Relatos

La sonrisa negra

La sonrisa negra

Soy la mujer de la toalla de al lado. La que ha venido con un niño y una niña. Y no puedo dejar de sonreír como una idiota, porque la ternura es lo que tiene: que se te mete en los labios y tienes que agrandar la boca para que te quepa toda.

Estaba en mi mundo, mirando jugar a mis niños, cuando un anciano se ha parado unos metros tras de mí y le he oído gritar “¿Qué? ¿Tomando el sol?” Me he girado, por si estuviera hablando conmigo. Pero no: se dirigía a una chica negra que descansaba sentada en una tumbona. “¡Sí, al sol!”, le ha contestado ella. Entonces el anciano, con esa tranquilidad que sólo un buen puñado de décadas te puede dar, le ha espetado:

-¡Pues más morena ya no te vas a poner!

Son esos momentos en los que ves venir el peligro, se te activa la adrenalina y, en un instante, tu imaginación baraja todas las posibles situaciones que aquel comentario podía desencadenar. Qué poco filtro. Qué apoteósica insolencia… Imaginé de todo, cualquier respuesta, menos lo que hizo ella: se echó a reír. Pero no una risa cortés, no. Se rio honesta y con ganas.

-¡No! ¡Más morena ya no!

Entonces el anciano se ha acercado más a ella y, con toda naturalidad, le ha preguntado en qué parte de África había nacido, y ella le ha explicado que no, que es “negra pero española”, que nació en Madrid (cosa que hizo que él abriera la boca como si estuviera viendo un dragón), aunque ahora vive en Valencia y que está aquí de vacaciones. Él le ha contado que tiene noventa años y que siempre ha vivido aquí, que ahora vive en una residencia “dos casas más p’allá”, y que ya tiene tres biznietos. Se ha sentado junto a ella, en la tumbona, y han seguido hablando un rato, ambos bajo el sol, como dos viejos amigos. Al fin y al cabo, supongo que la relación más larga que podemos tener con otra persona es la de ser perfectos desconocidos.

Y así fue como, con una sonrisa, esa chica nos cambió el día. Y puede que el mundo también.

Vivimos en la de la era de la ofensión. Y no es extraño. Tenemos la piel muy fina, es cierto. Puede que de tanta lija que nos han dado. Así que, como es de esperar, al mínimo indicio de lo que pueda parecer un ataque saltamos y, como la mejor defensa dicen que es un buen ataque, pues lanzamos nuestra ofensiva también. Y seguimos alimentando con ello la enorme bola de incomprensión en que se ha convertido este campo de batalla nuestro al que llamamos día a día. Qué distinto podría ser todo, si nos riéramos más.

Llevaban un buen rato hablando cuando, de pronto, la chica se ha dado cuenta de que no sabía el nombre de su nuevo amigo.

-¿Cómo se llama?

-Vítor.

-¿Víctor?

-Víztor, sí. ¿Y cómo se llama usted?

-Jenifer.

-¿Anaya?

-No, Jenifer.

-¿Cómo?

-María. Me llamo María, Señor Víztor.

He llorado de la risa. Ciertamente, ¿qué importaba? Eran dos desconocidos, compartiendo un agradable rato de risa y de luz. Sólo eso. Sólo por ser un instante, en una playa cualquiera, la prueba de que aún queda en el mundo bondad, porque aún queda gente bonita. Porque aún podemos, en alguna suerte de burbuja, relajarnos y reír. Sin más.

Poco después, “María” ayudó al Señor Víctor a levantarse y se despidieron. Probablemente para siempre. Podría haber vuelto a su residencia triste, o confuso, por no entender qué había hecho mal para no encajar ya en el mundo que hace noventa años lo vio nacer. Pero no. Se fue feliz, porque se llevó consigo una agradable charla con una vieja desconocida. Viendo alejarse al anciano me quedé pensando en si tendrá suerte y se encontrará a más “Marías”, en el tiempo que le quede. He sentido pena, porque cada vez es más difícil, creo yo.

“María” también se levantó para irse. Cuando pasó por mi lado, no me pude resistir y la llamé:

-¡Jenifer! Sólo quería decirte que creo que lo que acabas de hacer es precioso.

-¡Gracias! Muchas gracias.

-No, no. Gracias a ti.

Y también nos hemos despedido. Probablemente, para siempre también. Y juro que no puedo dejar de sonreír de gratitud, por haber formado parte de este ratito maravilloso. De esta especie de universo paralelo fuera del cual ha quedado el mundo moderno. Ese en el que estamos tan enfadados, o tan tristes, o tan heridos, que ya hasta nos cuesta reír.

Qué bonito es lo que acabas de hacer, Jenifer. Y qué importante, joder.

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Artículo para 20 minutos. 22/08/2017

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