Artículos, Relatos

Una historia de casualidades

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Hace muchos años, a finales de una primavera calurosa, en la cuadra de una casa cualquiera, en un pueblo asturiano cualquiera, una pastora mestiza, quizás un poco mastina, parió un buen puñado de cachorros de padre desconocido, aunque a juzgar por las orejas de los cachorros, debía ser algún cazador. En aquel pueblo mucha gente cazaba. El dueño de aquella cuadra, donde aquella mestiza había parido, no era cazador: era ganadero, y aquél montón de perritos aullantes eran un incordio.

Pasado un mes, y ante los probablemente atónitos ojos de la pobre mestiza recién parida, aquel hombre había conseguido deshacerse de casi todos los cachorros. Quedaba una, canija y feucha si se la comparaba con sus hermanos, que nadie había querido. No tenía pinta de ir a ser muy grande, era nerviosa, incontrolable y asustadiza. No tenía pinta de servir para nada. Y en la práctica vida de aquel paraíso rural de un monte cualquiera de Asturias, si un animal no sirve para nada, molesta. No hay más. “La gallina que no pone, para caldo antes de que sea vieja”.

Un domingo (bueno, en realidad no lo sé, pero yo me lo imagino en domingo), cuando empezaba ya a notarse cómo el verano doblaba la esquina, y el sol de mediodía calentaba los caminos, un ciclista pasó levantando polvo junto a la cuadra, con la mala suerte de que una cachorra, canija y feucha, le salió al paso y el ciclista, girando el manillar para no atropellarla, cayó al suelo. La cachorra huyó llorando, lo que alertó al ganadero, que apareció, palo en mano, a darle un buen par de palos a la cachorra, “por escandalosa”. El ciclista, alucinado con la escena, preguntó si le pasaba algo a aquella perra.

– ¡Que no vale pa’ na! Pero no te preocupes que luego pa’ cuando des la vuelta ya no está aquí, porque na’más termine de comer la quito de en medio.

¿Hablaba en serio? ¿Acababa aquel hombre de decirle que iba a matar a la cachorra?

La situación terminó con que, después de hablar un rato, el ciclista se llevó a aquella perra, de un mes, canija y feucha, metida en su chaqueta. No sé si la pobre mestiza tuvo ocasión de despedirse de su último bebé.

El ciclista, que vivía en Oviedo y tenía dos trabajos (uno por cuenta ajena y otro en el negocio familiar), se llevó a la cachorra a su casa siendo consciente de que no podía quedársela, porque no disponía del tiempo que él consideraba que un perro necesita para estar bien cuidado. Pero, al menos, la había librado de morir aquella misma tarde siendo lanzada al río dentro de una bolsa (método muy típico en algunas zonas, al parecer). Ahora “solo” tenía que buscarle un hogar.

Un par de semanas después, casualmente, una amiga del ciclista se enteró de esto y, a su vez, le contó a otra amiga que buscaban con urgencia un hogar de acogida para esta cachorra, que estaba pasando catorce horas diarias sola, en un apartamento diminuto. Así que la amiga de la amiga del ciclista, que acababa de irse (con su propio perro) a vivir con su novio hacía tres meses, le contó a su novio la situación, y decidieron acogerla temporalmente, hasta que apareciera un hogar que la quisiera.

La perra, sobra decirlo, nunca más se fue. La llamaron Circe.

Circe nunca fue una “gran perra”. Cuando la llevaron a casa tenía un millón de miedos, lloraba, se tiraba al suelo, chillaba… Para hacer pis se iba lejos, lejísimos donde no la pudieras ver y, si no, no hacía nada (y lo hacía en la escalera o en casa, al volver). Le asustaba cualquier ruido. Cualquier cosa fuera de sitio. Un coche aparcado en el camino. Todo le daba miedo al nivel del pánico. Era incontrolable. Entonces aquella pareja novata buscó ayuda en un buen etólogo, trabajaron con disciplina durante unos meses y Circe, aunque no superó del todo todos sus miedos, ya pudo vivir en sociedad y ser feliz.

Con ellos conoció lo que es un hogar estable, tener una familia, ver llegar e irse cachorros perrunos y gatunos, ver llegar para quedarse a dos -casi tres- cachorros humanos. Conoció lo que es viajar, el campo, el sol, escarbar en la arena, correr por el mar. También conoció lo que es que se enfade contigo alguien que te quiere, y así pudo saber que no todo el mundo se enfada igual.

Tranquila, solitaria y gruñona. No suele interactuar más allá de olerte o apoyar su cabeza en tu pierna, pidiendo una caricia. No juega si no es a buscar palos o bolas de eucalipto, que es su juego favorito. No le pidas que juegue con los niños: no le va demasiado jugar con niños, aunque sí le gusta que la acaricien. Aún le asustan las tormentas y los voladores, y se mete bajo la cama los días de mucho viento. No, Circe no ha sido una “gran perra”, pero ha sido nuestra perra durante más de once años. Nuestra compañera. Nos ha querido, lo sabemos, como no ha querido a nadie, y la hemos querido como nadie la quiso tampoco.

Tú, hombre de la cuadra, ibas a matarla. Nosotros le dimos un hogar.

Y pienso todo esto porque ahora la tengo aquí, echada junto a mí, cuando la enfermedad ya ha hecho mella en ella. Cuando sabemos que no responde a la medicación y hemos tenido que tomar la última decisión. La miro junto a mí y se me pone un nudo en la garganta al pensar que mañana, a estas horas, cuando mire no estará.

Así que sí: quiero pensar en todo esto, porque lo necesito. Me hace falta pensar que una perrita, canija, feucha y loca, a la que nadie quería y que iba a morir una tarde de domingo, acabó por casualidad en mi casa, y vivió once años siendo parte de una familia. De MI familia. Porque así, pensando eso, me dolerá un poquito menos. Algún día. Aunque hoy no.

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