Relatos

Querida señora de la hamaca de rayas

Querida señora de la hamaca de rayas

 

QUERIDA SEÑORA DE LA HAMACA DE RAYAS:

 

Soy la mujer de la toalla de al lado.

La que ha venido con un niño y una niña.

¿Sabe? Llevo todo el verano

fijándome en usted.

 

Aquí, donde todo el mundo va y viene,

corriendo y saltando,

sin pararse, casi nunca,

a mirar al de al lado;

donde las personas nos convertimos en manchas

de colores sobre las olas y el prado,

usted es la mirada tranquila

que nos contempla a todos

desde un lugar privilegiado.

No desde su hamaca, no:

desde sus años.

Desde la sabiduría

que sólo una vida entera

puede llegar a tejer.

 

Sé que nos ha visto,

porque la he visto mirarnos.

La vi mirar con ternura a mi hijo

cuando rescató a un escarabajo.

La vi mirar con curiosidad

al niño que no estaba jugando,

y con pena a la chica del bañador aquel.

Un día que hizo bastante frío,

no pude no ver su sitio vacío

y, aunque le parezca extraño, la añoré.

Supongo que porque llevo todo el verano

imaginándonos a ambas

observando mano a mano,

y preguntándome cómo será la playa

vista a través de sus años.

A través de sus arrugas y las manchas de su piel. Leer artículo completo

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Relatos

La sonrisa negra

La sonrisa negra

Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. Y no puedo dejar de sonreír como una idiota, porque la ternura es lo que tiene: que se te mete en los labios y tienes que agrandar la boca para que te quepa toda.

Estaba en mi mundo, mirando jugar a mis niños, cuando un anciano se ha parado unos metros tras de mí y le he oído gritar “¿Qué? ¿Tomando el sol?” Me he girado, por si estuviera hablando conmigo. Pero no: se dirigía a una chica negra que descansaba sentada en una tumbona. “¡Sí, al sol!”, le ha contestado ella. Entonces el anciano, con esa tranquilidad que sólo un buen puñado de décadas te puede dar, le ha espetado:

-¡Pues más morena ya no te vas a poner!

Son esos momentos en los que ves venir el peligro, se te activa la adrenalina y, en un instante, tu imaginación baraja todas las posibles situaciones que aquel comentario podía desencadenar. Qué poco filtro. Qué apoteósica insolencia… Imaginé de todo, cualquier respuesta, menos lo que hizo ella Leer artículo completo

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Sobre el odio

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Ayer por la tarde, unos amigos vinieron a vernos a nuestro lugar de vacaciones. Salieron de su casa a las cuatro y media de la tarde. Justo veinte minutos después, a las cinco menos diez, ellos estaban en plena carretera, yo preparaba fruta para la merienda y mis hijos preguntaban nerviosos cuánto tiempo faltaba para que llegaran. En ese mismo instante, una furgoneta asaltaba la Rambla de Barcelona, llevándose en su locura la vida de trece personas y sembrando un centenar de heridos en la calle.

Llegaron a las cinco. Nos dimos besos, abrazos y risas. Un baño en la piscina. Nos fuimos a merendar. Los niños jugaban, Paloma y yo hablábamos de mil cosas, todas a la vez. Mi hombre, en casa, a trescientos kilómetros de nosotros, me llamó por teléfono sobre las seis:

-¿Te has enterado?

-¿De qué?

-Ha habido un atentado…

Nos quedamos paradas. Es terrible. ¿Cuántos muertos, dice? Trece. En twitter ponen que dos. Ve a saber. No, no, son trece. Qué horror.

Qué horror.

Estuvimos un rato en silencio. Seguimos merendando. Recuperamos la conversación. Nos lo comimos todo: la fruta, el embutido, la tarta de manzana. Volvimos a la piscina a darnos otro baño. Luego nos tomamos algo en la terraza del bar. Seguimos hablando. Más risas. A las diez nos despedimos, igual que cinco horas antes, con besos y abrazos.

Y así, el mundo, siguió girando. Porque siempre lo ha hecho. A pesar del dolor, de la injusticia, del miedo, el muy condenado sigue girando, y la vida avanza con su giro.

No se paró cuando murió la abuela de mis hijos, ni mi abuela, ni mi hermano. No se parará cuando nos vayamos nosotros, tampoco. Nunca lo hace. No importa cuántas familias desgarradas habiten el planeta, no importa cuánto duela, no importa nada: nunca lo hará.

Y ellos lo saben.

Saben que no pueden parar el mundo, y por eso no lo pretenden. Lo que pretenden, lo que buscan, es sembrar odio. Y lo terrible, lo que verdaderamente da miedo, es que lo están consiguiendo. Los muy cabrones, lo están haciendo.

Nos están rompiendo por dentro. Nos dividen. Nos enfrentan. Y no, no hablo de “europeos contra musulmanes”, hablo de personas contra personas. El único arma capaz de dominar al ser humano con más eficacia que el dinero es el miedo.

Y ellos lo saben.

Y lo utilizan. Leer artículo completo

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Pequeña Lucía

Pequeña Lucía

Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. Todavía estoy intentando saber qué es lo que acaba de pasar exactamente.

Ese lugar, donde ahora sólo hay un pañuelo usado, hace un momento estaba ocupado por tres generaciones de mujeres: una mujer joven con su hija, de tres años, y con una mujer mayor que, presumo, era la abuela de la niña. Ha sido difícil.

Apenas estábamos empezando a posar nuestras cosas, hemos oído los gritos. La abuela gritó a la madre, que iba en dirección a la orilla y dio la vuelta al instante. Era por la niña. Tenía una bolsa de gusanitos en la mano y se le habían caído al suelo, como confeti sobre la arena. La abuela reñía. Decía que la niña era un demonio. La madre llegó corriendo. Agarró a su hija por lo hombros y juro que me pareció ver cómo luchaba contra sí misma. Y creo que perdió. Le dio tres bofetadas a la niña. La abuela seguía gritando a la nieta. “Demonio. Idiota. Bebé.” La madre ha empezado a recoger los gusanitos, sola. La niña se sentó en la toalla y agachó la cabeza.

-Mamá, ¿por qué esa mamá ha pegado a su hija? – me ha preguntado la mía. Leer artículo completo

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Todo lo que olvidamos

Todo lo que olvidamos

Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. La que nada más quitarse la camiseta se la ha vuelto a poner porque no se puede creer el frío que hace hoy en la playa. Este habría sido un buen día para, en vez de toallas y nevera, traerse las mantas y el termo. Aunque, para ser sinceros, el panorama de manta y termo me apetece más en el sofá, que a mí el café me gusta más sin arena, para qué os voy a engañar.

Pero, claro, están ellos. Los niños. Les había prometido que hoy vendríamos a la playa. Al llegar y ver el aire y el frío que acompañan hoy, lo reconozco, he intentado disuadirlos. Les he propuesto planes más cálidos, más de interior, resguardados del frío y de la –probable- lluvia que se nos vendrá encima. Pero ellos me han mirado como si estuviera loca. Como si las cosas que acontecen allá arriba, en el cielo, tuvieran algo que ver con lo que hacemos nosotros aquí abajo, en la tierra. Son absurdos, los adultos.

Así que aquí estoy, enredada en la toalla como quien se calienta al fuego en diciembre. Viendo cómo la gente, gota a gota, abandona la playa. Observando atentamente los labios de mis hijos, por si gradualmente tornaran morados y no me diera cuenta. Viendo a mi hijo bañarse en una gran piscina entre las rocas, buscando cangrejos y peces, y a mi hija construir fortalezas de arena, ambos como si vivieran al margen de las leyes de la termodinámica. Ambos felices, disfrutando de un maravilloso día de playa, mientras su madre intenta no volverse azul. ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo pueden estar disfrutando tanto, con el frío que hace?

Los observo un rato, en silencio, y de pronto tengo una revelación. Ya lo entiendo. Leer artículo completo

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Nos queríamos distinto

Nos queríamos distinto

Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. Disfruto más la playa cuando él viene conmigo. Es más relajado cuando somos dos para cuidar y, además, a los niños les encanta meterse en el mar con su padre. Allá lo veo marchar, con nuestros niños, su bañador rojo bandera, su pecho peludo y su cara de pócker frente a las olas. La arena no es tapiz para mi trío de ases.

Al fin, diez minutos para mí. Para desvanecerme en la brisa y el calor del sol sobre mi piel. Inspiro, espiro, repito y los veo a lo lejos, siluetas salpicadas sobre la espuma. Junto a ellos, una jovencísima pareja salta sus últimas olas cogidas de la mano y salen corriendo del agua, sonrientes y felices. Se tiran en su toalla (con esa despreocupación maravillosa de quien luego no tiene que limpiar la arena del coche), a unos metros de la mía, y se comen enteras, la una a la otra, las dos al mundo. Como si no hubiera nadie más en la playa. Como si nada en el universo importara más que este momento entre ellas dos.

Sacan el móvil para hacerse un selfie. No me puedo creer la cantidad de tiempo que son capaces de estar colocándose todos y cada uno de los pelos de su cabeza antes de hacer la foto. Claro: son jóvenes, perfectas, maravillosas y están enamoradas. Ha de verse en cada pelo cuantísimo se quieren, porque la foto debe ser tan brillante como su amor. Y entonces me miro las piernas y me da un ataque de risa, porque me doy cuenta de que no sé cuánto hace que no me depilo, pero ríete tú del peludo pecho de mi marido. Qué se le va a hacer: si me paro a depilarme, lo mismo se nos hace tarde y nos quedamos sin playa. Y eso sí que no puede ser. Explícale tú a mis hijos que se quedan sin playa porque a su madre le da vergüenza tener pelos como un… Mamífero. Pero no importa. Hace tiempo que depilarme es como cortarme el pelo: cuestión de apetencia, no de necesidad.

Y ellas están ahí, frente a  mí, queriéndose tanto en su perfección, iluminando el mundo con su amor. Y yo estoy aquí, tan imperfecta y peluda, agradeciendo diez minutos de soledad al sol. Me cago en la leche, ¿qué nos ha pasado? Leer artículo completo

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En el tiempo de las guindas

En el tiempo de las guindas

Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. La rubia que se acaba de ir es una de mis mejores amigas, que ha aprovechado su hora de descanso para venir a verme y ponernos al día. Se ha marcado unas cervecitas y se ha traído de la panadería unos bollos preñaos y unas pastas, que es un detalle.

Quedar con ella es siempre prestarse a asistir a un monólogo sobre su vida, sus salidas, su trabajo, su novio… A mí me gusta, porque últimamente mis temas de conversación adulta escasean, así que siempre es un placer perderme un ratito en su frenética vida de soltera. Aunque hoy, básicamente, necesitaba quejarse.

Los niños juegan, y yo voy recogiendo los desperdicios de la comida. Como es nuestra tradición, de los bollos nos comimos el pan y dejamos el chorizo. Mientras recojo, pienso en todo lo que me ha contado. El verano pasado fantaseaba con que para este año ya le habrían subido el sueldo, y podría irse de viaje a algún paraíso como Punta Cana. Pero la despidieron y se encuentra, este verano, con que está en otro trabajo, tres pasos por detrás de lo que esperaba. No sólo no puede ir a Punta Cana, sino que llega justa a fin de mes. Se siente estafada. Por sus jefes. Por la vida, en general.

Sigo recogiendo. Tiro las latas. En la bolsa de la panadería quedan dos pastas aún. Las de la guinda, cómo no. No sé por qué se empeñan en poner esto en los surtidos. Siempre acaban en la basura. Pero pienso en mi madre y sonrío: estas son sus favoritas. Leer artículo completo

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Los miradores son lugares tristes

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Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. Hoy hemos venido a la playa pasando por el sendero de la colina, el que viene monte a través desde el arenal de al lado y que une la costa, playa a playa, durante kilómetros. Pero no es que hayamos caminado mucho: sólo es que hemos aparcado el coche ahí arriba, junto al chiringuito.

Al venir hacia aquí, hemos pasado por delante de un mirador: un banco y un par de vallas de madera, y a sus pies treinta metros de caída y el infinito teñido de azul. Los niños, claro, han visto aquello tan bonito y han querido ir hacia allí corriendo. “¡Mamá, mira! ¿Podemos ir allí?” Desde la punta de ese risco debe haber unas vistas espectaculares. Pero yo tenía claro que nuestro objetivo era la playa, así que respondí con un despreocupado “a lo mejor a la vuelta”. Y así fue como hoy, sin querer, les quité una sonrisa a mis hijos.

Desde donde estamos aún se ve la punta del risco. Creo que intuyo las vallas. Veo pasar a una pareja por delante. Ella señala. Él continúa andando. Ella lo sigue. Recorren el sendero. Llegan a la arena. Se tumban en la toalla. Fin de la aventura.

Y es en este momento cuando me doy cuenta de que los miradores son lugares tristes. Por dos razones, además: Leer artículo completo

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Al otro lado de la injusticia

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Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. En un alarde de optimismo vital, me he traído un libro a la playa. Sola. Con los niños. Cuando he leído el mismo párrafo por quinta vez y sigo sin saber lo que he leído, he decidido que es el momento de claudicar y dedicarme, ya en exclusiva, a mirar a mis hijos.

Echo un vistazo alrededor y me doy cuenta de que todos estamos igual: fingiendo ser veraneantes para ocultar nuestra verdadera identidad de guardianes de la especie. Sólo que en vez de máscara y capa nos ponemos chanclas y factor 40 en la nariz. Es una sincronía perfecta: todos nosotros vigilamos, todos ellos juegan. Pero hay una toalla en la que todo transcurre de manera diferente: el niño no juega. Los padres vigilan el doble.

Los conozco. Viven en el bloque de al lado. En un barrio pequeño como es el mío, a veces parece que la vida de cada uno perteneciera a todos. Qué peligro tiene una persona con una opinión y sin nada que hacer… “Pobres –oí decir a una vecina furtiva en la cola del pan-. Con las ganas que tenían de ser padres”. “Qué pena –dijo una vez la frutera- que les haya salido el niño así, con lo que lo buscaron”. “Qué injusticia –lloró la del tercero- que les haya tocado a ellos”.

Puedo entender el sentimiento de solidaridad con otra familia cuando la vida le pone en el camino una prueba que no esperaba. La sorpresa es parte de la dificultad. Pero, ¿y qué pasa con ese niño? ¿Es que nadie lo ve? Yo veo a un niño que mira la arena como si no supiera que está en una playa, y que es el objeto de la adoración de los dos guardianes que tiene detrás. Pero Injusticia, lo han llamado. No es su hijo: es su injusticia. Leer artículo completo

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Artículos

A Naiara la matamos todos

A Naiara la matamos todos crimen sabiñanigo

El otro día oí la noticia de una niña que había fallecido, supuestamente, por una caída por las escaleras, aunque los servicios sanitarios sospechaban de malos tratos.

Ayer por la tarde leí en los medios que su tío la había matado. No intencionadamente. “Se le había ido la mano” al castigar a la niña, porque no se estaba portando bien.

Decía John Lennon que vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor, mientras la violencia se practica a plena luz del día.

Podéis decir que fue su tío. Podéis ponerle un nombre al culpable, que es lo que mejor se nos da: buscar culpables. Así nuestras conciencias se limpian. Pero la realidad es que a Naiara la matamos todos. Leer artículo completo

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