Autor Jessica
Relatos, Sin categoría

Superpoderes

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Qué razón tenía el tío Ben.
Yo tengo un calendario ‘así de la manera’ para los almuerzos de los peques, y el primer día de clase tras las vacaciones de Navidad «tocaba» (y ellos se lo esperaban) queso y espetec. Pero pensé que meterles por sorpresa un bocadillo de chocolate, que tanto les gusta a ambos, sería un bonito detalle para animarles la vuelta al cole. A veces les meto notas también, con el almuerzo, que les gustan casi tanto como el chocolate, así que les metí estas dos tonterías junto al bocadillo. Y entonces pasó algo:

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Relatos

Sobre encierros

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– Aproveché a preguntarle por Amparito, que hace tanto que no la veo. ¡Ay, Amparito! ¿Sabes que tu tío le salvó la vida?
 
– Mamá, no sé quién es Amparito.
 
– Pues tu tío le salvó la vida, porque ella se colgó. Se suicidó. Bueno, no se suicidó porque no se mató, porque apareció tu tío, en gloria esté. Ella se colgó ahí en la cuadra aquella que tenían en lo alto la cuesta, y en esto que pasó tu tío y la vio, ya morada y con la lengua fuera, pero todavía respiraba. Y fue para allá y la levantó por las piernas y empezó a gritar, hasta que llegaron a ayudarlo y entre todos la bajaron. Si no es por ellos, ahí mismo se hubiera matao.

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Relatos

Querida yo de hace siete años. Exactamente siete.

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Sé que aún estás recuperándote de la fiesta. No es un eufemismo: me refiero a la fiesta de cumpleaños de tu hijo mayor, que habéis organizado y celebrado solo quince días después de que haya nacido la pequeña. Recuerdo que fue agotador, mucho más que parir, dónde va a parar.

Menos mal que tienes esa tribu tuya que te ha ayudado y se han ocupado de llevar las meriendas. Seguro (y estoy segura) que todo estaba riquísimo, aunque te cuento un secreto: dentro de siete años solo recordarás la tarta de Nati, las galletas de mantequilla de Sandra y los chips de manzana de Queralt. Y te cuento otro secreto: dentro de siete años, muchas de las personas que ahora están en esa tribu ya no estarán ahí. Pero bueno, poco a poco. Ya llegará todo.

Si todavía no te lo ha dicho, César no tardará en decirte que los próximos años mejor celebrar el cumpleaños fuera porque, ¡madre mía! Qué montón de gente en casa. ¿Cuántos érais, entre niños y adultos? ¿Treinta personas? Pues sí, los próximos años lo celebraréis fuera. Hasta este año, que volverá a ser en casa, pero sin gente. Solo la familia. No la familia cercana. Nada de abuelas, tíos ni primos. Solo vosotros, nosotros. Leer artículo completo

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Relatos

Hola, papá

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Hola, Papá.

Te guardo en las cosas pequeñas, ¿sabes?

Yo no sé cómo se siente cuando se tiene mucho, pero creo que no podría haber mansión en el mundo que guarde a alguien como lo guardan las cosas pequeñas. Sí: creo que es ahí donde estamos y donde nos quedamos. En las cosas pequeñitas. En las de a poquitos todos los días.

Tengo dos botes de ColaCao en el despensero que te llevan a ti, porque en su día los guardaste, los lavaste, los secaste bien, bien, bien por dentro, los rellenaste de nuevo con algo distinto y por fuera, con un rotulador permanente azul, escribiste:

«SAL FINA»

«SAL GORDA»

Y más que imaginarte te veo escribiéndolo mientras lo sostienes en el aire, con las gafas puestas sobre la punta de la nariz, la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y aproximando unos trazos imaginarios antes de posar el rotulador sobre el plástico y darle a las letras su forma definitiva. Así es como seguro lo hiciste. Cuidadoso y metódico como tú eras.

Y veo las letras escasas de curvas, con líneas rectas y decididas que mueren en un punto que delata que ahí, justo ahí, se detuvo tu mano al acabar cada letra y antes de pasar a la siguiente. Leer artículo completo

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Artículos, Relatos

Ser madre es una mierda

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Y, ahora que tengo vuestra atención, voy a desarrollar esta idea.
No me refiero a los niños, no. Tener hijos, compartir tu vida con unas pequeñas (grandes) personitas que te llenan de orgullo y alegría, es maravilloso.
Tampoco me refiero al ejercer como madre. Ya sabéis: hacer desayunos, ir a tal o cual sitio, ver pelis, jugar… Eso está bien.
Me refiero a ti. A la persona en que te conviertes cuando te conviertes en madre. Ser esa persona: eso es una mierda.
Porque resulta que lo que pasa cuando te conviertes en madre, y esto no te lo cuenta nadie, es que haces tuyas las necesidades de toda tu familia.
Y no es un «Claro, es que hay que dar de comer al bebé y blablá». Nonono. Es algo más intenso. Es como un parásito echando raíces en tu pecho y diciéndote que tú no puedes comer si existe la más mínima posibilidad de que alguien de tu familia quiera comerse ese trozo de pan que te quieres llevar a la boca.
Y eso es una mierda.
Tienes un bebé, que es cien por cien dependiente de ti, y crees que será diferente cuando crezca y «ya no te necesite tanto». Joder, qué gran mentira. Crecerá y tendrá muchas más necesidades. Y tú seguirás anteponiendo todas las suyas a todas las tuyas.
Las suyas: las de todos. Las de todos los hijos que tengas y las de todos los miembros de tu familia que vivan bajo tu mismo techo (y, a veces, las de los que están bajo otro techo también). Porque no te conviertes en madre de tus hijos: te conviertes en madre del mundo, en madre de todos. Y si existe una forma de evitar que esto suceda yo no la conozco.
Así que un día te levantas, y vas a lavarte los dientes con tu cepillo de dientes eléctrico, y descubres que no tiene batería porque tú lo enchufaste anoche pero alguien llegó detrás y lo desenchufó para poner a cargar el suyo.
Y empiezas a pensar.
En los últimos cepillos de dientes de los niños, que tuviste que ir a tres sitios diferentes para encontrar los que ellos querían. Pero aquí a nadie le preocupa si tú puedes lavarte los dientes o no.
En sus visitas a la dentista para hacerse empastes en sus dientes de leche mientras tú llevas año y medio sobreviviendo a tu muela rota con paracetamoles.
En las dos rosquillas que habías guardado en el armario para desayunar hoy y ya no están porque alguien se las llevó ayer al parque para dárselas de comer a las palomas.
En que abrazas la no-depilación, no como gesto de protesta antipatriarcal, sino como opción de no-queda-otra porque el tiempo que tardas en depilarte es el mismo que tardas en leerle a tu hijo dos capítulos de Harry Potter, y él tiene muchas ganas de que le leas.
En el libro que dejaste en el estante de la librería, porque alguien te pidió el último de su saga juvenil favorita y solo podías llevarte uno. Y el tuyo se quedó allí, y el otro lleva tres meses en casa sin que nadie le preste atención.
En las cinco películas que querías ver y que han entrado y salido de la cartelera del cine mientras tú veías otras que ganaban en la votación familiar.
En toda la ropa interior que no renuevas desde hace mil años, porque por alguna razón comprar bragas para ti nunca está en tu lista de prioridades.
En la cantidad de arrugas, canas y huellas del tiempo en general que se van apoderando de ti mientras tú cuidas de otros.
Y de pronto te preguntas:
«¿Y quién me cuida a mí?»
Y explotas de puro vacío. Porque sientes que siempre estás para dar, pero nunca recibes. Y te has quedado sin nada.
Y colapsas. Y te enfadas. Y te echas a llorar.
Y eso, ESO, es una mierda.
Estar ahí, en ese papel: ESO es una mierda.
Y luego pasas el día, triste, con dolor de cabeza, sintiendo que nadie te entiende y ahogada de soledad. Y lloras a ratos cuando nadie te ve. Y al final te duermes y llega el día siguiente, igual que el anterior y que el otro de más allá.
Y respiras profundo.
Y te sientes muy ridícula.
Porque mira el pollo que has montado…
Por un cepillo de dientes.
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Foto: Ana Hevia @anahevia_
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Artículos

De animales y responsabilidad

JESSICA Y FUJUR (6)

Estamos en Navidad. He leído por ahí que, cada año, se regalan por estas fechas unos 250.000 animales, incluyendo perros, gatos, mascotas más pequeñas y animales exóticos (detesto con toda mi alma la palabra «mascota», no sé por qué). De ellos, dicen las estadísticas que un 30% (es decir, nada menos que 75.000 criaturas) serán abandonados antes de terminar 2020. La mayoría de ellos cuando llegue el verano y la familia quiera irse de vacaciones.

Os había prometido esta historia, y me parece un buen momento para contárosla. Esta preciosidad es Fujur, mi dragona blanca de la suerte.

JESSICA Y FUJUR (10)

Todo empezó el día que fui a la dentista y, por un pequeño revés improvisado, tuve que llevar conmigo al bebé. Fue imposible que me atendiera (era para un rato largo) estando allí el bebé, así que nos vimos ambas forzadas a que me diera cita otro día. Y llegó ese otro día:

Era un miércoles de finales de julio. Salí de casa con el tiempo más o menos medido para llegar al centro y aparcar. Yo vivo en una zona rural de las afueras de Gijón. Al poco de salir de casa, en una curva, volanteé ligeramente para no arrollar a un pequeño bulto lanudo que comía algo al pie de la carretera.

Primero pensé que era una oveja, pero justo al pasar a su lado me di cuenta de que era un perro. Un cachorro, claramente. Paré el coche en la entrada de un camino y retrocedí andando por la carretera hasta alcanzar al bultito lanudo que lamía algo con afán. No se inmutó cuando me acerqué. De hecho, hasta que no me tuvo completamente encima no fue consciente de mi presencia. En cuanto lo fue, empezó a mover la cola y se acercó contenta. La cogí en brazos, la metí en el coche y me la llevé a casa. Sobra decir que llegué tarde a la dentista.

Tardamos poco en darnos cuenta de que aquella cachorra era total, completa y absolutamente sorda. Eso explicaba por qué no se había asustado cuando pasé con el coche. Tardamos un poco más (tampoco mucho) en darnos cuenta de que era casi ciega. Solo ve luces y sombras. Detecta el movimiento pero solo a uno o dos metros. Eso explicaba también por qué no se había percatado de mi presencia en la carretera hasta que no me tuvo encima.

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Y ahora os voy a contar la parte que tiene un poco más de miga: Leer artículo completo

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Artículos

Mi ciudad, la Navidad y la madre que las parió

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O sea, socorro. Yo todavía no me he acostumbrado a la idea de que me faltan muchos meses para volver a ir a la playa y living la vida en chanclas y me han tirado encima la Navidad. Yo no la he pedido, ni ella ha llegado: a mí la Navidad me la tiran encima, y me quedo con esta cara mía de conejillo en la autopista frente a un camión, que no sé dónde meterme pa que no me aplaste.

A ver, he de reconocer que yo, desde que tengo churumbeles, pues vuelve a haber cosas que me gustan de la Navidad, eso es cierto. Pero no es menos cierto que casi todo lo que me gusta se da en el interior de las cuatro confortables paredes de mi casa, porque lo que es de puertas pa’fuera, me cago en todo, esto es un sindiós que me lleva los nervios. Leer artículo completo

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Relatos

Querida Yo de hace seis años (exactamente seis)

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Mira, antes de que se me olvide: dentro de tres días vas a darle a tu bebé su primer baño. Así, contigo, abrazaditas y tranquilas. No le eches jabón, ni siquiera ese poquito que es apenas un guisante en tu dedo, porque estropeará ese olor tan increíble que ahora tiene y que tan loca te trae. Fíjate: seis años y yo aún me arrepiento de haberlo puesto.

El año pasado llegué un par de días tarde con la carta, este año ya son cuatro. Si sigo (si seguimos) así, acabaremos por juntar dos cartas, ya lo verás. Al menos esta vez no es que nadie haya estado malito, es que no llegas, nena. Porque te cuento que entre cole, extraescolares, cumpleaños, pediatra, dentista, abogados, trabajo, casa y la promo de tu libro, esto es una locura. Por no hablar de que has retomado lecturas -más allá de Roald Dahl-, y de lo mucho que te gusta Netflix. ¡Ah! Claro, que aún no sabes lo que es Netflix. Bueno, tranquila, ya te enterarás. Leer artículo completo

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Eventos

Firmas de libros en Gijón y Madrid

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¿Que si he elegido solo las fotos en las que mejor salgo? Sí, desde luego. Así que imaginaos cómo serían las otras.

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Con motivo de la recientísima publicación de mi último libro, Come chocolate y no discutas con idiotas, de Ediciones Martínez Roca (Sello editorial del Grupo Planeta), hemos montado dos pequeños saraos porque, oye, ya sabéis lo que dicen: la vida son dos días y uno es fiesta ??. Leer artículo completo

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Artículos

‘Mastín y la chica del galgo’, un libro solidario imprescindible

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Pues resulta que este verano lo he hecho polvo y, por primera vez desde 2010 (año en que me convertí en madre) he dedicado un verano enterito a leer lo que me ha dado la gana. Bueno, y lo que me ha dado tiempo, pero quiero decir que me he dado el placer de dedicarme tiempo para mí, para leer. La mitad de ese tiempo, lo admito, con un bebé de más de un año bien agarradito al pecho.

El resultado ha sido que me he comido tres novelas enteritas (una de ella ‘Una columna de fuego’, que lleva sus mil paginazas), y tengo otra empezada que, una vez arrancado septiembre, me está costando un poco más, porque me pasa con los libros lo que con los maratones en Netflix: que no puedo ver «un poquito» y, si solo tengo un ratito, pues acabo por no ponerme.

Total, que de las que sí que he leído os quiero hoy hablar de una en particular: Mastín y la chica del galgo, de Melisa Tuya.

Mastín y la chica del galgo melisa tuya Leer artículo completo

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