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Hola, papá

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Hola, papá.

 

Creía que este año ya no. Que ya no había carta. No me sentía inspirada. No quería contarte nada. Imaginé que había cerrado un ciclo y que no necesitaba seguir despidiéndome de ti de esa extraña manera en la que, cada año, te escribo una carta de despedida, o tal vez solo de buenas noches. Porque hace un mes se cumplieron ya cuatro años. ¿Te lo puedes creer?

Supuse que, quizás, finalmente el dolor había desaparecido, o que me había acostumbrado a convivir con él y con el vacío tras de ti. Que había, al fin, asumido que no estás. Así que no. Nada de carta esta vez.

Pero sucedió que, el otro día, iba a buscar a los niños al colegio, e iba conduciendo, y de pronto me encontré a solas con mis pensamientos y, sin más me vine abajo, y empecé a llorar. Y me di cuenta entonces de que a lo mejor no te escribía, no porque ya no hubiera dolor o porque hubiera al fin aprendido a convivir con él, sino porque he aprendido a fingir que no está, y no quería escribirte una carta para no tener que mirarlo a la cara. Pero ya ves: si no lo dejo salir, él viene por su cuenta a por mí. Así que aquí estoy. Mostrándole mis respetos. Al dolor. A la muerte. A ti. Yo qué sé.
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Querida yo de hace ocho años. Ocho exactamente.

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Me sentía bastante mal por llegar un par de días tarde a nuestra cita, hasta que leí la carta de la yo del año pasado, que te escribió dos semanas tarde. Menuda pava, no se toma nada en serio. Es un desastre. No como tú y yo, que somos…

En fin, no me digas nada. Es que no llego, de verdad que no. Estoy rebasada por todos los ángulos y antes de terminar un proyecto ya estoy metida en uno nuevo. Creo que todo empezó después de ti, ¿sabes? Siempre estoy diciendo que «cuando acabe esto ya tendré más tiempo», pero eso nunca llega porque, cuando acabo esto, pues ya tengo algo nuevo que me come. Y es una putada, porque lo disfruto mucho, pero siento que me estoy perdiendo cosas. Y no me gusta perderme lo que me estoy perdiendo. Y esto es culpa tuya, eres tú la que me reprocha desde ahí, desde esa nube de oxitocina que huele a bebé recién estrenado (pero «bebé recién estrenado» del que te gusta a ti, del que huele a sangre y caramelo, no del que huele a Nenuco) y se enfurece conmigo porque parece que estoy olvidando qué es lo más importante. DÉJAME EN PAZ, ¿VALE? Lo hago lo mejor que puedo, joder. De verdad, que lo doy todo. Pero es que no llego, hostia, y creo que no me merezco que me castigues tú también. Leer artículo completo

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Dos mujeres

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Ayer, en la playa, dos mujeres llamaron mi atención. Tenían en común que (estoy bastante segura) ambas tenían ya cumplidos los setenta.
 
No iban juntas. De hecho, creo que ni siquiera llegaron a estar cerca.
 

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Si hoy me dijeran que tengo cáncer

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Si hoy me dijeran que tengo cáncer, os abrazaría muy fuerte.
Os diría que os quiero, con una profundidad que supera el espacio que ocupa mi cuerpo. Y os lo diría cada día. Seguramente varias veces. Y lo pensaría cada vez que os mirara callada mientras jugáis.

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Personas de colores

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A mi hija le digo siempre que en el mundo hay dos tipos de personas:

Hay personas brillantes que están hechas de colores, y que lo llenan todo de luz y magia. Como ella.

Y hay personas grises y oscuras. Leer artículo completo

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Váyase usté a la mierda

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Se viene desahogo tocho.

Y desahogo aquí porque o desahogo en alguna parte o empezaré a gritarle a la gente a la cara por la calle. Que, por otra parte, igual es lo que tenía que haber hecho hoy. Pero el cabrón fue rápido y yo tuve que elegir entre mandarlo a él a la mierda o atender a mi bebé. Os cuento:

Ayer leía a Madre Reciente que escribió, tan acertadamente como siempre hace ella, sobre la gente que juzga cuando las cosas no son evidentes. Y cómo esa gente interviene causando más mal que bien. A veces con toda la intención de hacer daño. A veces con ¿intención de hacer bien? Supongo que en general no se paran mucho a pensar qué coño están haciendo.

Pues, oye, como si hubiera sido providencial, yo hoy he hecho pleno. Leer artículo completo

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¿Os he contado que un toro intentó atacarme?

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Antes de empezar, disclaimer: esto que veis en la foto no es un toro: es una vaca. Es una foto de uso gratuito de internet. No puedo poneros una foto del ganado protagonista porque no tengo permiso del ganadero para hacerle una foto y subirla en internet para contaros ESTO QUE OS TENGO QUE CONTAR.
Empezamos:
Como no veo claro ni cercano el momento de poder volver al gimnasio, he empezado a entrenar en casa. Llevo un par de semanas entrenando casi a diario. Salgo a correr por mi zona (que es rural), o hago en casa bodypump o bodycombat.
Pues el otro día salí a correr. Sábado por la mañana, había madrugado, estaba pletórica y hacía sol, digo «voy a salir a correr». Me pongo el Spotify y voy andando un ratín «pa calentar» con una de Orozco. Todo bien. Cinco minutitos a buena marcha. Empieza Pereza y yo toda feliz ya echo a correr carretera arriba 🎶PIENSO EN AQUELLA TARDE CUANDOOOO🎶 Voy por mi «circuito» de siempre, por el que he pasado ya un montón de veces. Paso saludando a las vaquitas lecheras de Senén 🎶ME ARREPENTÍ DE🎶
– ¡Hola, preciosa!
(Saludé a una vaquita lechera que se acercó a saludar). Sigo corriendo 🎶DARÍA TODO LO DARÍA POR ESTAR CONTIGO🎶 Llego al primer desdoble del camino y giro, como siempre, a la derecha. Y me meto por una carretera que bordea un prao donde siempre hay vaquitas de las roxas, de las marrones, de una ganadería de carne que hay por aquí cerca que ya me tienen que tener más que vista. 🎶YO PIENSO EN AQUELLA TARDE CUANDO🎶
Y de pronto.
Stop.
HORROR.
¡¡ESTAMPIDA!!
Las vacas roxas (cinco o seis, había) se encabritan y huyen de mí en tropel. Solo una cabeza sobresale entre ellas, corriendo en dirección a mi persona.
¡ME CAGO EN LA PUTA QUE ME ATACA EL TORO!
(Vale, no le vi bien la cara ni tampoco la trasera porque estaba enterrado en un montón de vacas asustadas, puede que fuera una vaca grande, pero estoy casi segura de que era un toro).
El toro que me enfila y viene a por mí de frente. Yo que ya me había quedado tiesa como un palo cuando vi a las vacas asustarse por aquello de no empeorar la situación, y veo al toro que de frente a por mi persona. Llega al pastor (el alambre electrificado que rodea el prao), frena en seco (porque sabe que eso hace daño), se encabrita cuan caballo de guerra en gloriosa estatua ecuestre, gira sobre sí mismo y se dirige DIRECTO a una esquina del prao donde hay un montón de maleza y por lo visto NO HAY PASTOR Y EL TORO LO SABE. Y empieza a embestir en la maleza y veo que asoma la cabeza entre el mato y empieza a salir a la carretera.
A todo esto las vacas patas pa qué os quiero y en la otra punta del prao y Pereza en el Spotify 🎶PIENSO EN AQUELLA TARDEEEE🎶
Yo empiezo a entrar en modo panic y digo «pues ya está, me voy a subir aquí a este murito que tengo a la izquierda» y me subo de un saltito porque seguro que esos 25 cm. de altura que tiene el muro mierda me protegen DE UN PUTO TORO. Y me escondo detrás de una zarza para que el toro no me vea. Y lo veo que en vez de volver a meterse pa dentro sigue embistiendo y que ya ha sacado el cuerpo hasta casi las patas delanteras. Y pienso «me voy, me voy cagando hostias antes de que termine de salir». Y me bajo de mi fortaleza tamaño folio y desando el poquito de esa carretera, y cuando estoy llegando al camino por el que había subido veo que el toro termina de salir por completo y que está en la carretera girando a un lado y a otro, como pa ver si me ve o yo qué sé. Pero yo, ágil, ME ESCONDÍ DETRÁS DE UN PALO (era un palo de hormigón muy gordo, vale?) y veo que no me ve y que decide irse pal otro lao, y todas las vacas saliendo detrás de él, y en ese momento yo aprovecho y salgo por patas. Que yo iba corriendo y creo que ya estaba sonando Calle 13 y me veo mientras corro pensando «¿Las vacas saben saltar?» y «¿Si me alcanzan aquí, qué hago? ¿Me subo a ese carro o me escondo debajo?».
Que vamos, salí a correr y ya os digo yo que corrí, pero que corrí que no paré hasta llegar al portal con el estómago en la boca.
Luego me puse a hacer algo en casa y la perra, pues como es sordociega y tiene el camino del salón automatizado pues no se dio cuenta de que yo estaba en medio haciendo abdominales hasta que me estaba pisando el estómago, el perro se sacudió las babas sobre mi cara mientras hacía pectorales y sin querer posé una mancuerna encima de los restos de un pastel de chocolate QUE NO ME HABÍA COMIDO YO. Y yo no sé a vosotras pero a mí este tipo de cosas no me pasan si estoy sentada en el sofá viendo Netflix.
Y por lo demás el finde pues normal. A ver si aprovecho a lavar los edredones ahora que hace sol.
Sed felices.
Y no corráis que correr es de cobardes.
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Foto de Ave Calvar Martinez en Pexels
Nota: No culpo de nada al toro ni a las vacas, seguro que algo hice para asustarlos. Tengo claro que fui yo.
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El paso que separa un mundo hostil de un mundo amable

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Iba a entrar con mi hija en la panadería y un chico, que parecía tener mucho menos de lo mínimo, en la puerta pedía 10 céntimos que le faltaban para poder comprar un café y un donut. Le dije que lo sentía, que no llevaba efectivo (nunca lo llevo), pero que yo le invitaba a desayunar. Pagué con mi tarjeta nuestro pan y el euro cincuenta de su desayuno. Y cuando mi hija me preguntó por qué lo había hecho le dije: «Porque puedo».
Os voy a contar una historia. Ocurrió hace veinte años.
¿Sabéis cuando dicen que, con el tiempo, solo te arrepientes de las cosas que no has hecho? Pues debe ser verdad.
Era una tarde de viernes. Hacía poco tiempo que me había venido a vivir a Gijón y aún conservaba mi trabajo de los fines de semana, de camarera, en el pueblo.
En la antigua estación acababan de poner las máquinas expendedoras de billetes. Aún había una ventanilla operativa, pero solo para trenes de largo recorrido: los de cercanías había que comprarlos en la máquina.
Recuerdo cuando entré en la estación, a todo correr porque iba a perder el tren (y solo había uno cada hora) y la vi, al fondo, con cara de no entender aquel maldito trasto y el gesto arrugado en una mezcla de impotencia y desamparo. Ese gesto en el que te parece reconocer el fugaz pensamiento de que el mundo es un lugar que ya no piensa en ti y al que no le importa que tú no puedas comprenderlo a él. Un lugar hostil.
Según yo me acercaba a la máquina vi cómo iba a pedir ayuda a la única chica de la ventanilla, y mientras sacaba mi billete vi de refilón cómo la chica de la ventanilla le explicaba que no podía ayudarla y que tenía que sacar el billete en la máquina. Aquella mujer y su expresión triste volvieron a la máquina. Yo quería ayudarla a sacar su billete. Pero mi tren se iba. Y yo tenía que ir a trabajar. Y me fui.
Me quedé atenta mirando por la ventanilla. El tren, finalmente, echó a andar. Y a ella no la vi subir.
Recuerdo de manera absolutamente nítida, como si ahora mismo la tuviera delante, su chaqueta roja, su bolso pequeño, su falda recta, sus zapatos planos. Su pelo corto, sus pendientes de falsas perlas. Tendría unos setenta años. Y ¿sabéis una cosa? Solo era un trabajo. Solo era otra tarde. Veinte años después, aquel bar no me importa. Pero me pesa como una enorme piedra en la nuca haber dejado allí a aquella mujer, en aquel mundo hostil. El que se negaba a facilitarle un billete para el tren.
A veces podemos dar ese paso. Yo lo doy siempre que puedo desde la mujer de la estación. Lo que marca la diferencia entre un mundo amable y uno hostil no es el billete, ni el café: es la gente. Es que haya alguien, quien sea, aunque solo sea una persona, dispuesta a ayudarte con tu billete o tu café.
Feliz tarde de jueves, gente. Procurad ser amables 🙂
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Foto de Ekrulila en Pexels
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Relatos, Sin categoría

Superpoderes

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Qué razón tenía el tío Ben.
Yo tengo un calendario ‘así de la manera’ para los almuerzos de los peques, y el primer día de clase tras las vacaciones de Navidad «tocaba» (y ellos se lo esperaban) queso y espetec. Pero pensé que meterles por sorpresa un bocadillo de chocolate, que tanto les gusta a ambos, sería un bonito detalle para animarles la vuelta al cole. A veces les meto notas también, con el almuerzo, que les gustan casi tanto como el chocolate, así que les metí estas dos tonterías junto al bocadillo. Y entonces pasó algo:

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Sobre encierros

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– Aproveché a preguntarle por Amparito, que hace tanto que no la veo. ¡Ay, Amparito! ¿Sabes que tu tío le salvó la vida?
 
– Mamá, no sé quién es Amparito.
 
– Pues tu tío le salvó la vida, porque ella se colgó. Se suicidó. Bueno, no se suicidó porque no se mató, porque apareció tu tío, en gloria esté. Ella se colgó ahí en la cuadra aquella que tenían en lo alto la cuesta, y en esto que pasó tu tío y la vio, ya morada y con la lengua fuera, pero todavía respiraba. Y fue para allá y la levantó por las piernas y empezó a gritar, hasta que llegaron a ayudarlo y entre todos la bajaron. Si no es por ellos, ahí mismo se hubiera matao.

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