Etiquetado como violencia cero
Relatos

Medusa malvada. Pobre Medusa

Medusa

Soy la mujer de la mesa junto a la ventana. La que ha venido con un niño y una niña.

Mi hija hoy, al fin, ha recordado traer tizas de colores para pintar en ese trozo de pizarra que decora la esquina de la zona kid friendly.

Mi hijo ha venido a sentarse a mi lado, un poco ofendido por una disputa con otro niño. Es curioso cómo a veces nos obligamos a describir de nuevo nuestro mundo para responder a sus preguntas…

Él no suele interesarse por juegos violentos. No le gusta jugar a la guerra, y el único niño que hay hoy en la zona parecía empeñado en jugar a la guerra con él, hasta que mi hijo se ha rendido –literalmente- y ha decidido venir a merendar a mi lado. “Jugar a la guerra”, qué expresión tan dolientemente propia de quienes no son conscientes de a qué están jugando.

-Además quería que yo fuera el malo, mamá, y yo no quiero ser el malo.

-Lo entiendo – le dije, intentando que el orgullo tras mi sonrisa no fuera demasiado evidente, hasta que me espetó:

-Mamá, en una guerra, ¿cómo se sabe quiénes son los buenos y quiénes son los malos?

Y se me ha caído la sonrisa. He pensado un momento, que aunque sospecho no fue largo sin duda habría deseado que fuera más corto, y al final respondí:

-¿Te cuento un secreto, Hugo? En las guerras no hay buenos y malos: todos creen que son los buenos. Lo que pasa es que la historia siempre la cuentan los que ganan. Y siempre dicen que los malos eran los otros.

Ha perdido los ojos a través del cristal, con esa mirada que he aprendido a reconocer y que delata que está buscando una metáfora en la que explicar lo que yo acabo de contarle. Así que he decidido acompañarle en el viaje:

-¿Recuerdas la peli que vimos el otro día? ¿La de Perseo?

-Sí.

-Y recuerdas a Medusa, ¿verdad? Leer artículo completo

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Relatos

Podredumbre en tu bolsa. Así empieza el maltrato

hojaroja

Soy la mujer sentada bajo el castaño. La que ha venido con un niño y una niña. No entiendo por qué, a estas alturas de este cálido otoño, tan próximo a terminar, aún me empeño en traer mi libro al parque. Nunca consigo leer más de un párrafo seguido, y casi siempre tengo que releer al llegar a casa, porque siento que me pierdo detalles. Y no vaya a ser que alguno sea importante… Aunque, pensándolo bien, ¿qué detalle no lo es?

Eso veo ahora: detalles. Los tengo frente a mí, y hace un rato que no puedo evitar sentir ese sabor amargo en la garganta. Ese que te llega desde algún recuerdo igualmente amargo, desde un pasado que, de no ser porque quizá sin él no habrías llegado a donde estás ahora, te gustaría borrar para siempre de tu diario.

No deben tener más de dieciséis años. Y los miro, y me pregunto qué arrastra cada uno de ellos en su bolsa para estar en este lugar exacto. Y no me refiero al parque, no: me refiero a esa discusión que habrá quien apostille como una riña de enamorados, pero en la que yo –es cierto- no puedo dejar de ver mi propia historia. Lo que llevo en mi propia bolsa.

Ya llegaron con aire distante. Parecía que con la determinada intención de hablar. Ella, de brazos cruzados, labios apretados y echada hacia atrás, le esquivaba la mirada. Él, separando sus rodillas y dejando caer entre ellas las manos entrelazadas, se inclinaba hacia adelante, hacia ella, queriendo conquistar –o invadir- su espacio vital. Me llamó la atención su gesto, entre enfadado y suplicante. ¿Cómo, en qué circunstancia, pueden a la vez coexistir el enfado y la súplica?

Él hablaba, ella negaba. El tono de él fue subiendo. Ella movía los ojos en cualquier dirección que estuviera lo bastante alejada de la cara que le gritaba. Él dejó de parecer suplicante, y ya parecía solo enfadado. Ella aguantaba las lágrimas. Hasta que se cansó: se levantó, dispuesta a irse, ofendida, ¿dolida?, convencida. Y la cara de él se transformó. Leer artículo completo

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Artículos

Ni frío, ni calor. (La que habéis liao, antitaurinos)

antitaurinos

 

 

Cómo son las madres, que siempre tienen ahí guardada una pregunta cargadita de mala leche, por si se acaba el tema de conversación.

Pues mi madre ayer esperó al momento perfecto y me preguntó, como quien pregunta la hora, “¿Has visto la que han liado los antitaurinos?”

Y yo hice un repaso mental express por toda la información acumulada en mi cabeza de los últimos días… ¿Manifestaciones? No. ¿Asaltos a plazas? Tampoco. ¿Agresiones? No, nada. Y entonces cruzan por mi mente en -horripilante- desfile las cadenas de televisión que ve mi madre, y los periódicos que salen en esas cadenas como incuestionables… Ay.
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