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Vi caer las bombas

Vi caer las bombas 700x400

Unos amigos vinieron a pasar la tarde a casa. Tienen dos niños que se llevan fenomenal con nuestros hijos. Pasaron una tarde maravillosa, jugando felices, corriendo de aquí para allá y llenando la casa de alegría y tantos colores como juguetes guardábamos en el arcón. Mis amigos y yo nos tomamos unos vinos (¡hacía tanto que no bebía vino!) mientras los niños jugaban. La tele estaba encendida, pero nadie hacía caso: hablamos y reímos y contamos historias y bebimos más vino… Y antes de que nos diéramos cuenta había oscurecido, así que pensamos que podían quedarse a cenar y así prolongábamos un poco la velada. Daba pena separar a los niños… Y nosotros lo estábamos pasando tan bien… Ojalá mi marido estuviera en casa, pero le había tocado trabajar.

Con mi copa de vino blanco en la mano, me acerqué al armario del salón, junto a la ventana, a buscar algo para ir preparando la mesa. Tenía las cortinas abiertas de par en par, y desde mi salón, en el último piso del edificio, teníamos una panorámica embriagadora: a la izquierda, la montaña; a la derecha, el mar; de frente, se abría la ciudad, dirección al centro. Envuelta en la seda azul y plata de las estrellas y el mar, la ciudad desprendía magia. El armario era de madera oscura con tallas barrocas y enormes y redondos tiradores plateados. Absolutamente horrendo, nunca entenderé qué hacía en mi salón. Me quedé mirando uno de los tiradores.  “Por dios –pensé-, espero que nadie se fije en estas cosas tan feas”. Entonces, en el cromado plateado de aquel feísimo tirador, vi un punto, blanco, pequeño, que se movía. No sé si fue un segundo, dos, o quizá sólo fuera una milésima, pero tardé en darme cuenta de que era un reflejo de algo que se movía fuera. Posé la copa despreocupadamente en el mueble y miré hacia la ventana.

Entonces vi la luz.

¿Era una estrella fugaz?

Llamé a mis amigos.

-¡Ey! ¡Venid a ver! ¿Eso es una estrella?

-¡Sí! ¡Qué pasada!

Las sonrisas fueron desdibujándose en nuestras caras…

-¿No es muy grande?

-¿No va demasiado rápido?

…Conforme crecía la duda.

-Creo que no es…

-¡Joder, no es una estrella! ¡¡Está sobre la ciudad!!

Y entonces ocurrió.

El tiempo se paró en el instante en que la luz tocó el edificio más alto, frente al mar. Nosotros, con los ojos desencajados y la incredulidad enmarañada en la cara, contuvimos la respiración. Aún no entendíamos qué acabábamos de ver, cuando vimos el edificio arder en llamas. El mar se tiñó de fuego. Distinguíamos claramente las ventanas de los pisos superiores, y veíamos siluetas negras moverse rápido, de un lado a otro, desesperadas. Vimos niños. Como los nuestros. Algunos cristales se rompieron. Algunas personas saltaron. Nosotros seguíamos sin respirar. Seguíamos sin entender.

-¿Quizás era un meteorito?

Los niños entraron corriendo en el salón. Los miramos. Uno de ellos, no sé cuál, señaló hacia afuera y preguntó:

-¿Qué es eso?

Volvimos a mirar a través de la ventana.

Y vimos la segunda luz.

Cayó en el centro de la ciudad, justo frente a nosotros. Fue peor que la anterior. Nuestros cristales temblaron. La ciudad, mi ciudad, nuestro hogar, ya no vestía de plata y azul. Todo el centro despareció bajo un resplandor anaranjado. Como consumiéndose en un amanecer apocalíptico. Nuestro hogar, simplemente, dejó de ser.

Entonces entendimos. Y no pudimos respirar aún.

La guerra nos había alcanzado.

Vimos en la calle olas de gente que corría sin rumbo, huyendo no se sabe a dónde. Corrían porque no podían hacer otra cosa. Sólo correr. Empezaron a caer bombas de gas sobre ellos, por todas partes. Nunca había sentido, al otro lado de mi ventana, tanta oscuridad. El pánico se hizo rey. Algunas personas quedaban atrapadas en la estampida, aplastadas bajo los pies y el terror de los demás. De pronto se volvió nítida en mis oídos la voz de la presentadora de noticias. “…utilizando bombas de humo para desviar a las masas hacia puntos concretos”. ¿Quién? ¿Por qué? ¿Es una trampa?

Mis amigos cogieron a sus hijos.

-¡Vamos, vamos! ¡Hay que irse!

Los miré aterrada.

-¿A dónde? – les pregunté.

-¡A donde sea!

Y se fueron corriendo.

Mis hijos se acercaron a mí y se abrazaron a mis piernas. No entendían, pero sabían.

-¿Qué pasa, mamá?

Y no pude responder. Porque sólo podía pensar en una cosa. “Vamos a morir”.

Pero yo no quería que mis hijos murieran. Esto no podía estar pasando… Yo sólo estaba bebiendo vino… Ojalá mi marido estuviera conmigo. Dios mío, mi marido… No sabía si volvería a verlo… En la calle, bajo mi ventana, por toda la ciudad, la gente gritaba. En la calle, bajo mi ventana, por toda la ciudad, la gente moría. Intenté pensar qué hacer. Fuera había fuego, había humo, había oscuridad. Cientos de personas corrían sin sentido. Algunos morían aplastados. Era peligroso, nuestro hogar era seguro. ¿Caerían más bombas? Si una bomba caía en mi edificio seríamos los primeros en morir. No, no era seguro. Mis hijos estaban en pijama, y ni siquiera sabía si disponía de tiempo para ponerles un abrigo. Teníamos que  huir, no sabía a dónde, pero teníamos que huir y no podíamos llevar nada con nosotros… Hiciera lo que hiciera, nuestra vida terminaba aquí.

Quise repasar mentalmente todo nuestro entorno, intentando visualizar algún lugar seguro, pero no se me ocurría ningún rincón, ni un solo escondite, que pudiera escapar de las bombas, del miedo, del horror. Me senté en el suelo, con la espalda contra la pared, y apreté a mis hijos contra mí. Tenía que tomar una decisión, pero el miedo me bloqueaba. Los abracé con tanta fuerza como si pudiera blindar sus vidas con mis brazos.  Fuera, oí otra explosión. Mi edificio tembló. La copa cayó al suelo y estalló en mil pedazos. Los cristales alcanzaron mis pies. Yo agaché la cabeza y lloré.

Cerré los ojos con fuerza.

“Vamos a morir.”

Abrí los ojos y me sequé las lágrimas. Me temblaba la garganta. En realidad, me temblaba todo el cuerpo. Me costó trabajo tragar saliva. Tenía sed. Di un trago de agua del botellín de la mesita. Fui a la cocina y preparé café.

Mi hijo mayor apareció al poco tras de mí. “Mamá, me duele la garganta”, me dijo, triste. Le di un beso en la frente y le preparé un cacao calentito.

Oí los pasos de mi hija pequeña correr hacia el salón y subirse de un salto en el sofá. “Mami, tengo frío”, me dijo, mimosa. Le di una manta del cajón. Su favorita, la de colores.

El sol iluminaba la estancia como la mirada de una madre, pero hacía frío aún.

Hice unas tostadas de pan con mantequilla para todos. Me senté en el sofá a desayunar con ellos. Aspiré el aroma de mi café, y saboreé despacio el primer sorbo. Miré a mis hijos desayunar. Se hacían muecas y se reían.

Qué delicia… La luz, el cacao, la manta, el sofá, el café, la mantequilla. Las risas. La vida. Nuestra vida. No había acabado.

Lloré. De alivio. De felicidad. Qué sé yo. Lloré.

Había sido una pesadilla. Me persigue el pensamiento de que de esa pesadilla hay quien no llega a despertar. De que, en algún lugar, una madre quedó atrapada con sus hijos bajo esa ventana. De que, en alguna parte, unos hijos le dicen a su madre que tienen dolor y frío, y ella no puede hacer nada.

Di otro sorbito lento al café y cogí el móvil, a ver qué se cocía. El gilipollas de turno había dicho la gilipollez de turno en la televisión. Internet ardía. La gente estaba indignada.

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