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No hay gatos muertos en los barrios del este.

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A veces me pregunto si sucederá en todas las ciudades del mundo; si en todas partes los barrios del oeste los conformamos los proletarios, la morralla, los desahuciados de la suerte cuando esta tiene cara de moneda.

No cerré los ojos por no estamparme contra una pared, pero habría sido un viaje alucinante. Tal vez lo que me activó el sentido fue el olor a guiso. El aroma inconfundible de una cebolla pochada en aceite con ajo y lo que, seguramente, sería carne de cerdo para estofar. Pero de pronto, en la calle oscura, un portal recién fregado me aporreó con un tremendo olor a detergente y agua sucia. Después, contenedores. Y habría apostado a que en el interior de alguno de ellos —ninguno de orgánico— había pescado podrido. De pronto el aire se cargó y adquirió un olor a desván, como si hubieran sacado a la calle un sillón carcomido a partes iguales por el polvo, el tiempo y la humedad. Un sillón que ya no estaba ahí. Más detergente, el mismo del portal anterior, la misma limpiadora —¿tal vez limpiador?—, probablemente. Eso explicaría por qué el detergente no huele a limpio, sino a agua reutilizada, pero eso no es asunto mío. Las calles del centro huelen a perfume, café, bollería y jamón de bodega. Los barrios del este huelen a salitre y hierba recién cortada. Ni rastro de todo eso aquí.

Pensé que, tal vez, era una suerte que la calle fuera oscura. Los aleros enfrentados de los tejados de ambos lados estaban tan insultantemente cerca que era del todo imposible que el sol acertara a llegar allí, más que proyectado, de rebote, por los ladrillos y las ventanas. Y tal vez fuera una suerte porque no eran pocos los charcos de pis que habrían aportado mucho a aquel conjunto, de haber estado expuestos al sol.

Entonces, un poco más allá, al dar la esquina lo vi otra vez. A pleno sol, en medio de la carretera. Y con ese iban ya ocho días seguidos. Lo que hacía dos domingos era un pobre gato que acababa de morir arrollado, ese lunes era poco más que papel de fumar sobre el asfalto, agotado por el sol y las rodadas incesantes. ¿Dónde coño están sus huesos?

Pobre gato: le tocó vivir en el lado oeste. Another West Side Story. Y se evaporó al sol. En el este no hay gatos muertos.

A veces me pregunto si será así en todas las ciudades del mundo: si la pobreza se lleva al lado oeste, para que hasta la luz del sol nos llegue de segunda mano. El privilegio del día recién estrenado es para quienes huelen el salitre al despertar.

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