas: es que lo pienses. Que veas excitación sexual en una mujer de dieciocho años que está siendo víctima de una violación grupal.

Porque te recuerdo que hasta ahí sí ha llegado la sala: ha habido violación. Y en la víctima tú ves excitación. Y reconoces que no ves consentimiento, pero es que dices no ver tampoco negación, y eso te basta para defender que lo que ha hecho la manada bien hecho está. No lo ves tú, que eres juez, y espera esta idiota sociedad que lo vean ellos cinco, que son gilipollas.

En serio, Ricardo, ¿pero tú qué porno ves?

Y, por favor, ahórrate el discurso cobarde, que lo conocemos. Que dirás que tenéis las manos atadas. Que tenéis que equilibrar la balanza de esa ciega Justicia que, en una mano, sostiene una ley que se sujeta y pierde en lo que, al fin, son solo palabras y, en otra mano, el sentido común de cualquiera que tenga conciencia y dos dedos de frente. Ese que hoy nosotros, el pueblo, hacemos estallar en redes y calles.

Ese sentido común colectivo que a ti tanto parece molestarte, Ricardo. Dices que ha habido un juicio paralelo, un juicio social. ¿Y qué problema tienes, exactamente? ¿Es la Justicia tu propiedad? ¿Tu privilegio? ¿Acaso nos consideras una horda furiosa e ignorante con picas y teas? Casi pareciera que te incordia que la plebe opine, que el vulgo intervenga en los problemas que le afectan, reclamando soluciones a unos poderes que él mismo sustenta.

La Justicia, así, con mayúscula y báscula de precisión, no es tu privilegio: es tu responsabilidad. Y si no entiendes eso, no mereces llamarte juez. Porque es tu poder quien ha de ponerse al servicio de la Justicia, y no al revés.

A ti corresponde el ejercicio del poder judicial, pero el sentido de la justicia nos pertenece a todos y, si lo haces mal, te lo haremos saber.

Y esta vez tus huevos y tú, Ricardo, lo habéis hecho como el culo.

Firmado, una furiosa vulgar.

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El perfil de un monstruo

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Cada investigador de la historia –de ficción al menos-, desde Sherlock Holmes al más moderno CSI. Todos sin excepción, alguna vez, han estudiado o intentado dar con el perfil del asesino. Porque si puedes reconocer un perfil en el asesino, puedes encontrarlo. Y no sólo al que buscas, sino que, con suerte, podrás reconocer a los que vendrán después.

Yo hoy he visto el perfil de un asesino confeso. Porque por muy celosos que sean los periódicos en guardar su nombre completo, en la televisión lo han puesto para que todos pudiéramos tomárnoslo con el café. Rubén Maño Simón, el joven que dice haber matado a la chica de Chella. De ser cierto, el monstruo que sorbió la vida de una joven de quince años, después de atravesar su cuerpo contra su voluntad. Y ese monstruo, como casi todo el mundo, tiene un perfil. En Facebook.

Halloween. Brujas, fantasmas, murciélagos, calaveras y calabazas. Nada da tanto miedo como mirar a través de la ventana y ver a retales la vida de alguien que acaba de violar y matar.

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