Relatos

Los miradores son lugares tristes

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Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. Hoy hemos venido a la playa pasando por el sendero de la colina, el que viene monte a través desde el arenal de al lado y que une la costa, playa a playa, durante kilómetros. Pero no es que hayamos caminado mucho: sólo es que hemos aparcado el coche ahí arriba, junto al chiringuito.

Al venir hacia aquí, hemos pasado por delante de un mirador: un banco y un par de vallas de madera, y a sus pies treinta metros de caída y el infinito teñido de azul. Los niños, claro, han visto aquello tan bonito y han querido ir hacia allí corriendo. “¡Mamá, mira! ¿Podemos ir allí?” Desde la punta de ese risco debe haber unas vistas espectaculares. Pero yo tenía claro que nuestro objetivo era la playa, así que respondí con un despreocupado “a lo mejor a la vuelta”. Y así fue como hoy, sin querer, les quité una sonrisa a mis hijos.

Desde donde estamos aún se ve la punta del risco. Creo que intuyo las vallas. Veo pasar a una pareja por delante. Ella señala. Él continúa andando. Ella lo sigue. Recorren el sendero. Llegan a la arena. Se tumban en la toalla. Fin de la aventura.

Y es en este momento cuando me doy cuenta de que los miradores son lugares tristes. Por dos razones, además: Leer artículo completo

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Al otro lado de la injusticia

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Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. En un alarde de optimismo vital, me he traído un libro a la playa. Sola. Con los niños. Cuando he leído el mismo párrafo por quinta vez y sigo sin saber lo que he leído, he decidido que es el momento de claudicar y dedicarme, ya en exclusiva, a mirar a mis hijos.

Echo un vistazo alrededor y me doy cuenta de que todos estamos igual: fingiendo ser veraneantes para ocultar nuestra verdadera identidad de guardianes de la especie. Sólo que en vez de máscara y capa nos ponemos chanclas y factor 40 en la nariz. Es una sincronía perfecta: todos nosotros vigilamos, todos ellos juegan. Pero hay una toalla en la que todo transcurre de manera diferente: el niño no juega. Los padres vigilan el doble.

Los conozco. Viven en el bloque de al lado. En un barrio pequeño como es el mío, a veces parece que la vida de cada uno perteneciera a todos. Qué peligro tiene una persona con una opinión y sin nada que hacer… “Pobres –oí decir a una vecina furtiva en la cola del pan-. Con las ganas que tenían de ser padres”. “Qué pena –dijo una vez la frutera- que les haya salido el niño así, con lo que lo buscaron”. “Qué injusticia –lloró la del tercero- que les haya tocado a ellos”.

Puedo entender el sentimiento de solidaridad con otra familia cuando la vida le pone en el camino una prueba que no esperaba. La sorpresa es parte de la dificultad. Pero, ¿y qué pasa con ese niño? ¿Es que nadie lo ve? Yo veo a un niño que mira la arena como si no supiera que está en una playa, y que es el objeto de la adoración de los dos guardianes que tiene detrás. Pero Injusticia, lo han llamado. No es su hijo: es su injusticia. Leer artículo completo

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A Naiara la matamos todos

A Naiara la matamos todos crimen sabiñanigo

El otro día oí la noticia de una niña que había fallecido, supuestamente, por una caída por las escaleras, aunque los servicios sanitarios sospechaban de malos tratos.

Ayer por la tarde leí en los medios que su tío la había matado. No intencionadamente. “Se le había ido la mano” al castigar a la niña, porque no se estaba portando bien.

Decía John Lennon que vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor, mientras la violencia se practica a plena luz del día.

Podéis decir que fue su tío. Podéis ponerle un nombre al culpable, que es lo que mejor se nos da: buscar culpables. Así nuestras conciencias se limpian. Pero la realidad es que a Naiara la matamos todos. Leer artículo completo

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El cangrejo y la vida

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Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña.

Un niño, el que está bajo la sombrilla azul, junto a las rocas, acaba de advertir a su abuela de que un cangrejito se ha colado en su toalla. La abuela ha cogido su sandalia y lo ha golpeado tres veces. Luego, de un manotazo, lo ha lanzado lejos. Me pregunto qué aprenderá ese niño, si es que de esto aprende algo.

 Yo aún recuerdo la primera lección que aprendí sobre el respeto por la vida. También estaba con mi abuela, Joaquina. Y también fue en la arena. Pero no era como esta, olía diferente… Era otra arena.

Yo nací en un barrio pobre. O puede que no fuera tan pobre: quizá sea que yo lo recuerdo en sepia. Ese barrio en el que yo nací estaba lejos de la playa, y no recuerdo parques. Pero sí recuerdo un descampado donde se podía jugar, y un montículo de arena que era escombrera de una eterna obra que prometía arreglar algo. A falta de algo más moderno, aquella escombrera nos servía de arenero. Olía… No sé describir a qué olía aquella arena, pero, desde luego, no olía a mar.

Creedme o no, pero recuerdo que yo tenía dos años cuando mi abuela me llevó un día a pasear por allí y viví el día de la mariposa. Leer artículo completo

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CONVERSACIÓN ENTRE MIS ÓRGANOS: ¿Qué cenamos hoy?

Mis organos debatiendo2

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Estómago: Tengo hambre. ¿Cenamos ya?

Cerebro: Sólo son las 9.

Estómago: Pero es que yo tengo hambre.

Núcleo supraquiasmático: Yo creo que hoy nos acostamos temprano…

Cerebro: Bueno, entre que preparamos y tal nos dan y media… Ok. ¿Qué te apetece?

Estómago: Chocolate.

Páncreas: Hace una hora que te comiste un donut. No doy abasto.

Estómago: Chocolate.

Páncreas: Que no me toques los cojones.

Estómago: Chocolate.

Cerebro: No podemos cenar chocolate. Algo sano.

Estómago: Ensalada.

Cerebro: Ok.

Estómago: Con chocolate.

Páncreas: ¡Tus muertos!

Cerebro: ¡Que no!

Estómago: No estáis contentos con nada.

Cerebro: A ver qué hay en la nevera.

Intestino: Algo ligero, por favor, que tengo atasco.

Nariz: ¿Qué es lo que huele?

Cerebro: El cabrales.

Nariz: No, no. Queso no es. ¿Es carne?

Ojos: Vemos pollo. Parece rancio.

Cerebro: Es una trasera de pollo. Está a punto de ponerse malo. ¿Lo hacemos al horno?

Intestino: ¡Eh! ¡Los experimentos con gaseosa!

Estómago: ¿Al horno? ¡Pero yo quiero comer ya!

Cerebro: A tomar pol culo. Vamos a hacer el pollo. Leer artículo completo

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Adiós, Carles

carles capdevila ara

Qué terrible, Carles. Cómo puede ser esto…

¿Sabes? Tenía la esperanza de que en algún momento, en algún lugar, a la fuerza acabaríamos coincidiendo. Y entonces yo podría acercarme a ti con el móvil en la mano, y tener un #momentogroupie, y hacernos un selfie, y decirte como una adolescente chillona que me encantabas. Porque me encantas, Carles.

Porque eras una dosis de sentido común, pero no era por eso. Tampoco era por las risas. Era por lo que transmitías: que todos somos imperfectos. Y que no pasa nada por ser imperfecto. Y qué importante es eso para los padres. Qué bien lo sabías. Nos devolvías a la tierra pero para caminar con más ligereza, con menos carga… Con menos miedo. Con más alegría. Con la falta que nos hace la alegría… A todos, no sólo a los que somos padres. Leer artículo completo

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A vosotras, matronas:

A vosotras matronas

A ti, matrona desconocida. Que entras, miras tubos y vuelves a salir, y no pronuncias palabra. Que no sabes cómo se llama. Que no preguntas cómo está. O peor: que lo preguntas, pero no te paras a escuchar la respuesta.

A ti, matrona que ignoras. Que te piden y pasas de largo. Que te excusas. Que quieres cumplir los tiempos.

A ti, matrona que sólo miras los números y refunfuñas entre dientes. Que te vas y no dices qué pasa. Que dejas un halo de preocupación y miedo en la habitación cuando te vas.

A ti, matrona que culpas a la madre. Que gritas que lo está haciendo mal, que le dices que no sabe empujar. Que dices que “esto no es así”, que “esto así no sale bien”.

A ti, matrona que tienes prisa. Que quieres acabar ya.

A ti, matrona que sientes que sólo es un parto más.

A ti, matrona que, en algún lugar, fuera de ese hospital, dejaste olvidada la ilusión. Que has convertido el momento más feliz de cada una de esas familias en tu aburrida rutina de cada día.

A ti, matrona que has dejado de sentir, quizá por no padecer.

A ti, matrona que has olvidado la vocación en pos de la profesión. Que has gastado la pasión.

A ti, matrona… Que no te sorprenda que esta carta no sea para ti: Leer artículo completo

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La vida frágil

la vida frágil

Los sostuve en brazos, y recordé el miedo.

Puede que porque nunca había cogido en brazos unos bebés que me importaran tanto como mis propios hijos. Comprobé el tono de su piel, los deditos de sus pies, su respiración.

“¿Respiran?”

Recordé el miedo, porque nosotros somos fuertes, pero la vida es frágil.

Recordé el miedo, cuando mis hijos eran así y yo tenía la sensación de que  sus vidas podían romperse entre mis dedos si yo no lo hacía bien. Si no era suficiente para ellos. Recordé la noche en vela cuando mi hijo mayor vomitó por primera vez, porque creía que se ahogaría mientras yo dormía, así que pasé la noche despierta, mirándolo. Recordé las lágrimas cuando dudé de si mi pecho sería bastante para él, cuando el miedo me decía que lo mataría de hambre si me equivocaba. El miedo a que los mocos lo ahogaran, a que sus primeras comidas lo atragantaran. A que él enfermara y yo no supiera verlo a tiempo. Miedo, miedo, miedo.

Pero, en algún momento, no sé cómo, los miedos se diluyeron en la rutina. En la prisa. En el sobrevivir trastabillando un día con otro. Se diluyeron en el “lávate los dientes”, en el “coge la mochila”, en el “anda más deprisa que llegamos tarde”. Se diluyeron en los buenos modales a la mesa, en la hora de irse a dormir, en el “bájate de ahí que te vas a hacer daño”. Se diluyeron en la vida de otra madre. Otra diferente a la que yo quería ser.

Y olvidé todo lo que soñé que haría cuando ya no tuviera miedo… Leer artículo completo

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¡Uga, uga!

uga uga 700x400

Pues es que si no le doy un garrotazo en la cabeza ya me dirás cómo me la llevo.

Pues es que si no la arrastro de los pelos ya me dirás cómo la meto en la caverna.

Pues es que si no la obligo a ver si no cómo la monto.

Pues es que si no quiere que la tomen por puta que no se vista de colores. Leer artículo completo

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Pelayo 2.0

don pelayo jose martin anton crespo

Os quiero contar la historia de una conquista fallida. De una incursión llevada a cabo en territorio astur desde las montañas que cierran Asturias al sur.

La historia de unas gentes que venían blandiendo la milonga del respeto hacia todas las personas, pero que se valían del respeto para intentar imponer con rigidez su manera de pensar. Que decían querer paz, pero que removían la guerra. Que predicaban la libertad, pero que practicaban la opresión.

En esta historia, esas gentes, al llegar a esta abrupta tierra y hacer la parada propia de quien transita un camino difícil después de un largo viaje, tuvieron un inesperado recibimiento:

Gente humilde, gente obrera. Guerreros pero no soldados, los recibieron a pedradas. Y esa gente, que venía pacíficamente a conquistar nuestras ideas, se tuvo que ir por donde había venido. Rechazada, humillada, derrotada. Leer artículo completo

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