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Querida Yo de hace seis años (exactamente seis)

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Mira, antes de que se me olvide: dentro de tres días vas a darle a tu bebé su primer baño. Así, contigo, abrazaditas y tranquilas. No le eches jabón, ni siquiera ese poquito que es apenas un guisante en tu dedo, porque estropeará ese olor tan increíble que ahora tiene y que tan loca te trae. Fíjate: seis años y yo aún me arrepiento de haberlo puesto.

El año pasado llegué un par de días tarde con la carta, este año ya son cuatro. Si sigo (si seguimos) así, acabaremos por juntar dos cartas, ya lo verás. Al menos esta vez no es que nadie haya estado malito, es que no llegas, nena. Porque te cuento que entre cole, extraescolares, cumpleaños, pediatra, dentista, abogados, trabajo, casa y la promo de tu libro, esto es una locura. Por no hablar de que has retomado lecturas -más allá de Roald Dahl-, y de lo mucho que te gusta Netflix. ¡Ah! Claro, que aún no sabes lo que es Netflix. Bueno, tranquila, ya te enterarás. Leer artículo completo

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Hola, Papá

papá y yo

Se acerca el día.

Es una mierda, ¿sabes? El sábado serán dos años y aquí estamos, empeñándonos en estar tristes porque la fecha lo manda. Pero ya sabes cómo va esto: tú vas organizando tu calendario, y luego la vida hace lo que sale de los huevos, te venga bien o mal. Así que este sábado debería estar triste, pero no sé si lo estaré, porque el viernes voy a hacer una firma de libros en la librería de Rafa. ¡Porque he publicado otro libro, ¿sabes?! Este es de humor. La gente me está enviando mensajes dándome las gracias por las risas y es… Jo, es genial, papá. Saber que aportas un poco de alegría a la vida de alguien. Digo muchos tacos, todos los que a ti no te gustaban. Seguro que también te reirías un montón. Leer artículo completo

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Olía a sangre y caramelo…

LEO (63)

Hola, amor mío. No tenía pensado sentarme hoy a escribir, porque tengo mucho que hacer y, además, no me gusta escribir “por obligación”. Ya sabes: fechas señaladas, eventos especiales… Esas cosas. Pero es que me apetece mucho contarte algo, así que siéntate a leer. Te voy a contar una historia:

Durante días, la casa olió a sangre.

Huele bien, ¿sabes? Es que estamos acostumbrados a que nos digan que, de alguna manera, la sangre es mala porque donde hay sangre han pasado cosas horribles, pero no es cierto. La sangre es lo que somos. Es, de hecho, lo que nos nutre y mantiene vivos. Y sí… Huele bien. Huele a vida.

Durante días, la casa olió a sangre y calor, como a galletas y a caramelo. Olía a parto. A vida recién estrenada. Después no. Después olía a leche dulce y a sudor. Era una ola de calor. Una de tantas. Ahora, escribiendo, me pregunto si cuando tú tengas edad para leer esto habrá muchas más, y se me encoge un poquito el corazón. Y sí… Olía a leche dulce y a sudor. Aún huele así. Leer artículo completo

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De cuando me fui sola a Alemania para lanzarle unas bragas a Johnny Depp

hollywood vampires

La amiga Coral Gómez, que por otro lao se pasa la mitad de su existencia troleándome en la página (porque la tengo contratada a media jornada como hater), quiere compartir con el mundo el mejor viaje de su vida: cuando se fue de solanas hasta Alemania a un concierto de los Hollywood Vampires, el grupo de rock de Johnny Depp, con la única intención de tirarle su ropa interior a Depp a la cara.

En sus palabras, esto nos cuenta:

Hace un año que mis bragas se quedaron en algún rincón de Mönchengladbach.

En serio, fue una puta locura de viaje. Mi vuelo se retrasó una hora y llegué a Düsseldorf a las dos de la mañana. Estaba acojonada, las 12 y pico de la noche, el aeropuerto vacío, yo sin saber cómo coño iba a llegar al hotel porque aquí la menda había ya reservado un taxi con antelación para ir del aeropuerto al hotel (ole tu chichi!) pero no lo había reservado en el aeropuerto que tocaba (tú eres tonta chica)

Suerte que pregunté a una señora para compartir taxi (una hora de viaje encima). Suerte que me dijo: Ahí tienes un bus que te lleva hasta Düsseldorf. La familia por whatsapp “Todo bien? Ya llegaste?”… “Sí sí, tranquilos” Yo, en realidad, acojonada y diciéndome a mí misma lo estúpida que era por creer que era una buena idea y super mega diver irme por mi cuenta a otro país para un puto concierto. Estúpida Coral. 10 minutos en Alemania y ya me estaba arrepintiendo.

Por suerte llegué a Düsseldorf, cogí un taxi, llegué al hotel. Dormí 6 horas, buffet en el desayuno, me puse las botas para no tener que comer en mucho tiempo y me hice dos sándwiches pa aguantar todo el día, cogí un tren a Münster para estar un par de días con Freya. Y después rumbo a Mönchengladbach. Dos horas de tren.

Después de 7 meses de espera, había llegado el día.

Llego a mi airbnb, majísima ella, con no sé cuántos galgos adoptados (dos o tres de España) que por cierto la tengo aquí agregada (holiiiii Sylvia!), dejo mis cosas, me preparo, me mentalizo. Cargo el móvil a tope. Cargo la batería externa a tope. No veo que haya buses que me dejen donde el concierto (ni veo carteles por la ciudad anunciando el concierto y me empieza a entrar el paniquito pensando que me he equivocado de ciudad o de fecha o de planeta)

Busco en google maps: 7 km de paseo. Casi na. Bueno, tienes tiempo de sobra. A mitad del camino se pone a llover. Casi na. Que además no creáis que fue un paseíto por la ciudad, no no. Después de salir del centro de la ciudad pasé por la Tierra Media y girando a la derecha después de Narnia llego al estadio de fútbol donde es el concierto. Casi na. Total, tengo que dejar la mochila, con mi cámara y mi sujetador que había preparado explícitamente para tirárselo en toda la cara a Manostijeras.

Llego y me pongo casi en primerísima fila, a la izquierda, porque había visto vídeos y él siempre toca en ese lado del escenario. Si es que cuando quiero no se me escapa na. Una hora de concierto con los teloneros (ni puta idea del nombre) que se me hace eterna.

20:00 de la noche. Luces p’aquí y p’allá, una voz de ultratumba anunciando su llegada. Aparece Alice Cooper. Gritos y aplausos. Aparece Joe perry. Gritos y aplausos. Lo que para mí después fueron 24 horas a lo mejor fueron 24 segundos. Aparece Johnny Depp, saluda y sonríe de oreja a oreja.

Coral grita, aplaude (con la chirla me imagino porque las manos las tenía en el móvil) y llora como la subnormal profunda que es. Desde los 13 años viéndolo en el cine. 12 años más tarde lo tengo delante de mis narices y sigo sin creérmelo.

The show must go on. Me pongo a hacer fotos y vídeos y Johnny chupa más cámara conmigo que en toda su carrera con Tim Burton. Venga va, una fotina así rápido a Alice Cooper que está haciendo el mono con el bastón que se trae… PERO CORRE DESGRACIÁ, QUE JOHNNY SE ACABA DE RASCAR LA OREJA, NO TE LO PUEDES PERDER, GRÁBALO!!

En no sé qué punto del concierto, me quedo sin espacio en el móvil. Total que… Galería > Seleccionar X elementos > Borrar. Pim pam. Sin mirar. Sin miedo. A tomar por cleta la biciculo.

Inciso: Acompañadme amigos míos en esta triste historia. Día del concierto: 14 de junio de 2018, Coral se vuelve loca haciendo fotos. 3 meses más tarde, a Coral se le cae el móvil al váter. Ya os imagináis a donde quiero ir a parar. Lo único que me queda es lo que subí a Facebook. Casi na.

Total, que en una hora y media o así de concierto me dio tiempo a llorar, gritar, cantar y alucinar en bucle, con cara de haber visto un unicornio. El concierto se acaba. Ni me llevé una púa, ni le tiré el sujetador, ni hice una foto en condiciones para poder empapelar toda mi casa. Y aún con todo, el viaje, los miedos y los imprevistos, fue la puta mejor experiencia de mi vida. No cambiaría nada de lo que me pasó (excepto, claro está, lo de las PUTAS fotos).

Una experiencia y un viaje que se queda grabada en mi piel. Ya no sólo por el concierto, si no por todo el viaje en sí, desde que me monté en el avión, todo lo hice yo, todo por mi cuenta, unas veces sin ayuda, otras preguntando a mi amiga o a esos alemanes tan majetes. En una semana me di cuenta de que (si quiero, claro) no soy tan puto inútil como me creía. Cambié mi visión del mundo, de la vida y de mí misma. 25 añitos tenía. Never is too late. Aún me llena de orgullo y satisfacción recordar que no me equivoqué ni una vez de tren y transbordo, de los tantos que hice esa semana (pero te equivocaste de aeropuerto al reservar taxi) (cállate) (no, cállate tú)

Y después de un año, me he acordado mil veces de aquel momento. Y tengo a Johnny de fondo de pantalla y cuando me preguntan por la foto, contesto orgullosa: La hice yo. Lo vi en persona. Y se me hincha el pechamen. Y a la semana de volver del concierto, me puse una peli suya (creo que fue A quién ama Gilbert Grape) y pensé: Te he visto. He estado ahí por ti, aunque tú no lo sepas. Y si ya antes me gustaba ver sus pelis, simplemente por el hecho de que salía él, ahora ya ni os cuento.

Y aquí estoy, esperando a que se me aparezca otra oportunidad. Y si puede ser con mil anécdotas e historias imposibles, mejor. Si no, qué gracia tiene?

Sin miedo. El mío camín 🛤💜🍃

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Foto destacada: Coral Gómez. Los Hollywood Vampires en Mönchengladbach, 2018.

No olvidéis que podéis enviarme vuestras historias de viaje a mi página de facebook, al email hablamebajitomama@gmail.com o rellenar el formulario de contacto de esta web. Yo escribiré una narración para compartirla con la clase, y así nos reímos todos 🙂

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De cuando me encontré en Brujas con la tuna de Toledo

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Ahora que tengo al bollo pollo durmiendo la siesta encima de su señor padre, voy a aprovechar para contaros la de esa vez que me encontré en Brujas con la tuna de Toledo.

Una asturiana, dos gallegos y un francés entran en un hostal. ¡Que no! Que es broma, que no voy a empezar así el chiste, aunque eso sí que llegó a suceder.

Veréis, yo tenía 22 años casi recién cumplidos, y siempre he presumido de ser el tipo de persona que algunos llaman “afortunada”. En primavera de 2006 yo necesitaba con urgencia cambiar mi ordenador, y quiso el destino que me tocara la porra de fútbol del bar. Que yo no tengo ni idea de fútbol, pero tonta del todo no soy y me saqué un sistema estadístico de la manga con el que sabía que tarde o temprano me tocaría la porra. Lo que dependía del azar era la cantidad que me iba a tocar, cuando me tocase… Y el azar quiso que me tocaran mil ochocientos euros. Así que, como necesitaba urgentemente un ordenador, y yo con 22 años era superresponsable, pues me compré el ordenador a plazos y con lo de la porra me fui de interrail.

Me fui sola, por cierto. Mi viaje soñado: me fui con mochila y sin planes. Estuve en Barcelona, París y Bruselas y, cuando unos días después llegué a Brujas, me llevé un revés cuando descubrí que justo estábamos en vacaciones de Pascua, y que el hostel tan chulo que había visto por internet no tenía habitaciones libres, así que pasé una primera noche en un lugar llamado Charlie Rockets y, después, me fui al hostel más escondido de todo Brujas: el Hostel de Passage. Leer artículo completo

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Artículos, Relatos

Nuestra Señora de París

Quimeras
En la entrada de mi casa hay cuatro fotos desde hace trece años, del que diría, sin duda, que fue el viaje de mi vida: mi cara junto a ‘La habitación de Arlés’ de Van Gogh, en Amsterdam; la Rue du Market, en Bruselas; mi bici en el callejón del Hostel de Passage, en Brujas; y una quimera de Notre Dame.
 
¿Sabíais que lo que normalmente llamamos gárgolas en realidad no lo son? Las gárgolas (de las que Notre Dame está llena) son unas esculturas que cumplen además una función de desagüe. Por eso tienen la boca abierta y miran hacia abajo. Estas de las fotos (fotos que yo hice en aquel viaje), de las que también está llena Notre Dame y que son puramente ornamentales, se llaman quimeras.
 
No es que sea yo muy estudiada: te lo explicaba el folleto que te daban al entrar en la catedral.
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Gárgolas
Gárgolas
Pasa un poco lo mismo que con la novela de Victor Hugo, que muchos piensan que es ‘El jorobado de Notre Dame’ y en realidad se titula ‘Nuestra Señora de París’ (‘Notre Dame de Paris’).
 
Creo que era lunes cuando llegué a París. Me dirigí, junto a dos chicas argentinas que había conocido en el tren, al Boullevard de la Chapelle. Camino de un hostel encontramos un hotel barato y decidimos quedarnos allí (la habitación triple nos costaría lo mismo por cabeza que el hostel, y no tendríamos que compartir baño con cuarenta personas).
 
Estaba emocionada por conocer París. Pero, sobre todo, estaba emocionada por conocer Notre Dame.
Mi error, el primer día, fue ir andando. Cuando llegué a La Citè, la catedral estaba ya cerrada. Eran las siete de la tarde, y solo pude verla por fuera. Hice fotos de TODAS Y CADA UNA de las gárgolas que se veían desde abajo. Las quimeras tendrían que esperar al día siguiente.

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Tortitas, agujas, prisas y mentiras (Malditos seáis, adultos)

Tortitas, agujas y mentiras

Ahora que tengo un ratín, quiero compartir algo. Puede que lo lea alguien que en su trabajo se relacione con niños, aunque sea de manera ocasional -puede que, sobre todo, si es de manera ocasional- y le sirva para reflexionar acerca de su manera de relacionarse con ellos. En realidad, tengo la esperanza de que así sea.

Os voy a contar lo que me ha pasado hoy:

Mi hija mediana tiene una percepción y una sensibilidad excepcionales, lo cual es una gran cualidad, aunque en ocasiones dificulta algunas situaciones. Por ejemplo, es muy aprensiva  y temerosa del dolor en el propio cuerpo.

Esta mañana fuimos al centro de salud, porque tenían que sacarle sangre para unos análisis importantes. Nos dieron la cita la semana pasada, y estuve desde entonces preparándola, ayudándola a mentalizarse de lo que iba a pasar hoy cuando llegáramos al ambulatorio.

– No quiero, mamá, tengo miedo.

– Lo sé, es normal tener miedo.

– Pero, ¿me va a doler?

– No lo sé. A algunas personas les duele, a otras no. Lo que puedo prometerte es que durará poco. Leer artículo completo

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Relatos

Mis tres viajes: el autobús, el mar y la montaña

LEO (29)

En mi vida, ha habido tres viajes importantes. De esos que te marcan para siempre y que establecen uno de esos puntos que separan un antes de un después.

El primero fue un viaje en autobús.

Tenía claro cuál era el destino, y tenía claro también que yo no podía conducir aquel autobús, obviamente, pero la inexperiencia me jugó una mala pasada. Me subí al autobús creyendo que podría decidir sobre la ruta, por ejemplo. No pensaba hacer ninguna locura, eso es obvio. Pero, ignorante de mí, creí que podría decidir si prefería ir por autopista, para llegar antes, o por carretera nacional, viendo el paisaje. Que podría elegir algunas cosas, como cuándo parar a descansar, dónde, por cuánto tiempo… Lo sé: hay que ser idiota.

Al poco tiempo de subirme al autobús, me di cuenta de que yo no tenía ningún control sobre lo que sucedería en las horas siguientes. No solo no pude decidir, sino que intentarlo suscitaba la risa del conductor y del resto del pasaje. No entendía cómo a todo el mundo le parecía normal que un viaje tan importante tuviera que supeditarse a los horarios y voluntad de quien llevaba el autobús, en lugar de escuchar a los viajeros. Me sentaron en un asiento sin ventanilla, y ni siquiera tuve ocasión de disfrutar de las tierras que dejábamos atrás, antes de llegar a aquel destino del que no habría vuelta. Nunca sabré si al otro lado de cristal había arena o amapolas.

Y llegué, es cierto, a la estación de destino. Justo al lugar al que sabía que iría antes de arrancar. Todo había ido según lo previsto, tal como el conductor había programado. Pero yo me había perdido el paisaje. No pude evitar sentir –y de hecho aún lo siento- que me quitaron una parte importante de ese viaje. Cuando llegué a la estación, no sabía dónde estaba exactamente, ni qué tenía que hacer. Me sentía perdida. Desorientada. Triste.

El segundo lo hice nadando.

Mi objetivo era claramente llegar a la orilla y yo, que sabía que llevo en las venas mil generaciones de nadadoras, decidí que este viaje sería a nado. Bueno, más bien  yo pensaba que iba a nadar, pero, al final, el agua me llevó.

Me sumergí en el agua, entre risas y llena de determinación, dejando atrás lo que conocía. Cuando quise darme cuenta, flotaba en ese mar que me abrazaba con la infinidad del universo. Ese mar en el que el tiempo no existía y el espacio cobraba una nueva dimensión. En el que yo misma me convertía en un ente desdibujado, fuera del alcance de lo terrenal.

Entonces, el mar se desató. Y yo aprendí la sutil y vital diferencia entre ser arrastrada y dejarse llevar. Un inmenso maremoto de olas que se sucedían fuera de mi control me sacudían. Por un instante el miedo tensó todos mis músculos, haciéndome más difícil seguir a flote. Pero entonces confié. En mí, en el mar, en la orilla. Respiré hondo y mi cuerpo, como si se viera invadido por una sabiduría ancestral, se cargó de oxígeno, se expandió extasiado sobre las prístinas aguas, y las mismas olas que unos momentos antes parecían querer hundirlo lo elevaban ahora hacia el cielo, hacia las estrellas, hacia el universo. Y, cuando alcancé la orilla, me sentí capaz de todo. Sabia. Conectada. Infinita.

El tercero escalé una montaña.

Llegué a aquel paisaje preguntándome si habría otra orilla a la que llegar, pero aquella vez mi destino era la cima de una montaña, nevada y empedrada. Aunque eso solo lo entendí cuando ya había empezado a escalar.

Fue un viaje largo. No tan largo como el viaje en autobús, pero tampoco estaba siendo como dejarse llevar por el agua, eso estaba claro. El cuerpo me pesaba más a cada paso del ascenso. Mis piernas se hundían cada vez más en la nieve virgen. Y juraría que, en algún momento, empecé a cargar con las rocas del camino. Tenía plena consciencia de cada movimiento, de cada paso que avanzaba, de cada centímetro que le ganaba a aquel terreno difícil. Me faltaba el aire. Tenía calor. El cansancio me vencía. El juicio se me nublaba.

En un punto del camino me sentí derrotada, miré hacia arriba y creí que jamás alcanzaría la cima. Pero entonces me di cuenta: ese, y no otro, era el punto de no retorno, e inicié de nuevo la marcha, dispuesta a dejar todo mi ser en aquel viaje.  Le grité a la montaña mientras ascendía. Usé toda la fuerza de cada músculo de mi cuerpo. Apreté los puños. Abrí la boca. Gemí de puro esfuerzo. Con cada bocanada de aire que escupía rugiendo, recuperaba fuerza para el siguiente paso. Pisé fuerte. Pisé firme. El ascenso fue duro, sangriento, escatológico y rematadamente precioso. Y cuando al fin, con un último, desgarrador y glorioso grito, alcancé la cima, me sentí otra vez capaz de todo. Fuerte. Poderosa. Terrenal.

***

En la cima de la montaña, me esperaba mi hijo Leonardo. En mis carnes lo abracé desnudo y ensangrentado, mi guerrero con alma de poeta, y lo envolví en una manta, blanca como la nieve y cálida como un suspiro, en la que solía dormir una gata color ajedrez. La nieve en la montaña dio paso a la primavera, y en aquella cima aspiré profundo el aire de la vida, que olía a sangre y caramelo.

A la orilla, junto a mí, llegó mi hija Ainé. Y nos abrazamos, desnudas y mojadas, y nos conocimos así mi reina de las hadas y yo: cremosas y plenas de libertad. Porque ella no puede evitar ser así: tan impetuosa como benévola. Tan explosiva como sanadora. Tan térrea como mágica. Tan de fuego, y tan del mar.

En la estación de autobuses,  en una cuna de plástico higienizada, guardaron a mi hijo Hugo. Pero cuando llegué a la estación –cosas del papeleo- no me lo pudieron dar, y mi bebé tuvo que esperarme, en esa burbuja de plástico, durante algunas horas más. Me lo entregaron tapado con una sábana almidonada que olía a detergente y estación.  Cuando salí al exterior con mi bebé recién estrenado me encontré un cartel que decía “Bienvenida a La Maternidad”. Y yo seguía sin saber qué coño tenía que hacer.

Cada viaje es único. Cada viajera es diferente a todas las demás. No podría haber cruzado el mar en autobús, del mismo modo que no podría haber ascendido a la cima nadando. Quiero pensar que cada viaje tiene un sentido, un propósito, un aprendizaje. En la montaña aprendí que soy fuerte. En el mar aprendí que soy libre. Y de aquel autobús aprendí algo muy importante: aprendí cómo no quiero ser. Ni sumisa, ni educada, ni correcta. Aunque nunca podré dejar de preguntarme… De mi primer viaje, ¿qué habría aprendido, si hubiera podido ver el paisaje?

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Fotos: Ana Hevia. Pie de foto@anahevia_

Las imágenes están protegidas y no pueden ser utilizadas sin mi consentimiento expreso.

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Eventos, Relatos

El cuento de ‘La madre Perfecta’, el cuento de ‘La madre Desastre’

perfecta y desastre

Como os había contado, he estado presente como ponente, junto a mi querida Melisa (Madre Reciente), en la IX edición de Gestionando Hijos. Ha sido una experiencia maravillosa, más allá de todas mis expectativas, no solo porque he hablado sobre las tablas del Teatro Lope de Vega ante mil cuatrocientas personas. Ha sido una mañana emocionante y divertida, donde las lágrimas y las risas se han ido intercalando en cuestión, a veces, de solo unos segundos.

Un estupendo equipo de organización y de ponentes, de los que me llevo mucho, mucho aprendizaje. Porque ya sabéis que siempre, siempre, podemos aprender algo nuevo. De verdad, que magnífica mañana ❤

El motivo de escribir este post es que muchísimas personas me han preguntado tras el evento si los cuentos que leí son míos y/o si existen. Tanto me lo han preguntado que me empiezo a plantear convertirlos en un libro real 😅 Pero de momento voy a dejarlos aquí, en mi blog que es vuestra casa 🙂

Para quienes no estuvisteis presentes ni lo visteis en directo a través de facebook live, os pongo en antecedentes:

Melisa y yo queríamos transmitir un mensaje claro: no somos perfectas, ni falta que hace. La maternidad (como la vida) consiste en disfrutar del paisaje mientras andamos, en ser felices y en que, si no llegamos a todo, no pasa nada. Y para transmitir esta idea hicimos una ponencia en tres actos: el cuento de la madre perfecta, la historia de la madre regular, y el cuento de la madre desastre. Los cuentos los escribí a propósito para el evento y preparé un falso libro de atrezzo (que, os cuento en secreto, en realidad era el de A qué sabe la luna tuneado😉).

Así que, sin más dilación, aquí os dejo los cuentos originales, tal como los escribí para el evento, aunque luego hube de recortarlos para no extenderme en el tiempo. Solo os digo una cosa: uno de los cuentos es fantasía. El otro, está basado en hechos reales. Adivinad cuál es cuál. Leer artículo completo

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Relatos

Querida yo de hace cinco años (cinco exactamente)

querida yo de hace cinco años

¡Hola, maja! ¿Cómo te encuentras? Llevas ya día y medio de explosión oxitocínica, ¿verdad? ¿A que huele bien? Aún recuerdo su olor y su cremosidad. Mmm…

Ahora que lo pienso, te cojo en plena sesión de fotos, ¿no? Ya verás qué bonitas quedan. Aunque eso ya lo sabes. ¡Ah! Y tranquila por tener el tendal atravesado en la cocina, o lo alto del sofá convertido en un armario: va a quedar precioso en las fotos. Tan auténtico…

Ya ves que este año llego un poco tarde con la carta. Es que… ¿Sabes qué pasa? Que tienes a uno de tus hijos malito. Y, mira, sabes que no me gusta estropearte las sorpresas, pero tampoco puedo estar eternamente callándomelo todo, así que te voy a dar una pista: no están malitos ni Hugo ni Aine. ¡Sorpresa!

Dentro de unos meses, un día, Hugo y Aine estarán jugando en el salón, y César y tú los estaréis mirando desde el sofá, y de pronto dirás, en voz alta y sin pensar: “¿No tienes la sensación de que es como si estuviéramos incompletos, de que aquí falta alguien? Nos falta Leo…”. Pues chica, bingo. Te contaré una cosa graciosa: te vas a quedar embarazada tres días después de escribirte la carta número cuatro. Y cuando te enteres no te lo vas a creer, porque por primera vez no vas a tener ni un solo síntoma de embarazo. Pero será normal, porque en esos momentos tendrás la cabeza y el alma puestas en otro sitio. Aunque eso… Creo que eso no te lo voy a contar. No ahora. Ahora disfruta de esa niña que tienes en los brazos, y que aún huele tanto a ti. Leer artículo completo

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