Relatos

De aquellos polvos estos lodos. Privilegios y feminismo

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Veréis, Consuelo siempre ha sido una mujer muy moderna. Hija de un directivo de la Caja de Ahorros, nació en Oviedo en 1950. Fue a la escuela, aprendió a leer y escribir, estudió música y ganó su propio dinero dando clases de piano a las niñas del colegio católico de su calle. A sus veinte se casó con Modesto, un joven médico recién licenciado, y decidió dejar de trabajar y quedarse en casa, cuidando de sus dos hijos y educándolos con amor. Le salieron estupendos: el uno médico, como su padre; la otra química, sacó trabajo en la Nestlé.

A sus setenta y cuatro años, viuda desde hace diez, Consuelo sigue siendo muy moderna. Cada lunes, miércoles y viernes por la tarde se enfunda su chándal de colores, sus zapatillas Nike, sus pendientes de perlas, sus gafas de sol y su riñonera y se marca un paseo urbano de tres kilómetros que empieza en su portal y termina en el Alimerka de al lado, haciendo una escueta compra para ella sola (en la que nunca falta algún caprichín) que durará los dos días siguientes.

Lo que os digo: muy moderna. Por eso los habituales del súper no se sorprendieron cuando la oyeron decir, muy alto, muy claro y muy jocosa:

—¡No, no! ¡Ya la llevo yo! ¿No queremos igualdad? Pues ya la llevo yo.

El chico, que le había preguntado si la ayudaba con la bolsa, se rio. La cajera se rio. Consuelo se rio. Fina, la mujer que estaba detrás del chico tras Consuelo, sonrió tímidamente.

Fina es siete años más joven que Consuelo, aunque parece mucho mayor. Su chaqueta de punto gris, su falda recta a media pierna y sus zapatos planos del bazar no podrían contrastar más con el colorido chándal de la primera.

La madre de Fina era costurera y su padre trabajaba cortando pinos en Quirós. Con siete años, Fina empezó a coser en el mismo taller que su madre. Con quince, la mandaron a vivir a Oviedo, a casa de una tía que acababa de parir para que la ayudara con las cosas de la casa. Con dieciséis se enamoró de Ramiro, un chaval que trabajaba con su padre repartiendo huevos a los bares del barrio. Fina empezó a limpiar casas en Oviedo y se quedó a vivir en la capital. Ella y Ramiro se casaron pronto, tuvieron dos hijas pronto y Ramiro murió también demasiado pronto en un accidente con el camión. En su casa no faltaron ni el amor ni las lentejas, pero el tiempo y los caprichos eran bienes escasos. Sus hijas salieron adelante: la una cocina en un buen restaurante; la otra sacó plaza de jardinera en el Ayuntamiento.

A sus sesenta y siete años, Fina todavía va a limpiar, porque con la pensión no le llega para vivir y no quiere ser una carga para sus hijas, mientras todavía pueda. Los lunes va a una casa que lleva limpiando diez años; los miércoles va a fregar el portal junto al Alimerka. Al salir aprovecha y hace la compra. Poco, claro, porque le duelen mucho los huesos. Le duelen desde hace más de veinte años, pero a vivir con dolor, piensa ella, nunca se acostumbra una. Sujetando el monedero, con sus uñas rotas de estropajo, sonríe. Sonríe detrás del chico tras Consuelo. Sonríe mientras fantasea con que el chico le ofrece ayuda a ella también, y ella se atreverá a decir que sí, que, por favor, la ayude con la bolsa hasta el portal, que le duelen mucho los huesos.

Pero Consuelo ríe, la cajera ríe, el chico ríe y se va. Y a Fina la sonrisa se le va apagando mientras sus uñas rotas rebuscan en el monedero, paga, carga la bolsa y sale detrás.

Yo tenía el tercer turno, después de Fina. No quiero explicar nada. No hay moraleja ni moralina. Es solo que, desde entonces, he reflexionado bastante sobre ello. Consuelo y Fina se consideran las dos muy feministas. Pero no pueden serlo de la misma manera. Y, probablemente, ninguna de las dos entendería que la otra le quitara la razón.

Me pregunto si cada una, en nuestra individualidad, somos conscientes de hasta qué punto nuestros privilegios condicionan nuestra forma de entender todo lo que nos importa.

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Imagen: Edgar Santos T. en Pexels

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