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Tú también vas a morir

pequena-tumba

No es una cuestión de que yo sea antitaurina. Yo me declaro antisufrimiento.

La vida es el único regalo que verdaderamente se nos da. A todos. Y, para mí, es sagrada. “No es un ensayo general”, que decía aquél. Así que la tenemos para vivirla en plenitud o, al menos, para intentar vivirla con la mayor plenitud que seamos capaces dentro del mundo particular que a cada uno le haya tocado vivir.

Yo soy antisufrimiento: el de los pollos que nacen y mueren sin conocer más que la jaula que los engorda, el de los animales a los que sus crías les son arrancadas nada más nacer, el del toro que cae en la arena escupiendo sangre. El del niño que enferma, el de la madre que llora, el del alma que rompe.

No entiendo amar la vida sin amar todas las vidas. No entiendo odiar el sufrimiento sin odiar todo el sufrimiento. Hasta la terrible Inquisición sabía que una persona no podía ser a un tiempo abogado y verdugo.

Y no, no te entiendo a ti, que te llaman antitaurina. Lo leo y pienso que no puede ser verdad. ¿Lo es? Te llaman antitaurina. Mereces que te llamen hija de puta. Porque no se puede amar la vida de un toro y decirle a un niño que se va a morir. Sea verdad o mentira. Porque si es la vida un árbol sagrado, la infancia es la semilla que da razón a su existencia toda. Y ese niño, dure su obra lo que dure, no merece recibir la ponzoña que sale de tu lengua de Medusa.

“Adrián, vas a morir.”

Porque ese niño ha nacido en la familia que le ha tocado, como quizás haya nacido o nacerá tu hijo. Y desde donde estoy no veo en tu hogar menos odio que en la plaza. Y no me gustaría que mis hijos crecieran bebiendo de los niños de la tauromaquia, pero tampoco que lo hicieran de los tuyos, porque no, no eres diferente a esos que tanto odias: sólo apuntas el estoque hacia otro corazón. Quítate la capucha, verdugo, que no te deja ver.

Eres una vergüenza para todos los que nos declaramos antitaurinos. Eres una vergüenza para todos los que aún atesoramos humanidad. Eres una vergüenza para los sentidos y la sensibilidad.

Eres una ofensa para todos los que pelean por la vida. No sólo los que trabajan para que sea bonita, no: para los que de verdad luchan por seguir existiendo y aportar luz un día más en este planeta que la gente como tú llena de miseria y oscuridad.

Ojalá nunca tengas que ver a la muerte aproximarse despacio hasta tu cama. Ojalá nunca tengas que pasar por una larga y dolorosa despedida. Ojalá nunca te toque comprobar si eres la mitad de fuerte que Adrián. Porque él morirá. Pero que no te quepa la menor duda, “antitaurina”, de que tú, que tanto dices amar la vida, tú también vas a morir.

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