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El beso de buenas noches

tu no lo sabes

Tú no lo sabes, pero yo lo hago cada noche:

Cuando te duermes, te miro, sonrío y te beso la frente. Pero no es un beso cualquiera. Cierro los ojos, poso despacito mis labios en tu sien y espero a sentir el calor de tu sangre en mi piel. Y entonces ya no estamos en nuestra habitación. En ese momento, tú y yo estamos en el Universo. Leer artículo completo

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Te quiero, te quiero, te quiero

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A veces te miro cuando no me ves y me pregunto qué es. Qué tienes para tenerme, después de tantos años, tan colgada de ti. No sé si es tu espalda, tu pelo, tus ojos increíbles. No sé si son tus brazos o lo mucho que me gusta esconderme en ellos. No sé si son tus manos o cómo me acaricias. No sé si es tu voz o las cosas que me dices cuando no me dices nada. No sé qué es, pero me vuelves loca. Y no me canso de mirarte, y mirarte, y mirarte.

A veces te agarro la cara y te beso como si mi único propósito en la vida fuera comerte la boca. Y a veces te beso, como sin querer, en el cuello mientras cocinas, y el calor de tu piel me rebosa en los labios y pareciera que te estoy besando el alma. Y tú no te enteras de que te beso el alma, porque estás pelando cebollas. Que así te comieras tres kilos, jamás me cansaría de besarte, y besarte, y besarte. Leer artículo completo

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El Tiempo y los Árboles

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-Mamá, ¿los árboles se mueven hacia atrás?

-No, cariño. Los árboles están quietos, somos nosotros los que nos movemos hacia adelante.

 

El tiempo funciona igual. Nos parece que el tiempo pasa, porque lo miramos a través de un pequeño cristal y no vemos más allá. Pero el tiempo no pasa. El tiempo es como esos árboles, permanece inmóvil: somos nosotros los que avanzamos. Es la vida la que va quedando atrás.

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Él no era un maltratador

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Yo tenía diecinueve años cuando me busqué mi primer piso. A mi novio, con quien llevaba saliendo un año, no le gustó la idea de que yo me fuera a vivir sola. No le preocupaba que me sintiera desprotegida, o que me pudiera pasar algo, o que tomara aquella decisión empujada por unas circunstancias que escapaban a mi control: le enfadaba que yo tuviera un picadero y vía libre para meter a cualquiera en mi casa. En menos de una semana se había hecho, sin mi permiso, una copia de las llaves de mi apartamento. En menos de un mes, sin preguntarme, se había instalado a vivir conmigo. Lo recibí con los brazos abiertos y un gigantesco saco de comprensión. En su casa la situación era insostenible. Él no era un maltratador.

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ESOS higos…

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Había higueras en el patio de mi colegio…

Puede que un niño “no sepa muchas cosas” pero, las cosas que un niño sabe, son verdades absolutas. Incuestionables. Yo sabía que a mi madre le gustaban los higos. Así que en cuanto los sanjuaninos empezaban a asomar, ahí iba yo: apañando higos por el patio, de árbol en árbol, recogiéndolos en mi mandilón para llevárselos a mi madre.

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Por si mañana no estoy…

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Hijo, ¿sabes qué es el amor?

El amor es energía, cariño. Igual que la luz. La luz existe siempre, incluso cuando está apagada. Incluso cuando estamos a oscuras, la luz sigue existiendo en el universo.

El amor es igual.

Y mamá te quiere tanto, hijo, es tan, tan grande el amor que mamá siente por ti, que todo ese amor está en todas partes y llena el universo entero. Mira, si estiras así los brazos y los llevas hacia ti, puedes recogerlo en el aire y abrazarte con el amor de mamá.

El amor de mamá es como la luz, hijo: existe siempre. Siempre está ahí. Incluso cuando no me puedes ver.

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Original para Facebook. 08/01/2016

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Hijas de Lilith. Así nació mi reina de las hadas

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Hija, aprenderás muchas cosas con el tiempo. Aprenderás que el cielo está arriba y el suelo abajo. Aprenderás que las estrellas están mucho más lejos que la luna y que la vaca –pobre vaca-, al final, no puede saltar sobre ella. Aprenderás a caminar y a dejar que tus pasos te lleven lejos. Espero que también aprendas a dejar que sean tus deseos, y los de nadie más, los que guíen esos pasos. Y un día aprenderás, también, que tu madre es profundamente imperfecta. Que quiero estar mona, pero odio maquillarme. Que me encanta leer, pero nunca tengo tiempo. Que las canas, en realidad, no me quedan tan elegantes como creo. Que soy desordenada y caótica. Y que siempre tengo un “lo hago mañana sin falta” entre manos. Pero el relato de cómo llegaste al mundo, mi amor, ahora que faltan poquito más de veinticuatro horas para llegar a tu primer mes de vida entre mis brazos, ya no puede esperar otro mañana más. Lo compartiré con quien quiera leerlo… Pero te lo escribo a ti:

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Querida Yo de hace tres años (exactamente tres)

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Madre mía, Jessica. Si te cuento el último año, pensarás que te estoy mintiendo. No te lo puedes imaginar…

Dentro de unos días, tu mayor cumplirá seis años. ¿Recuerdas cuando fuiste a buscar la tarjeta de aparcamiento y te la dieron con caducidad para cinco años? Pensaste “cuando esto caduque, él ya tendrá seis años”. Te parecía tan lejano… Y fíjate, tú no estás a medio camino y yo ya estoy aquí.

Él nació para revolverte la vida y el interior. Para abrirte un camino hacia ti misma y conocerte como nunca te habías conocido. Como nunca te habías ni imaginado.

Y Ella… Ay, Ella. Si tu primer hijo vino para mostrarte el camino, tu ninfa salvaje vendrá para darte una patada en el culo y  obligarte a caminar.

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Despertar

despertar

                        Me desperté aquella mañana con el ceño fruncido. No recordaba bien qué había soñado, pero tenía una sensación desagradable. Como si hubiera pasado la noche discutiendo con alguien. Miré a mi izquierda y allí estaba él, como siempre, aún dormido y sabía que pasaría un buen rato antes de que se despertara. Y a mí me tocaba, como siempre, hacer el café y sacar de paseo a los perros. Me arrastré torpe por la penumbra de la habitación y el pasillo y en la cocina vi la lluvia a través de la ventana. Genial. Tendría que mojarme mientras él aún soñaba calentito.

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